“Au métro Sèvres-Babylone, j’ai vu un graffiti étrange: “Dieu a voulu des inégalités, pas des injustices”, disait l’inscription. Je me suis demandé qui était cette personne si bien informée des desseins de Dieu”.
―Michel Houellebecq

La incidencia del Estado en la vida privada de las personas es innegable. Sin embargo, en este sistema de poder participan también la Iglesia e intereses privados, produciendo mecanismos de control que reprimen la sexualidad y sus expresiones. Aun cuando esta influencia no sea expresa o directa, al estar tan cercana a la práctica político-legislativa, quebranta el modelo del Estado laico, y excede los límites de la tolerancia de la sociedad en cuanto a quiénes pueden decidir sobre nuestro cuerpo y nuestra sexualidad.


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Hasta el día de hoy las expresiones de la sexualidad en el espacio público —y en las discusiones políticas— son aceptadas sólo cuando responden a fines mercantiles; sin embargo, las expresiones públicas de las sexualidades ilegítimas se toleran incluso menos. Mientras la Iglesia manipula y el Estado controla nuestros cuerpos y nuestras prácticas, las sexualidades se conciben como privadas.

No obstante, como el género, la sexualidad es política. Se organiza en sistemas de poder que benefician y enaltecen a ciertos individuos y actividades, y que castigan y suprimen otras; causando un conflicto político del mismo orden que el de la organización capitalista del trabajo y la distribución de las ganancias y del poder. Este tipo de “moralidad sexual” tiene mucho en común con el racismo: le otorga la virtud a los grupos dominantes mientras cataloga como viciosos a los grupos minorizados (Rubin, 1984).

Así, la [hetero]sexualidad normativa se ha naturalizado y normalizado como universal y moralmente correcta, mientras que otras sexualidades, ejercicios de autonomía, identidades y expresiones de género han sido consideradas desviadas, ilegítimas o malignas (en tanto que no responden a intereses reproductivos, conservadores, “familiares”), moldeando instituciones políticas, prácticas y estructuras. El Estado, dentro de este marco normativo, llega incluso a fabricar identidades sexuales o de género a través de las leyes que definen la identidad de género basada en la biología, más que en la expresión o elección propia; o a definir a la familia en términos exclusivamente heteronormativos mediante el diseño de políticas públicas (Lind, 2013).1

Los temas relacionados con el sexo, el VIH, el aborto, la diversidad sexual, la pornografía, la contracepción, la desigualdad de género, el trabajo sexual, los derechos sexuales (entre otros) están en manos de la regulación del Estado, y derivan en discusiones que directamente tienen que ver con la democracia y ciudadanía de un país. Sobre eso, el feminismo contemporáneo y los estudios queer y posestructuralistas hacen hincapié en la necesidad de ampliar el concepto de ciudadanía a uno que implique una democracia más incluyente de la disidencia sexual.

La ciudadanía sexual implica el derecho de controlar el cuerpo propio y la identidad —sexual y de género— en el sentido más amplio, a pesar del discurso hegemónico que naturaliza expectativas de género e invisibiliza identidades, que asume las vidas y las identidades sexuales de sus ciudadanos, en el que lo privado “se queda” en lo privado, a pesar de ser político (Lind, 2013).

Esta regulación y normatividad moral provoca —además de opresión— descontento, resistencias, contraofensivas. Las luchas por el reconocimiento de la existencia y del derecho a acceder a servicios de salud de las personas transgénero, por el no binarismo de género, por los derechos reproductivos, por la autonomía corporal, por los derechos y la regulación del trabajo sexual, por la prevención y sanción de la violencia de género, por el acceso a los mismos derechos para parejas del mismo sexo (entre varias otras) comparten, además del objetivo redentor de quienes estructuralmente viven minorizados, la intención de destruir los constructos sociales y políticos que fomentan la opresión abriendo espacios de incidencia, haciendo ciudadanía. Por ello, desde diferentes frentes y de distintas formas se han creado mecanismos para resistir, combatir y reconstruir. Este es el caso del antagonismo simbólico.

Las brujas, por ejemplo, han sido consideradas como el epítome del feminismo, gracias a su radicalismo político. La bruja como símbolo del poder femenino y su consiguiente persecución empezó con las sufragistas, y se retomó con el movimiento de liberación de la década de los 60, siendo estas mujeres objeto de rechazo y castigo por oponerse al sistema y por buscar la reivindicación de los derechos de las mujeres. Desafortunadamente, hasta el día de hoy hay lugares en los que se llevan a cabo juicios contra brujas llenos de violencia contra las mujeres y en algunos casos feminicidios;2 sin embargo, la figura simbólica también es vigente. Satanás (el mismísimo Diablo), por su lado, encarna la representación del mal, de la tentación, del mal camino, el mal camino y el mal según la construcción de la moral cristiana que el Estado laico (sic) no tuvo reparo en emular. De tal suerte, cuestionar la cosmovisión del cristianismo y sus vertientes convierte a las personas en satánicas, mientras que rebelarse contra opresiones políticas las convierte en brujas.

Los símbolos del mal tienen experiencia histórica resistiendo sistemas de poder; la razón por la que el mal está tan “satanizado” es que el concepto es una forma de control, y generalmente lo que no se puede controlar provoca miedo. En este orden de ideas no resulta sorprendente que una de las formas más activas de resistencia y de activismo político sea una expresión del satanismo.

Dejando de lado las expresiones del satanismo que efectivamente veneran al diablo, el satanismo no teístico celebra al individuo usando la figura de Satanás como un modelo de agencia que se opone a la autoridad arbitraria. La resistencia sociopolítica se practica como una forma de culto que ejemplifica el ideal satánico —subversivo, resistente— y empodera a los participantes individuales. El satanismo implica y expresa la decisión de estar afuera, de deslindarse del sistema para resistirlo.

En 2014 se creó en Estados Unidos el Satanic Temple.3 El satanismo de esta organización implica un quiebre de los tabúes morales que constriñen el desarrollo de las personas, celebra la humanidad y la identificación de quienes subvierten a los sistemas de poder opresivos. Una de las cosas más admirables de la organización es la medida en que buscan, además de incidir en su propia realidad, influir en la de los demás abriendo caminos; no imponiendo comportamientos o moralismos a quienes no pertenecen a su iglesia (como sí lo hace, por ejemplo, el cristianismo). La misión del Satanic Temple es fomentar la benevolencia y la empatía entre todas las personas, rechazar a la autoridad tiránica, defender el sentido común y la justicia, y dejar que la conciencia humana dirija búsquedas nobles guiadas por la voluntad individual; guiados por siete principios4 que destacan por su nobleza y sensatez.

La filosofía que los acompaña tiene que ver con el rescate de lo humano. Antes del cristianismo, antes del Estado, antes del diseño actual de los sistemas de poder, los seres humanos siempre han manifestado deseos y cometido actos inmorales. Reconocer al ser humano como malo en el sentido que el cristianismo le ha adjudicado al mal, como seres sexuales, celosos, envidiosos y a partir de ahí construir una mejor persona tiene más sentido que hipócritamente defender ideales inconseguibles mediante restricciones y castigos (Blackmore, 2017).

De tal suerte, tanto en la batalla por los derechos de la diversidad como en las luchas feministas uno de los principales aliados en Estados Unidos ha sido el Satanic Temple. Algunas de las luchas que ha emprendido incluyen la defensa de niños en escuelas públicas para prohibir los castigos corporales y el bullying, la búsqueda de representación igualitaria en espacios públicos en materia de monumentos religiosos, la exposición de prácticas pseudocientíficas dañinas en temas de salud mental, así como la protección legal —y excepción religiosa— contra leyes que sin fundamento científico restringen la autonomía reproductiva de las mujeres. El ST ha adoptado la lucha contra la maternidad forzada y llevado a cabo varias protestas contra las restricciones que han sufrido los derechos reproductivos de las mujeres con el objetivo de difundir el acceso al aborto legal y seguro. Otra de las banderas del ST es el matrimonio igualitario, y como iglesia han celebrado matrimonios entre personas del mismo sexo en estados donde no está permitido con la intención de incidir en la reforma de las leyes.

En Estados Unidos, en donde el pluralismo religioso5 fue esencial en la fundación del país, la Primera Enmienda protege la libertad religiosa, y ésta prevalece legalmente sobre las legislaciones estatales. Por lo tanto, la constitución del Satanic Temple como una iglesia le da acceso a las prerrogativas de las demás iglesias, y a promover las libertades que defienden dentro de ese marco. Así, defender la autonomía del cuerpo y los derechos sexuales desde un discurso religioso les permite ejecutar su agenda de libertad de derechos y evidenciar la influencia religiosa en la[s] política[s], abogando por el Estado efectivamente laico. Además, la configuración del Satanic Temple como una iglesia provee a sus afiliados una estructura narrativa bajo la cual rigen su vida y su trabajo, así como un conjunto de simbolismos y prácticas religiosas: un sentido de identidad, cultura, comunidad y valores compartidos.

Evidentemente el satanismo no es la única forma de resistencia ante las formas de opresión religiosas y estatales; hay y siempre ha habido numerosos intentos de la sociedad por rebelarse ante la injusticia y el autoritarismo. Sin embargo, en este caso sobresalen la estrategia y la combatividad: hacer política y configurarse como ciudadanos desde la religión (casi como si se hablara de un error en el sistema), aprovechando y apropiándose de las imágenes y los símbolos que estamos condicionados para rechazar; buscando y consiguiendo no sólo una comunidad de combatientes, sino una catarsis: hacer política desde una religión no teísta pero igualmente preocupada por el bienestar comunitario e individual.

Al mismo tiempo que la diversidad se va haciendo espacio en las políticas públicas y en la sociedad, en el que las mujeres cobran conciencia y luchan por la reivindicación que falta por hacer de derechos y espacios públicos, surgen movimientos enteros (el Consejo Nacional por la Familia) y microresistencias (expresadas en la oposición popular ante el feminismo) para intentar detener todo este avance. Qué valioso que también surjan colectivos decididos a abogar por todas esas luchas, y que intenten reventar la opresión haciendo uso de sus armas.

El control que se ejerce desde las estructuras de poder determina la forma en que nos construimos como seres individuales y la forma en que nos relacionamos; determinan la autonomía que tenemos sobre nuestros cuerpos y los derechos que podemos ejercer en esta materia. Idear formas de recuperar la agencia de nuestro cuerpo, de resistir, y de combatir puede ser considerado maligno (pregúntenle a la Iglesia o al Consejo Nacional por la Familia si no creen que estamos poseídos por el diablo), pero no es más que natural en un mundo en que los minorizados siempre han tenido que resistir a los opresores. Idear formas de pugnar que, además, son social y religiosamente combativas, es sólo una de las muchas posibilidades de acción. En este caso, hay mucho que podemos aprenderle al diablo, sea que lo reconozcamos como ícono antisistema o no, sea que sea viejo, o nada más diablo.

Sofía Mosqueda estudió relaciones internacionales en El Colegio de San Luis y ciencia política en El Colegio de México. Es asesora legislativa.


1 Lind, Amy C (2013). “Heteronormativity and Sexuality”. The Oxford Handbook of Gender and Politics. Oxford University Press.

2 En las últimas dos décadas miles de mujeres han sido estranguladas y acuchilladas hasta la muerte e incluso quemadas vivas por ser denunciadas como brujas en Tanzania y en Gambia se reveló hace algunos años que el gobierno secuestró y envenenó a más de mil personas en una campaña de cacería de brujas.

3La Iglesia de Satán es una expresión diferente de satanismo, creada en 1996 con la misión de aceptar la naturaleza carnal del ser humano.

4 1. Uno debe esforzarse por actuar con compasión y empatía hacia todas las criaturas de acuerdo con la razón.
2. La batalla por la justicia es una búsqueda constante y necesaria que debe prevalecer sobre las leyes y las instituciones.
3. El cuerpo es inviolable, sujeto solo a la voluntad propia.
4. Las libertades de otras personas deben ser respetadas, incluida la libertad de ofender. Invadir deliberada e injustamente las libertades ajenas implica renunciar a las propias.
5. Las creencias deben ajustarse al conocimiento más certero del mundo. Debemos tener cuidado de nunca distorsionar el conocimiento científico de acuerdo a nuestras creencias.
6. Las personas son falibles. Si cometemos un error debemos hacer lo posible por rectificar y resolver cualquier daño ocasionado.
7. Cada principio es una guía de principios diseñada para inspirar nobleza en las acciones y pensamientos. El espíritu de la compasión, sabiduría y justicia debe siempre prevalecer sobre la palabra dicha o escrita.

5 Actualmente hay más de 1,500 comunidades de fe: iglesias, sectas, templos, sinagogas. Cfr. Davis, Derek H. (2011) “Religious Pluralism as the Essential Foundation of America’s Quest for Unity and Order”. The Oxford Handbook of Church and State in the United States. Oxford University Press.