Para Andrew y las bestias

Cuando empecé a tomar antidepresivos sentí que cargaba un secreto vergonzoso. Con el tiempo me di cuenta de que una cantidad inesperada de personas a mi alrededor también vivía con una dosis de fármacos recetados por el psiquiatra. Fue un alivio intercambiar historias, preocupaciones y hasta chistes sobre un tema del que no se habla. También fue preocupante: más o menos una tercera parte de mis familiares y amigos se medican contra la depresión, la ansiedad, el insomnio. ¿En qué momento la infelicidad llevó a tanta gente a decir “creo que ya es tiempo de ir con el psiquiatra”?

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A pesar de que somos muchos los que tomamos pastillas porque no encontramos el sentido de las cosas, estamos solos y en silencio. Nuestro padecer nos lo impone, pero también la sociedad nos aísla y nos silencia a través de la “medicalización” del sufrimiento: por todos lados se nos dice que el problema somos nosotros. Charles Wright Mills llamó imaginación sociológica a la perspectiva que integra las experiencias de los individuos en los procesos sociales de los que forman parte, relacionando biografía e historia para entender el vínculo entre el yo y el mundo. Necesitamos de esa imaginación para restablecer la dimensión social de lo que llamamos depresión, un mal de aislamiento construido por una sociedad que reduce el sufrimiento a un desajuste interior del individuo -supuestamente reparable con medicinas-, calla sus historias, desoye sus razones y produce enfermos.

El origen de una epidemia

Todas las sociedades distinguen entre comportamientos normales, correctos, aceptables, y comportamientos anormales, desviados o patológicos. La preservación de la realidad que construyen y de las sociedades mismas depende del establecimiento exitoso de esa distinción. De acuerdo con Peter Berger y Thomas Luckmann,1 cada sociedad cuenta con un grupo de “especialistas” que, además de separar a los normales de los anormales, a los sanos de los enfermos, aplica una teoría de la desviación con su maquinaria conceptual, métodos de diagnóstico y un abanico de “tratamientos” para que los desviados se reintegren al cauce de la normalidad y no amenacen su definición. La historia de la enfermedad mental es uno de los campos donde mejor se aprecia este fenómeno.

No es necesario remontarse mucho tiempo atrás para encontrar el origen de la depresión como enfermedad mental:2 ésta quedó oficialmente establecida en 1980 en la tercera edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (conocido como DSM en inglés), un compendio clasificatorio de síntomas y diagnósticos indispensable para cualquier psiquiatra. Poco después estalló la epidemia, los casos de depresión se multiplicaron, junto con el número de personas en tratamiento psiquiátrico.3 ¿Cómo pudo la nueva enfermedad propagarse a esa velocidad y mantenerse por tanto tiempo? Podría pensarse que los médicos encontraron mejores formas de detectarla, que las exigencias de la vida contemporánea rebasaron el umbral de tolerancia anímica de las personas, que el terrorismo, el calentamiento global, las crisis económicas y la guerra nos hayan enfermado como nunca antes. Pero es poco probable.

La teoría del etiquetaje (emi>labeling) ofrece otra respuesta: la epidemia depresiva no es la propagación de una enfermedad, sino de una idea –y de las realidades que produce cuando se la cree verdadera; no se debe al descubrimiento científico de un padecimiento, sino a la reconstrucción de un amplio espectro de comportamientos como síntomas de una enfermedad llamada depresión. Ian Hacking4 mostró cómo la definición de la homosexualidad, la bipolaridad y el autismo precedieron a la aparición y multiplicación de las personas homosexuales, bipolares y autistas. No es que antes no existieran prácticas o comportamientos que ahora clasificamos de esa manera, pero no existían etiquetas personales como “homosexual”, “bipolar” y “autista” y, por lo tanto, no había una socialización guiada por esas etiquetas de anormalidad y desviación, las personas no formaban sus relaciones y su identidad a través de ellas, no hacían una “carrera”5 como homosexuales, bipolares o autistas ni, como veremos, como depresivos clínicos.

La lógica detrás de la tercera edición del DSM ilustra cómo la invención de una clasificación se da cuerda a sí misma: a partir de ese momento, se diagnosticaría con depresión a quienes cumplieran con cinco de nueve criterios por un periodo de al menos dos semanas. ¿Por qué cinco de nueve? ¿Por qué dos semanas? La respuesta es estadística: depende de los casos que ya han sido clasificados como depresión. Así, la categoría crea su propia realidad y se solidifica, respaldada por la objetiva ciencia de los números.

Cuando se habla de la “invención” de una enfermedad, la cosa suena a fraude multimillonario. Pero sería un error pensar que las compañías farmacéuticas se han aliado con los psiquiatras para volvernos dependientes de sus diagnósticos y medicinas, mientras se llenan los bolsillos. Los ganadores no siempre son los culpables.

Breve historia de la depresión moderna

En el siglo XX la psiquiatría victoriana dio paso al pensamiento moderno sobre la mente bajo la influencia de Sigmund Freud y Emil Kraepelin: el primero en el psicoanálisis, el segundo buscando las causas de la enfermedad mental en lesiones cerebrales. Durante décadas, ambas perspectivas convivieron -en competencia. La psiquiatría se mantenía tras las puertas de los hospitales, mientras el psicoanálisis se difundía y practicaba en círculos más amplios. El descrédito de los tratamientos psiquiátricos como la lobotomía y los electroshocks hicieron la contienda aún más difícil para los herederos de Kraepelin.

Varios factores propiciaron el repunte de la psiquiatría y su definición clínica de la depresión. La presión profesional por la legitimidad científica y el reconocimiento público llevaron a la Asociación Estadounidense de Psiquiatría a emprender un esfuerzo de estandarización y clasificación psiquiátrica que cristalizó en el primer Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales de 1952 y en su segunda edición de 1968.

La Segunda Guerra Mundial devolvió a un montón de soldados trastornados a sus naciones y la psiquiatría fue más eficiente y rápida que el psicoanálisis para tratar males que se consideraron parte de las heridas físicas de los excombatientes. El público comenzó a familiarizarse con el vocabulario psiquiátrico, acercándose a la versión clínica de los desórdenes mentales.6

Un tercer impulso fue el desarrollo de la industria farmacéutica y la síntesis de sustancias que se convertirían en medicamentos. En el mundo de la psiquiatría rara vez la enfermedad precede a la cura. Las compañías acudían a los científicos con sustancias sintetizadas para que estudiaran su aplicación. Si había buenos resultados, el padecimiento que aliviaban debía ser una enfermedad.7 Así aparecieron en los sesenta y setenta el Valium y sus familiares, drogas socialmente aceptadas como esenciales para el bienestar de, por ejemplo, mujeres ansiosas que, según los estándares del momento, debían quedarse en casa criando a los hijos, limpiando y haciendo de comer. Mientras la desacreditada psiquiatría de hospital se desmantelaba, la psiquiatría de pastilla emergía con vigor. La llegada del Prozac en 1987 coronó la nueva fe.

Haciendo carrera en la depresión

Muchas personas sufren profunda y largamente, pero no todas llegan a considerarse a sí mismas ni a ser consideradas por los demás como “depresivos” en un sentido clínico. Ser clasificado de este modo hace una diferencia radical, tanto que, a pesar de lo variadas que puedan ser sus experiencias, los depresivos siguen una trayectoria predecible. Se trata de una carrera, como la de un científico, un deportista o un criminal, en la que se forma su identidad y la definición social de su persona. A continuación narraré brevemente la carrera de una persona depresiva “Q”, añadiendo a los hallazgos de David A. Karp algunas consideraciones propias.

Todo inicia con un periodo de emociones que Q no considera “depresión”, pero que le llevan a concluir: “algo no está bien conmigo”. Sabe de algún amigo o familiar en tratamiento psiquiátrico, pero no considera esta opción hasta que una crisis pone en riesgo sus actividades cotidianas (duda del valor de su vida), así que “como último recurso” busca a “un experto”. El diagnóstico y la prescripción de medicamentos son un punto de no-retorno. Aunque Q no quiere tomar pastillas y comienza un periodo de escéptica negociación con el psiquiatra, ya le dijeron que “tiene algo” llamado “depresión”. La idea irá acomodándose en su cabeza. Tiene el atractivo de ofrecer un posible alivio a su sufrimiento, aunque al mismo tiempo pone a Q en una posición devaluada. En este periodo, Q se ha registrado como paciente en un hospital psiquiátrico, ha respondido cuestionarios sobre sus hábitos de sueño y sus ganas de vivir, y se ha realizado estudios de laboratorio. Le han tratado como una persona enferma. Si llegaran a internarle y se hiciera público su problema, el paso por la institución psiquiátrica será aún más indeleble en su biografía.

Una vez que se ha familiarizado con la explicación bioquímica de su padecimiento –que se niega a llamar “enfermedad”-, Q se somete a la búsqueda del “medicamento adecuado” y a los experimentos del doctor. Comienza un tratamiento que le hace dormir todo el día y no le deja concentrarse. Siente que no es la misma persona. En un arranque de desesperación, deja de tomar el medicamento. El efecto de rebote hunde a Q en una crisis tanto o más intensa que la primera. Vuelve con el  doctor, quien le pide que “crea” en el tratamiento y siga sus instrucciones. Digamos que Q tiene suerte y el segundo medicamento resulta exitoso. Q siente que su verdadero yo ha despertado de un largo sueño y que vive por primera vez. Toma sus pastillas ritualmente hasta hacerlas parte de su cotidianidad. Es feliz durante un año y medio o dos. Después de ese tiempo hay que dejar la medicina.

Lo más probable es que Q vuelva a sentir lo que ahora llamará “depresión” y que el horror de la recaída le lleve nuevamente con el psiquiatra, esta vez con una actitud de total entrega. El medicamento que antes funcionó de maravilla no surte efecto. A partir de este punto y tras nuevas medicinas y nuevas recaídas, Q puede convencerse de que la depresión es una condición que le acompañará siempre y con la que tiene que aprender a vivir. O puede seguir buscando “el medicamento indicado”, el psiquiatra “para mí” durante años. Los efectos secundarios de las drogas y la dificultad de acostumbrarse a cada tratamiento le dejarán un amargo resentimiento.

Karp compara la trayectoria de los depresivos clínicos con la conversión religiosa y la pérdida de la fe. Aunque al principio uno se sienta completamente ajeno al lenguaje de la enfermedad mental, la cadena de encuentros con doctores e instituciones, la realización ritual de procedimientos médicos y el empastillamiento rutinario van transformando la manera en que uno se ve a sí mismo. Por mínimo que sea, el éxito de las medicinas se vive como una revelación de la verdad bioquímica del problema, una versión esperanzadora, científica y medianamente eficaz del horror de deprimirse que sólo se abandona tras reiteradas decepciones (si es que logra abandonarse). Pero nadie vuelve al punto cero: tener que vérselas irremediablemente con la depresión obliga a aprender nuevas cosas.

Solos y tristes

La depresión es una enfermedad de aislamiento. La soledad emocional, social y clínica de quien se considera deprimido (o peor, depresivo) caracteriza e intensifica este padecimiento.

Ser infeliz no es como tener un pie roto: la fuerza con que nos afecta no es evidente y casi nadie está dispuesto a escuchar y a comprender un sufrimiento tan intenso. La respuesta social más común es el rechazo. Hasta los amigos más cercanos “se cansan” de nuestros lamentos. Suele considerarse que quien está atrapado en un sufrimiento así no se esfuerza lo suficiente por salir adelante, no ve el daño que provoca a sus seres queridos, no valora lo que tiene; que, en fin, no hay verdaderos motivos para sentirse así.

La explicación clínica de la depresión unifica la sensación de su incomunicabilidad con la perspectiva social de su sinsentido. Al diagnosticar que algo no funciona dentro del sufriente, específicamente su cerebro, la ciencia legitima la individualización del problema y descarta la relevancia del mundo exterior.

Esto contribuye al círculo vicioso de la depresión: si las relaciones cotidianas son difíciles de sobrellevar para quien está deprimido, el rechazo social empuja más al silencio, el secreto y el aislamiento. Y aunque la soledad sea un alivio momentáneo, el costo es grande a mediano plazo: ¿cómo pueden recuperarse las ganas de vivir desde la soledad si el sentido de la vida es vivirla con otros?

Hay una moralidad opresiva (y depresiva) en este trato a los infelices crónicos. Las versiones “pesimistas” de la realidad son desagradables, reprobables e irracionales (cosa de “enfermos”) en un mundo que pregona el disfrute y las felicidades personales. Pero razones para deprimirse sobran: si no bastan las existenciales, tómense en cuenta los horrores que la humanidad ha hecho de la civilización y la naturaleza. Los diagnósticos psiquiátricos no pueden distinguir entre enfermedad mental y desmoralización, así que debemos reevaluar el deseo de “curar” a los deprimidos (el infierno está pavimentado de buenas intenciones). Quienes nos invitan a combatir la infelicidad con drogas están pidiendo que nos ajustemos a un mundo que nos parece enfermo. Y, de cualquier modo, todavía no existe una droga que nos permita vivir cómodamente una vida que lastima.

Urge desestigmatizar, escuchar y entender a los locos, sacarlos de las relaciones jerárquicas de la psiquiatría, de la vulnerabilidad que los pone en manos de doctores que no saben mejor que tú y que yo cuál es el sentido de la vida ni qué hacer con ella. Tal vez así podamos descubrir qué mal aqueja a nuestra química social.

Camila González Paz Paredes es socióloga por la UNAM.


1 P. Berger y T. Luckmann, La construcción social de la realidad, Buenos Aires, Amorrortu, 1968.
2 Hay estudios históricos de la depresión desde la época clásica, como el de Clark Lawlor, From Melancholia to Prozac. A History of Depression, Nueva York, Oxford University Press, 2012. Ver también Alain Ehrenberg, The Weariness of the Self. Diagnosing the History of Depression in the Contemporary Age, Kingston, Montreal y Londres, McGill-Queen’s University Press, 2010.
3 Gary Greenberg, Manufacturing Depression. The Secret History of a Modern Disease, Nueva York, Simon & Schuster, 2010.
4 Ian Hacking, “Making-up People”, en T.C. Heller et al. (coords.) Reconstructing Individualism, Stanford, Stanford University Press, 1986, pp. 222-236.
5Para ver más sobre etiquetaje y carreras recomiendo el trabajos de Howard Becker, Outsiders. Hacia una sociología de la desviación, Buenos Aires, Siglo XXI.
6 C. Lawlor, op. cit.
7 Más sobre el tema en G. Greenberg, op. cit.