Mexico is waging war on the U.S. through mass immigration illegal and legal, through the assertion of Mexican national claims over the U.S., and through the subversion of its laws and sovereignty, all having the common end of bringing the southwestern part of the U.S. under the control of the expanding Mexican nation, and of increasing Mexico’s political and cultural influence over the U.S. as a whole.

Lawrence Auster, “The Second Mexican War”

When Mexico sends its people, they are not sending their best. […] They are sending people that have lots of problems, and they are bringing those problems with us. They are bringing drugs. They are bringing crime. They are rapists. And some, I assume, are good people.

Donald Trump, discurso de anuncio de candidatura a la presidencia de Estados Unidos

Mother, did it need to be so high…?

Pink Floyd, “Mother”

Para muchos, las declaraciones de Donald Trump sobre la naturaleza criminal de los migrantes que entran a Estados Unidos, la urgencia de expulsarlos del país y la necesidad de construir un infranqueable muro fronterizo son descabelladas, además de ofensivas. Sin embargo, expresan sintética y abiertamente una forma de pensar que desde hace décadas orienta la política fronteriza y migratoria de Estados Unidos y que es bastante popular. Trump podrá ser un paranoico, pero no está solo en su pesadilla: muchos estadounidenses, republicanos o demócratas, consideran que los inmigrantes son un peligro para Estados Unidos y se sienten invadidos por la escoria del mundo, especialmente del latinoamericano. La fobia anti-migrantes tiene todo que ver con esa otra pesadilla real y fehaciente por la que atraviesan cientos de miles al pasar de México a Estados Unidos: no me refiero únicamente a la frontera de ríos y desiertos, patrullas fronterizas y centros de detención que cobra por lo menos 300 vidas al año, sino también a la frontera imaginaria que deja fuera a quien llegó de fuera, un muro social que distingue a los Americans de los aliens. México es el primer exportador de invasores en esta pesadilla, con 33.6 millones de personas residiendo en Estados Unidos. Los invadidos concluyen: “We need a bigger wall”.

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El muro ya existe y abarca la tercera parte de la frontera entre México y Estados Unidos, se empezó a construir en 1994 y se militarizó a partir de 1996. Desde entonces, las medidas para repatriar a los indocumentados se han agilizado y extendido -Obama batió récord en deportaciones de latinos indocumentados.1 Los cuantiosos recursos invertidos en un muro más grande, más inteligente (en términos tecnológicos), más vigilado y más intimidante no han tenido el efecto esperado sobre la entrada de migrantes ilegales, que se han desplazado hacia zonas más peligrosas, aumentando el número de muertos en la frontera, igual que el precio a pagar para que “los crucen”.2 ¿Por qué insistir, entonces, en el muro?

Esos miles de kilómetros de cercas y barreras de contención vigilados por tierra y por aire con radares, detectores electrónicos de movimiento, drones-cámara de visión nocturna y más de 20,000 agentes de la patrulla fronteriza, es sostenido por un muro imaginado, inmaterial, pero con consecuencias reales: el que distingue y separa a quienes se consideran American people de los illegal aliens. La división es imaginada porque las partes que separa no existen, sino que son construidas por quienes las piensan: ¿quién forma parte de la nación estadounidense y quién no? La pertenencia nacional no está en los genes, ni en la cultura (hay naciones multiculturales). Una nación no es un conjunto de individuos con una membresía previa a la nación misma; como afirmó Benedict Anderson,3 es una comunidad que se imagina como tal, como una separada del resto de la humanidad, con diversidades y conflictos internos que son sólo suyos, que forman su historia y en torno a los cuales se construye la subjetividad de quienes se sienten parte de ella. Hoy es claro, por ejemplo, que los afroamericanos pertenecen a la nación estadounidense; no es el caso de los latinos, aunque vivan, trabajen y tengan familia en el mismo país. Baste recordar que un argumento usado por Trump para defender la expulsión de los inmigrantes hispanos es que los efectos negativos de su presencia golpean especialmente a las comunidades afroamericanas. Ambos grupos son marginales y marginados, pero la marginación de los afroamericanos se considera un problema doméstico que debe ser atendido por el gobierno de Estados Unidos, mientras que la situación de los inmigrantes latinos es problema de ellos y de los gobiernos de sus países.4

Tampoco hay una realidad objetiva tras la etiqueta del illegal alien, porque inmigrantes que violan la ley al entrar a Estados Unidos, al trabajar o al exceder el tiempo de permanencia autorizado en el país, los hay de muy distintas nacionalidades y rasgos físicos. Sin embargo, se suele asociar el término “inmigrante ilegal” a la imagen popular del “mexicano”, de modo que muchos inmigrantes mexicanos y centroamericanos son automáticamente considerados “ilegales” o, por lo menos, sospechosos de serlo. Así que los esfuerzos por detener la entrada y permanencia de inmigrantes no autorizados se vuelven selectivos: históricamente, el blanco principal de la policía fronteriza ha sido el brown (moreno).5 No es sorprendente entonces que más del 90% de los detenidos por La Migra sean mexicanos y centroamericanos, a pesar de que sólo representen alrededor de un 60% de los inmigrantes ilegales.6

El muro imaginado que separa a la nación americana de los illegal aliens cobró especial fuerza con el inicio de la política anti-terrorista. A partir de 1996 y sobre todo tras los ataques del 9/11, la frontera entró en la lógica y el discurso de la guerra: el tema de la inmigración dejó de pertenecer al ámbito doméstico y pasó a tratarse como una cuestión de soberanía nacional. La amenaza de ese otro irreconciliable, desconocido, peligroso y distinto (el terrorista) solidificó el muro imaginado y condujo a reforzar el muro real en proporción a la paranoia. Desde entonces, los inmigrantes mexicanos y centroamericanos (los últimos doblemente víctimas de las fronteras) han sido los más afectados por las leyes anti-terroristas, pero también por la suspensión de toda regulación legal: considerados una amenaza a la seguridad nacional, son sometidos a todo tipo de violencia, como si estuvieran al margen de cualquier ciudadanía, como si no fueran sujetos de derecho alguno.7 Se han deshumanizado a ojos de los paranoicos nacionalistas y sus fuerzas defensoras. Y aunque para muchos sea evidente que el terrorismo y la inmigración ilegal son cosas diferentes, no pocas veces han sido directamente vinculadas por las autoridades estadounidenses con conceptos como “narcoterrorismo” y teorías sobre la entrada de extremistas islámicos desde México.8

Todo ello ha contribuido a que los inmigrantes latinos sean asociados a la ilegalidad, luego a la criminalidad, las drogas y finalmente a la amenaza del terrorismo, para considerarlos enemigos del pueblo americano. Al mismo tiempo ha crecido en ese pueblo la ansiedad por un muro más grande y se ha vuelto más tajante la división imaginada que expresa. Los mexicanos en tierra estadounidense protagonizan la pesadilla de no pocos americanos. Para los más paranoicos, la preocupación no es ya que le quiten el trabajo a los estadounidenses o que disfruten de los servicios públicos sin pagar impuestos, sino que reconquisten poco a poco esa parte del territorio de Estados Unidos que una vez perteneció a México. El politólogo Samuel Huntington habló de una reconquista hispana demográfica, social y cultural del suroeste estadounidense que está en curso desde hace años.9 Su pesadilla resuena en el temor por los anchor babies (bebés ancla), una estrategia de inmigrantes que tienen hijos en suelo estadounidense para que los niños adquieran la ciudadanía y luego ellos, como padres, puedan reclamarla también. Bajo esta luz, ya no importa si los inmigrantes son legales o ilegales, el reto es mantenerlos fuera de la ciudadanía y del territorio nacional.

Es así que el muro fronterizo materializa un muro simbólico, imaginado y profundamente moral porque expresa la idea de que el crimen, la droga, la violencia y los peligros para la buena vida y la buena gente vienen de afuera, y que de tener un muro lo suficientemente poderoso, los estadounidenses estarían a salvo de esos males. Esta ficción ignora por completo los entramados que unen a los trabajadores latinos con empleadores estadounidenses, a los traficantes con los consumidores y a todas las redes comerciales, laborales, informativas y también interpersonales que integran a Estados Unidos en América (la continental y verdadera) y en el mundo. Es además una ficción ahistórica: supone que si el sueño americano no es realidad es porque llegaron otros a robarlo y a frustrarlo, como si el ideal de los años cincuenta estuviera ahí, bajo la ola latina que hay que quitarle de encima, como si el estadounidense tuviera una esencia que puede verse manchada, pero nunca transformada, por los cambios culturales y sociales de las últimas décadas. Finalmente, la radicalización moral de lo que representa el muro fronterizo entre México y Estados Unidos es la distinción entre las vidas que valen la pena y las que no. Es una justificación que sobra ser dicha –mucho menos discutida– de por qué importa más sacar e impedir el paso a los migrantes que proteger sus vidas.

Afortunadamente, una encuesta reciente10 sugiere que la gran mayoría de los estadounidenses que viven en la frontera no comparten esta visión de las cosas: más del 80% está de acuerdo en que se abran alternativas para que los inmigrantes indocumentados obtengan la ciudadanía y más del 70% desaprueba la construcción del muro fronterizo. Las ciudades del sur dependen fuertemente de sus hermanas extranjeras y los habitantes valoran en alto grado los intercambios de bienes y personas entre ellas; los inmigrantes son vistos como vecinos, gente que busca una vida mejor, no como criminales o competidores económicos. Pero no es poco frecuente que la perspectiva de los más poderosos en número, recursos y audiencia opaque la de quienes viven en el ombligo del conflicto.

Quienes enfrentan los peligros de la frontera no lo hacen por la prístina ilusión del sueño americano, sino por la posibilidad de escapar a su pesadilla local: la mayor parte de los migrantes mexicanos son del sector agropecuario11 y cada vez son más los que huyen de la violencia. El Estado mexicano tiene una doble responsabilidad en el destino de sus migrantes: no puede desampararlos en esa condición extra legal a la que son sometidos por no contar con autorización oficial para entrar, laborar o permanecer en Estados Unidos, ni puede ignorar que el origen del problema son las condiciones de vida que le ofrece a los mexicanos. México no puede esperar con el ceño fruncido que continúe una política fronteriza unilateral, antidemocrática y xenofóbica por parte de Estados Unidos. Las fronteras también se gobiernan y ningún muro podrá salvar a nadie de esa tarea.12

Camila González Paz Paredes es socióloga por la UNAM.


1 Duarte, Frania “Deporter-in-chief”, Cuadrivio Semanal (Ecos del Tío Sam), abril de 2014. 
2 McC. Heyman, Josiah “Constructing a Virtual Wall: Race and Citizenship in U.S.-Mexico Border Policing”, Journal of the Southwest, Vol. 50, No. 3, Fences (Otoño 2008), pp. 305-333.
3 Benedict Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, Fondo de Cultura Económica, México, 1993.
4 Donald Trump declaró: “The truth is, the central issue is not the needs of the 11 million illegal immigrants or however many there may be […] There is only one core issue in the immigration debate, and that issue is the well being of the American people.” Discurso pronunciado en Phoenix el 1 de septiembre de 2016. Transcripción por el Servicio Federal de Noticias reproducida por el New York Times.
5 Una investigación profunda al respecto es el libro de Kelly Lytle Hernández, ¡La Migra! Una historia de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos, Fondo de Cultura Económica, México, 2015.
6 McC. Heyman, Josiah, op. cit., p. 312.
7 Ver Kathleen R. Arnold, American Immigration After 1996, Penn State University Press, Pennsylvania, 2011, especialmente los capítulos 1 y 2.
8 Fernando Escalante refiere algunos ejemplos en su libro El crimen como realidad y representación, El Colegio de México, México, 2012.
9 Huntington, Samuel,  “The Hispanic Challenge”, Foreign Policy, Vol. 141, marzo-abril de 2004, pp. 30-45.
10 “La frontera entre México y EEUU”, encuesta realizada por Baselice & Associates para Cronkite News de la Universidad Estatal de Arizona, Univision y Dallas Morning News entre abril y mayo de 2016.
11 Encuesta Sobre Migración en la Frontera Norte, Reporte Trimestral de Resultados octubre-diciembre 2015, El Colegio de la Frontera Norte.
12 Sobre este tema recomiendo retomar el artículo de Paulina Ochoa Espejo, “¿Qué tiene de malo el muro”, Nexos, 1 de abril de 2014.