De un tiempo a acá la discusión sobre la necesidad actual del feminismo ha sido álgida, tanto en los espacios académicos como en las redes sociales y en las charlas de café. Mientras hay quienes consideran que las mujeres y los hombres ya viven en perfecta igualdad y armonía (sic), quienes critican la vigencia del feminismo o los reclamos provenientes de éste, o incluso quienes creen que detrás de éste hay una empresa femenina por menospreciar u oprimir a los hombres, el esfuerzo por la concienciación y por la reivindicación del feminismo –en su más amplio y consensuado sentido– continúa y enfrenta batallas diariamente: contra la intolerancia, contra la malinterpretación, contra los discursos de odio, contra el acoso, contra la muerte.

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Encuesta realizada en Twitter por la secretaría de Gobernación el 29 de marzo.

En ese orden de ideas, el gobierno de la República anunció recientemente su propia versión de la campaña #HeforShe que hace año y medio lanzó la ONU con Emma Watson como portavoz, para reunir firmas de hombres que quieran sumarse al proyecto de igualdad. #Nosotrosporellas es la forma del Gobmx de ponerse al día con las estrategias que empezaron, en el plano internacional, con la primer Conferencia Mundial sobre la Mujer celebrada en México en 1975. Desde entonces dichas Conferencias se llevan a cabo quinquenalmente, y fue a partir de la  llevada a cabo en Beijing en 1995 que, a parte de cambiar el hincapié hecho en el concepto de mujer hacia el de género, se estableció la sensibilización como objetivo y principio de acción.

La sensibilización es una toma de conciencia que busca que la sociedad perciba y asuma el valor de la igualdad de oportunidades para mujeres y hombres, lo que implica aceptar la posibilidad de cambio en la estructura social. La sensibilización como proyecto es un objetivo político que comprende una estrategia comunicativa, en la cual se inserta la campaña de #Nosotrosporellas. La comunicación institucional se configura, en este contexto, como un proceso por el cual se busca difundir una manera de entender al mundo. Esta forma de comunicación entre las instituciones públicas y la sociedad civil busca incidir en los procesos de construcción social mediante la difusión de cosmovisiones.1

Para un ideal tan grande de reivindicación como es el feminismo, es sumamente importante la construcción del Estado respecto a la diferencia sexual, y la forma que tenga éste de proyectarla. He ahí donde la campaña del gobierno de la República falla en comprender el principio básico de los estudios de género, y del feminismo mismo: socialmente construimos la diferencia sexual en función de los roles que le adjudicamos al género. Como Judith Butler bien explica, el género comprende todos los significados culturales que el cuerpo sexuado asume, por lo que no se puede decir que un género siga a un sexo de ninguna forma. Llevándolo al límite lógico, la distinción sexo/género sugiere una discontinuidad radical entre los cuerpos sexuados y los géneros culturalmente construidos.2

Si, como Nancy Fraser postula,3 el Estado tiene órdenes o compromisos de género, expresados en la estructura de gobierno que se asume y promueve cierta ordenación de los sexos a través de sus manifestaciones jurídicas y de política pública, el orden de género del Estado mexicano, en esta campaña, expresa una incapacidad –o falta de voluntad– para combatir las epistemologías que se asientan sobre el llamado estado de naturaleza, preludio de los presupuestos esencialistas que sostienen la dicotomización sexual.4 #Nosotrosporellas realmente no hace nada por cambiar la concepción que hay sobre los roles de género.

Hay dos problemas fundamentales con la campaña que expresan lo antes mencionado: el primero, que está manifiesto desde la campaña de ONU Mujeres, es que le sigue hablando a los hombres, dejando así de lado la necesidad de concientizar a la sociedad sin distinción de sexo o género como parte del proyecto de sensibilización; el segundo, es que preserva y remarca los estereotipos de género que buscarían eliminar. El video de la campaña muestra, en un minuto y medio, que si las mujeres pueden hacer actividades de hombres, los hombres pueden hacer –o ceder ante– actividades tradicionalmente adjudicadas a las mujeres. Plantea, básicamente, que hay dos bandos: uno al que pertenecen los hombres y otro al que pertenecen las mujeres, pero que está bien si se intercambian los roles, que está bien que una mujer “haga el trabajo de un hombre” y que un hombre “haga labores femeninas”. Se retratan como actividades masculinas a las que las mujeres pueden tener acceso: ceder el asiento a alguien, trabajar en una construcción, manejar un taxi, jugar fútbol, tener tiempo libre, trabajar en un taller mecánico; mientras que hacer las compras, cuidar a los hijos, cocinar y lavar la ropa son las cosas que los hombres ahora podrían considerar hacer.

Lo curioso y fundamental es el condicionamiento que implica el discurso del video: “si él puede cuidar a su bebé”, “si mi esposa puede trabajar en una construcción”, “si mi vecina puede trabajar en un taller reparando coches”, entonces “yo puedo hacer las compras cuando me tocan”, “yo puedo aprender a cocinar”, “yo puedo encargarme de lavar mi ropa”; como si todo fuera un juego de estira y afloja, un eterno vaivén de poder.

Si lo que se busca atender con esta campaña es la desigualdad que se vive en las relaciones familiares entre hombres y mujeres –la cual es, evidentemente, sólo una de las expresiones de la desigualdad de género-, habría que hablar de la corresponsabilidad como objetivo en cualquier pareja: reparto equilibrado de las responsabilidades, decisiones de la familia y del ámbito laboral, por poner sólo tres ejemplos. La relación trabajo-familia es un objetivo prioritario y debemos seguir luchando por alcanzar un equilibrio óptimo si buscamos disminuir progresivamente los estereotipos de género que tenemos enraizados en el colectivo social. Sin embargo, el camino está lejos de la sobrerrepresentación de los roles de género tradicionales; más que distinguir los espacios en los que tradicionalmente se han desenvuelto hombres y mujeres, urge eliminar la frontera entre ellos.

Aunado a la preocupación sobre el contenido de la campaña, están las reacciones ante la misma, por lo menos en redes sociales. La discusión sobre lo que plantea el vídeo es muy reveladora de la concepción que se tiene en la sociedad sobre los temas de género y la necesidad de atender la estructura de división de labores a la que estamos acostumbrados. Si se echa un vistazo a la sección de comentarios en el video publicado por la página oficial del Gobmx en Facebook se perciben, además de interpretaciones prácticamente opuestas sobre el contenido y el objetivo de la campaña, las reacciones defensivas e incluso agresivas ante cualquier tema relacionado con el feminismo. El camino, aun considerando nada más este aspecto de la atención que merece un tema tan importante como la brecha de oportunidades –y de seguridad– entre hombres y mujeres, se ve cada vez más largo. El problema ya no es solamente lo que pueda retratar el vídeo de la campaña, sino todo lo que en nuestro país implica la desigualdad de género.

El principal problema con la campaña, como con muchas campañas y/o intervenciones gubernamentales, es que se hace por cumplir, más que como producto de un interés real en la disminución de la inequidad. Hace un par de semanas, el Gobmx publicó una felicitación a todos los firmantes de la iniciativa #Nosotrosporellas porque México se convirtió en el segundo lugar en la lista de países que han suscrito. Se celebra porque el objetivo que responde al compromiso adquirido en el contexto internacional (con la ONU, con los demás países) se cumple, lo que expresa la inmediatez de la forma y no la naturaleza del cambio social de fondo que debería buscarse.

La recepción de la campaña revela lo fútil de ésta. Para generar un cambio en el sistema a través de los medios de comunicación, la intervención debería ser global y sostenida en el tiempo. Si la sensibilización de género consiste en incorporar a la sociedad valores no sexistas, se debe intervenir en las representaciones que reproducen estereotipos sociales y reemplazarlos por otros que fomenten el proyecto de igualdad de manera integral. Ello evidentemente implicaría que se tuviera la disposición de cambiar la estructura de privilegios existente, de verdaderamente fijar como objetivo la igualdad de oportunidades.

Si “la intención es lo que cuenta” podríamos verle el lado amable al video, a la campaña y a las firmas. Si, por otro lado, estamos dispuestos a reconocer que en nuestro país no sólo le adscribimos las labores del hogar a las mujeres como intrínsecas, sino que además legitimamos sus muertes en función de la ropa que usan, tendríamos que empezar a hacer mucho más que firmar campañas internacionales.

Sofía Mosqueda estudió relaciones internacionales en El Colegio de San Luis y ciencia política en El Colegio de México. Actualmente trabaja en Estudios Sociológicos.


1 García, M. (2001). Publicidad Institucional: el Estado anunciante. Málaga: Servicio de Publicaciones e Intercambio Científico de la Universidad de Málaga.
2 Butler, Judith (2004). “Gender Trouble: Feminism and the subversion of identity” en Eskeridge, William N. Jr. & Hunter, Nan D. Sexuality, Gender and the Law. Foundation Press.
3 Fraser, Nancy (1997). Iustitia Interrupta. Reflexiones críticas desde la posición “postsocialista”. Bogotá: Siglo del Hombre Editores.
4 El supuesto estado de naturaleza ancla socialmente la división sexual del trabajo, por lo que a las mujeres les corresponde y se les responsabiliza fundamentalmente, de la reproducción humana —ámbito de lo doméstico— mientras que a los varones les compromete en exclusiva con la provisión económica —ámbito público— y con el ejercicio de poder.