El mediocre desempeño de la economía mexicana y la aparente fallida transición política son dos fenómenos que pesan profundamente en las reflexiones académicas y de dominio público en el país. El estancamiento salarial, la incidencia de pobreza (en sus múltiples avatares estadísticos), la inseguridad, la ingobernabilidad, la falta de consensos políticos y adopción de reformas e iniciativas ciudadanas son fenómenos que validan una perspectiva pesimista. Una teleología del fracaso se ha instalado como punto de partida en la búsqueda de modelos heurísticos que nos permitan prescribir la situación actual del país. Recientemente, la hipótesis neo-institucionalista de Acemoglu y Robinson ha resonado ampliamente entre académicos, comentaristas y público en general. Bajo esta hipótesis, en México nos hemos convencido que nuestro estancamiento es producto de la prevalencia de instituciones extractivas y nuestra incapacidad de generar instituciones inclusivas. La consecuente prescripción es eliminar los privilegios de las élites para abrir la puerta a la participación de nuevos actores en un ambiente institucional que estimule constantemente la pluralidad y la diversidad. No importa que la fórmula haya fracasado con anterioridad en los 80 y 90.

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Como fundamento de estas recomendaciones uno encuentra la hipótesis neo-institucional del desarrollo económico propuesta por Daron Acemoglu, Simon Johnson y James A. Robinson (AJR). Desde la primera elaboración de la hipótesis en 2001 en The Colonial Origins of Comparative Development, los autores han atribuido a las instituciones un papel clave en el impulso de las economías de los países.1 Siguiendo esta premisa, los autores categorizaron las instituciones de los países contenidos en su muestra estadística según la experiencia colonial. En corto, aquellas regiones donde las poblaciones europeas eran incapaces de asentarse producían instituciones extractivas mientras que aquellas regiones, beneficiándose de asentamientos europeos, desarrollaban instituciones fundamentadas en el respeto a la propiedad privada y la protección contra la arbitrariedad en el ejercicio del poder de las élites. Para AJR, estas características institucionales persisten aún después de los procesos de independencia. Así, con base en las tasas de mortalidad de los soldados, marinos y obispos europeos entre el siglo XVII y el siglo XIX, para AJR el establecimiento de asentamientos europeos ayudan a explicar la calidad institucional de los países y, a su vez, éstas explican su desempeño económico hasta la actualidad.

En Institutions as a Fundamental Cause of Long-Run Growth, AJR desarrollan un marco teórico más esquemático, aún anclado en una concepción eurocéntrica de los procesos de desarrollo económico.2 En este marco, las instituciones económicas que proveen certidumbre para la propiedad privada de un amplio espectro de la sociedad promueven la prosperidad al facilitar la distribución de los recursos de la sociedad de una manera más justa. A su vez, estas “buenas instituciones económicas” dependen de la calidad de las instituciones políticas, definida como la capacidad de limitar el uso arbitrario del poder en contra de los derechos de propiedad. Para AJR, la calidad institucional política está supeditada mecánicamente a las interacciones entre los grupos que ostentan el poder político de jure y de facto. En Why Nations Fail?, Acemoglu y Robinson reclasifican las instituciones en inclusivas y extractivas usando los criterios de sus estudios pasados.3  Así, las instituciones europeizantes pasan a ser instituciones inclusivas  que promueven la destrucción creativa schumpeteriana conducente a la prosperidad a través de la promoción de la inversión, la liberación de las fuerzas benéficas del mercado y el respaldo de un amplio sector social. Como en la mayoría de los modelos mecánicos de economía, la diferencia entre la aparición de instituciones extractivas o inclusivas es atribuible a coyunturas críticas sociales externas que determinan la persistencia institucional y que los procesos de transición son posibles. De tal modo, la prosperidad está más allá del alcance de los actores sociales.

A lo largo de 15 años de circulación de la hipótesis ARJ, el modelo ha sido examinado críticamente. Desde una perspectiva metodológica, el uso de una variable instrumental como las tasas de mortalidad para determinar el riesgo de expropiación y catalogar la calidad institucional causó muchas dudas sobre la capacidad del modelo econométrico de establecer una relación de causalidad dada la mala calidad de la información existente sobre las tasas de mortalidad.4 Asimismo, el modelo econométrico también fue criticado por sus especificaciones ya que, al tratar un amplio período de quinientos años de historia, la estrategia de identificación de variables no es adecuada para la amplia diversidad de experiencias históricas contenidas en la muestra.5 Por su parte, Acemoglu, Johnson y Robinson respondieron sin un tratamiento adecuado del problema de las fuentes históricas de información sobre tasas de mortalidad y su muestreo, enfatizando en su lugar fallas de especificaciones econométricas en los modelos de sus críticos.6 No obstante, esta falta de tratamiento serio a las críticas no detuvo la promoción de políticas públicas con base en evidencia poco sólida.

A pesar de las debilidades metodológicas de AJR, aún sus críticos reconocían su gran contribución al generar interés sobre el estudio de las instituciones como una explicación a la gran divergencia en el crecimiento económico de los países desde el siglo XVI. Rápidamente, este reconocimiento devino en una crítica ontológica a los que el modelo de AJR entendía por institución y el marco explicativo para entender su influencia sobre el proceso de desarrollo económico. Para AJR, una institución consiste en las reglas del juego en una sociedad que restringen la conducta humana al estructurar incentivos en el intercambio político, económico o social.7 Así pues, esta concepción de instituciones como reglas se enfoca en el aspecto formal de los incentivos problematizando su origen, persistencia y transformación en su encarnación estatal exclusivamente. Considerando la existencia de reglas que se convierten en letra muerta o reglas no escritas (informales) que afectan el comportamiento humano en cuenta, Avner Greif identificó la necesidad de un nuevo marco analítico para analizar las instituciones de manera más precisa. Así, Greif propone que una institución es un sistema de factores sociales que en conjunto generan una regularidad en el comportamiento. Los factores sociales incluidos dentro de este sistema incluyen reglas, pero también, normas, creencias y organizaciones.8 Si bien a primera vista esta diferenciación conceptual parece constituir un simple sofisma técnico, en una examinación más cuidadosa este marco analítico provee ciertas consideraciones que contrastan con la conceptualización reduccionista de AJR.

Primeramente, Greif reconoce que las instituciones son creaciones humanas y al mismo tiempo exógenas a cada individuo cuya conducta influencian. De esta manera, Greif busca centrar el análisis en la interacción entre agentes y estructura en lugar de mantener vivo el viejo debate del huevo o la gallina en torno a la agencia y estructura. Además, esta nueva definición no reduce el surgimiento de instituciones a casualidades históricas o necesidades funcionales como la estructuración de los incentivos en una sociedad. Al contrario, su definición discierne que cualquier regularidad conductual tiene un fundamento institucional que debe ser analizado a un nivel de micro-interacciones sociales. En el epicentro de estas micro-interacciones sociales, Greif coloca las transacciones y los efectos externos que éstas producen en un contexto social determinado. Empero, las transacciones no se reducen a una lógica económica ya que éstas se definen ampliamente como la transferencia de una entidad (bien o servicio, commodity, actitud social, emoción, opinión, información) de manos de una unidad social a otra. Así, los sistemas institucionales de Greif trascienden las estructuras formales del Estado para incluir aquellas interacciones de carácter privado que AJR ignoran por completo. Esta definición más amplia de la institución toma en cuenta variables de difícil medición estadística como normas, valores y creencias que el modelo de AJR hace a un lado al asumir que la colonización europea fue el principio del desarrollo institucional fuera de Europa. La implicación es que las instituciones no pueden ser estudiadas únicamente con métodos cuantitativos anclados en supuestos teóricos con poco sustento del récord histórico.

Pero la crítica ontológica también posee una dimensión deontológica que no puede pasar desapercibida. Siguiendo la tradición ilustrada de Voltaire, Montesquieu, Adam Smith, David Hume, entre otros, la hipótesis de AJR aduce al “dulce comercio” virtudes civilizatorias. De esta manera, el individuo que persigue su propio interés ayuda al interés público a través del complejo entramado del intercambio comercial.9 Bajo esta perspectiva, lo único realmente necesario como política pública es el desmantelamiento de aquellos obstáculos que coartan la expresión del interés individual. En el modelo de AJR estos frenos son las instituciones extractivas, las élites corruptas y la dependencia en recursos naturales. En contraste, la definición institucional de Greif evita juicios de valor basados en premisas cuasi-místicas que buscan atribuir categorizaciones y bondades inexistentes a las instituciones modernas. Su marco deontológico, haciendo eco a la fábula de las abejas de Bernard de Mandeville, no pretende exaltar las bondades del interés individual sino busca entender cómo el vicio privado interactúa en el complejo entramado social para regular la conducta.  Por lo cual, lo analíticamente interesante de las instituciones es el estudio del conflicto de intereses entre los diversos actores sociales y cómo este resulta en la regulación del comportamiento de la sociedad en general.

A la luz de esta discusión, resulta alentador que en México el modelo institucional de AJR haya cautivado el interés de muchos. De alguna manera, este modelo legitima muchas de las quejas que se comparten sobre el país: instituciones disfuncionales, élites corruptas, un país rico en recursos, pero que ofrece pocas perspectivas de bienestar a su población. No obstante, sin una examinación crítica de nuestras propias intuiciones corremos el riesgo de que, al tener en nuestras manos un martillo, tratemos todos nuestros problemas como clavos. Pero para romper con la teleología del fracaso prevalente en el ánimo del país, el modelo de AJR es sólo un punto de partida. Después de todo, como aseguró Foucault, detrás de la historia no existe el buen salvaje sino una correlación de fuerzas (entre élites, no élites y aspirantes a élite).10 Esta correlación de fuerzas amerita ser estudiada a un nivel de micro-interacciones como lo sugiere Avner Greif y no a través de generalizaciones burdas. El que busca, halla.

Samuel Segura Cobos es internacionalista, doctorante y asistente de investigación en el Centro de Finanzas y Desarrollo del Institut de Hautes Études Internationales et du Développement en Ginebra, Suiza.


1 Acemoglu, D, S. Johnson, & J. A. Robinson, “The Colonial Origins of Comparative Development: An Empirical Investigation,” American Economic Review, Vol. 91, No. 5 (Dec., 2001), pp. 1369-1401.
2Acemoglu, D, S. Johnson, & J. A. Robinson, Institutions as a Fundamental Cause of Long-Run Growth,” in Aghion, P. & S. N. Durlauf, Handbook of Economic Growth, Vol. 1A, London: Elsevier North-Holland, 2005, pp.385-472.
3Acemoglu, D. & J. A. Robinson, Why Nations Fail? The Origins of Power, Prosperity and Poverty, London: Profile Books Ltd., 2012.
4 Ver Albouy, D. Y., “The Colonial Origins of Comparative Development: An Empirical Investigation: Comment,” American Economic Review, 2012, Vol. 102 (6), pp. 3059-3076. Sin embargo, la discusión inició a través de un ensayo circulado pero no publicado desde el 2004. También Bardhan, P., “Institutions matter, but which ones?,” Economics of Transition, 2005, Vol. 13(3), pp. 499–532.
5 Esto fue particularmente discutido en el contexto de los procesos de colonización de África donde AJR no prestaron atención a los procesos africanos de urbanización, ni al hecho que la mayoría del período estudiado fue pre-colonial. Asimismo, tampoco se prestó atención al régimen colonial (sociedad de colonos o no). Ver Austin, G., “The Reversal of Fortune Thesis and the Compression of History: Perspectives from African and Comparative Economic History,” Journal of International Development, 2008, Vol. 20, pp. 96-1027.
6Acemoglu, D, S. Johnson, & J. A. Robinson, “The Colonial Origins of Comparative Development: An Empirical Investigation: Reply,” American Economic Review, 2012, Vol. 102 (6), pp.3077-3110.
7 Acemoglu, D, S. Johnson, & J. A. Robinson, Institutions as a Fundamental Cause of Long-Run Growth,” in Aghion, P. & S. N. Durlauf, Handbook of Economic Growth, Vol. 1A, London: Elsevier North-Holland, 2005, pp.385-472.
8Greif, A., Institutions and the Path to the Modern Economy: Lessons from Medieval Trade, Cambridge: Cambridge University Press, 2006.
9Smith, A., The Wealth of Nations, Book I, Chapter 2.2.
10 Foucault, M., Entrevista con los miembros de la Ligue communiste révolutionnaire para la revista Rouge, julio 1977.