“¿La desigualdad causa violencia?” es una de las preguntas centrales para la ciencia política, y las causas de la desigualdad y sus soluciones un tema de interés para la economía, en especial en tiempos recientes. A lo largo de los últimos años, la desigualdad se ha transformado cada vez más en un asunto de máxima relevancia en todo el mundo, fuente de debate sobre el rol del Estado y sobre las fuerzas del mercado, de discusiones entre redistribución, predistribución y el statu quo. La desigualdad también se ha vuelto una de las causas favoritas para explicar qué sucede en el mundo, sea una elección, un estallido social o el mal desempeño económico de las economías mundiales. Este año, con el libro The Great Leveler: Violence and the History of Inequality from the Stone Age to the Twenty-First Century, del historiador Walter Scheidel, la desigualdad toma una nueva perspectiva: la de la violencia. El libro hace una revisión histórica y multidisciplinaria que nos lleva a ver la desigualdad desde los grandes primates y la biología evolutiva hasta nuestros días con las investigaciones económicas de punta.

1

La tesis de Scheidel, apoyada en una investigación exhaustiva a través de la historia, es que la civilización nunca ha experimentado una igualación pacífica. Sin importar el nivel de desarrollo económico, político o cultural, todo proceso que involucra una mayor igualdad en el fondo está vinculado con la tragedia. Guerra, revolución, peste o el colapso de los Estados son las grandes fuerzas igualadoras de la historia, a las que el autor se refiere como los cuatro jinetes de la igualación y, frente a ellas, los magros efectos de la política pública parecen ser casi nulos.

El argumento del autor toma su conocimiento histórico en especial sobre las civilizaciones clásicas y una serie de herramientas desarrolladas por los economistas Branko Milanovic, Jeffrey Williamson y Peter Lindert1 para estimar la desigualdad en las sociedades pre-modernas. Estos indicadores son la frontera de posibilidades de extracción y el máximo Gini posible. Ambas mediciones permiten calcular el nivel de extracción que ocurría en una sociedad por parte de su élite económica y el máximo nivel de Gini que dicha sociedad podría tolerar bajo la condición de que su población subsistiera.

Tal como la intuición nos hace pensar, la desigualdad en el Imperio Romano, el Imperio Chino y otras civilizaciones de la antigüedad era muy elevada. La sorpresa ocurre cuando encontramos que la desigualdad parece haber podido aumentar por siglos sin que la violencia estallara a causa de ella. La pregunta fundamental de la ciencia política sobre si la desigualdad produce violencia parece no encontrar una respuesta positiva al examinar diversos periodos de la historia.

Cuando las guerras estallaban en la antigüedad, la desigualdad podría ir para arriba o para abajo, dependiendo de su escala y vencedor. La guerra y sus impactos verdaderamente igualadores sólo ocurrieron cuando se trataba de guerras lo suficientemente masivas y capaces de generar suficiente destrucción, como fue el caso de las dos guerras mundiales del siglo pasado.

Cuando la guerra no interrumpía los acontecimientos del mundo, la desigualdad seguía su trayectoria ascendente, ocasionalmente encontraba a la hambruna o la peste en su camino y, a través de ellas, un ciclo de menor desigualdad. La peste negra y la pérdida de población que ocasionó en el mundo con la disminución de la razón tierra/trabajo y, por ende, el mayor pago a los trabajadores es uno de los ejemplos de igualación ocasionada por pandemias donde Scheidel puede sostener su tesis con más datos y argumentos.

En la misma tónica que la guerra o las pandemias, las revoluciones, guerras civiles y los colapsos de los Estados tienen efectos parecidos. En el caso de las revoluciones el autor utiliza ejemplos como la mexicana de 1910 o la rusa de 1917, para ilustrar cómo disminuyeron la desigualdad, por ejemplo, con agendas de reparto de tierra. La reforma agraria en México, que se concretaría hasta el gobierno del General Cárdenas y las colectivizaciones de tierra soviéticas, así como políticas pro clases agrarias y obreras, tuvieron efectos igualadores, aunque fuera a un costo elevado de vidas. Casos semejantes se relatan en China, en las dos Coreas y otras sociedades. La historia parece mostrarnos que los levantamientos populares suelen estar vinculados a la agricultura y que la distribución del ingreso y la riqueza en distintas sociedades estaban determinados por la propiedad de la tierra.

Por su parte, el colapso de los Estados tiende a ser una fuerza igualadora en la medida que los que pierden más con la desaparición del Estado son las élites políticas y económicas. A diferencia de las guerras civiles, que suelen sustituir una élite por otra, el colapso del Estado las destruye por completo. Scheidel encuentra evidencia en muchos momentos históricos, por ejemplo: evidencia arqueológica descubierta por Colin Renfrew2 sobre la suspensión de entierros lujosos en los archipiélagos de las Cícladas, la disminución del tamaño de las casas (un indicador de riqueza) en los territorios romanos tras el colapso del imperio documentado por Robert Stephan,3 entre otros. Estos ejemplos le dan fuerza a la tesis de Scheidel de dos formas: primero, muestran cómo el colapso de los Estados puede disminuir la desigualdad al generar pérdidas para todos, en especial las élites; segundo, muestra la consistencia del fenómeno en el tiempo, haciéndolo una fuente de igualación regular en la historia. Estos ejemplos de la cantidad y tipos de información que se emplean para sostener la tesis del libro muestran lo detallado del argumento que se presenta. Sin importar periodo o región del mundo –Mesopotamia, Grecia, Roma, Yucatán durante el colapso de la civilización Maya o Somalia en nuestros tiempos- el colapso de los Estados actúa como una fuerza indeseable, pero igualadora.

Es imposible hacer un recuente breve de toda la evidencia antigua y contemporánea que The Great Leveler emplea para mostrar la violencia que está detrás de los grandes periodos de disminución en la desigualdad. Es suficiente decir que la revisión de la literatura que hace el libro es exhaustiva y que los efectos descritos por el autor para cada uno de sus cuatro jinetes de la igualación están respaldados por datos y tiene sentido en el contexto de la historia. Dicho lo anterior, quizá vale la pena preguntarse si existen alternativas para frenar la desigualdad hoy. ¿O acaso sólo la tragedia en masas puede revertir la tendencia ascendente en la concentración del poder económico y político que estamos experimentando desde hace algunas décadas?

Durante el periodo que abarca entre 1945 y 1975, la desigualdad en el mundo disminuyó como nunca antes. Un periodo que vio la creación de la mayoría de los estados de bienestar en el mundo, financiados con impuestos generales, altas tasas marginales de impuestos y una expansión generalizada de la clase media en los países desarrollados. Una parte del éxito de esos treinta años radica en las políticas públicas que se implementaron; otra parte de ese éxito se encuentra en la voluntad política que permitió que las sociedades llegaran a esos acuerdos. Esa voluntad política esta inequívocamente vinculada con la destrucción masiva de las dos guerras mundiales.

Las recesiones (como la de 2008) o las depresiones (como la de 1929) suelen tener efectos transitorios sobre la desigualdad, de acuerdo a los datos recolectados por Scheidel. Lo que causa la gran compresión de la desigualdad en gran medida fue la vasta destrucción de capital que las guerras produjeron. En esta postura, Scheidel se encuentra en compañía de Thomas Piketty y otros estudiosos de la desigualdad que concluyen lo mismo. Si después de esta gran compresión generada por la destrucción de las guerras la desigualdad continuó en una trayectoria descendiente, se debía a la cohesión social producto de los sucesos de la guerra. La idea de que la prosperidad compartida era una barrera a la violencia masiva, el surgimiento de un sentimiento de solidaridad y a la existencia de la amenaza comunista, puede explicar cómo la tendencia a la baja de la desigualdad pudo mantenerse con los estados de bienestar.

Por esta razón, el despegue de la desigualdad en las últimas décadas coincide con el fin del comunismo, el debilitamiento de los estados de bienestar y en general con la pérdida de cohesión social en los distintos países del mundo. El pacto que permitió el combate a la desigualdad en la posguerra se rompió. De acuerdo a Scheidel, la esperanza de ver una disminución en la desigualdad es escasa, incluso frente a evidencia como la existente entre los años 2000 y 2012 que vieron la desigualdad caer en partes de América Latina. Políticas distributivas, mayor educación, mejor salud, no tienen la misma fuerza igualadora que las catástrofes de antaño y, según la historia que nos cuenta The Great Leveler, estas catástrofes son poco probables que vuelvan a ocurrir.

Existen algunas críticas que se pueden hacer al libro, por ejemplo, como apunta Jeffrey Williamson (2015),4 América Latina hasta antes del alza de precios de los commodities en el siglo XIX era más igualitaria que Europa. Las sociedades nativas del continente también parecen haber tenido niveles menores de extracción por parte de las élites que sus pares de otras partes del mundo, sin experimentar la fuerza de los cuatro jinetes de forma brusca. De la misma manera se pueden encontrar ejemplos en el mundo de regiones que fueron más igualitarias. Estas críticas no le restan generalidad a la tesis de Scheidel, ni las refutan, sólo muestran que existe evidencia de tendencias menos trágicas en la historia.

Para muchos lectores el libro podría parecer pesimista al concluir que es más probable que sigamos viendo a la desigualdad crecer y que ésta sólo disminuirá si llegara a ocurrir una poco probable guerra termonuclear de gran escala. Sin embargo, desde mi punto de vista, el libro deja abiertas varias luces de esperanza. Primero que nada, es una gran noticia que las guerras masivas ya no ocurran, aunque sea más por producto del cambio tecnológico (guerras que se pelean en el aire, drones, cada vez menos personas involucradas) que por la existencia de la paz en el mundo. En el mismo sentido es alentador pensar que las pandemias ya no sean una gran amenaza a la supervivencia de la especie (que no dejan de ser un problema latente de salud pública) o que las guerras civiles y las revoluciones armadas son cada vez menos viables por la fortaleza de los Estados modernos y el colapso de los Estados hoy en día es muy poco común. El autor hace bien cerrando el libro recordándonos que en el pasado la igualdad llegó a un costo muy alto en sufrimiento humano.

Pero la luz de esperanza más grande que podemos encontrar en The Great Leveler es que, si bien podemos concluir como el autor lo hace, las dos grandes guerra del siglo pasado hicieron viable la existencia del estado de bienestar y de las políticas progresivas, al final la mayor igualdad estaba sustentada en un pacto social que apoya cierto tipo de políticas. Estamos obligados a aceptar que estas políticas fueron resultado de un arreglo político. Si somos capaces de lograr un nuevo arreglo político que restaure la cohesión en nuestras sociedades, que produzca un acuerdo sobre la necesidad de políticas progresivas que combatan la desigualdad, entonces podemos tener esperanza que la desigualdad puede ser combatida por medios pacíficos.

Está en nosotros mostrar que se pueden producir estos arreglos políticos y que el futuro no tiene por qué estar atado a las dinámicas de la historia. De lo contrario, podríamos estar en la primera parte de un largo periodo de desigualdad creciente. Parafraseando a Scheidel, ojalá el futuro sí resulte ser verdaderamente diferente.

Diego Castañeda es economista por la University of London.


1 Milanovic, Branko. Peter. H. Lindert and Jeffrey. G. Williamson 2008, “Measuring ancient inequality” NBER Working Paper 13550, National Bureau of Economic Research, Cambridge, Mass.
2 Renfrew, Colin. 1979. “System collapse as social transformation: catastrophe and anastrophe in early state societies” In Renfrew, Colin and Cooke, Kenneth L., eds., Transformations: mathematical approaches to cultural change. New York Academic Press, 481-506.
3 Stephan, Robert Perry. 2013. “Housing size and economic growth: Regional trajectories in the Roman world.” PhD dissertation, Stanford University.
4 Williamson, Jeffrey G. 2015. “Latin American inequality: colonial origins, commodity booms, or a missed 20th century leveling?” NBER Working Paper No. 20915.