Al cerrar 2008, mirábamos indicadores económicos. Había sido un año muy complicado para la economía global y en México todavía esperábamos la peor parte. Bailábamos y bebíamos decembrinamente; hacíamos nuestros recuentos con el discreto optimismo de que esa crisis no fuera tan fuerte, no durara tanto, no nos pegara directamente. En esos tiempos, las voces que inmediatamente acusaron un exceso de liberalización económica, un problema de raíz en las concepciones dominantes del modelo político y económico, se hicieron escuchar, pero tal vez no estábamos aún ante un cambio de paradigma. La crisis apenas había sembrado algunos mundos sociales aquí y allá. Para cerrar este 2016, sin embargo, más vale preguntárnoslo ya: ¿estamos cambiando de paradigma?


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Y es que este fin de año resulta incómodo. Los elementos que conforman el balance incluyen un gran número de muertes de un gran peso simbólico por ser muchos que forjaron política, plástica y culturalmente mucho de pasados a los que hoy les cuestionamos su continuidad. Le dijimos adiós a Fidel Castro y a Shimon Peres; a Leonard Cohen, David Bowie, Prince y, por supuesto, a Juan Gabriel; a Zaha Hadid y a Teodoro González de León. Nos cansaremos de ver estos recuentos en los próximos días, por lo que no vale la pena enlistarlos aquí. Sin embargo, más que la desazón de aquello que estamos despidiendo, es su abono a un desamparo sobre lo que podría depararnos en 2017.

Es el triunfo de Trump. Imagino que ante una victoria de Hillary Clinton muchas de nuestras retrospecciones sobre este año se sostendrían; lo que cambia es el tono apesadumbrado y la sensación de urgencia. No es lo mismo observar desde el statu quo el surgimiento y competencia de discursos proteccionistas en la política estadounidense que con los delirios de un maniático improvisado. Si en 2015 la candidatura de Trump nos sonaba simbólica, este año nos obliga a imaginar lo inimaginable, a renunciar al escepticismo como prerrequisito para pensar escenarios. Este año nos invita a anticipar el siguiente desde la ruptura, no desde la normalidad.

Y creo que es desde ahí que vale la pena hacer una reflexión decembrina, desde la imaginación, las intuiciones y las generalidades. Que el espíritu dionisiaco de la época sirva para tomarle la palabra a un mundo donde puede destruirse Siria, ganar Trump, votarse el “sí” de la salida del Reino Unido de la Unión Europea y el “no” por la paz en Colombia; donde populismos nacionalistas cobraron fuerza aquí y allá, mientras que en otros sitios se desmoronan; o desde un México donde centenas de miles marcharon contra el reconocimiento del estado a la unión doméstica de dos personas mientras el país se sigue ahogando en sangre, extorsión, secuestro, desfalco, corrupción e impunidad; desde un planeta donde vivimos el año más cálido registrado desde que hacemos estimaciones de la temperatura global, con un Océano Ártico que se resiste como nunca a congelarse y regiones africanas que parece que han terminado de secarse. Hoy sugiero hablar y pensar desde la embriaguez del mundo ardiendo. En la cruda de enero ya nos sentaremos a pensar lo plausible.

En enero tomará el poder Trump. Los escépticos podrán burlarse de todos cuando veamos su moderación, su incapacidad de enfrentar a los grandes capitales y la rebelión de sectores sociales organizados. O de plano su destitución o renuncia. Ante lo contrario no podrá haber espacio para burlas. En el lapso de un solo año, el modelo hemisférico podría trastocarse en todos sus aspectos. Todos los flujos comerciales y humanos, todas las relaciones políticas. No es catastrofismo: el tipo dijo que levantaría un muro, expulsaría a millones de un solo tajo, impulsaría medidas proteccionistas y revocaría todos los tratados comerciales y políticos más importantes. Y eso sin hablar de sus estrategias bélicas. Si en el diciembre de 2008 podíamos imaginar que el cierre de 2009 sería uno de recuento de daños económicos, esta vez no es osado imaginar que en diciembre de 2017 estaremos discutiendo la etiqueta sobre cómo nombrar toda una nueva etapa del proceso histórico occidental.

La victoria de Trump, dije, solo precipita las cosas y recrudece el trayecto, pero tal vez no cambia del todo el sentido del signo de nuestro tiempo. Como muchos, y cada vez más, me pregunto si estamos dejando ya el neoliberalismo. Y me pregunto si el próximo año concluiremos que sí.

“Neoliberalismo”. La etiqueta despierta sonrisas sarcásticas en los centros de producción de tecnócratas. En todo caso, sigo a la antropóloga Elizabeth Povinelli (2011) cuando dice que el neoliberalismo –y sus ismos más cercanos- “no existe como cosa en un sentido ordinario del término… existe en la medida en la que es evocado para conjurar, moldear, agregar y evaluar una variedad de mundos sociales, y cada uno de estos conjuros, moldes, agregados y evaluaciones dispersa el neoliberalismo como un terreno global” (p. 16, traducción propia). No hay, pues, un “estado neoliberal”, sino todo tipo de consecuencias más o menos intensas, más o menos tangibles de una gubernamentalidad1 ordenada por lo que ya sabemos: estados mínimos, mercados globales libres y el desarrollo basado en la incorporación de los individuos a estos mercados.

Sin mayor capacidad de imaginar otra cosa que el movimiento pendular, el limitado pensamiento dicotómico de la ciencia social, lo contrario a esta gobernanza neoliberal es el regreso de lo social, ya sea a través de recargar la idea de estado o de alguna nueva corporación que se nos ocurra. Si, en términos weberianos, el neoliberalismo implica una racionalización al grado de que sus principales impulsores y apóstoles suelen, de hecho, desconocerlo como ideología, tal vez su declive significa un reencantamiento del mundo. ¿Cómo estaríamos, entonces, desintelectualizando las cosas? ¿Es eso lo que les ha dado por llamar la “pos-verdad”?

En Estados Unidos ganó quien niega el cambio climático y elige a un creacionista como vicepresidente. En México los fanáticos religiosos lograron incidir en la agenda nacional. En Colombia ganaron otros afectos sobre la racionalidad del perdón. Los ejemplos de mundos sociales amplios, duraderos, consolidados, poderosos, que son movilizados por afectos, creencias religiosas y noticias falsas, se multiplican. Desde el racionalismo, de izquierda o de derecha, resulta complicado comprender a estos mundos. En algunos casos y sitios, conviven en las mismas ciudades, en las mismas regiones, asisten al mismo sistema educativo, tienen acceso directo o indirecto a los mismos medios de comunicación y, sin embargo, parecemos tan ajenos. A veces parece que no logramos ni encontrar un término común para discutir. Y empiezan a ser mayorías.

Tal vez deberíamos mirar con más detenimiento las décadas de 1920 y 1930. Lo hemos estado haciendo a través del cine, la ensayística o incluso desde la producción académica. Tal vez buscamos con curiosidad algunos ecos de lo que estamos encontrando ahora. Esos 20 trasgresores, vanguardistas, libres y liberados que se estrellaron con una crisis que devino en conservadurismos, totalitarismos, irracionalismos estremecedores y la peor de las guerras… pero también devino en estados de bienestar.

Pensar desde la política en lo “social” exige cierto reencantamiento. Al final, siempre hay una ética, una mística, una utopía detrás de lo que queremos entender como lo social. La izquierda, curiosamente, se lo ha estado (re)planteando desde la victoria de Trump. Por aquí y por allá han proliferado diferentes textos y columnas de opinión basadas en la urgencia por “rematerializar” la izquierda. Las victorias –o crecimientos– de derechas populistas en Europa y América los ha puesto a mirar sus agendas progresistas en temas de identidades y derechos humanos como insuficientes, enfocadas en lo minoritario, en vez de en la clase trabajadora. Pero “clase trabajadora” ha solido involucrar imágenes y proyecciones racializadas y masculinizadas. ¿Cómo y desde dónde se imaginará ahora a un proletariado multicultural y diverso?

En el paradigma neoliberal, qué curioso, la izquierda luchó por el único colateral que David Harvey (2007) encontraba positivo en esta etapa del capitalismo: con tal de que los mercados, hiperespecializados y atomizados, lograran llegar a todos lados, había que reconocer identidades y derechos a quienes estaban segregados o marginados. Si el neoliberalismo también fue definido como un objeto político concreto que la izquierda resiste, simultáneamente es también ese amplísimo conjunto de actos performativos que describe Povinelli bajo los cuales la izquierda también fue definida, entendida y actuante. Una izquierda neoliberal, pues. Que en este año la izquierda se reproche su protagonismo en las políticas de identidad y se plantee regresar al centro a la clase trabajadora, lo encuentro sintomático del declive de la gubernamentalidad neoliberal en general.

Aunque el relato histórico puede serlo, los procesos históricos nunca son discretos. Las excepciones a veces superan en número a la regla del relato. Podríamos describirle con todo detalle un solo punto de inflexión a una circunferencia. El corte de selección de antecedentes y consecuencias es a conveniencia. En suma: sí, todo eso que desdeñan los racionalistas de “las narrativas”. Pero a veces es sólo así que podemos desentrañar las lógicas de procesos que, de otra forma, son invisibles. A veces es sólo así que podemos vislumbrar los escenarios que parecían delirantes y, en efecto, están ocurriendo.

Si hubiera ganado Hillary Clinton, hablaríamos de sus dificultades de lidiar con una población polarizada o del crecimiento de discursos de estado de bienestar como los de Bernie Sanders. Miraríamos con gracia cómo el Reino Unido busca prolongar o incluso cancelar su salida de la Unión Europea. Nos mantendríamos escépticos al avance de Le Pen en Francia o de la derecha en Alemania. El proceso electoral mexicano de 2018 sería uno “normal”. Pero ganó Trump. A veces el proceso histórico tiene catalizadores más potentes que nos obligan a evidenciar y a delimitar cosas que parecían lentas y difusas.

Estamos cerrando 2016, estupefactos. Para los que nacimos desde finales de la década de 1970 en este hemisferio, tal vez nunca habíamos tenido una sensación así de transformación tan intensa en un orden mundial, en el paradigma naturalizado de gobernanza. Tal vez la tuvieron nuestros padres al experimentar las explosivas crisis de esos años o ante la caída del muro de Berlín. Tal vez tuvimos la tentación de pensarlo cuando derrumbaron las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, pero parece que sólo entramos a una nueva etapa de lo mismo. Las incertidumbres que anticipamos para 2017 son mucho más profundas que las de ese 2008 en las que tal vez empezó este proceso de transformación. Viene un tiempo difícil, extraño, amenazante, oscuro, irracional. Mi brindis decembrino lo haré desde un delirante optimismo para que, al final o durante todo esto, tomemos con creatividad todas esas señales de un regreso de lo social, para impulsar un paradigma incluyente, plural, libre y, sobre todo, igualitario.

José Ignacio Lanzagorta García es antropólogo social y politólogo, actualmente cursa el doctorado en Ciencias Sociales de El Colegio de México.


1 Siguiendo este concepto de Foucault que es también retomado por Povinelli.

Referencias

Harvey, David, 2007, “Capitalismo: la fábrica de la fragmentación”, en Espacios del capital: hacia una geografía crítica, Ciudad de México: Akal

Povinelli, Elizabeth, 2011, Economies of Abandonment: Social Belonging and Endurance in Late liberalism, Estados Unidos: Duke University Press