El escándalo de conflicto de interés que rodeó la licitación del tren rápido entre la Ciudad de México y Querétaro, por poner solo un ejemplo, cristalizó en la opinión pública un antiguo pero latente malestar en torno a la prevalencia de la corrupción en el país. No es que los mexicanos hayan sido expuestos de un día para otro a la corrupción de manera inesperada. Es, más bien, la creciente impaciencia hacia viejas artimañas que hoy en día enarbolan nuestro refranero popular con perlas como “el que no tranza no avanza” o el “vivir fuera del presupuesto es vivir en el error”. Además de los escándalos a nivel federal, la escandalosa opacidad a nivel estatal en los últimos diecisiete años también ha alimentado la desconfianza en las instituciones de nuestro país, así como la animadversión causada por medidas como el alza en el precio a la gasolina y las reformas estructurales.

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Ante esta hidra de Lerna, no es de sorprender que en México nos hemos aferrado a un nuevo evangelio: la transparencia y la anticorrupción. Así, organizaciones de la sociedad civil e intergubernamentales de gran prestigio alrededor del mundo nos proveen anualmente de índices y otras herramientas de monitoreo aplicadas a ciertos actores sociales clave. Encuadrando la problemática desde una perspectiva metodológica, una de las premisas clave de dicho ejercicio de gran valor social es que, sin documentación, no hay evidencia y, sin evidencia, no hay soluciones. De lo contrario, el círculo virtuoso de prosperidad cuyo origen es el interés personal, según lo prescrito por Adam Smith en 1776, acaba completamente bloqueado por los conflictos de interés. Frente a esta situación, los principios de la economía moderna recomiendan tomar medidas que garanticen el intercambio económico impersonal y que lo salvaguarden de la corrupción originada en las relaciones sociales.

Revisitar las relaciones sociales

Pese a que esa abstracción de las relaciones económicas constituye el marco de referencia dominante en la elaboración de políticas públicas, ésta siempre ha estado sujeta a contestaciones. Aun dentro de la ortodoxia profesional, algunos economistas han sido prontos a señalar que la economía es una construcción social. Al analizar la situación en su pequeño país báltico, la economista y política lituana Ausra Maldeikiene critica la amplia circulación en su país de la idea que presupone la existencia de una economía de mercado disociada de las interacciones humanas y que debe ser protegida de ellas para fomentar la activación de la prosperidad.1 A su juicio, esa perspectiva resulta en una promoción de intereses particulares de aquellos que usan esa retórica y que convenientemente olvidan que la economía también es una ciencia interpretativa;2 todo esto, en detrimento del bienestar social.

En el rigor de la academia, el aspecto retórico ha resultado en interesantes observaciones al respecto. Al inicio de los ochenta, la economista de Chicago Dierdre McCloskey señalaba que los argumentos de mercado tan privilegiados por la ortodoxia de la disciplina lúgubre, la Economía, no eran sino figuras literarias que buscaban reclamar autoridad para sí.3 De esta manera, McCloskey atribuía tal pretensión al monopolio de la autoridad a una falla de origen de la disciplina: el uso de una metodología modernista que, bajo la regla de oro de David Hume, invitaba a quemar toda obra catalogada en una biblioteca que no reflexionase sobre cantidades, números, o experimentos.4 A su juicio, el pecado original del modernismo y el cientifismo en la economía resultó en una rigidez intelectual y una pobreza de ideas que ignoraban la dimensión humana.

Pero más que una falta de contribuciones, el verdadero problema de esta fe ciega en la economía separada de la sociedad es la falta de exploración de senderos menos transitados. Esto lo destaca Karl Polanyi quien propuso que las grandes convulsiones del siglo XX eran producto de medidas implementadas por la sociedad para prevenir su aniquilación por el mercado autorregulado de intercambio impersonal y no sólo productos de ciclos macroeconómicos ahistóricos.5 Sin embargo, la metáfora del mercado autorregulado pasó a dominar a través del formalismo matemático casi de manera exclusiva. La meta era aprehender las leyes mecánicas de la prosperidad y las virtudes que Adam Smith sintetizó a través de su figura literaria del mercado autorregulado y virtuoso.

De vicios y abejas

Pese a la omnipresencia de la metáfora de la mano invisible en los análisis económicos actuales, resulta curioso que las sociedades científicas de economía alrededor del mundo hayan preferido otras metáforas. Una de ellas se revela a través del sello de la Royal Economic Society: una abeja con un pendón que lee la “adquisición impulsa” en latín. Aunque frecuentemente desconocida, la sociedad científica británica optó por una metáfora ampliamente difundida setenta años antes que la de Adam Smith y escrita por un autor vituperado, Bernard de Mandeville.

Bernard de Mandeville era un inmigrante holandés con amplias cualificaciones médicas y científicas. En 1693 su familia publicó una serie de poemas satíricos contra el alguacil de Rotterdam tras la revuelta Costerman de 1690, un alboroto en contra de los impuestos aplicados a la compraventa de vinos.6 Como resultado de ese enredo político, su familia sería exiliada de Rotterdam y de Mandeville se movería permanentemente a Inglaterra rodeándose de un círculo socialmente influyente.

A inicios del siglo XVIII, Inglaterra y Europa atravesaban un rico período de debate. Con base en valores jansenistas de amor propio con moderación, la fortalecida clase burguesa justificaba la preeminencia de la búsqueda de la riqueza como valor social dominante a través de la acción civilizatoria de lo que el barón de Montesquieu denominaría como el “doux commerce”.7 La mano invisible de Adam Smith se inscribiría en esa tradición intelectual de la Ilustración al promover la virtud del interés propio.

Mientras esas racionalizaciones cobraban auge en la Inglaterra del siglo XVIII, los reportes diplomáticos revelaban una realidad menos halagadora. Por ejemplo, el diplomático bernés Béat de Muralt reportaba en sus cartas la terrible condición de corrupción e indolencia de la clase burguesa que contrastaba fuertemente con la reputación de la sociedad inglesa en general.8  En 1705, en medio de la guerra de sucesión española, los políticos conservadores ingleses comenzaron a atacar de corrupto a John Churchill, líder del gobierno inglés quien un año antes había derrotado a los enemigos de los ingleses en la famosa batalla de Blenheim, al aceptar el título de Duque de Malborough de manos de la reina Ana.9 En ese complicado contexto social Bernard de Mandeville publicaría su poema satírico de doscientos versos ramplones conocido como La fábula de las abejas.

El mensaje de la fábula de de Mandeville constituyó un reto a las visiones moralistas que pretendían hacer pasar como virtuosos los desenfrenos de las sociedades burguesas europeas.  La metáfora era simple: una colmena de abejas sin autocontrol y motivadas por todo tipo de vicios conocidos viven de manera tranquila y próspera bajo un gobierno que no ignora las artimañas de sus súbditos. No obstante, la colmena pierde su esplendor cuando el dios Jove siembra honestidad en el panal en respuesta a los vituperios de ciertas abejas ingenuas que no querían dar crédito a los métodos deshonestos que los habían enriquecido.10 Así, de Mandeville destacaba que la riqueza en las sociedades provenía de los vicios personales que permitían a cada oficio y profesión extraer un beneficio extra para sí. Su conclusión era contundente: “la virtud sola no puede hacer que vivan las Naciones/ esplendorosamente; las que revivir quisieran/ la Edad de Oro, han de liberarse/ de la honradez como de las bellotas”.11

Bajo esta óptica, la elección de sello y lema de la Royal Economic Society aporta interesantes enseñanzas sobre la relación entre la sociedad y la generación de prosperidad. A primera vista, la metáfora de de Mandeville parecería invitar a condonar la corrupción. Numerosos son los autores que así lo han interpretado, incluyendo Adam Smith quien lo criticó por confundir vicio por pasión.12 Pero en una lectura más cuidadosa, la moraleja de de Mandeville apunta hacia una visión pragmática que pretende destacar que la economía de intercambios impersonales está fundamentalmente circunscrita a un contexto donde las relaciones sociales imperan y por lo cual la búsqueda de la riqueza genera conflictos de muchos intereses. Así, lo verdaderamente importante es obtener un sistema de arbitraje adecuado para esos intereses divergentes y conflictuados. De lo contrario, lo que para el público desconocedor podría ser un desinteresado ataque contra prácticas corruptas, podría ser, en realidad, una controversia de intereses velados entre protagonistas con información privilegiada. Después de todo, la realidad siempre es más complicada de lo que las narrativas exhiben. En términos de economía, el residuo inobservable es tan valioso como las variables identificadas.

Dada la preocupación actual en México en torno a la corrupción, cabe destacar tres puntos. Primero, debemos recordar que la metáfora del mercado autorregulado no es sino una figura literaria que no existe independientemente de las conceptualizaciones que de ella se han hecho. Por consiguiente, es útil invertir la conceptualización que se tiene del camino a la prosperidad a través del mecanismo autorregulado de intercambio impersonal según la propuesta de la lucha anticorrupción: debemos buscar mediar las relaciones sociales de los agentes económicos para reducir los efectos nocivos de los vicios personales y garantizar así el bienestar público. Por último, se debe ser cuidadoso tanto de los corruptos como los anticorruptos para no caer presas de lobos vestidos de ovejas. Después de todo, los mexicanos sólo somos humanos y vivimos en un país perfectible, no en la ciudad sobre la colina del otro lado del muro.

Samuel Segura Cobos es internacionalista, doctorante y asistente de investigación en el Centro de Finanzas y Desarrollo del Institut de Hautes Études Internationales et du Développement en Ginebra, Suiza.


1 Maldeikiene, A., Melo Ekonomika, Vilnius: Alma littera, 2013.
2 Ídem.
3 McCloskey, D., The Rhetoric of Economics, Madison, WI: The University of Wisconsin Press, 1985, p. xvii.
4 Ídem.
5 Polanyi, K., The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time, Boston, MA: Beacon Press, 1944, p. 257.
6 Dekker, R., “’Private vices, public virtues’ Revisited: The Dutch Background of Bernard de Mandeville,” History of European Ideas, Vol. 14, (1992), pp. 481-498. 
7 De Vries, J., The Industrious Revolution: Consumer Behaviour and the Household Economy, 1650 to the Present, Cambridge: Cambridge University Press, 2008, p. 61.
8 De Muralt, B., Lettres sur les Anglais et les Français (1725), Berne : Steiger et Cie, 1897, p. 1-21.
9 Mitchell, J. M.,”Mandeville, Bernard de,” In Chisholm, H., Encyclopædia Britannica (11th ed.), Cambridge: Cambridge University Press, 1911.
10 De Mandeville, B., The Fable of the Bees, New York: Capricorn Books, 1962, pp. 27-39.
11 Mandeville, B., La fábula de las abejas, México, D.F., Fondo de cultura Económica, 1982, p.21.
12 Smith, A., The Theory of Moral Sentiments. London: A. Millar, pp. 485-486.

Referencias

Dekker, R., “’Private vices, public virtues’ Revisited: The Dutch Background of Bernard de Mandeville,” History of European Ideas, Vol. 14, (1992), pp. 481-498. 

De Mandeville, B., The Fable of the Bees, New York: Capricorn Books, 1962.

De Muralt, B., Lettres sur les Anglais et les Français (1725), Berne : Steiger et Cie, 1897.

De Vries, J., The Industrious Revolution: Consumer Behaviour and the Household Economy, 1650 to the Present, Cambridge: Cambridge University Press, 2008.

Maldeikiene, A., Melo Ekonomika, Vilnius: Alma littera, 2013.

Mandeville, B., La fábula de las abejas, México, D.F., Fondo de cultura Económica, 1982.

McCloskey, D., The Rhetoric of Economics, Madison, WI: The University of Wisconsin Press, 1985.

Mitchell, J. M.,”Mandeville, Bernard de,” In Chisholm, H., Encyclopædia Britannica (11th ed.), Cambridge: Cambridge University Press, 1911.

Polanyi, K., The Great Transformation: The Political and Economic Origins of Our Time, Boston, MA: Beacon Press, 1944.

Smith, A., The Theory of Moral Sentiments. London: A. Millar, 1759.