Desde finales del siglo XX, México ha intentado la transición a la democracia y la modernización política y económica del país. Para lo cual se ha insistido que es fundamental una cultura de la legalidad o respeto a las instituciones. Estas consideraciones son especialmente repetidas por comentaristas de noticias y analistas políticos en momentos en los que hay protestas y movimientos sociales que cuestionan las acciones de gobierno o el desempeño de las instituciones. Por ejemplo, éste ha sido el caso reciente de las protestas por el llamado gasolinazo y la reforma educativa, entre muchas otras.

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Sin embargo, más de 25 años después de iniciada la transición a la modernidad, tenemos un país con una corrupción rampante, más violencia, desigualdad extrema, alto desempleo juvenil y casi la mitad de la población en situación de pobreza. Para algunos analistas el país no está peor que hace 25 años, pero, para otros, un país que no consigue sacar a su población de la pobreza, mientras el 1 por ciento de la población acumula más riqueza, es un fracaso. Este fracaso exige que revisemos nuestros supuestos básicos sobre el respeto a las instituciones.

Investigaciones e hipótesis sobre por qué algunos países son más pobres y desiguales que otros hay muchas. En su libro ¿Por qué fracasan los países?, Acemoglu y Robinson problematizan y descartan cuatro hipótesis que históricamente han intentado explicar la desigualdad entre los países. Estas hipótesis son la localización geográfica, el acceso a la tecnología, la cultura, y la ignorancia. Cada una de estas hipótesis ha producido acciones y políticas públicas en México para superar el atraso. Pero, en esta ocasión, quiero llamar especialmente la atención sobre la hipótesis de la ignorancia.

Según esta hipótesis, los países fracasan porque los gobernantes desconocen las mejores prácticas internacionales o las metodologías más adecuadas para diseñar las mejores instituciones, leyes y políticas públicas. Claramente, esta hipótesis presupone que es posible crear instituciones que estén por encima de cualquier disputa política. Bajo estos supuestos, cuando no se implementa una acción deseable o fracasa una política pública se critica a los gobernantes por ignorantes y negligentes, pero no por proteger intereses de grupo. Por ejemplo, en el actual sexenio del presidente Peña Nieto se ha acuñado la frase, “no entienden que no entienden”, para dar cuenta de las acciones de gobierno y aprobación de leyes y nombramientos en el Congreso que no favorecen el bienestar de las mayorías.

Sin embargo, para Acemoglu y Robinson la razón por la que fracasan los países no tiene que ver con la falta de conocimiento sino con las relaciones de poder e instituciones que prevalece en cada país. En suma, los países fracasan cuando son controlados por instituciones económicas y políticas extractivas, mientras que los países que logran crecer y generar bienestar para la mayoría de la población son gobernados por instituciones inclusivas. Mientras que las primeras están diseñadas para extraer ingresos y riqueza de la mayoría de la población para beneficiar a una minoría privilegiada, las segundas producen progreso económico y simultáneamente redistribuyen el ingreso y el poder de forma que erosiona el dominio de los poderosos.

De este análisis se derivan dos interesantes consideraciones que es necesario tomar en cuenta en México. Primero, las instituciones no son naturalmente plurales y democráticas, aun cuando se acompañen de estos adjetivos. Segundo, las instituciones de una sociedad no son el resultado de consensos o de la verdad objetiva sino de conflictos sobre recursos y la correlación de fuerzas que se articula en un momento histórico dado, en un país determinado.

Dicho de forma más clara, la única forma para cambiar las instituciones extractivas es articular la correlación de fuerzas necesarias para forzar a la élite a ceder privilegios y crear instituciones más plurales e inclusivas. Éste es un proceso de destrucción creativa que en México puede parecer peligrosísimo e indeseable. Sin embargo, según Acemoglu y Robinson, la destrucción creativa conduce a la innovación y mayor bienestar.

Luis Gabriel Rojas es doctor en Gobierno por la Universidad de Essex.