“El concepto de cambio climático fue creado por y para los chinos, a fin de hacer no competitivas las manufacturas de Estados Unidos”, decía en 2012 el entonces empresario y celebridad Donald Trump a través de su cuenta de Twitter, su medio de difusión favorito incluso ahora que es presidente. Esta postura de negación del cambio climático y de su origen principalmente antropogénico –contraria al consenso científico respaldado por un enorme bagaje de evidencia científica– se mantuvo firme durante los siguientes dos años, con cinco menciones en la misma red social sobre la falsedad del fenómeno basadas en lo que veía a través de su ventana.

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Así, Trump comenzó a sumar adeptos entre las filas más radicales del Partido Republicano, aprovechando un tema sumamente politizado, cuando ya consideraba la posibilidad de buscar la candidatura para las elecciones presidenciales de 2016. El papel de la humanidad en el cambio climático ha sido un tema políticamente polarizador en Estados Unidos en la última década: mientras sólo 15 por ciento de los republicanos más conservadores piensan que el cambio climático es una función de la actividad humana, esta proporción asciende al 79 por ciento de los demócratas más liberales, de acuerdo con una encuesta de Pew Research. Además, esta misma encuesta muestra que dicha polarización se extiende a las posturas sobre las causas y soluciones para el cambio climático, y en la credibilidad de los científicos climáticos y sus investigaciones.

Lo anterior se reflejó en las recientes campañas presidenciales en Estados Unidos, donde las posturas y propuestas de combate al cambio climático fueron contundentes por parte de Hillary Clinton y mucho menos claras por parte de Trump. Mientras Clinton apostaba por un discurso de continuidad y ampliación de las políticas climáticas y energéticas de Barack Obama y por los esfuerzos multilaterales en el escenario internacional –como el Acuerdo de París–, Trump ganaba simpatías con discursos agresivos en el sentido contrario al de su adversaria, pero con un matiz: prometía, sin apenas mencionar textualmente las palabras “cambio climático”, echar atrás los esfuerzos de la administración saliente en materia climática y de transición energética, incluida la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París. Con esto, buscaba favorecer a las industrias nacionales rezagadas por el rápido cambio político y tecnológico frente a la lucha contra el cambio climático, como la del carbón que ha sufrido desde hace años una caída vertiginosa en el número de empleos totales que genera.1

Sin embargo, la evidencia una vez más no está del lado de Trump. Más allá del inminente hecho de que el debate científico sobre el cambio climático parece ya cerrado, dado que es una realidad obvia y observable el aumento de temperaturas globales causadas –en buena parte– por la acción del hombre, modelos de simulación como el de Energy Innovation muestran que incluso el plan de la administración Obama para hacer frente al cambio climático antropogénico –conocido como el Clean Power Plan y en peligro con la administración Trump– se encuentra lejos del consenso político del objetivo de 2ºc planteado en el Acuerdo de París. Los esfuerzos de la comunidad internacional se enfocan en que la temperatura global promedio no aumente más de 2ºc para el año 2100; de ser así, se evitarían las catastróficas consecuencias esperadas del cambio climático, pero las acciones necesarias para alcanzar esta meta deberían empezar lo antes posible.

El enfoque silencioso de Trump frente al cambio climático tuvo un claro sentido político: al apenas mencionar el término durante la campaña no rechazaba el consenso científico sobre el calentamiento global, a fin de no alejar a millones de votantes moderados que apoyan las acciones para poner un alto al cambio climático. Sin embargo, y a pesar de mantener este enfoque durante una buena parte de sus intervenciones en campaña, en apenas unos meses su postura pasó de negar durante las primarias republicanas el origen antropogénico del cambio climático, a decir ya como candidato republicano que “quizá exista un efecto menor, pero no soy un gran creyente del cambio climático por causas antropogénicas”; apenas unos días después de ganar la elección, sugirió que “realmente nadie sabe” si el cambio climático existe. ¿Cuál es la postura de Trump frente al cambio climático? Todas las anteriores.

Sin embargo, las primeras decisiones presidenciales de Trump en materia climática parecían confirmar sus intenciones iniciales sobre el tema. Nominó y finalmente logró colocar a Scott Pruitt al frente de la Agencia de Protección Ambiental (EPA en inglés), quien demandó 14 veces a la misma agencia en tiempos de Obama cuando era fiscal general de Oklahoma. Sumado a esto, bloqueó que los científicos en la EPA se comunicaran con la prensa y el público general de manera directa, bloqueando además sus contratos, subvenciones y presupuestos. Incluso, unas horas después de comenzar su mandato, se borraron todas las menciones y secciones relativas al cambio climático de los sitios web de la Casa Blanca; de manera paralela, se sustituyeron estas secciones por un breve texto indicando que la EPA debería enfocarse en su misión esencial de proteger el aire y el agua. El activista Alden Meyer ha acuñado este nuevo enfoque en la política climática como “control-alt-suprimir”: controlar a los científicos en las agencias federales, alterar las políticas basadas en evidencia para que encajen en su angosta agenda ideológica, y suprimir la información científica de los sitios web gubernamentales.

A pesar de la agresividad mostrada en sus acciones iniciales, Trump tendrá un camino complicado para poder desmantelar los esfuerzos federales e internacionales en contra del cambio climático. El primer reto es mantenerse a la altura de sus promesas. Aunque parte de sus razones para echar atrás las políticas climáticas era regresar a la industria del carbón a su vieja gloria y los empleos que ha perdido, el líder de esta industria en Estados Unidos, Robert Murray, ya ha advertido que Trump debe ser cuidadoso con su discurso, ya que “no puede traer los empleos de la minería de vuelta”.

El segundo reto será romper con la inercia económica de las nuevas industrias de generación de energía renovable, lo cual resulta a estas alturas prácticamente imposible. En parte, gracias al enorme peso de esta industria en los planes futuros de los miembros del Consejo de Negocios de Trump, que van desde Tesla y General Motors hasta Wal-Mart y Pepsi. A pesar de echar atrás el Clean Power Plan de Obama, Trump mantendrá sin cambios las políticas para la industria de energías limpias. Pero también gracias a que los precios de los equipos de estas tecnologías, como la eólica y la solar, ya son competitivos con los de combustibles fósiles, por lo que el sector ya no es tan dependiente de los incentivos y regulaciones a nivel federal.

El tercer reto será echar atrás los esfuerzos internacionales en política climática, dada la postura aislada de Trump, al ser el único Jefe de Estado en el mundo que niega abiertamente el origen antropogénico del cambio climático. El Acuerdo de París, el primer gran esfuerzo multilateral en la lucha contra el cambio climático, mantiene una fuerte inercia de arranque sostenida por los liderazgos de China y la Unión Europea ante el repliegue de Estados Unidos, aunque sin las acciones de Estados Unidos difícilmente se consiga el objetivo de 2ºc. Para sumar a los esfuerzos, Alemania ya ha colocado este año el cambio climático entre las prioridades del G20, aprovechando su rol como presidente de este foro.

Por último, está el reto de las inminentes consecuencias del cambio climático para la población y el territorio estadounidenses. Hace menos de un año, ya se reportaban los primeros “refugiados climáticos” en suelo estadounidense, ya que el aumento del nivel del mar ha provocado el éxodo de decenas de familias en la Isla de Jean Charles, en la costa de Luisiana. El número de desplazados en las costas de Estados Unidos podría ascender a 13 millones a finales del siglo, tres veces la población actual en zonas costeras bajas. A esto se sumaría el efecto de la contaminación en las ciudades, los cambios estacionales y su efecto en la agricultura, y otros fenómenos que la misma NASA reporta.

La postura de Trump frente al cambio climático parece ser cualquiera o todas las posturas posibles al respecto, y el sentido de sus decisiones en esta materia parece depender del azar o de su humor al despertar. Recientemente, ha cambiado de parecer en distintos asuntos que pasan por la abierta hostilidad con China, las críticas hacia el papel de la OTAN, la cercana relación con Putin y la postura frente al presidente sirio Bashar al Assad, entre otros. Como ya ocurrió en esos casos, para conocer el posible sentido de sus opiniones debemos poner atención a las opiniones de las personas a su alrededor y a la opinión pública sobre el tema.

En materia climática y energética, Trump tiene un claro registro que oscila entre el escepticismo y la negación, pero la realidad económica, política, climática y demográfica podría complicar su postura negacionista. Pronto sabremos qué lado gana la batalla.

Carlos Brown Solà es economista e internacionalista.


1 Aunque esta tendencia de caída en el número de empleos de la industria del carbón viene desde la década de los ochenta del siglo pasado, por diversas razones que incluyen las regulaciones a las emisiones de compuestos de efecto invernadero.