─¿En qué puedo ayudarle?

                  ─Quisiera solicitar asesoría para solicitar el pago de un seguro de vida.

                  ─¿Cuál es el motivo de su solicitud? ¿Jubilación o retiro del titular?

Atención a clientes, Metlife

Para Bronislaw Malinowski, todos los hechos e instituciones humanas contribuyen a resolver necesidades como la nutrición, la seguridad, la relajación, el movimiento y el crecimiento (Argonautas del Pacífico Occidental, 1973). Es decir, todo aquello que los humanos hacemos puede interpretarse como una respuesta a un espectro limitado de necesidades básicas, instrumentales y simbólicas.

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Si bien la visión de Malinowski acerca de las culturas como sistemas en equilibrio ha sido desautorizada en más de una ocasión, a mi juicio brinda un marco para observar la realidad, más específicamente, las tareas que circundan el retiro de este mundo.

Mi madre, siempre oportuna, me brindó la ocasión de inspirarme al retirarse del mundo de los vivos recientemente. Es gracias a su partida que puedo compartir esta propuesta en relación con las gestiones del retiro y su carácter necesario para la conservación del equilibro sistémico.

Las preguntas

A la voz de “en la vida todo tiene un ritmo rataplán, si te fijas muy bien, muy bien lo encontrarás”, podríamos suponer que las preguntas asociadas con la gestión de los restos de la persona retirada guardan su compás. En este caso, me temo que Alberto Lozano se equivoca.

¿A qué funeraria debe llamarse? ¿Quién va a reclamar el cuerpo? ¿Quiere conservar o no la ropa del difunto? ¿A quién debe avisarse del deceso? ¿De qué color será el féretro? ¿El cuerpo será sepultado, incinerado, arrojado al mar, donado a la ciencia o enviado al espacio? ¿Cómo se vestirá al difunto para el funeral? ¿La tapa abierta o cerrada? ¿Servirá o no café durante el servicio? ¿Se ofrecerá o no una misa? ¿Qué modelo de urna prefiere? ¿Acompañará al cortejo? ¿Quiere llevarse las flores? ¿Quién recibirá las cenizas? ¿La urna será depositada en un nicho o alguien la conservará en su casa? Todas estas preguntas y las decisiones que de éstas se derivan deben solventarse de manera sistemática y sin elipsis para lograr la gestión efectiva de los restos.

Para los dolientes es difícil responder a todas estas preguntas y tomar decisiones sobre cada una de forma asertiva. Cualquier amago de procrastinación genera consecuencias indeseables de distinta índole. Alguien debe responder y decidir si queremos que el cuerpo alcance su destino final.

Debería existir un servicio al más puro estilo del limpiador interpretado por Harvey Keitel en Pulp Fiction. Uno podría enviarle un escueto mensaje vía celular y en pocos minutos aparecería un elegante señor de esmoquin capaz de resolver todas las preguntas y tomar decisiones. La necesidad del mercado es tan obvia que con seguridad este tipo de profesionales existen y cobran lo que se les pega la gana.

Los objetos con alma

Quienes la ven por primera vez, suelen sorprenderse por la belleza y contundencia de mi vajilla de Bavaria con servicio para 16 comensales. Llegó a mi vida gracias al retiro de una conocida que dejó tras de sí nueve vajillas, una de las cuales me fue obsequiada: aún recuerdo la cara de alivio de su heredera cuando dije “me llevo la azul”.  Y es que la gestión de los objetos conlleva un sinnúmero de complicaciones.

Ya sea desde la perspectiva psicológica de Mihály Csíkszentmihályi (The Meaning of Things, Domestic Symbols and the Self, Cambridge University Press, 1981) o la antropológica de Marcel Mauss (The Gift, The Form and Reason for Exchange in Archaic Societies, W. W. Norton & Company, 2000), las ciencias del comportamiento han sabido dar cuenta de los complejos sistemas de objetos que los humanos construimos y en los cuales estamos inmersos, por no decir ahogados. Al interactuar con el mundo dotamos a los objetos de alma y nos enfrascamos en complejas transacciones de significados y emociones. Pocas o muchas, las personas dejan cosas tras de sí cuando se retiran de este mundo y alguien debe darles cauce.

En casa de la retirada encontré una planta de soldar (porque todas las mamás tienen una, ¿a que sí?), una gran variedad de herramientas, indumentaria, libros, recipientes, cartas, contenedores, retazos de tela, madejas de estambre y un número exorbitante de bolsas papel estraza cuyo uso supuesto no he logrado clarificar. Libros de oración, agendas, notas y recuerdos de la infancia que mi madre conservó cuando mi hermano y yo declaramos nuestra soberanía e independencia.

En mi imaginación, el limpiador aparece con su esmoquin y sin perder el aplomo separa los objetos que serán conservados, donados, heredados u, observando las reglas del potlach, destruidos para preservar su contenido simbólico.

En la realidad trabajé en solitario hasta que todos esos objetos con sus respectivas almas se me vinieron encima y acepté la ayuda de familiares y amigos solidarios que me dieron su tiempo y fuerza de trabajo para organizar el complejo sistema. En ese momento comprendí el gesto de alivio de la mujer de las vajillas cuando le quité de encima un problema de nueve. Fue la misma que puse cuando entregué la máquina de coser y cada uno de los objetos que adquirirían nueva vida tras el retiro de mamá.

Mientras solventaba esta engorrosa tarea, conocidos de los que hacía años no tenía noticias, lo mismo que completos desconocidos, se hicieron presentes para manifestarme su interés y disposición para custodiar algunos de estos objetos. En su oportunidad les dije que lo pensaría. Y lo sigo pensando.

Cuando concluí con la gestión de las cosas, el cascarón que las contenía concentró todos los esfuerzos del equipo de familiares, amigos y vecinos para entonces consolidado. Advertidos sobre un grupo delictivo que merodeaba la propiedad para ocuparla de forma ilegal, pasamos meses asegurándonos de mantener la casa a salvo. Lograr la instalación de una alarma y el reforzamiento de la vigilancia delegacional fue toda una proeza que prefiero no dar por hecho porque el destino suele poner en su lugar a los confiados.

Las flores del fango

De algo hay que vivir; de la muerte, por ejemplo. No sólo las funerarias, los notarios, las aseguradoras y las florerías se alimentan de este hecho. También la familia que renta banquitos afuera de la Subdelegación del ISSSTE en la cual he tenido que apersonarme en cinco ocasiones (pronto serán seis), en la primera de las cuales se me notificó que debía formarme desde temprana hora para acceder a una de las veinte fichas que los funcionarios de la dependencia entregan cada día.

Sentada en mi banco arrendado, al lado de personas venidas de parajes remotos, pude observar y hacer uso de una gran diversidad de servicios que se desvanecerían si el ISSSTE se encaprichara con mejorar: venta de publicaciones, alimentos, bebidas, fotocopias, validaciones, llenado de formatos, asesoría técnica, entre otros.

Mi limpiador debería formarse, esperar pacientemente al lado de los demás derechohabientes, lidiar con los funcionarios que te solicitan documentos no establecidos en los instructivos oficiales, ir por copias una y otra vez, volver a formarse para recoger una carta donde dice que el Instituto no reembolsará los gastos del funeral porque, de hecho, ha quedado pendiente un adeudo con la dependencia, ir al banco para realizar el pago y volver a formarse para entregar una copia de la operación, sólo para comenzar de nuevo el trámite.

El tractor de la alta modernidad no debiera desdibujar este magnífico ecosistema. Hay que preservar al ISSSTE tal como está, con sus veinte fichas diarias, sus oficios hechos en máquina mecánica, sus funcionarios de mirada perdida y sus instalaciones deprimentes. La capacidad autogestiva de los organismos vivos permite que los emprendedores prosperen en torno al deterioro, auténticas flores en el fango.

Por su parte, las notarías tienen derecho a renovar su mobiliario Vitra y el abogado que me ha asistido a lo largo del juicio sucesorio tiene derecho a ampliar su colección de mancuernillas, tanto como el empleado de la aseguradora que me preguntó si solicitaría el pago de un seguro de vida por jubilación o retiro de la asegurada tiene derecho a un cerebro nuevo, realidad neuroprostética que estará a nuestro alcance en cualquier momento.

Es necesario que la sucursal del banco que visito con frecuencia ─no porque hasta la fecha haya resultado imposible poner en orden las cuentas de la retirada, sino porque el gerente posee un carisma irresistible─, renueve su mobiliario e instale pisos de madera de machiche a fin de que los cuentahabientes podamos satisfacer nuestras necesidades de protección y confort durante las largas horas que pasamos en ellas: ¿cómo van a lograr esto sin dinero?

Por un sistema en equilibrio

Si nuestra cultura, sabia como es, no hubiese dispuesto de todas estas tareas que reclaman nuestro tiempo, agudeza mental y emociones, probablemente nos escamotearíamos el duelo, expertos como somos en el arte de la evasión. Es allí donde el marco conceptual de Malinowski nos salva.

Al observar este cuadro de necesidades versus respuestas, constataremos que las tareas del retiro cubren al menos uno de los supuestos contemplados por el antropólogo polaco:

A lo largo de estas gestiones he descubierto a comunidades de las que no sabía que formaba parte (la comunidad vecinal, la comunidad de derechohabientes, la comunidad de quejosos, por mencionar algunas). He estrechado mis vínculos familiares y he defendido a capa y espada los objetos con alma, quizás esperando con ello preservar el alma de los objetos. Aunque me cueste trabajo admitirlo, la gestión de las cosas ha tenido su lado lúdico y el proceso total me ha mantenido en actividad y en constante comunicación con propios y extraños. Malinowski no tiene que decirlo: sé que he crecido a lo largo del camino. 

En lo que hace a las necesidades instrumentales, las flores del fango juegan un papel crucial en la movilización de la economía; la enorme cantidad de prescripciones que han de cumplirse contribuye a preservar el control y la educación hizo posible que nadie más saliera muerto de esta faena. En lo que hace a la organización política, admito que fue difícil que los funcionarios delegacionales recordaran sus deberes para con los ciudadanos que pagamos sus salarios, pero al final del día logramos certezas a golpe de memoranda.

Hablemos también de necesidades simbólicas e integrales, que quizás no requieren mayor explicación: a lo largo de estos meses, mis conocimientos en materia de trámites para el retiro se han incrementado de manera significativa; mis creencias trascendentales se han visto comprometidas y después reforzadas; he aumentado mi tono muscular con énfasis en los músculos faciales que sirven para apretar la quijada y fruncir el ceño y leí más novelas que en los últimos cinco años mientras hacía fila en cada dependencia.

No me queda más que sentirme agradecida con la cultura que garantiza mi contribución al equilibrio sistémico.

Karla Paniagua es comunicóloga, antropóloga, autora y docente. Actualmente es la Coordinadora de investigación en Centro de diseño, cine y televisión.