Corría la década de 1790. El imperio británico se alzaba como potencia económica. Las innovaciones de un ex-aprendiz de barbero del condado de Lancashire estaban bosquejando tempranamente lo que se convertiría en la gran Revolución Industrial de fines del siglo XVIII para los mercados algodoneros. Cuando el comercio textil estaba en pleno auge y dictando la pauta del poderío económico de las naciones europeas, Sir Richard Arkwright introdujo innovaciones a la aplicación de corrientes de agua en la producción de los molinos textiles, lo que resultó eventualmente en su invento del marco giratorio de agua que tejía hilos de algodón con mayor rapidez y firmeza. Mediante esta innovación industrial, aunada al motor de vapor, el imperio británico comenzó a desplazar definitivamente a los holandeses y a la Liga Hanseática como antiguos líderes del comercio. Y, ahora, en la cima, el énfasis de los británicos estaba en proteger sus innovaciones como secretos industriales. En una pionera implementación de prácticas de “no competencia” —que siglos después serían resucitadas por el derecho anglosajón de Estados Unidos—, el gobierno británico prohibió la salida de ese país a cualquier trabajador de la industria textil. El objetivo: evitar la difusión de sus secretos industriales, el know-how que le había otorgado la cima comercial al imperio.

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Ilustración: Patricio Betteo

Cruzando el océano Atlántico estaba, por otra parte, la embrionaria nación de los Estados Unidos. Todavía no se sabía a ciencia cierta qué eran los Estados Unidos, ni hasta qué punto estaban “unidas” sus antiguas colonias. George Washington estaba apenas comenzando su segunda administración, en medio de retos para evitar el precipicio de la guerra civil que parecía estar a la vuelta de cada esquina. Pero Estados Unidos, como país naciente y con finanzas destrozadas por la Revolución, había salido ya de la bancarrota casi por milagro. El milagro, sin embargo, tenía nombre y rostro: Alexander Hamilton. Hamilton, quien ni siquiera había nacido en una de las trece colonias, estaba en su segundo periodo como Tesorero de los Estados Unidos —puesto que él inauguró. Hamilton había peleado gran parte de la Revolución como mano derecha (Asistente de Campo) del colosal George Washington. Desde entonces, Hamilton había exhibido sus dotes intelectuales al hacerse experto en estrategias militares en pocos meses mediante la lectura de innumerables libros. Durante y después de la Revolución, Hamilton fue trasladando el mismo empeño hacia cuestiones gubernamentales para aplicarlas al desarrollo de la incipiente nación hasta proyectar dichos aprendizajes y consideraciones en El Federalista (junto con James Madison y John Jay), que terminarían convirtiéndose en una especie de manual de usuario para los primeros pasos de la nación independiente.

Tras ser designado por el presidente Washington como primer Tesorero de los Estados Unidos, Hamilton pronto reviró los horizontes económicos y financieros del país. Con más del 60% de la población dedicada a labores agrícolas y los estados sureños dependientes de la esclavitud, el futuro del país parecía inclinado a propagar ese mismo statu quo: un Estados Unidos agrario, diseñado alrededor de la economía de cultivos y pequeñas granjas. Eso, al menos, era lo que personajes del tamaño de Thomas Jefferson y James Madison (padres fundadores del país y, a la vez, terratenientes y dueños de esclavos) promovían día a día.

Pero Hamilton tenía otras visiones para la naciente Estados Unidos. En palabras del historiador Ron Chernow, “El secretario tesorero intuía ya que la futura consolidación de naciones-estados sería proporcional a su desarrollo industrial”.1 La economía estadunidense, no obstante, había quedado devastada tras la Revolución. ¿Cómo sacar al país de la bancarrota y encaminarlo hacia un futuro de progreso? Con un proyecto de nación completamente opuesto al que Jefferson, Madison y otros aristócratas del sur proponían. Hamilton tenía bancos, deudas públicas, aranceles, comercio internacional y centralización financiera en mente. Y sus ideas fueron tan adelantadas que pronto, cuando comenzó a promoverlas como Tesorero ante el Congreso, fue pintado por los sureños como una amenaza para el futuro del país. Esta diferencia de visiones para el futuro económico de Estados Unidos daría pie, eventualmente, al nacimiento de los dos principales partidos del país: los Republicanos (liderados por Jefferson y Madison) y los Federalistas (por Hamilton).

 A pesar de las iniciales reticencias, con ese modernizador sistema financiero, Hamilton logró sacar a Estados Unidos de la bancarrota y consolidó sus finanzas hasta proveerle capacidades crediticias similares a las de países como Inglaterra o Francia. En cuestión de años, institucionalizó el sistema financiero de Estados Unidos con un banco central, un financiamiento a largo plazo para la deuda del país, el Servicio Tributario y la Guardia Costera. Hamilton, en consecuencia, “sentó las bases tanto para la democracia liberal como para el capitalismo (…) creando la arquitectura institucional para la futura emergencia de América como una gran potencia”.2 Aunque sabía que para que Estados Unidos pudiera llegar a nivel de gran potencia hacía falta otro requisito: el desarrollo industrial.

Y tras lograr la estabilidad financiera, puso énfasis entonces en el desarrollo industrial de los Estados Unidos durante los albores de esa gran Revolución Industrial liderada por Gran Bretaña. El problema era que Gran Bretaña estaba empeñada en guardar todas sus innovaciones o secretos industriales a como diera lugar. Por esto mismo es por lo que el economista alemán Friedrich List escribiría, posteriormente, que “no podía negarse que Inglaterra había llegado a su posición dominante debido a la continua protección que el Estado primero otorgó a la industria textil, luego a las industriales navales y pesqueras, y finalmente a todas las ramas de manufactura”.3

El proteccionismo de las industrias infantes británicas era soportado no sólo mediante aduanas cerradas a productos competitivos, sino hasta con prohibiciones a trabajadores de dichas industrias para que salieran del país, buscando evitar así la difusión de sus técnicas industriales. Y ésta era precisamente la situación de la industria textil británica a finales del siglo XVIII. Ante este adverso panorama, Alexander Hamilton fundó la Sociedad para el Establecimiento de Manufacturas Necesarias junto a emprendedores y banqueros del país. Como primera tarea, envió a uno de sus colaboradores a Inglaterra a que inspeccionara, casi como agente encubierto, los métodos de las industrias británicas en uno de los primeros casos registrados de piratería industrial. Poca información pudieron obtener de esa visita. Sin embargo, llegaría a tierras estadunidenses un antiguo aprendiz del inventor de Sir Arkwright, el joven Samuel Slater, quien logró escaparse de las redes vigilantes del imperio británico.  Tras la llegada de Slater, los molinos textiles, con las últimas tecnologías británicas, pronto proliferaron en las riberas de Nueva Inglaterra y Nueva Jersey.

Como después lo retrataría List en sus “sistemas económicos”, con estas bases económicas y financieras aterrizadas, Estados Unidos replicaría gradualmente la misma trayectoria de Inglaterra: protegiendo a sus industrias infantes mediante aranceles y patentes, hasta lograr a mediados del siglo XIX un desarrollo económico que no tenía igual en el mundo. Aunque Alexander Hamilton haya quedado enterrado bajo la sombra de otros padres fundadores de esa nación —Washington, Jefferson, Madison—, su profética visión de lo que un futuro Estados Unidos debía ser dejó sus huellas en la gran parte del entramado institucional de la política económica del país.

Y estas lecciones de Hamilton, primero rescatadas del olvido por Friedrich List, serían después replicadas por países como Japón, Taiwán, Corea del Sur, Singapur y China: el énfasis en la protección de las industrias infantes y en la transferencia de tecnología como piedras angulares de un desarrollo económico sostenible y autosuficiente. Los Tigres Asiáticos, en el desarrollo de sus industrias pilares de acero y de electrónicos, aprovecharon la coyuntura de la Guerra Fría para obtener patentes y transferencia de tecnologías de Estados Unidos; lección que después seguiría Deng Xiaoping para encaminar la modernización económica de China a partir de 1980.4

Este mismo terreno sigue siendo una de las inmensas áreas de oportunidad de México. Desde 1980, le ha apostado de gran manera a la atracción de inversión extranjera, pero, a diferencia de los Tigres Asiáticos o del mismo Estados Unidos, le ha apostado poco a la innovación de sus tecnologías. Por esto mismo es por lo que, a pesar de que México tenga una fachada de ser la economía número 15 del mundo, la mayor parte de sus ganancias son repatriadas a otros países —como Estados Unidos, donde residen las patentes, tecnologías y know-how que dinamizan la economía global.5

Ante esta particular cuestión, el académico Peter Evans ha sugerido que países con industrias en desarrollo y con carencia de tecnologías propias deberían ofrecer a inversionistas extranjeros el acceso a sus mercados domésticos a cambio de las tecnologías, licencias y patentes que son las que generan, a final de cuentas, las principales ganancias —práctica que incluso Brasil desarrolló a mediados del siglo pasado con IBM y que le dio un gran impulso a su industria  nacional.6 Ahora que la economía mexicana pasa por fricciones en su relación comercial con Estados Unidos y que ha puesto sus ojos en otros países, parece ser un buen momento para comenzar a apostarle a una industria autosuficiente. Y, de hecho, repasando las experiencias internacionales, parece que siempre es buen momento para apostar por el desarrollo tecnológico y por la innovación.

Walid Tijerina es Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de York, Inglaterra, y profesor-investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Nuevo León.


1 Ron Chernow, Alexander Hamilton, Penguin Books, 2004, p. 471

2 Op. cit., p. 481

3 Friedrich List, Natural System of Political Economy, Frank Cass Publishing, 1983, p. 136

4 Ezra F. Vogel, Deng Xiaoping and the Transformation of China, Belknap Press, 2011, p. 312

5 José Briseño, Miguel Martínez y Omar Neme, “Impacto de la repatriación de utilidades de la IED estadounidense en América Latina”, Economía: teoría y práctica, núm. 73, julio-diciembre, 2015.

6 Peter Evans, Embedded Autonomy: States and Industrial Transformation, Princeton University Press, 1995