Muy poco tiempo después de que “se descubriera” la vaquita marina, se concluyó que su existencia estaba amenazada. Aunque hay registro de relatos de pescadores que hablan de la encantadora vaquita del Alto Golfo de Baja California hacia la década de 1930 (Flanagan y Hendrickson, 1979), apenas en 1958 se inscribió por primera vez en el bestiario científico internacional con el nombre de Phocoena Sinus (Gallo, 1998). Y tan sólo 20 años después aparece por primera vez en una lista como vulnerable. Después, el gobierno estadounidense la clasifica como “en peligro de extinción” en 1985. Desde entonces buscamos, sin éxito, preservarla.

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Imagen cortesía de Milenio.

Los cómos han sido claros incluso antes de que ese fuera, de hecho, un objetivo. La pesca incidental es su peor enemigo y lo sabíamos. O sea, no van por ella sino por camarones o por la codiciada totoaba y, en el proceso, las vaquitas quedan sometidas en las redes. Tanto en la década de 1950 como en la de 1970 el gobierno mexicano determinó perímetros de veda en el pequeño y complejo hábitat de la vaquita. El objetivo era la protección y recuperación de todas las especies de la delta del Río Colorado. Hoy, que además de la vaquita se nos están acabando las totoabas; es claro que esa implementación no funcionó. Desde 1992, la entonces SEMARNAP creó un “Comité Técnico de Preservación de la Totoaba y la Vaquita”, un año después su hábitat se decretó “Reserva de la Biósfera”. Llevamos casi el mismo tiempo de “conocer” a la vaquita que tratando de no aniquilarla.

La especie resulta por demás entrañable… pero seguro que no lo suficiente. Es el cetáceo más pequeño del que tengamos conocimiento: una micro ballenita –en realidad, una marsopa- regordeta y con el ojo moteado. Y además es endémica: sólo podemos encontrarla ahí, en un área de alrededor de 10,000 kms cuadrados del extremo norte del Mar de Cortés. No parece adaptarse bien fuera de las turbias aguas de esa parte del golfo. Se cree que la colosal presa Hoover sobre el Río Colorado, construida en la década de 1930 en el estado de Nevada, pudo haber alterado notablemente las condiciones del Alto Golfo de California. Sin embargo, se construyó antes de, siquiera, tener un registro de la existencia de la vaquita. Quién sabe. Un documento de 2005 del Comité Internacional para la Recuperación de la Vaquita (CIRVA) concluía que el efecto de la presa sobre el hábitat podría ser muy limitado (Lanzagorta, 2006).

Salvo su gran carisma, la vaquita tiene todos los contras. Su proceso reproductivo es muy lento y, en consecuencia, su tasa de natalidad es bajísima. Su valor en algún mercado de pesca es cero, por lo que no hay agentes económicos buscando preservarla más allá del valor de exhibición. Y, en cambio, su vecina, la totoaba, vale tanto en los mercados asiáticos que a sus pescadores poco les importa capturar accidentalmente vaquitas. Su número de población desde hace casi dos décadas es tan bajo que podría padecer lo que los biólogos llaman “depresión endogámica”: una vulnerabilidad genética de la especie para enfrentar infecciones y enfermedades. Su valor en la cadena es incierto: la vaquita es un depredador no selectivo: come lo que sea y la mayor parte de las especies de la zona tienen un hábitat más extenso. La buena noticia es que el impacto ambiental de su extinción podría no ser tan grave. No es, pues, el apocalíptico fin del mundo del que nos hablan, por ejemplo, los defensores de las abejas. La mala noticia es que eso mismo pudo haber reducido el esfuerzo por coordinarle un rescate. Para conservar a la vaquita era necesario desde hace más de dos décadas que su tasa de mortalidad anual fuera inferior a 1. Si damos por cierto el dato de que en 2005 había alrededor de 600 ejemplares y hoy sólo quedan unos 30… evidentemente nunca estuvimos ni remotamente cerca del objetivo.

Fracasamos. No hay más. Si realmente teníamos un objetivo como especie o como sociedad de preservar a esa otra especia, fracasamos. Quedan 30. La alternativa será el cautiverio y su supervivencia testimonial. Si a Ishi, el último sobreviviente de la cultura yahi, lo llevamos a vivir sus últimos años al Museo de Antropología de Berkeley, no llevar a las últimas vaquitas a ser estudiadas y exhibidas en algún acuario, no va con nuestro estilo macabro.

No estoy seguro que haya culpables concretos. Hay algunos “más malos que otros”, otros “más codiciosos que otros”, algunos “más ineptos que otros”. Pero la cosa es que desde hace más de 15 años sabíamos que la única manera de salvar a la vaquita, de garantizar –al menos por el lado antropogénico- esa tasa de mortalidad inferior a 1, era una protección total del hábitat. Y eso significaba eliminar la pesca con cualquier tipo de redes, indemnizar y desplazar a por lo menos tres comunidades pesqueras de Baja California y Sonora y, además, montar un incansable operativo de vigilancia contra la pesca furtiva. Exacto. El costo era enorme. Y además requería un esfuerzo inusitado y prolongado de coordinación y constancia. Cualquier otra alternativa implicaba ineficiencia, desgaste, simulación. En el mejor de los casos podía retrasarse la extinción, pero nada más. Pagamos costos altos: vedas, vigilancias, subsidios a pescadores, cambios de redes… pero fracasamos y fuimos bien ineficientes. Sabíamos que íbamos a fracasar e igual lo hicimos, igual gastamos.

¿Podíamos realmente salvar a la vaquita? Claro. Si hubiéramos querido y querido a tiempo. ¿Quiénes? Muchos más que los que quisieron. Muchos, muchos más. O sea, no; no podíamos realmente salvar a la vaquita. No bajo un sistema que sólo accionaría los recursos escasos del Estado tras la politización necesaria del tema. Nos tenía que ser lo suficientemente importante, sólo porque sí, para el suficiente número de personas para que fuera políticamente rentable por el tiempo suficiente. Tenía que haber la estructura de vigilancia y rendición de cuentas para evitar corruptelas que permitieran la entrada clandestina de pescadores. La configuración del estado mexicano actual no da para salvar especies en peligro de extinción. Y eso ya lo sabíamos. No es el gobierno, es el arreglo entero. ¿Alguna democracia liberal con estados empequeñecidos podría haber salvado realmente a la vaquita? Imagino algunos donde las políticas se implementarían mejor, con menos corrupción, con más recursos, con mejor vigilancia y sólo así la vaquita incluso se hubiera recuperado discretamente por un par de décadas. Y luego ya no: llega un presidente populista, un recorte, un… Y se acabó. Lo ganado en 20 años se pierde en cuatro con posibilidad de reelección.

Bueno, ¿y valía la pena salvar a la vaquita en su hábitat? Una especie que, decimos, su extinción no parece amenazar nuestra supervivencia. Una especie que incluso su existencia, sin nuestra destrucción, pudo haber sido sólo una irrelevante anécdota efímera en la historia planetaria. Una especie que sólo nos resulta simpaticona frente a otras menos carismáticas, pero igualmente amenazadas. Quién sabe. Los cínicos dirán que no. Que ni modo. Los conservacionistas dirán que sí a toda costa, a todo precio. La discusión pasa por la ética y hasta por la teología; por la racionalidad economía, las externalidades y los recursos de uso común; por la ley y la política; por las grandes estructuras sociales; pasa por todo. Mientras tanto, la vaquita se suma a la lista de – ¿49? ¿129?– especies desaparecidas del territorio mexicano.

Nos vamos preparando para un planeta en el que estamos cada vez más solos. Del que no nos dejaremos la opción de ser otra cosa que sus completos soberanos. Del que no nos quedará más que asumir el control de sus equilibrios, de sus sistemas, de sus flujos energéticos. Tendremos que ser mamás, papás, profesionistas, obreros, pescadores, polinizadores, refrigeradores, fotosintetizadores y hasta fijadores de nitrógeno. Pero sembraremos quinoa, aguacate y kale orgánico en nuestros huertos urbanos de barrio. Entropía a mano o muerte.

Nos quedan años de contemplar con sadismo la lenta muerte de la vaquita en acuarios, lamentarnos por lo que hicimos, reflexionar sobre una ética que decimos que queremos, que hay que enseñar en las escuelas, en las series de Netflix, en las películas postapocalípticas, pero que sabemos que no estamos dispuestos a alcanzar sino hasta que sea la realidad la que nos alcance; hasta que nos colapse este sistema suicida. Adiós a la vaquita de las aguas del Alto Golfo de Baja California. Con suerte y nos pasa como con el tigre de Tasmania y algún despistado turista de 2097 asegura ver un ejemplar perdido en el Mar de la República de las Californias.

José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.


Referencias

Flanagan, C.A., y J.R. Hendrickson, 1976, Observations on the commercial fishery and reproductive biology of the totoaba Cynoscion macdonaldi in the northern Gulf of California, Mexico. Estados Unidos: Fisheries Bulletin 74, pp 531-544.

Gallo, Juan Pablo, 1998, “La vaquita marina y su hábitat crítico”, en Gaceta Ecológica. Núm, 47, México: INE-SEMARNAT.

Lanzagorta García, José Ignacio, 2006, “Políticas públicas para la protección a especies en peligro de extinción: el caso de la vaquita marina”, Tesis de licenciatura en Ciencia Política. Ciudad de México: Instituto Tecnológico Autónomo de México.