Durante las últimas semanas, y como parece habitual desde la recesión de 2008, la incertidumbre domina los encabezados de los periódicos. La actual coyuntura económica y política internacional comienza a verse aun más complicada que hace unos meses y plantea importantes retos para la gobernanza global: el auge de los nacionalismos autoritarios en Europa y Estados Unidos, el referéndum en Reino Unido para salir de la Unión Europea, la ralentización de las economías emergentes, el alza de las deudas públicas nacionales, la caída del precio del petróleo y las restricciones de financiamiento en los mercados internacionales, aunadas a las divergencias en las políticas monetarias de los países desarrollados, muestran un panorama complicado para el sistema económico global.

1

Estos fenómenos trazan un desafío mayúsculo al crecimiento de la economía global. El Fondo Monetario Internacional argumenta que la economía global se debilita debido a “un crecimiento demasiado lento por demasiado tiempo”, y pronostica una tasa de crecimiento de 3.2% en 2016 y de 3.5% en 2017. Dada la experiencia histórica, se esperaba que, tras la inusualmente profunda recesión, siguiera un período de rápido crecimiento y recuperación, con la producción y el empleo regresando a sus niveles de tendencia relativamente rápido. En cambio, la teoría del estancamiento secular1 resurge y el bajo crecimiento económico podría ser el nuevo panorama “normal” para la economía global, especialmente para las economías desarrolladas.

Tras la recesión de 2008, la arquitectura económica internacional que surgió del sistema de Bretton Woods comenzó a ser fuertemente cuestionada por su incapacidad de respuesta para hacer frente a los choques que enfrentaba la economía global. En esa coyuntura comenzó a tomar fuerza el Grupo de los 20 (G20), un foro nacido en 1999 donde se reunían las ministras de finanzas y gobernadores centrales de las economías miembro para discutir las políticas monetarias y financieras internacionales, tras las crisis financieras de América Latina y el sureste asiático durante la última década del siglo pasado. Dichas crisis afectaron a las economías desarrolladas, exponiendo su falta de blindaje ante las dificultades económicas en los países emergentes y la falta de instrumentos adecuados de coordinación económica global, especialmente por la exclusión de las economías en desarrollo de los foros económicos internacionales.

Dado que el objetivo inicial del G20 era ser un foro informal que permitiera la respuesta rápida y la coordinación de las políticas económicas nacionales, con la participación tanto de países desarrollados como en desarrollo y emergentes, se volvió un espacio ideal para la toma de decisiones y la acción inmediata durante la peor parte de la Gran Recesión. A partir de 2008, el G20 se transformó en un foro donde las y los jefes de gobierno de las mayores economías se reúnen para promover la cooperación económica internacional de rápida respuesta, sin los costos y los obstáculos del diseño institucional de los organismos internacionales.

Hoy en día, el G20 es el foro económico más relevante del sistema internacional, al reunir a gobiernos, bancos centrales y líderes de veinte de las mayores economías del mundo –19 países y la Unión Europea. A diferencia del Grupo de los Siete (G7), el G20 promueve el diálogo entre los principales países desarrollados y las economías en desarrollo y emergentes, lo que permite una mayor pluralidad en la coordinación económica y en la agenda económica y política que fija. Su peso en la economía global es innegable: las veinte economías miembro representan 65% de la población mundial, 84% del producto interno bruto global, 79% del total del comercio internacional y 79% de las emisiones mundiales de carbono.

Dado que es un foro sin secretariado o staff permanente, la presidencia del G20 rota anualmente. Este año, China preside el Grupo de los 20 por primera vez y la cumbre de líderes se realizará en septiembre en Hangzhou. La presidencia china ha propuesto una agenda centrada en cuatro prioridades: robustecer el comercio y la inversión internacionales, impulsar un desarrollo incluyente e interconectado, establecer una nueva senda para el crecimiento económico, y proponer una gobernanza económica y financiera global más efectiva y eficiente. Estos dos últimos puntos son críticos para hacer frente al estancamiento secular que enfrenta la economía global al poner sobre la mesa la discusión del actual modelo de crecimiento y desarrollo económicos, así como el andamiaje institucional internacional para promover dicho modelo.

China aprovechará la oportunidad para impulsar una agenda que facilite el cambio en su modelo económico reorientado a los servicios, una industria más intensiva en capital humano, el consumo interno, y las reformas en eficiencia y productividad, que modificará el actual modelo basado en el llamado “Consenso de Beijing”. Por ello, el replanteamiento de la arquitectura económica global será seguramente un punto central en la agenda del G20 este año, especialmente tras el lanzamiento del Nuevo Banco de Desarrollo (NDB en inglés) por parte de los cinco países que componen el bloque de los BRICS: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que tiene sede en China y busca ser una opción de financiamiento del desarrollo para estos países, a pesar del complicado panorama económico y político que enfrentan en sus respectivos mercados domésticos.

Así, el G20 se vuelve una vez más un foro clave para discutir una alternativa de gobernanza económica internacional que haga frente al panorama cada vez más complicado de la economía global, aunado a la insuficiencia de las políticas económicas nacionales convencionales –parte de la actual agenda de reformas estructurales– para afrontar los nuevos retos tras la recesión y a la falta de coordinación de las políticas nacionales tras lo logrado durante la recesión iniciada en 2008.

En este sentido, las políticas fiscales han sido producto de la mayor discusión en los últimos años tanto por la elusión fiscal en paraísos extraterritoriales –situación exhibida en los controvertidos Panama Papers– y los altos costos por las utilidades de multinacionales trasladadas a estos paraísos, que cuestan a los países en desarrollo cerca de 213 mil millones de dólares al año, como por el debate suscitado entre quienes promueven la austeridad como condición necesaria para el crecimiento –medida conocida como “austeridad expansiva”encabezada por el Bundesbank– y quienes consideran que el recorte en el gasto público es la peor medida que se puede tomar en un período de recesión. El alto costo humano de la austeridad debido a los recortes en los servicios públicos como salud y educación, como plantean Stuckler y Basu,2 impone la revisión en este foro de una medida controvertida cuyos resultados económicos siguen en duda.

Por otra parte, la pertinencia de la dimensión internacional de la política monetaria entra una vez más al panorama de la gobernanza global, como planteó Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo, en un discurso reciente. El crecimiento acelerado del comercio internacional en las últimas décadas aumentó el peso de los precios internacionales y los salarios relativos para el desarrollo de la inflación en las economías domésticas, lo que influye en la creciente importancia de la brecha del producto global entre su nivel de tendencia y el observado actualmente.

Además, el G20 debería revisar y replantear la agenda actual de reformas estructurales propuesta por los organismos económicos y financieros internacionales, ya que estos cambios no han sido suficientes para detonar un crecimiento sostenido e incluyente. La discusión de una nueva senda de crecimiento y un nuevo modelo de desarrollo atraviesa obligatoriamente por el debate de estos paquetes de reformas, ya que han sido planteados en múltiples ocasiones como condición necesaria tanto para el financiamiento de las finanzas públicas nacionales durante las crisis financieras como para las transferencias para proyectos de desarrollo.

Este año, México tiene un lugar privilegiado aunque complicado en la mesa del G20. Por un lado, cuenta con mayor legitimidad en la agenda económica al sostener sus niveles de crecimiento económico en medio de la ralentización de la economía global y del difícil momento económico que atraviesan tanto los países desarrollados como las otras dos economías latinoamericanas que participan en este foro, Brasil y Argentina; incluso, a pesar de la caída en el precio del petróleo y los recortes al gasto público. Sin duda, esto representa una oportunidad para el gobierno mexicano de mostrar liderazgo en los asuntos económicos globales. Sin embargo, la legitimidad del actual gobierno federal en la agenda internacional de desarrollo sigue en tela de juicio ante la crisis de derechos humanos que atraviesa nuestro país.

Ante el actual panorama de inestabilidad y el aumento de los riesgos sistémicos y los cambios en el balance de la economía global, el G20 ofrece una vez más una oportunidad excepcional para que las y los líderes políticos discutan la arquitectura económica internacional y el necesario cambio de modelo económico, aunque su rol como foro legítimo y efectivo para la gobernanza económica global está una vez más a prueba.

Carlos Brown Solà es economista e internacionalista.


1 El estancamiento secular se refiere a la condición de crecimiento económico negligente o nulo en una economía de libre mercado, en cuyo contexto se requieren tasas de interés reales negativas para igualar ahorros e inversión con pleno empleo.
2 Stuckler, D., & Basu, S. (2013). Por qué la austeridad mata. El coste humano de las políticas de recorte. Editorial Taurus.