Ni una más. Ni una menos. Con estas dos frases se expresa una demanda específica frente al horror del feminicidio: ni una muerta más, ni una viva menos. Al hablar de violencia como problema público en México, el número sin falta sale a relucir: 1. 22. 43. 13,606. 117,859 y, con éste, la urgencia de lidiar con cadáveres que se apilan en el imaginario colectivo. No obstante, aunque al agregar datos las cifras vuelvan algunos aspectos de un determinado problema visibles (su magnitud, por ejemplo), el enfoque en esos mismos números, que nos permiten crear mapas, también nos impide identificar otros tipos de problemas. En especial, cuando el problema insiste en difuminar su propia visibilidad.

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Aunque detrás de toda cuantificación existe un esfuerzo por definir un problema, las categorías y los números no bastan para entender el qué, el porqué ni el cómo del horror. Los números congelan dinámicas: necesitan objetos medibles y, por ende, finitos. Las formas en las que las vidas de las mujeres son condicionadas se expanden más allá de las fronteras que exigen los índices. Aun si se humanizan los datos y las categorías, si se cuentan historias y se recuerdan los nombres, en ese mar de información hay lagunas que requieren un análisis y explicación distintos. Mi objetivo es ahondar en la que considero es una laguna esencial: las dinámicas y los efectos del terrorismo en el hogar y cómo es que éste no es plenamente considerado como un problema público.

¿Por qué hablar de terrorismo en el hogar y no de violencia en general? ¿Por qué, para tratar de entender el horror del feminicidio, recurrir al atroz concepto de terrorismo y desplazarlo de su contexto naturalmente público al contexto del hogar? Las discusiones sobre lo que nos concierne a todos –es decir, los problemas públicos– sistemáticamente excluyen de la conversación las problemáticas a las que se enfrentan mayoritariamente las mujeres. Mi esfuerzo por romper con la paradigmática concepción, tanto del espacio en donde ocurre el terrorismo como de la misma definición de ese espacio, se debe a un vacío en la conversación sobre la relación entre los problemas que atañen particularmente a las mujeres y los problemas de interés público. Considero que tal exclusión no es incidental, sino que se debe a la forma en la que se enmarca el espacio propiamente femenino, el cual es resguardado por medio de tácticas de terror.

Líneas borrosas

Cuando de las mujeres se trata, la distinción entre el espacio para la intimidad y el espacio que concierne a todos no está clara. El espacio corporal, mental e incluso afectivo de éstas es considerado como un bien de acceso público. Existe una concepción de que es posible tocar, apropiarse y regocijarse con las piernas, las ideas y el cariño de las mujeres sin importar si éstas lo consideran adecuado o no. Ya sea en un juzgado o en un dormitorio, el acceso al espacio de una mujer es evaluado como un derecho incuestionable para todos. Sin importar si ella está en una dinámica de interacción o no, pareciera que la mujer está condenada a permanecer en un espacio de intimidad permanente sobre el cual ella no decide. Esta intimidad funge como un arma muy particular de exclusión.

Dado que el cuerpo, la mente y las emociones son, en teoría, cuestiones que se encuentran fuera de la esfera pública, los problemas relacionados con ellos están constreñidos a no ser considerados como problemas del mundo que compartimos los unos con los otros. Y, sin embargo, es con respecto a éstos que los problemas que afligen particularmente a mujeres se manifiestan. Así, el uso de la violencia contra las mujeres constantemente rebasa las fronteras cotidianas entre lo público y lo íntimo, haciendo cumplir su objetivo. Por un lado, los espacios de las mujeres siempre devienen públicos; por el otro, sus problemas y opiniones escapan de serlo.

En esta dinámica que diluye, confunde e impone la relación de las mujeres con lo público se inserta el terrorismo que ataca a las mujeres en su intimidad, ya sea con un grito que ensalza sus hombros acalorados en la calle, con un golpe que castiga sus errores en la cocina o con la amenaza de no volver a ver un aumento en su salario si decide deslavar su maquillaje. Ésta es un arma poderosísima, pues mantiene el orden que nos concierne a todos a través de vulnerar los espacios que supuestamente conciernen solamente a uno mismo: daña la exclusividad de lo íntimo para establecer el dominio público.

Terrorismo en el hogar: la pérdida de la autoridad tradicional

El hogar, a diferencia de la vivienda, no es una propiedad individual en la que uno reside, sino que implica un espacio en el que las personas pueden habitar un ambiente de calma, cariño, amor y seguridad en convivencia con sí mismas y con otras personas. Como lo planteo, el hogar es un espacio etéreo desde el que las personas desarrollan su conciencia: las paredes son prescindibles. El terrorismo, por su parte, más allá del objetivo que busque, “es una forma de coerción que apela calculada o sistemáticamente al miedo (terror) en otros como un medio para obtener algo más que el terrorista quiere (no necesariamente un objetivo egoísta), pero teme es inobtenible o demasiado costoso si lo busca por medios convencionales”.1 El terrorismo que ataca a las mujeres pervirtiendo sus espacios de supuesta calma y seguridad para convertirlos en zonas expuestas al peligro es una estrategia con la que, por medio del terror, se moldea la forma en que las mujeres se entienden a sí mismas y al mundo. Los terroristas del hogar quieren conseguir por medio de la coerción la autoridad que los sitúa en un sistema injusto que sin esforzarse los beneficia.

Como explica Alexandre Kojève, si tengo que usar la fuerza o alzar la voz al decirle a alguien que salga del lugar para lograr que un intruso se vaya del cuarto, me falta autoridad.2 En pocas palabras, si una agresión es necesaria para lograr la sumisión de otros, no es adecuado hablar ya de autoridad. La autoridad es aquello que mantiene una dinámica de poder libre de ser desafiada sin la necesidad de persuadir o amenazar. Cada forma de autoridad se encarga de mantener un conjunto de actitudes, comportamientos y relaciones de poder estáticas. La frase mexicana, atribuida a Fidel Velázquez, “el que se mueve no sale en la foto” lo ejemplifica. Cuando la autoridad está presente, las jerarquías se sostienen sin que el principal favorecido por aquellas tenga  siquiera que echar un vistazo. 

El uso del asesinato o de la violación sexual para aumentar la autoridad patriarcal aparenta así ser contradictorio. Como escribe Hannah Arendt, la autoridad se contrapone a la fuerza y a la violencia.3 La violencia o la fuerza surgen cuando aquel que busca sumar a otros a sus formas en principio no considera que se encuentra entre iguales a quienes querría persuadir, pero tampoco emana la autoridad con la que podría, sin mover un dedo, ser obedecido. La violencia requiere de la acción dirigida para generar terror en la víctima: el regaño, el golpe, la asfixia. Así, ésta contradice a la noción de autoridad que describí antes, pero la violencia tiene el potencial de indirectamente generar autoridad en los espacios en los que esa violencia se manifiesta públicamente.

La imagen de una mujer asesinada y expuesta puede conmover a todos, pero es la mujer que se enfrenta al riesgo de ser una mujer violentada en casa o en el parque y sin distinción ser colocada como un problema que no cabe en lo público la que se piensa con un cordón alrededor del cuello. El feminicida, al recurrir a la violencia accede a un intercambio del cual no está necesariamente al tanto. El acto de violencia en contra de una mujer se transmite a otras entre murmullos. Con esto, el agresor aúna, como advertencia, a la autoridad de todos aquellos que no necesitarán siquiera echar un vistazo para gozar de la autoridad patriarcal que el miedo colectivo silenciosamente sostiene.

Públicas: el hogar imposible

El infame dicho de Virginia Woolf en A Room of One’s Own ha definido una de las luchas feministas como aquella en la que las mujeres desean tener una habitación y dinero propios. Mi argumento es distinto. La falta de un hogar para las mujeres no es la falta de una vivienda, dinero, pareja o familia propias con las cuales aislarse e independizarse, sino de un espacio seguro para la reflexión y el descanso.

El hogar contra el que atenta el terrorismo que busca la autoridad patriarcal permitiría que las mujeres encuentren un respiro de las presiones y estímulos de lo público… un hogar no como propiedad, sino como espacio para desarrollar la conciencia propia y en relación con otros. Las dinámicas de género y de clase actuales lo impiden. El problema no es la falta de espacios privados y propios, sino de espacios seguros en que la convivencia con otros no esté reservada exclusivamente para unos cuantos.

El feminicidio es un síntoma; el problema es el terrorismo en el hogar que, como antesala, perpetúa un sistema de opresión en el que las mujeres son vulnerables al feminicidio. La demanda frente al feminicidio no solamente es querer estar en la columna “vivas” de una hoja de cálculo, sino de estar vivas para disfrutar, sufrir y aburrirse. Sobre todo, la demanda es por ser libres de entrar y salir de la esfera pública con el fin de experimentar tanto la calma y la seguridad que se hace posible en el núcleo del hogar, como para relacionarse con el mundo externo, ya sea con otras personas, objetos, sentimientos, ideas o lugares. De que los cuerpos y conciencias de las mujeres dejen de considerarse como espacios meramente públicos y que sus problemas comiencen a serlo.

Tessy Schlosser Presburger


1 Claudia Card, The Atrocity Paradigm: A Theory of Evil (Oxford: Oxford University Press. Edición Kindle, 2002), ubicación Kindle 2289.
2 Alexandre Kojève, The Notion of Authority (Londres: Verso, 2014), p. 9.
3 Hannah Arendt, “What is Authority?” en Between Past and Future (Nueva York: Penguin Classics, 2006), capítulo 3.