Bastaría con echar un vistazo a las enciclopedias de historia de la ciencia o del arte, o incluso a las monografías de héroes nacionales que venden en las papelerías, para notar que la memoria de nuestras sociedades está en clave de nombre propio. Buscamos autores de genio, creadores insustituibles, voluntades individuales tras los “saltos” de la historia. Isaac Newton, Miguel Ángel, Octavio Paz, Martin Luther King. Individuos que imaginamos en su unicidad como seres sagrados, tocados por la esencia del intelecto, la creatividad y el valor. Ficciones desgarradas de sus contextos, separadas artificialmente del trabajo con otros y de otros a quienes la historia también debe lo que estos nombres representan. Hemos aprendido —y repetimos, como si hiciera falta— que los grandes acontecimientos son obra de grandes personajes (grandes hombres, casi siempre), y nos conmueve e inspira la idea de que un solo individuo puede “cambiar el curso de la historia”, “hacer la diferencia”. Al mismo tiempo, muchos otros quedan en el olvido, los que no alcanzaron el reconocimiento personal, pero cuyos esfuerzos fueron tanto o más importantes para el resultado final de los hechos que recordamos.

1

Este culto al individuo está tan integrado a la mirada de las sociedades occidentales —aunque desde hace tiempo se ha colado en otros rincones del mundo— que nos es casi imposible separarlo de nosotros para observarlo a la distancia. Una de las consecuencias de este rasgo cultural es nuestra inclinación a atribuir a individuos lo hecho por colectividades; a construir autores personales de empresas sociales. Aunque el arte1 y la historia2 son áreas fértiles para observar este fenómeno, aquí hablaré del mundo de la ciencia. Quisiera sintetizar lo que algunos estudiosos de antropología cognitiva y sociología del conocimiento han encontrado desde hace un par de décadas sobre la producción social de conocimiento, y centrarme en cómo se mantiene el mito del genio individual en las ciencias naturales, campo idóneo para imaginar individuos con inteligencias superiores haciendo increíbles hallazgos, donde paradójicamente se trabaja en unidades sociales que rebasan las capacidades de cualquiera de sus integrantes. Por supuesto, no será difícil encontrar paralelos en el mundo de las humanidades y las ciencias sociales.

Nuestra perspectiva centrada en lo individual nos lleva a pensar que la producción de conocimiento científico ocurre dentro de la cabeza de una persona, que ahí nacen las grandes preguntas o las ideas brillantes. En realidad, los procesos cognitivos que tienen lugar ahí son tan sólo el engrane de un sistema que implica la interacción y la comunicación de muchas personas enfrentándose a un problema común, y que tiene propiedades cognitivas distintas a las de una persona. No sorprende, entonces, que si atribuimos a un solo individuo el conocimiento generado por esta colectividad nos parezca que tiene una mente superdotada: colocamos dentro de su cráneo procesos que implican a muchas mentes y cuerpos trabajando juntos.

Para entender la naturaleza social del conocimiento tenemos que sacar los sistemas cognitivos de las reducidas fronteras del individuo y concebirlos como sistemas de cognición distribuida;3 es decir, redes que involucran a personas con diferentes conocimientos y habilidades, que son capaces de producir saberes que ninguna de ellas podría alcanzar por sí sola —creaciones y descubrimientos en un sentido radical, pues no son anticipados por nadie, pero son producidos por todos.4 Por eso son tan importantes los mecanismos de socialización y comunicación en el trabajo de la ciencia. Los resultados netamente científicos de una investigación dependen en gran medida del entendimiento social de los investigadores. No se aprende a hacer ciencia acumulando conocimientos, sino en la práctica de la investigación y su correspondiente trabajo colectivo, donde se aprende cómo convivir e interactuar con un equipo. Además, la agudeza intelectual específica de los científicos, su aptitud para percibir regularidades, idear procedimientos o encontrar las preguntas correctas se forjan en esa práctica socializada donde uno observa, corrige y sugiere al otro, donde los hallazgos y los problemas se comparten, y donde nadie tiene el cuadro completo de lo que cada parte está generando.

Pero, si el trabajo científico es colectivo, ¿por qué el Nobel casi siempre, por ejemplo, es un premio individual? Podría pensarse que la sociedad, como el ámbito público en el que se presentan, registran y reconocen los avances de la ciencia, impone sus criterios individualistas y termina atribuyendo el trabajo grupal a escasos nombres sonados, reproduciendo la adoración por los genios. Esto es en parte cierto, pero también son los equipos científicos los que producen y proyectan a sus “grandes mentes” en el ámbito público, de manera que la presentación de un hallazgo científico se acompaña de un autor intelectual que representa —o sustituye— al equipo de investigación, y que recibe el reconocimiento por los éxitos de éste.

Estudiando el trabajo de oceanógrafos, la socióloga estadunidense Chandra Mukerji5 encontró que los miembros de los laboratorios construyen activamente la idea de que el “científico en jefe” (chief scientist), director de la investigación, es la mente maestra detrás de todo lo que ocurre ahí, el genio que simplemente pone a trabajar a los demás para echar a andar un proyecto que tiene en su mente, el único capaz de interpretar los resultados de cada parte y darles forma de descubrimiento científico. Por supuesto, es él quien presenta los resultados en los foros y quien firma en primer lugar las publicaciones, y quien será depositario del crédito que llegue a tener el trabajo grupal, oscureciendo la labor de los demás participantes.

Mukerji subraya que los “científicos en jefe”, más que grandes mentes de ciencia, suelen ser administradores con poco tiempo para ocuparse de los asuntos propiamente científicos de la investigación. Dependen mucho de los técnicos y los laboratoristas de menor rango, pues no conocen directamente los procedimientos ni la maquinaria requerida, y necesitan integrar jóvenes egresados al equipo para que les mantengan actualizados en términos de métodos y teorías. Además, no pueden estar al tanto de las tareas específicas donde suelen idearse las innovaciones y hallarse los indicios de un descubrimiento. Según Mukerji, la mayoría de los pensadores más imaginativos y agudos que contribuyen a la ciencia no son los líderes reconocidos de su campo, sino estudiantes recién egresados y técnicos que ayudan a forjar la carrera del científico en jefe.

Esto indica que además de una distribución social de los procesos de conocimiento hay una distribución política del reconocimiento, una estratificación jerárquica basada en la construcción de un personaje ficticio (el genio científico) encarnado en una persona real (el jefe de la investigación). Este orden es polémico y bien puede considerarse injusto. Habría que preguntarse por qué es así. ¿Qué gana la ciencia con este sistema de olvido y descrédito de los verdaderos autores (colectivos) del conocimiento científico?

El lugar privilegiado que tienen las ciencias naturales en nuestras sociedades está estrechamente relacionado con la autoridad pública de esas supuestas mentes geniales capaces de descubrir las verdades últimas del mundo en que vivimos. La idealización de la ciencia se traduce en prestigio y beneficios reales, empezando por los recursos que se le destinan. En este sentido, la estratificación política al interior de la comunidad científica es un mecanismo que mantiene el poder político de las ciencias naturales frente a otros campos profesionales.

Cultivar el mito de los genios desde los propios cuarteles de la ciencia contribuye a atraer nuevos participantes. La genealogía de las grandes mentes científicas seduce a jóvenes que emprenden una formación en ciencias albergando la esperanza de hacer historia o de estar lo suficientemente cerca cuando alguien más la haga. Los nombres célebres de esta narrativa evocan un ideal valioso a los ojos de la sociedad no-científica y el recordatorio de que ese ideal es alcanzable (y que, por lo tanto, vale la pena invertir en perseguirlo). El genio científico es una figura moral que orienta las aspiraciones y la conducta de buena parte de nuestras sociedades.

La cultura del genio también es pieza clave de nuestra memoria colectiva: los nombres propios sintetizan sucesos importantes que difícilmente serían recordados si implicaran la compleja red de participantes que los hicieron realmente posibles. La atribución individual facilita la conmemoración y la memoria, siempre selectiva y generalmente injusta con la realidad histórica.6

Pero estas explicaciones suenan un tanto funcionalistas (parece que el sistema incluye mecanismos para satisfacer sus propias necesidades sin la participación consciente de los involucrados): los científicos no piensan en la memoria colectiva ni en la estructura política de las sociedades en su práctica diaria. ¿Cómo y por qué, entonces, reproducen el mito del genio y la atribución individual de esfuerzos colectivos?

Una primera motivación viene de la sincera creencia en que son parte de algo más grande que ellos y más grande que sus nombres, algo que puede corresponderse con el rumbo que un científico en un rango superior da al proyecto colectivo. La firma de este personaje se vuelve un sello legítimo del trabajo en equipo y la distribución del crédito deja de ser relevante, siempre que lo hecho por el grupo pase a la vida pública de la ciencia.7

La distinción entre el genio a recordar y el resto de los “olvidables” es en parte producto de lo que Robert K. Merton denominó Efecto Matthew:8 el público reacciona positivamente al reconocimiento inicial dado a una persona, exagerándolo y abriendo la brecha original que la separaba de otras personas menos reconocidas, al grado en que éstas terminan por ser completamente opacadas.

También hay que considerar que los científicos se profesionalizan en un ambiente donde hay rangos establecidos y reglas de juego que implican una distribución desigual de poder que es muy difícil y costoso cambiar individualmente. Quien quiera hacer carrera en ese campo tendrá que aceptar su estructura jerárquica, entender que la subordinación es un camino para mejorar poco a poco la posición personal en la jerarquía.

Los hacedores de ciencia saben, tácita o explícitamente, cómo funcionan las cosas y las mueven a su favor. Mukerji cuenta cómo los técnicos se ocultan conscientemente tras sus máquinas y los científicos de menor rango se desvanecen tras bambalinas ante cualquier aparición de alguien externo al laboratorio, dejan que su genio ocupe el escenario principal.9 Saben que es conveniente para sus carreras, para sus proyectos y para los lugares donde laboran que este personaje capte la atención pública. Después de todo, ser una figura de ciencia requiere olfato político, talento para las relaciones y capacidad de promoverse en diversos círculos sociales —las grandes mentes probablemente prefieren dedicar su tiempo a hacer ciencia en el anonimato.

Finalmente, hay que considerar el peso de las instituciones de promoción del conocimiento científico, pues a través de ellas podemos regular cuán funcional y/o injusto es este sistema. Los mecanismos de financiamiento, de publicación y de adscripciones a centros de investigación no pueden basarse en que tomemos por real la proyección ficcional del genio. Si junto a la exigencia a académicos e investigadores de que acumulen méritos a título personal no hay una promoción del trabajo horizontal en grupos de investigación y si no se reconoce (en palabra, papel y recursos) la importante labor de asistentes, becarios y estudiantes en la construcción del saber que suele caer bajo el nombre de una sola persona, se corre el riesgo de desalentar el trabajo colectivo y el auténtico avance del conocimiento. Es algo sobre lo que tendrían que reflexionar tanto las ciencias naturales como las ciencias sociales. El mito del genio, como todo culto, expresa lo valioso que es para nuestras sociedades el saber. Hay que cuidar lo sagrado de los riesgos de su sacralización: el cuerpo del genio es el trabajo de muchos, y debemos procurarlo para construir lo extraordinario.

Camila González Paz Paredes es socióloga por la UNAM y subdirectora de la revista cultural Cuadrivio.


1 Sobre el trabajo colectivo que en el arte suele quedar oculto bajo el crédito del denominado “autor”, puede verse el libro de Howard Becker. Mundos del arte. Sociología del trabajo artístico, Buenos Aires: Universidad Nacional de Quilmes, 2008.
2 El sociólogo Barry Schwartz, de la Universidad de Georgia, ha trabajado ampliamente el problema de la memoria colectiva. En este artículo retomo su trabajo sobre cómo la lucha por los derechos civiles de la población negra en Estados Unidos es recordado a través de la figura de una sola persona: Rosa Parks. “Collective Forgetting and The Symbolic Power of Oneness: The Strange Apotheosis of Rosa Parks”, Social Psychology Quarterly 72 (2): 123-142, 2009. 
3 El concepto de cognición distribuida abrió una veta de estudio en las ciencias cognitivas desde la década de 1980, gracias al trabajo del antropólogo Edwin Hutchins. En este enfoque, se toma como unidad de estudio de la cognición a un grupo de individuos y artefactos relacionados entre sí en un espacio y a través de procesos prácticos. Para saber más sobre este enfoque, puede verse el libro de Hutchins: Cognition in the wild, Cambridge (MA): MIT Press, 1995.
4 Uno de estos casos donde el resultado del trabajo colectivo rebasa lo imaginado por los mismos dirigentes del proyecto es la construcción del histórico Canal du Midi en Francia. Sobre él puede consultarse el libro de Chandra Mukerji, Imposible Engineering: Technology and Territoriality on the Canal du Midi, Princeton (NJ): Princeton University Press, 2009.
5 Chandra Mukerji, “The Collective Construction of Scientific Genius” en Yro Engeström y David Middleton (eds.) Cognition and Communication at Work, Cambridge: Cambridge University Press, 1996, pp. 257-278.
6 La relación entre memoria colectiva, conmemoración y atribución individual de hechos y empresas sociales es analizada por Barry Schwartz en el artículo antes mencionado: “Collective Forgetting and The Symbolic Power of Oneness…”, op. cit.
7 Ch. Mukerji, “The Collective Construction of Scientific Genius”, op. cit., p. 264.
8 El Efecto Matthew o Efecto Mateo se refiere a la ventaja acumulativa del reconocimiento. Merton acuñó este término en un artículo de 1968 para explicar por qué los científicos que ya tienen cierto prestigio obtienen más reconocimiento que otros con menos reputación en su campo, aunque el trabajo de ambos sea el mismo. Se genera así un círculo virtuoso donde el prestigio inicial genera más prestigio, mientras que el desconocimiento genera olvido. Robert K. Merton, “The Matthew Effect in Science”, Science 159 (3810): 56-63, 1968.
9 Mukerji denomina a esta conducta “the performance of invisibility”. Ch. Mukerji, op. cit., pp. 271-275.