Hay algo en lo que, probablemente, estemos de acuerdo quienes somos sensibles ante temas relacionados con justicia, discriminación, desigualdad, derechos humanos u otras problemáticas sociales que provocan opiniones polarizadas, y es en lo cansado que puede llegar a ser la defensa de causas que llevan siendo peleadas varias décadas y que, aunque parecieran un asunto de sentido común, resulta que hay quien rechaza la sensatez y se planta en la postura contraria —sea por necio, por ignorante o, de plano, por obtuso.

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En esta era del opinionismo, y del uso de la carta de la censura contra lo “políticamente correcto”, ha agarrado fuerza la postura y/o reacción en la que se critica la defensa, se satiriza y se deslegitima, pintándola de sobre-reacción, de victimismo, e incluso de ganas de molestar. Es un discurso condescendiente que se burla de la lucha, de la denuncia o de la queja ante un problema social que va un poco como “uy, claaaaro, está bien que la gente opine siempre y cuando esté de acuerdo contigo, pero a mí nadie me deja estar en desacuerdo con el feminismo o con el asesinato de gatitos bebés”. Este discurso tacha de censura las reacciones —de ofensa, de enojo, incluso de debate— en contra de su discurso de odio, argumentando que ahora las personas queremos ofendernos de todo.

La defensa de lo políticamente incorrecto, amparada en la libertad de expresión, está mucho más cercana a la difusión de discursos de odio que al “pensamiento progresista” —lo que sea que sea esto—, o incluso disidente; además, es reflejo de una cosmovisión anacrónica, obstinada y francamente deprimente que ya da mucha flojera cuestionar y deconstruir. Lo curioso, considero, es (prescindiendo de la postura en el debate) la insistencia con la que todo el mundo se apropia de estos temas, particularmente —como es materia de reflexión de este texto—de los relacionados con el y los feminismos; todavía peor, del sujeto en discusión: de las mujeres.

¿Por qué se insiste en deslegitimar un movimiento (cuando hablamos del feminismo en abstracto, porque generalmente ahí se concentra la intervención del opinatodo reaccionista) que en esencia busca generar igualdad para todos los seres humanos?, ¿por qué hay, además, tanta gente que se obstina en luchar por restringir derechos a sectores específicos de la población, seamos mujeres, disidentes sexuales, trans, inmigrantes, de otra religión, negrxs?; peor, ¿por qué se empeñan en renegar con las mismas falacias argumentativas de siempre?

La explicación puede tener que ver con la forma en que pensamos: varios estudios han confirmado que las personas no piensan óptima, ni racionalmente. Según Hugo Mercier y Dan Sperber, científicos cognitivos de Harvard, la razón es un rasgo evolutivo del ser humano que se desarrolló para resolver los problemas de la vida en grupo, en lugar de para resolver problemas lógicos abstractos o para procesar información desconocida (Kolbert, 2017). En realidad [todavía *cruza los dedos*] no estamos lo suficientemente evolucionados para ser capaces de razonar en función de los argumentos críticos que se nos presentan enfrente.

Hay un fenómeno que se conoce como sesgo de confirmación (confirmation bias), que es la tendencia que tiene la gente de sólo aceptar la información que respalda y/o apoya sus creencias, y de automáticamente descartar la información que la contradiga sin llevar a cabo un proceso crítico de análisis de los argumentos presentados; es una de las distorsiones cognitivas (o faulty thinking) mejor identificadas por científicos sociales y cognitivos en el mundo. El sesgo de confirmación tiene, además, un componente fisiológico. Hay investigaciones que sugieren que las personas sienten placer, literalmente segregan dopamina cuando están recibiendo información que apoya sus creencias, sea ésta cierta o no (Kolbert, 2017).

La investigación llevada a cabo por Mercier y Sperber (Harvard, 2017) ahonda en el tema del sesgo de confirmación y apunta al sesgo personal (myside bias). Éste comprueba que los seres humanos son altamente críticos con los argumentos de otras personas, pero casi nada con los propios; de hecho, solemos volvernos obtusos respecto de los nuestros con facilidad. Esto, en teoría, sería un mecanismo evolutivo que nos permitiría evitar que otros miembros de nuestro grupo nos jodiera, cuando el problema no era discutir ideas, sino sobrevivir. Sin embargo, hoy día la razón no nos funciona para procesar estudios, investigaciones, noticias, y la enorme cantidad de información que las redes sociales nos avientan en cantidades exorbitantes.

La ilusión de la explicación profunda (illusion of explanatory depth) es otro fenómeno que incide aquí. Las personas creen que saben mucho más de lo que realmente saben, justificado en una dinámica social en la que se delega la responsabilidad del conocimiento; es decir, si alguien más lo sabe y yo confío en esa persona, ya no tengo que preocuparme por eso. Tiene sentido cuando hablamos de ir al médico, o de usar un dispositivo que alguien más diseñó y que, en teoría, sé cómo funciona.1 Sin embargo, en el terreno de lo político suele causar muchos desastres: si me tomo unas pastillas sin saber exactamente por qué me van a curar es una cosa, pero si me opongo o estoy a favor del feminismo sin saber realmente por qué, las decisiones (o actitudes) que tome en torno a ello no van a ser en absoluto racionales y, una vez que están formadas, las impresiones sobre un tema son sumamente difíciles de contrarrestar.

Lo curioso es que, como regla, los sentimientos más fuertes respecto de ciertos temas no son producto de un pleno entendimiento (Fernbach et al, 2013), y es en ese punto donde la dependencia en lo que otras personas piensan hace más grande el problema, ocasionando una bola de nieve: si la opinión de mi vecino sobre… el aborto, o sobre la violencia de género, no se sustenta en ningún argumento válido y/o construido en función de una investigación crítica y yo confío en su opinión, la mía también estará vacía. Y si hablo de eso con alguien más, y esa persona toma lo que le digo como válido, también va a estar basada en una idea fútil, pero los tres nos vamos a sentir apoyados respecto a lo que pensamos y con una defensa sobre nuestra postura reforzada.

Es interesante, pues, que de pronto seamos tan suspicaces ante el diagnóstico de un médico, sintamos seguido la necesidad de pedir una segunda opinión y que incluso busquemos los síntomas que tenemos en internet, pero que con temas de política (o, en este caso, exclusivamente relacionados a la igualdad de género) tendamos más a fiarnos de fuentes poco confiables, e, incluso, a compartirlas. ¿Es esto producto de la distancia entre el opinador y el impacto directo del tema sobre el que se habla? Las personas sienten más facilidad de participar en debates sobre los cuales no se han informado realmente en la medida en que sienten —o saben— que los temas interactúan directamente con su vida diaria, y que, por lo tanto, tienen algún derecho sobre ello. Y, bueno, en la vida diaria siempre hay mujeres.

El asunto con los debates que surgen en torno a las mujeres es que, en la misma medida en que están polarizados, están en TODOS lados, trillados, desgastados, y siempre reaccionarios. La discusión —si es que se le puede llamar así cuando brilla por burda— escala desde la que es producto de los comentarios ridículos del chistosito que no entiende (¿o dice que no entiende?) por qué es acoso sabrosear a una mujer, o si “sólo verla en la calle”, porque, qué, ¿no estamos para eso?, ¿no nos vestimos exclusivamente para que nos volteen a ver?, ¿no es MI DERECHO ver puras cosas bonitas? Hasta el debate sobre la exclusión de las mujeres trans (o de las mujeres heterosexuales, o de las trabajadoras sexuales) de ciertos feminismos, pasando por, cómo no, el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo (¿quién no tiene una opinión sobre esto?), llegando hasta la neoliberalización del feminismo, la concentración de la agenda feminista en las mujeres víctimas y la conversión del feminismo en un método de autoayuda en el que el objetivo principal es cambiar la forma de pensar de las mujeres.

En las semanas que acaban de pasar se han desatado debates interesantes sobre un texto de Valeria Luiselli que —según la interpretación2—, criticaba al feminismo o no, —desde un lugar de privilegio o no—; otro en torno a si la decisión de Café Tacvba de ya no tocar en vivo Ingrata es censura, un atentado cultural o un reconocimiento de la violencia de género que impera en nuestra sociedad y que merece ser atendido, y uno más reciente sobre la pertinencia de otorgar un Óscar a Casey Affleck, quien está acusado de acoso sexual y lo que esto implica en un mundo en que Trump ya ganó las elecciones de EEUU estando acusado de lo mismo. Las reacciones se dispararon desde todos los frentes, en diferentes decibeles y cargadas de todas las legitimidades de los opinólogos del mundo.

Las opiniones miopes y desinformadas en torno a los feminismos, sobre el concepto y sobre el SER mujer, se reproducen y difunden en forma de memes y chistes junto a los garrafones de la oficina o en los vestidores del gimnasio; de una manera tan natural, con una sensación tan familiar de propiedad, que ni siquiera llama la atención. Ante eso reaccionamos, defendemos, argumentamos, explicamos, nos desesperamos, producimos mil textos sobre la pertinencia del feminismo, sobre cómo también es cosa de hombres, sobre el feminismo explicado con manzanas, sobre todo lo que tenemos que decir porque somos educadxs, intelectuales, clasemedierxs y venimos a explicar y a retroalimentarnos entre nosotrxs. Lo peor es que, según la evidencia que presentan Fernbach et al, la falsa sensación de entendimiento que provocan todas esas manifestaciones violentas de “la libertad de expresión”, no sólo contribuyen a la polarización política respecto del feminismo, sino que es irremediable, y se ha vuelto una característica manifiesta y arraigada del machismo en nuestra sociedad. La gente no entiende, pues, y no entiende que no entiende, por más columnas como esta que escribamos.

Las personas que no están de acuerdo, y que, encima, rebaten los derechos y las denuncias de las mujeres, van a seguir poniendo atención sólo a los argumentos que menosprecian los esfuerzos de concienciación; a seguir creyendo que lo entienden todo sobre el feminismo y que, por supuesto, está mal, así como están mal las feminazis y las mujeres que se ofenden con los chistes sexistas o con su obstinado intento por hablar de cuántos hombres mueren en comparación a las mujeres, y a seguir alimentando la vorágine de incorrección política que se disfraza de libertad de expresión, de violencia y de machismo reaccionario. El tema, lamentablemente, ya ni siquiera es el feminismo, con todos los argumentos, teorías y posturas que éste presenta en todas sus corrientes: son las mujeres. Y todxs tenemos algo que decir, porque, claro, las mujeres somos de todxs.

Sofía Mosqueda estudió relaciones internacionales en El Colegio de San Luis y ciencia política en El Colegio de México. Es asesora legislativa.


1 Rozenblit y Keil (2002) demostraron que las personas suelen sentir mucha confianza sobre entender cómo funcionan los objetos que usan todos los días, pero que, al ser cuestionados sobre el funcionamiento en sí es lo que les hace darse cuenta de la complejidad real y así cambiar ligeramente la idea que tienen sobre su entendimiento.
2 Véanse algunas de las respuestas a Luiselli aquí y aquí.

Referencias

Fernbach, Philip et al. (2013). “Political extremism is supported by an illusion of understanding”. En: Psychological Science. XX(X). Pp. 1-8.

Kolbert, Elizabeth (2017). “Why facts don’t change our minds”. En: The New Yorker.

Rozenblit, L. Y Keil, F, (2002). “The misunderstood limits of folk science: An illusion of explanatory depth”. En: Cognitive Science. 26. Pp. 521-562.