Diego Castañeda: En The Great Leveler, usted hace una exploración meticulosa de lo que ocurre con la desigualdad, principalmente de ingresos y riqueza, cuando un evento catastrófico sucede. La que presenta sugiere que los cuatro jinetes de la igualación (guerra, revolución, peste o el colapso de los Estados) en general disminuyeron la desigualdad. Sin embargo, cuando observamos otros tipos de desigualdad, desigualdades estructurales, como la de género, por ejemplo, la literatura sugiere que la guerra y la violencia tienden a exacerbar esos tipos de desigualdad. ¿Cuáles son sus pensamientos sobre este asunto?

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Walter Scheidel: No tuve suficiente espacio para cubrir esto en mi libro, así que estoy agradecido por esta oportunidad de comentar sobre el impacto de la igualación violenta en disparidades económicas en otros tipos de desigualdad. Es crucial tener presente que, a través de la historia, sólo tipos muy específicos de choques violentos han reducido de gran manera la desigualdad económica – los “cuatro jinetes” mencionados en la pregunta: colapso del estado y epidemias severas en la historia premoderna, y guerras con movilizaciones masivas y revoluciones transformadoras principalmente en el siglo XX. Si observamos al menos las primeras de estas fuerzas, la escasez de evidencia hace que sea muy difícil hacer observaciones confiables sobre cómo afectaron condiciones como la desigualdad racial y de género. Aun así, existen algunas indicaciones de que pudieran haber mitigado también formas no económicas de desigualdad. Por ejemplo, el colapso del poder del Estado algunas veces debilitó o removió formas legales de subordinación del campesinado.

Las epidemias han sido más influyentes. Durante la Peste Negra en el medievo tardío en Europa, mucha gente murió por la plaga así que la escasez de trabajadores no sólo elevó el salario de los trabajadores y disminuyó el valor de la propiedad de la tierra –ambos disminuyendo la brecha entre ricos y pobres– sino que también hizo más fácil para las mujeres encontrar empleo afuera del hogar. En el Londres del medievo tardío, por ejemplo, la pérdida de números grandes de trabajadores masculinos empujó a un número creciente de mujeres a la fuerza laboral y permitió que ellas se involucraran de forma activa en negocios. Las viudas fueron alentadas a mantener las inversiones de sus maridos muertos e incluso requirieron proveer de entrenamiento a sus aprendices. Mujeres acomodadas llegaron a disfrutar de mucha independencia en la administración de actividades comerciales. Entre las familias pobres, las mujeres jóvenes se volvieron aprendices de oficios en más números que antes. Sin embargo, una vez que la plaga se abatió y el crecimiento poblacional continuó, las mujeres se encontraron continuamente arrebatadas de estas oportunidades: su periodo de relativa libertad fue limitado a los años en los que las epidemias arreciaron. Adicionalmente, la Peste Negra ayudó a debilitar la desigualdad legal: en Inglaterra y otros lugares, el incremento en poder de negociación de los trabajadores ayudó a desmantelar lo que quedaba de las instituciones feudales de vasallaje y las obligaciones laborales con los terratenientes. 

Las formas modernas de igualación violenta han tenido un efecto mucho más fuerte en desigualdades de género, política y raza. La guerra industrializada creó una enorme demanda de trabajo: conforme millones de hombres eran conscriptos en la milicia y la producción industrial se expandía, las mujeres fueron frecuentemente llamadas a realizar trabajos que tradicionalmente habían sido hechos por hombres. Sin embargo, una vez más este incremento fue abatido después de 1945. Las dos guerras mundiales tuvieron un impacto más duradero en el empoderamiento político de las mujeres. En los Estados Unidos, el movimiento por el sufragio estuvo cercanamente asociado con la guerra de movilización masiva. La Asociación Nacional por el Sufragio de las Mujeres y la Asociación Americana por el Sufragio de la Mujer fueron creadas cuatro años después del final de la Guerra Civil Americana. En 1917, la primera declaró su apoyo a la guerra, obligando al Presidente Woodrow Wilson a apoyar el derecho a votar de las mujeres: “Hemos hecho a las mujeres nuestras compañeras en esta guerra. ¿Debemos admitirlas sólo como compañeras de sacrificio y sufrimiento y en las pérdidas y no en una sociedad de privilegios y derechos?” Después de muchos intentos fallidos en 1918 y 1919, una enmienda constitucional con este propósito fue finalmente aprobada en 1919 y ratificada el año siguiente.

Esto fue parte de un patrón más grande: en muchos otros países – desde Austria, Dinamarca e Irlanda hasta Holanda y Suecia por nombrar sólo algunos casos – el sufragio universal fue introducido entre 1917 y 1921. Un segundo empujón ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando a las mujeres en Bélgica, Francia, Italia, Japón, China y Corea del Sur se les fue otorgado el derecho al voto. La guerra de movilización masiva de la misma forma sirvió como un catalizador de esfuerzos contra la discriminación racial: en 1941, mientras en Estados Unidos iniciaba la movilización de su industria para la guerra, el Presidente Roosevelt prohibió las practicas discriminatorias en la industria de defensa. La desegregación completa de la milicia de los Estados Unidos siguió en 1948.

Finalmente, las principales revoluciones comunistas también alzaron el estatus de las mujeres. La Constitución Soviética reconocía a la mujer legalmente igual al hombre. La presencia de las mujeres en la escuela y el empleo formal se expandió enormemente, incluso conforme los dobles estándares y la discriminación persistían. En la China de Mao, el régimen promovió de forma similar la igualdad de género, empero, de nuevo, con resultados mixtos.

Todo esto muestra que los cuatro “grandes igualadores” no sólo redujeron la desigualdad económica, sino que pudieron, también, impactar en otros tipos de disparidades en las sociedades afectadas. Sin embargo, aún no contamos con análisis histórico sistematizado de este fenómeno.

DC: En el corazón de la ciencia política, existe la pregunta sobre si la elevada desigualdad produce violencia como resultado. En su libro, usted apunta que la evidencia histórica sugiere que las sociedades pueden tolerar altos niveles de desigualdad y mantenerse en paz. ¿Qué puede explicar tal realidad contra intuitiva y bajo qué condiciones la desigualdad ha mostrado que pudiera llevar a disturbios violentos?

WS: La perseverancia de fuertes desequilibrios económicos parece contraintuitiva sólo si asumimos que la desigualdad por sí misma puede precipitar desintegración social y conflictos violentos. La mayoría de la investigación relevante para esta pregunta se ha enfocado en la relación entre la desigualdad y la guerra civil en países en desarrollo. Mientras que investigaciones más antiguas algunas veces postularon una correlación significativa entre estas condiciones, los estudios más recientes han fallado en encontrar un efecto consistente entre desigualdad económica de clase y la frecuencia de guerras civiles: sólo disparidades económicas entre grupos específicos (frecuentemente étnicos o “tribales”) ha conducido confiablemente al conflicto interno. Además, mientras el acceso desigual a la propiedad de la tierra hace más probable la guerra civil, esto no es verdadero bajo niveles extremos de desigualdad que ponen a pequeñas élites en una mejor posición para suprimir resistencias. Este efecto en particular puede explicar muy bien la estabilidad en el largo plazo de muchas de las sociedades más desiguales del pasado.

La posibilidad de las revoluciones parece haber sido gobernada por muchos factores junto con la desigualdad. Mientras que en Francia de finales del siglo XVIII era muy desigual, cuando los revolucionarios decidieron expropiar a los nobles y cortarle la cabeza al rey, otros países europeos con condiciones miserables similares evitaron ese resultado. Y contrario a la predicción de Marx, las primeras revoluciones comunistas ocurrieron en Rusia y China en lugar de en las (incluso) más desiguales sociedades industriales de Europa Occidental. América Latina, que por mucho tiempo ha sufrido niveles extremos de desigualdad, con toda certeza ha experimentado mucha violencia e insurrecciones, pero relativamente pocas revoluciones y ninguna gran guerra entre estados.

En la actualidad no contamos con estudios sistemáticos interculturales sobre los efectos de la desigualdad económica en la violencia, especialmente desde una perspectiva histórica de largo plazo. Lo que puede ser el más ambicioso proyecto a la fecha, la teoría demográfica-estructural de los “ciclos seculares” de Peter Turchin propone que las sociedades atraviesan fases discretas de consolidación y declive violento: en este modelo, periodos de expansión demográfica, caídas en el salario real y crecimiento desproporcionado de círculos de élites eventualmente generan presiones que restablecen el orden de forma violenta. Sin embargo, la desigualdad es meramente un componente en un paquete de factores a través de los que se llega a este desafortunado resultado, y no necesariamente uno de sus principales conductores. No es una exageración decir que se necesita hacer mucho trabajo aún para poner nuestro entendimiento sobre la relación entre la desigualdad y la violencia en un piso más sólido. Después de muchas generaciones de investigación histórica y sociológica, todavía estamos en el comienzo.

DC: Observando en específico a América Latina, en el libro usted argumenta que incluso si en tiempos recientes la región ha experimentado cierto progreso reduciendo la desigualdad de ingreso, este éxito no se puede comparar con la magnitud que los cuatro jinetes han tenido a través de la historia. Usted pone en duda la posibilidad de que esta tendencia continúe en el largo plazo. Sin embargo, trabajos recientes de Jeffrey Williamson (2009, 2015) exploran la región y encuentran que América Latina tendía a ser más igualitaria en el pasado, incluso sin gran violencia generalizada. Además, la igualación reciente ocurrió de forma pacifica. ¿Existe algo especial sobre América latina que separa su experiencia de la del resto del mundo? ¿Qué clase de accidentes de la historia pueden explicar el comportamiento de la región?

WS: Es cierto que Jeffrey Williamson, en lo que son por necesidad reconstrucciones conjeturales, argumenta que, comparada con el siglo XX, la desigualdad económica en América Latina ha sido más moderada en las décadas siguientes de las guerras por la independencia de lo poderes coloniales. Esto es bastante plausible, incluso si la evidencia es algo escasa: simplemente suma a la larga lista de ejemplos de igualación a través de revueltas violentas. Él además postula niveles significativamente bajos de desigualdad antes del siglo XVIII, cuando la explotación de los poderes coloniales había llegado a su máxima intensidad. Sabemos ahora que datos de salarios reales del área de la Ciudad de México en los primeros siglos de gobierno español le otorgan fundamentos a este escenario: para la parte final del siglo XVI, las enfermedades del viejo mundo que habían sido introducidas a las Américas habían matado a una cantidad tan grande de población indígena que los salarios reales de los trabajadores aumentaron abruptamente, lo que puede ser visto como un indicador plausible de la disminución de la desigualdad en lo general.

Sin embargo, la desigualdad en el periodo precolonial no necesariamente fue tan baja como Williamson cree: después de todo, los imperios tributarios de los aztecas e incas fueron altamente estratificados y beneficiaron enormemente a las clases gobernantes. Debemos tener en mente que hasta el siglo XIX, el PIB per cápita en promedio debió ser muy bajo, lo que significa que el coeficiente de GINI que mide el nivel de desigualdad no pudo elevarse arriba de cierto nivel ya que el excedente disponible era bastante pequeño. En términos reales, la desigualdad estaba forzada a ser considerable incluso antes de que se elevaran los coeficientes de GINI nacionales de la distribución del ingreso que comenzó con la era de la “Primera Globalización” de la década de 1870 en adelante.

Las reducciones recientes en la desigualdad en América Latina después del año 2000 son una historia diferente. Mientras el progreso ocasional ya había ocurrido antes, ésta fue la primera vez que la región experimentó una igualación substancial en la ausencia de choques violentes y disrupciones. En la primera década de este siglo, las economías de América Latina se beneficiaron de un inusual y benéfica concatenación de diferentes circunstancias que conspiraron para disminuir la brecha entre ricos y pobres: bajos retornos a la educación secundaria y terciaria (posibilitados por una expansión de la educación, pero en ocasiones también por disminución en la demanda de trabajadores altamente calificados); una fuerte demanda externa por materias primas que aumentaron los ingresos rurales relativamente con los trabajadores urbanos; recuperación de crisis económicas anteriores; cambios en los trabajadores entre empleo informal al formal; un fortalecimiento de sindicatos; y quizá más célebremente el crecimiento de los programas gubernamentales redistributivos enfocados a la pobreza.

Desafortunadamente, no es claro que esta tendencia sea sostenible: a principios de la década de 2010, menos países en la región han continuado la mejora en la distribución del ingreso, y en algunos casos la desigualdad ha comenzado a subir nuevamente. En este sentido, la reciente recesión masiva y el conflicto político en Brasil han sido decisivamente negativos. México lo ha hecho un poco mejor, pero la disminución de la desigualdad de ingreso parece que se detuvo alrededor de 2010. Es, por lo tanto, aún muy pronto para decir si la atenuación pacífica de la desigualdad puede contar como una historia de éxito específica de América Latina.

DC: Casi al final del libro usted especula un poco sobre el futuro y llega a la triste conclusión de que tal vez podemos estar entrando a un nuevo periodo prolongado de tiempo caracterizado por el incremento en la desigualdad, que los cuatro jinetes de la igualación afortunadamente ya no se pueden ver y que nada más que una poco probable guerra nuclear cambiará esto. ¿Qué piensa sobre la posibilidad de construir un consenso político como el que tuvimos en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial, capaz de producir voluntad política y apoyo popular para implementar políticas progresivas y estados de bienestar? ¿Es posible construir tal consenso sin la amenaza de la guerra?

WS: Puede ser posible –sería seguramente poco sabio declarar algo como “imposible” cuando estamos hablando sobre el futuro–, pero quizá poco probable. Si la historia es algún indicador, los choques violentos, o por lo menos la amenaza creíble de una revolución violenta, han sido por mucho tiempo críticas para traer igualación económica en gran escala. (Como se mencioné con anterioridad, no está claro si los recientes sucesos en América Latina son de la suficiente intensidad y durabilidad para establecer una excepción a esta regla general, incluso si ciertamente mantienen un considerable potencial). Implementar políticas más radicales será particularmente difícil en las economías más avanzadas y políticamente estables. En gran parte de Europa, los gobiernos ya han capturado una porción muy grande del producto total en impuestos y en costosos programas redistributivos. Tales esquemas pueden caer bajo presiones crecientes conforme las poblaciones envejecen y grandes números de inmigrantes con baja capacitación entran en Europa, especialmente si no están tan bien integrados como uno desearía y en su lugar se suman a una clase baja alienada. En los Estados Unidos, donde la creciente desigualdad es un asunto más urgente, los impasses de una cada vez más intensa polarización política impide reformas efectivas.

En el ambiente competitivo y globalizado, el consenso sobre medidas igualadoras no es fácil de lograr. Aun así, postulantes de reformas frecuentemente enfatizan que la cooperación internacional sería altamente deseable y quizá, incluso, necesaria para que cualquiera de estas medidas tenga éxito, desde intervención fiscal hasta una supresión de la riqueza oculta en paraísos fiscales. Hay que recordar que la ultima vez que ocurrieron grandes ganancias en igualdad económica en Occidente fue cuando la cooperación entre las naciones todavía estaba en sus niveles más bajos de todos los tiempos, durante las dos guerras mundiales y la Gran Depresión. Esto significa que no tenemos un modelo sobre cómo poder construir un consenso viable concerniente a la reducción de la desigualdad a través de las fronteras nacionales. 

DC: ¿Existe alguna fuente de esperanza de que podamos disminuir la desigualdad, además de desear que el futuro sea verdaderamente diferente al pasado?

WS: Es cierto que mi libro no es una lectura inspiradora. Al final es el resultado de tratar de tomar en cuenta de forma completa un registro histórico alrededor del mundo. Yo hubiera esperado que emergieran más excepciones aparentes, pero resultó decepcionante. No es sorprendente y, en ese sentido, incluso ventajoso que los lectores compartan este sentimiento de decepción. Mis descubrimientos sugieren que debemos pensar más duramente y también más realistamente sobre cómo atender el problema de la desigualdad: recetas que pudieron haber funcionado hace un par de generaciones ya no son necesariamente políticamente posibles en el mundo más globalizado, menos violento y de alta tecnología del presente. Esto no significa que simplemente debemos rendirnos, pero necesitamos reconocer que el reto es mucho más grande que lo que preferimos creer.

Walter Scheidel es profesor de historia y clásicos en la Universidad de Stanford, donde también realiza investigación sobre biología humana. Su libro más reciente, The Great Leveler: Violence and the History of Inequality From the Stone Age to the Twenty-First Century, se ha convertido en una referencia obligada para los estudios sobre desigualdad.

Diego Castañeda es economista por la University of London.