¿Cómo explicar el colapso mundial que fue la Gran Depresión de 1929? ¿Y cómo asimilar el meteórico ascenso de las olas nacionalistas o fascistas que le siguieron? ¿Había acaso algún enlace entre el colapso económico y la proliferación de regímenes autoritarios como el de Hitler, Portugal, Franco, Mussolini o Perón? Éstas fueron algunas de las preguntas centrales que el académico Karl Polanyi trató de contestar a mediados del siglo pasado.


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En el preludio de la Segunda Guerra Mundial, Karl Polanyi escribía para una revista económica de Viena, Der Österreichische Volkswirt (“El Economista de Austria”). Polanyi era un híbrido entre economista y sociólogo, con una nacionalidad que terminaría escindida tras la derrota (y eventual separación) del Imperio Austrohúngaro en la Primera Guerra Mundial. El académico fue marcado entonces por dos guerras mundiales puesto que, a mediados de 1930, el ascenso de Hitler y del fascismo en Austria ocasionaron la expulsión de Polanyi de su revista –las críticas económicas y sociales a un gobierno con creces autoritarias ya no podían ser aceptadas.

Polanyi viajaría de Austria a Londres, y de Londres a Canadá, donde eventualmente se publicaría su libro La gran transformación –más de una década después de su exilio.1 Dicha obra era una explicación historiográfica de la implantación de la economía de mercado. Polanyi hacía un agudo repaso del surgimiento del patrón oro, de la concepción del trabajo y la tierra como “mercancías ficticias” y de las dinámicas bipolares que este fenómeno internacional (el capitalismo) estaba generando alrededor del mundo. La llamada “economía de mercado”, argumentaría Polanyi, no era un sistema natural como proclamaban entonces los economistas del liberalismo clásico, liderados por Ludwig von Mises y Friedrich Hayek; por el contrario, era un sistema de reglas y mecanismos que, en ocasiones, era institucionalizado pese a resistencia de las ciudadanías.

De acuerdo con Fred Block, “el punto más importante que se aprende de Polanyi es que el liberalismo de mercado exige a la gente normal lo que sencillamente no puede dar”, requiriendo que millones de trabajadores y campesinos toleren “una prolongada racha en la que deben subsistir con la mitad o menos de lo que ganaban antes”.2 Y a toda acción, una reacción. En una especie de detección o resurrección de los movimientos cíclicos sociales de Vico, Polanyi concibió su “doble movimiento” como eje rector de su obra.

Así, ante el intento de expandir el libre mercado mediante la privatización, la liberalización y la flexibilización o depreciación de los regímenes laborales surgieron los movimientos de reacción a mediados del siglo pasado –ya sea reflejado en movimientos nacionalistas (como la salida de Gran Bretaña del patrón oro), populistas (como el Nuevo Trato de Roosevelt) o socialistas (como los planes quinquenales de Rusia). Las ambiciones del capitalismo internacional a inicios del siglo 20 habían dado pie entonces a la Gran Depresión de 1929 y como respuesta surgieron las variadas reacciones de distintos países. Por eso, entonces, el doble movimiento –un movimiento inicial de expansión y desregulación de mercados para ser enfrentado por un contra-movimiento en protección de los regímenes más tradicionales de comercialización de la tierra o la mano de obra. Y esta reiteración de contraposiciones, desde la perspectiva de Polanyi, seguiría propagándose debido a las cualidades utópicas de una economía de mercado supuestamente “autorregulada”.

Por ello, también la famosa frase de Marx: la historia se repite primero como tragedia, después como farsa. En el primer vaticinio de esas repeticiones, plasmado en tinta justo al momento en que estaba ocurriendo, Polanyi detectó ese contramovimiento de las naciones como resultado del descontento social generado por las crisis económicas durante las décadas de 1930 y 1940. Allí aparecieron los regímenes autoritarios de Hitler, Mussolini, Stalin, Salazar y Perón, montados en la ola del descontento nacional. Décadas después, en la región de América Latina, las crisis se repetirían para generar la “Década perdida” de 1980, y la “Crisis del Tequila” del ’94 con su nociva dispersión por países como Brasil y Argentina. Esto culminaría eventualmente en la llamada “ola rosa” de la región, con un mayor protagonismo de partidos de izquierda en la presidencia, con tendencias socialistas y/o populistas.3

El reto en nuestros tiempos (o tal vez desde siempre) es encontrar el balance o justo-medio a políticas económicas tan extremistas o fundamentalistas. Esto en consideración, a su vez, de que los ciclos de crisis y contramovimientos ocurren cada vez con mayor rapidez, generando efectos sumamente desestabilizadores en América Latina. Si bien la Gran Depresión de 1929 tuvo dimensiones históricas, dicha crisis significó una interrupción de un largo período de prosperidad que sobrevivió en Europa de 1815 a 1914. Cien años de prosperidad, no soledad, ni crisis monumentales como los que le siguieron. De 1914 a la fecha, el panorama económico global es un campo minado por dos guerras mundiales, la Guerra Fría, los shocks petroleros, la Década Perdida, la Crisis del Tequila y la crisis inmobiliaria de 2008.

La historia se ha repetido y nos ha tocado presenciar ahora su segundo refrito –es decir, la farsa, protagonizada por personajes como Donald Trump, Nicolás Maduro o Boris Johnson. Estamos en el punto álgido de ese contramovimiento, y el peligro es más inminente para América Latina con su tradicional deficiencia institucional. En Estados Unidos, donde el presidente quiso cancelar el TLCAN surgen los contrapesos del Congreso y gobiernos subnacionales para ponerle freno. Donde ese mismo presidente quiso imponer un veto inmigratorio a países musulmanes, aparece el poder judicial para echarlo abajo por méritos constitucionales. El entramado institucional del sistema político estadunidense ha generado un auténtico juego de pesos y contrapesos entre instituciones o poderes autónomos. Caso que evidentemente está ausente en Venezuela con su reciente elección de la Asamblea Constituyente, en México ante las recientes y controversiales elecciones estatales y, de igual forma, en Brasil donde una destitución presidencial pareció más un golpe de estado parlamentario.

De este lado del continente, donde las instituciones siguen siendo endebles casas de naipes, las cíclicas crisis y sus contramovimientos llevan frecuentemente a esa “fracasomanía” que Albert O. Hirschman detectó en América Latina hace más de medio siglo: “la insistencia de haber experimentado todavía otro fracaso” ya sea con un modelo económico o un nuevo programa de políticas públicas, llevando a drásticos cambios de rumbo.4 En la región, los fantasmas de la “fracasomanía” siguen apareciendo cargados de prejuicios, pesimismos y actitudes radicales adversas al reconocimiento de avances, aunque sean matizados. Ahora, en el caso de México, se ha comenzado a cuestionar de nueva cuenta la pertinencia de nuestra apertura económica con tintes “fracasómanos”. En el contexto actual de globalización y apertura, sin embargo, la pregunta no debiera ser si la apertura es pertinente o no, sino sobre la conducción de nuestra apertura.

Otra vez repasemos las lecciones de los Tigres Asiáticos (Corea del Sur, Japón, Singapur y Taiwán), cuyas transformaciones económicas de pobreza a riqueza fueron respaldadas en un proceso (gradual) de apertura. Los gobiernos de estos países abrieron la puerta a empresas transnacionales, aunque siempre con miras a consolidar sus industrias y empresas domésticas a mediano o largo plazo. El objetivo, desde el inicio, era tener industrias autosuficientes y competitivas internacionalmente. En México, nuestra economía exportadora, la parte más dinámica de nuestra economía, está considerablemente desvinculada de la industria doméstica.5 Las empresas mexicanas aún no encuentran la forma de vincularse a las grandes cadenas de valor –salvo algunas excepciones. Aunado a esto, la propagación de las recetas ortodoxas de liberalismo económico sigue intensificando la brecha de la desigualdad, con especial disfuncionalidad en temas de política fiscal y salarial.6

Esto no hace más que resaltar los retos pendientes de nuestro país: la persistencia de la desigualdad, la precarización de los salarios, la corrupción y la cuestionable o ausente autonomía de muchas de nuestras instituciones públicas. Sin embargo, en esta coyuntura o contramovimiento de nuestra época, no es momento para echar por la borda las primeras aproximaciones de integración a una economía globalizada, menos aún cuando se ha logrado redibujar nuestra economía lejos de la nociva dependencia petrolera. Los retos pendientes siguen allí, liderados por una creciente desigualdad. Ya es tiempo entonces de que México pase de mera democracia electoral o “poliarquía” a una democracia ciudadana con una gobernabilidad incluyente que se traslade a nuestro ámbito socioeconómico. De lo contrario, seguiremos invocando a los fantasmas de la “fracasomanía”, reiterando así “borrones y cuentas nuevas” cada doce o dieciocho años, como los “barcos a la deriva” retratados por Ansaldi.7

Walid Tijerina es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de York, Inglaterra, y profesor-investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Nuevo León.


1 Karl Polanyi, La gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Fondo de Cultura Económica, 2003.
2 Fred Block, “Introducción”, En Karl Polanyi, La gran transformación: los orígenes políticos y económicos de nuestro tiempo, Fondo de Cultura Económica, 2003, pp. 37-8.
3 Francisco Panizza, Contemporary Latin America: development and democracy beyond the Washington consensus, Zed Books, 2009.
4 Albert O. Hirschman, The political economy of import-substituting industrialization in Latin America, The Quarterly Journal of Economics, 1968, p. 3.
5 Juan Carlos Moreno-Brid, Industrial Policy: A Missing Link in Mexico’s Quest for Export-led Growth, Latin American Policy, 4(2), 2013.
6 Edwin Goñi, Humberto López y Luis Serven, Fiscal Redistribution and Income Inequality in Latin America, Banco Mundial, 2008.
7 Waldo Ansaldi, Democracia en América Latina, un barco a la deriva, Fondo de Cultura Económica, 2007.