Se sentía la tensión en el aire. Algo raro para una ciudad acostumbrada a la exhibición y al despliegue de poder. Había en las calles más personas que de costumbre; gente extraña, que no caminaba con el paso apresurado de los profesionistas y burócratas que generalmente recorren las principales avenidas. Se escuchaba ruido en las calles, pero también se sentía el silencio producto de la incertidumbre. La división entre simpatizantes y manifestantes se sobrepuso a la división racial que predomina en la ciudad, institucionalizada por las políticas urbanas de redlining de la década de los años treinta, por medio de las cuales las autoridades evitaron que grupos raciales “inarmónicos” y de color se establecieran en las áreas centrales, confinándolos a un cinturón externo de pobreza y marginalidad. La nueva división se articuló en relación con el nuevo presidente, pero no sólo en torno a él.

1

Los sistemas de creencias se difunden en paquetes –subconjuntos de elementos relacionados entre sí–, que los individuos consumen como unidades naturales. El proceso es el siguiente: una persona cree en uno de los elementos y, posteriormente, por inercia y la ilusión de coherencia, probablemente aceptará el siguiente y el próximo, hasta que termine adoptando todo o casi todo el conjunto, incluso de manera inconsciente. En general, quienes simpatizan con el nuevo presidente son conservadores, añoran la claridad de los tiempos pasados, se oponen a la liberalización del aborto e incluso a la proliferación de métodos anticonceptivos, repelen la limitación a la portación de armas, tienden a pensar que los problemas raciales ya han sido superados, niegan el cambio climático, desaprueban la inclusión de la comunidad LGBTQI, creen en un vínculo del islam con la violencia y consideran a la migración un crimen o una amenaza. A grandes rasgos y con sus matices correspondientes, el sistema de creencias de los manifestantes es opuesto.

Desde el día previo a la ceremonia de investidura, la diferencia de los dos grupos se manifestó físicamente en las gorras rojas con el eslogan Make America Great Again de los simpatizantes y los gorros de diferentes tonos de rosa con orejas de los manifestantes, los pussy hats tejidos a mano. Aunque ambos sistemas de creencias fueran diferentes en el fondo desde un principio, el avance y el posterior triunfo del próximo presidente, con sus comentarios y acciones, desdibujó la escala de grises con la que se podían representar las diferencias entre la población estadunidense, sustituyéndola por una dicotomía cerrada y antagónica. Para la noche, la división y la tensión en la ciudad eran notables, atenuadas intermitentemente por los asistentes a los elegantes bailes de inauguración que se vieron forzados a caminar unas cuantas calles para llegar a sus destinos.

El 20 de enero, la ceremonia empezó temprano y se desarrolló con el cumplimiento minucioso del rígido y estudiado protocolo oficial. Mientras los presidentes saliente y entrante permanecían dentro de la Casa Blanca, la cúspide del poder comenzó a llegar al Capitolio. Apareció entonces la cereza del pastel, la presencia más esperada por el morbo de la gente. Hillary llegó vestida de blanco. Salió de la limusina esbozando la sonrisa de siempre, que podría pasar por franca y sincera si no fuera la misma que articula automáticamente cuando le preguntan sobre las infidelidades de Bill, sobre Bengasi, sobre los e-mails. La compostura que ha perfeccionado durante más de treinta años, para mostrar fortaleza y mantenerse en posiciones de poder en un sistema que juegan en su contra. La que parecería creíble de no ser por esos segundos en los cuales se le escapa la tristeza, la frustración y la derrota. El masoquismo no tiene límites cuando se mezcla con ambición.

El discurso inaugural fue la parte más esperada de la ceremonia. El nuevo presidente cree que es el mejor e interpreta su triunfo como evidencia. Consecuentemente, cree que es buen orador. Pero su falta de habilidad y claridad ocasionaron segundos de desfase durante las pausas que hizo esperando aplausos inmediatos y la reacción tardía de sus simpatizantes. La extensión del discurso no superó dos hojas, con las mismas palabras, escasas y simples, que le permitieron encantar a ciertos sectores de masas. En concordancia con su campaña, su primer discurso como presidente fue disruptivo, basado en la exaltación de la frustración, de presuntos agravios, del rencor, del enojo, del rechazo y el miedo a lo externo. A partir de ahora, por lo menos en la retórica, las relaciones de Estados Unidos ante la otredad serán un juego de suma cero, en el cual el presidente prometió no estar dispuesto a perder. El Capitolio fue el epicentro de una sacudida que se sintió sin que se moviera la tierra. Quizá en gran medida porque al final de la jornada se sumaron más de 200 detenidos. 

A la mañana siguiente, los asistentes a la marcha de mujeres abarrotaron la plaza nacional y calles aledañas, portando mensajes contra el cambio climático, por el movimiento Black Lives Matter, contra la discriminación de los musulmanes, por la regularización de los migrantes, por los derechos de la comunidad LGBTQI, por la igualdad de salarios, por el acceso a la salud y el respeto a los derechos reproductivos, en contra de los comentarios misóginos del presidente, en contra del presidente. Por la diferencia. Durante cuatro horas, líderes y activistas afro-estadounidenses, asiáticas, latinas, blancas, transgénero, indígenas, artistas, y una monja, ofrecieron discursos y testimonios protestando en contra de la exclusión. Después de la protesta, empezó la marcha. Se tuvieron que abrir rutas adicionales para el paso de los manifestantes. No hubo un solo incidente violento.

Al final, se contaron alrededor de 500,000 manifestantes. Tomando en cuenta a las más de 500 marchas paralelas que se organizaron en todos los estados y las principales ciudades de Estados Unidos, la marcha de mujeres se considera la protesta nacional más concurrida en la historia del país, con entre tres y cuatro millones de participantes. Se registraron también más de 670 movilizaciones similares en varias partes del mundo. Los opositores al presidente se curaron, aunque haya sido por un día, del miedo, la tristeza y la incertidumbre. Le ganaron de nuevo con números, aunque estos tampoco se traducirán en posiciones de poder institucional. Para entonces, la página electrónica de la Casa Blanca ya había eliminado su versión en español, así como las menciones a la lucha por los derechos civiles, al cambio climático, a programas públicos de salud y a los derechos de la comunidad LGBT.

El verdadero protagonista de estos acontecimientos es la dinámica entre diversidad y exclusión. Durante la primera mitad del siglo XIX, Alexis de Tocqueville advirtió que las batallas futuras se originarían por las diferencias entre los que tienen y los que no tienen. Pocos años después, Karl Marx identificó a la lucha de clases como el motor de la historia. Según un reporte de Oxfam, publicado en enero de este año, los ocho más ricos del mundo, todos hombres y la mayoría blancos, tienen la misma riqueza que 3,600 millones de personas. La sacudida del 20 de enero y su réplica del día siguiente, con los eventos y procesos que les precedieron tanto en Estados Unidos como en diferentes partes del mundo –la decisión del Reino Unido de abandonar la Unión Europea, por ejemplo– representarán una nueva versión, con diferentes identidades y alianzas, de las implicaciones históricas de la desigualdad, con una buena dosis de exaltación, miedo, solidaridad e incertidumbre.

Ximena García es internacionalista de formación. Estudió en México y en China. Actualmente vive en Washington, D.C.