En el año 2014 participé con una ponencia sobre la materia de antropometría histórica en la XIV Reunión Internacional de Historiadores de México, misma que se desarrolló en la Universidad de Chicago, en su Centro Katz sobre Estudios de México. Un año antes había fallecido el Profesor Robert W. Fogel, premio Nobel de economía en el año 1993, referente y profesor en la propia Universidad de Chicago de muchos de los que han profundizado e impulsado el estudio de la historia antropométrica en el mundo (aquí se puede ver una síntesis de su libro en la materia publicado en coautoría con el profesor Nathaniel Grotte). Dicha materia pertenece a un campo de estudio más amplio interesado en estudiar la relación entre la biología humana y la economía. En el área de historia económica, el análisis de la antropometría histórica se ha desarrollado de una manera importante durante las últimas cuatro décadas, aunque en México los esfuerzos comenzaron a ser visibles hasta la década pasada.

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El estudio de la antropometría histórica se ha concentrado en utilizar la estatura de las poblaciones para medir la dinámica del nivel de vida de las mismas. Ante la falta de medidas sistemáticas sobre el comportamiento de la economía durante períodos históricos, los estudiosos encontraron en las estaturas un indicador disponible que permite inferir cuestiones sobre el nivel de bienestar. El trabajo de recolección de información sobre estaturas se realiza en archivos históricos y las principales fuentes recaen en espacios donde históricamente se ha medido a la gente de manera sistemática, como sucede en el ejército y en las cárceles, aunque incluso se recurre a fuentes tan antiguas como lo son los huesos de humanos hallados en estudios arqueológicos. La ventaja de fuentes como las del ejército y las cárceles es que se cuenta con muestras grandes compuestas por población adulta de distintos grupos de edad que fue medida cuando había alcanzado su estatura máxima. Cada fuente también tiene sus particularidades. Así, por ejemplo, los ejércitos de manera frecuente imponen restricciones de entrada a través de un requerimiento mínimo de altura, por lo que hay que corregir por el truncamiento de las muestras. Por otro lado, la composición de las cárceles no siempre es representativa de toda la población, sino de estratos, en promedio, más bajos.

Sobre el significado de la estatura, Richard H. Steckel (1995) explica que ésta refleja la historia nutricional neta de las personas. En ese sentido, tanto el entorno ambiental como epidemiológico en el que se desarrollan los seres humanos juega un rol determinante en su crecimiento físico. Así, por ejemplo, una alimentación deficiente durante los primeros años de vida evitará que un individuo alcance su potencial de crecimiento. Dicho lo anterior, no hay que perder de vista que por razones naturales el potencial de crecimiento físico de las personas no necesariamente es el mismo. Incluso dentro de una misma familia, donde el entorno al que se expone cada uno de sus miembros es similar, el potencial de crecimiento físico es diferenciado entre los individuos del mismo sexo. Derivado de lo anterior, el análisis con estaturas no se hace a nivel individual, sino por grupos de población. De esta manera, se logra que las diferencias naturales se cancelen entre sí.

El análisis histórico sobre la dinámica del nivel de vida a partir del uso de estaturas se ha concentrado en observar la tendencia promedio de una población. Debido a las características de las fuentes históricas de datos, la inmensa mayoría de ellos se concentra en analizar la dinámica de la población masculina, aunque también se cuenta con algunos estudios que han tenido acceso a información sobre mujeres. Contar con información sobre población femenina resulta de gran valor, ya que una vez descontada la diferencia de estatura por razones estructurales de sexo (dimorfismo sexual), es posible inferir diferencias en términos de la asignación de recursos y de las decisiones de inversión al interior de los hogares.

En la literatura, dos son los momentos históricos que marcan la discusión sobre los determinantes de la estatura promedio de una población, mismos que coinciden en su comportamiento: una caída o al menos estancamiento en la tendencia de la estatura durante un periodo de avance económico. Por un lado, Robert Margo y Richard H. Steckel (1983) reportan este fenómeno en Estados Unidos durante el periodo previo a la Guerra Civil (c. 1830-1860). Por el otro, en el caso de Europa del Norte y particularmente en Inglaterra, se ha reportado un estancamiento en estaturas durante el inicio de la Revolución Industrial (c. 1760-1800), mismo que se vuelve a observar unos años después (ver Komlos, 1998). Este misterio ha sido ampliamente discutido. Por un lado, se encuentra una corriente que analiza este proceso desde una perspectiva más cercana al efecto de un entorno epidemiológico adverso, donde, por ejemplo, los procesos de urbanización, al aumentar la densidad poblacional, incrementan la probabilidad de contagios masivos que pueden tener un impacto negativo en la salud y, por ende, en el estatus nutricional de la población, lo que se verá reflejado en la estatura promedio (ver, por ejemplo, Haines, Craig y Weiss; 2003). Por el otro lado, en un esfuerzo por explicar el fenómeno observado más allá de únicamente el entorno epidemiológico, existe otra corriente que pone el foco sobre los efectos económicos de los cambios debido al proceso de industrialización (ver, por ejemplo, Komlos; 1998). En ese sentido, los cambios en precios relativos de los alimentos por un lado, o la imposibilidad de los migrantes a zonas urbanas de producir sus propios alimentos, siendo dependientes de un salario para acceder al consumo, por el otro, generan vaivenes donde una repartición desigual de las ganancias del crecimiento económico tiene efectos negativos sobre la estatura promedio. Y es que, a fin de cuentas, como en algún trabajo el propio Richard H. Steckel ha mencionado, la concentración de las ganancias económicas no se traduce necesariamente en ganancias en estatura promedio, ya que los miembros de los grupos más aventajados económicamente no pueden crecer más y más hasta convertirse en gigantes.

En el caso particular de México, los estudios de historia económica con enfoque antropométrico más representativos cubren principalmente el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, aunque también se cuenta con trabajos que van un poco antes de estos periodos (ver López-Alonso, 2015; Salvatore, Coatsworth y Challú (editores), 2010). En general, la dinámica observada para el caso mexicano no resulta positiva en términos de comparación histórica a nivel internacional. El trabajo de López-Alonso (ver cita anterior) con base en datos del ejército muestra una tendencia negativa durante el siglo XIX que se revierte de manera consistente hasta después de la época revolucionaria. Esta tendencia contrasta de manera significativa con la dinámica que la misma autora observa con una muestra de estaturas tomada de pasaportes, misma que resulta representativa de un sector más aventajado económicamente. En ese caso, la diferencia en niveles promedio de estatura entre los dos grupos de población mencionados resulta muy importante, dando cuenta de la desigualdad prevaleciente en el país durante el periodo de estudio.

En cuanto al periodo post-revolucionario, en un esfuerzo por extender el análisis hasta la época contemporánea, López-Alonso y el que aquí escribe (2015 y 2016) agregan a las tendencias históricas anteriormente descritas las observadas para el periodo post 1950 y hasta 1992, a partir de información obtenida de las Encuestas Nacionales de Salud y Nutrición (ENSA-2000, ENSANUT-2006 y ENSANUT-2012). En ese caso, la tendencia positiva que ya se observaba desde la década de los treinta se mantiene, consolidándose una tendencia secular que garantiza un crecimiento promedio, en el caso de los hombres, de al menos un centímetro por década. Sin embargo, una vez que se controla por estatus socioeconómico, la diferencia por estrato observada en los estudios históricos se mantiene, arrojando diferencias por nivel educativo muy significativas, mismas que se profundizan cuando el análisis se hace para el caso de las mujeres. Dichas diferencias sugieren que la desigualdad socioeconómica ha prevalecido y, por lo tanto, el potencial de avance en estatus nutricional ha resultado limitado. Lo anterior se ha visto reflejado, entre otras cosas, en una desigualdad en estaturas a nivel geográfico, tanto entre las regiones mexicanas como con otros países.

La agenda de investigación pendiente sobre el caso mexicano resulta todavía muy amplia. Por un lado, el diagnóstico sugiere que, dado que los estudios contemporáneos incorporan el efecto de la transición epidemiológica experimentada a nivel mundial hacia mediados del siglo XX, la fuente de las diferencias observadas actualmente se concentra con mayor fuerza en las explicaciones relativas a la desigualdad socioeconómica. Por el otro lado, la problemática actual de obesidad y sobrepeso invita a profundizar el estudio en esta dirección. Además, las implicaciones de política pública de estas problemáticas resulta claro.

Roberto Vélez Grajales es director de Movilidad Social del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).