libro

François Bourguignon,
La globalización de la desigualdad,
trad. de Denis Peña Torres,
Fondo de Cultura Económica,
México, 2017,
258 pp.


Durante mucho tiempo en la discusión al interior de la ciencia económica y en los debates sobre política pública se ha planteado la existencia de un trade-off entre una sociedad igualitaria y una sociedad con eficiencia económica. La lógica de los que plantean la existencia de tal conflicto radica en que perciben a la redistribución como un costo. Redistribuir implica el cobro de impuestos y estos, bajo ciertas circunstancias, pueden generar distorsiones mayores o menores; a su vez, estas distorsiones pueden conducir a la pérdida de eficiencia. Por ejemplo, al desincentivar la actividad económica o alterando el precio de los factores de producción y, por lo tanto, llevando a su uso subóptimo.

pobreza

Ilustración: Oldemar González

En abstracto, esta crítica a la redistribución puede ser válida, ejemplo de ello es la implacable lógica detrás de los llamados teoremas fundamentales del bienestar (también llamados los teoremas de la mano invisible). Esta lógica nos dice que los mercados, si se les deja solos, llegarán por sí mismos a la colocación óptima de recursos y, por lo tanto, a la mayor eficiencia. Esta lógica fue formalizada por los aclamados economistas Kenneth Arrow y Gerard Debreu y en su momento les hizo acreedores al premio Nobel de Economía.

No obstante, para que los famosos teoremas sean ciertos requieren de una serie de supuestos sumamente astringentes que, en la realidad, son prácticamente inalcanzables; por ejemplo, la existencia de competencia perfecta, la información completa (o perfecta) y la ausencia de múltiples fallas de mercado que en los hechos encontramos virtualmente en cada rincón de la economía. Por lo tanto, a la luz de la realidad existe lugar a la intervención pública y existe lugar por lógica a la redistribución.

Este viejo debate de la economía se ve renovado en el último libro del economista francés François Bourguignon, La globalización de la desigualdad, publicado y traducido recientemente por el Fondo de Cultura Económica. El libro trata sobre cómo ha evolucionado la desigualdad global, su reducción —si se le considera desde principios del siglo XIX hasta el presente— y sobre un asunto particularmente clave: reconciliar el combate a la desigualdad con las ganancias de eficiencia en la economía.

Para el autor, uno de los expertos mundiales sobre desigualdad —y con trabajos seminales al respecto como Inequality Among World Citizens: 1820-1992 en coautoría con Christian Morrisson— debemos alejarnos de la idea de discutir sobre redistribución exclusivamente en términos fiscales (cobro de impuestos y después gasto público) y concentrarnos en los múltiples otros aspectos en los que la intervención estatal puede ayudar a producir una sociedad más igualitaria.

Bourguignon argumenta que si bien es necesario discutir los impuestos tal como lo hacen otros expertos en el tema, hacerlo suele encontrar resistencias políticas por parte de las élites y debates bizantinos con el argumento de la pérdida de eficiencia —el clásico, por ejemplo, “los ricos invertirán menos si se les cobran más impuestos”. El autor sugiere que evitemos estos falsos debates que llevan a la noción de que eficiencia e igualdad son mutuamente excluyentes y les demos la vuelta concentrando parte de la agenda por la igualdad en aquellos puntos que pueden, al mismo tiempo, producir ganancias de eficiencia y disminuciones importantes en la concentración de ingreso, riqueza y, desde luego, oportunidades.

¿Cuáles son estas áreas de oportunidad poco tomadas en cuenta cuando hablamos de combatir la desigualdad?

El combate a los monopolios y las prácticas anticompetitivas. La alta concentración del mercado en muchas ocasiones se vuelve un lastre para la economía al facilitar la extracción de rentas, la falta de necesidad de innovación, precios más altos. Todo lo anterior en detrimento de la igualdad. La extracción de rentas facilita la concentración del ingreso, produce una distribución inequitativa de oportunidades en los mercados de factores y, por esas mismas causas, resta eficiencia a la economía.

Otra área en la que se pueden beneficiar mutuamente la igualdad y la eficiencia es en el combate a la corrupción. La corrupción está asociada a pérdidas de eficiencia y desigualdad porque favorece la extracción de rentas. De la misma forma, el acceso universal a educación de calidad para la mayor cantidad de personas puede igualar oportunidades en el mercado laboral y, a su vez, producir ganancias de eficiencia  conforme el mayor capital humano disponible en la economía incrementa la productividad.

Quizá el vínculo principal que une estos dos objetivos —y que los hace complementarios en muchos niveles— es el crecimiento económico. Un crecimiento económico inclusivo tiene que tener ambos objetivos, que toda la sociedad participe del crecimiento y que sea eficiente para que crezca.

La globalización de la desigualdad es un libro que deja un mensaje muy claro: el combate a la desigualdad en buena medida es un tema de economía política (quiénes ganan y quiénes pierden con la distribución existente) y, más importante aún, que hace falta mucha voluntad política para producir una sociedad igualitaria.

 

Diego Castañeda es economista por la University of London.