Es un lugar común, cuando se discuten las grandes desigualdades regionales del país, decir que existen dos o más Méxicos, que somos una economía dual, con una parte integrada a la economía internacional, moderna, bien adaptada al siglo XXI y, por otro lado, distintas regiones en el atraso, más parecidas al siglo XIX que al XX o al XXI. Esta realidad se ve reflejada en accesos diferenciados a bienes y servicios públicos, quizá el más obvio de éstos sea la salud, cuando sabemos que algunos estados en el sur aún cuentan con enfermedades virales ya poco comunes para países con nuestro nivel de desarrollo. Otra forma de darnos cuenta de la magnitud de la diferencia es observando la relación entre el ingreso per cápita de algunas regiones y el ingreso de subsistencia. Para las partes más atrasadas del país, el ingreso per cápita es apenas entre 1.8 y 3 veces el ingreso de subsistencia, algo semejante a Castilla en 1752 (1.9 veces), Nápoles en 1811 (1.9 veces), Bizancio en el año 1000 (1.8 veces) o Roma en el año 14 (2.1 veces).1 Hacer comparaciones entre diferentes eras es complicado, pero, en algunos sentidos, hablar de dos Méxicos tiene cierta correspondencia con hablar de un país que “vive” en épocas distintas.


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La reciente medición de la pobreza realizada por CONEVAL para el año 2016 nos arroja resultados mixtos. Por un lado, los niveles de pobreza en el país parecen (con cierta incertidumbre por los márgenes de error) haber disminuido 3 puntos porcentuales o en alrededor de 2 millones de personas. No obstante, la medición nos muestra, por el otro lado, que en estados como Chiapas, Oaxaca o Veracruz —donde la población en pobreza constituye la mayor parte de sus habitantes— la pobreza incrementó en 0.9, 3.4 y 4.2 puntos porcentuales respectivamente.2 Al mismo tiempo, los datos oficiales muestran que el coeficiente de GINI —la medida estándar de desigualdad— para esas entidades federativas se mantiene bastante estable, con ligeras variaciones al alza o a la baja.

Pobreza creciente y desigualdad estable parecen algo contradictorio, sobre todo cuando se toma en cuenta la creciente diferencia en capacidad adquisitiva del ingreso que perciben los diferentes deciles de la población y la enorme desigualdad de oportunidades que existe en el país, misma que en los estados del sur se magnifica. Es una realidad aceptada por la mayoría de los expertos que la desigualdad en México es subestimada por las estadísticas oficiales. La mezcla de subreporte y truncamiento en la Encuesta de Ingreso y Gasto en los Hogares (ENIGH), la falta de registros fiscales y administrativos para el estudio de la desigualdad que apenas podrá ser explotada en México,3 la informalidad y la dificultad para medir la concentración de la riqueza y del capital hacen de la estimación correcta de la desigualdad en México una labor complicada; no obstante, es posible encontrar formas alternas de comprender su magnitud.

Una forma de dar sentido a la magnitud de la desigualdad en distintas regiones del país, si bien no de estimarla puntualmente, es utilizar lo que se conoce como Frontera de Posibilidades de Desigualdad (Máximo Gini Posible) y la Tasa de Extracción de la Desigualdad (Inequality Extraction Ratio).4 Estos conceptos, elaborados por los economistas Branko Milanovic, Jeffrey Williamson y Peter Lindert, originalmente pensados para estudiar la desigualdad en sociedades antiguas como Roma, Bizancio, la Nueva España, el Imperio Mogol de la India y los países Europeos de los siglos XVI al XVIII, han comenzado a ser usadas de forma más generalizada para la comprensión de sociedades modernas y de la trayectoria de muy largo plazo de la desigualdad. Ejemplos de lo anterior son la evolución de la desigualdad en América Latina (Williamson 2009,5 20156), la desigualdad y la violencia en guerras civiles (Milanovic 20137) o la evolución de la desigualdad en el mundo (Scheidel 20178). En México, para entender la gran disparidad entre sus regiones y al interior de éstas, estos conceptos son sumamente útiles.

Antes de ver lo que nos dicen para el caso de México es importante definir estos conceptos. La Frontera de Posibilidades de Desigualdad, o Máximo Gini Posible, es una medida que se puede derivar de forma muy semejante a la del Gini. La diferencia entre ambas es que, mientras que el Gini considera un vector de todos los ingresos del 0 al ingreso más alto, la Frontera de Posibilidades de Desigualdad considera un vector que parte del ingreso mínimo que asegura la subsistencia hasta el más alto. La medición parte de la siguiente pregunta: ¿Cuál es el máximo nivel de concentración del ingreso que puede alcanzar una sociedad al mismo tiempo que la población no muera de hambre? Por esta razón se parte del mínimo de subsistencia, el Máximo Gini Posible es aquel que cumple esa restricción.

La otra medida, la tasa de extracción de la desigualdad, consiste en el cociente entre la desigualdad real observada- el Gini de la distribución de ingresos – y la Frontera de Posibilidades de Desigualdad, es decir entre el Gini observado y el Gini máximo posible.

Entre más desarrollada es una sociedad es de esperarse que la Frontera de Posibilidades de Desigualdad sea más alta –ya que entre más rica es, mayor puede ser la concentración del ingreso que cumple la restricción de dejar suficiente ingreso para garantizar la subsistencia del resto–. En sentido contrario, entre menos desarrollada es una sociedad, dicha frontera es más pequeña, el Gini máximo es más bajo. Consecuentemente, las sociedades más desarrolladas tienden a tener tasas de extracción más bajas ya que entre mayor es el Gini máximo posible es más probable que el cociente del Gini real / Gini Máximo Posible sea menor. Las sociedades menos desarrolladas y aquellas con estructuras sociales más desiguales suelen tener cocientes de Gini / Gini Máximo Posible más grandes.

Para hacer estas mediciones es necesario usar los ingresos per cápita de los estados y establecer un mínimo de subsistencia. Para este propósito es posible utilizar la Línea de Bienestar Mínimo (canasta alimentaria) que calcula CONEVAL y o la Línea de Bienestar (suma de la canasta alimentaria y no alimentaria)9, la elección de qué línea usar depende de qué consideremos como subsistencia, sólo el mínimo fisiológico u otras necesidades más acordes con la vida moderna que bien podrían llamarse un “mínimo social”. Existen buenas razones para preferir una o la otra y dependiendo de qué línea usemos los resultados son preocupantes o hasta vergonzosos.

Primero usemos la Línea de Bienestar Mínimo (canasta alimentaria) en nuestra medición para el periodo 2010-2015:

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La tabla muestra los resultados de los cálculos de la Frontera de Posibilidades de Desigualdad (FPD) y la Tasa de Extracción de la Desigualdad (IER) de 2010 a 2015. Los resultados muestran que existe una muy marcada diferencia entre los niveles de desarrollo de los estados del sur y los estados del norte. Mientras que algunos estados como Nuevo León, Coahuila, Sonora y la Ciudad de México tienen FPD muy elevadas, superiores a .90, los estados más pobres como Chiapas, Oaxaca y Guerrero apenas tienen una FPD que ronda el valor de .75. Podemos observar que, en efecto, entre mayor es el desarrollo el valor de la FPD es más elevado.

La misma tabla nos dice que las tasas de extracción de los estados más ricos son relativamente normales alrededor del valor de 50 por ciento, sin embargo, para los estados más pobres esas tasas superan el 60 por ciento y, en casos extremos como el de Chiapas en 2015, llegan hasta casi el 75 por ciento. Para ponerlo en contexto, niveles superiores al 60 por ciento son equivalentes al del Imperio Romano en el año 14 AD con 75 por ciento, la Inglaterra y Gales de 1290 con 69 por ciento, la Toscana de 1427 con 66 por ciento, Holanda de 1732 con 71 por ciento o Brasil de 1872 con 74 por ciento.10 Si bien estos valores no son estrictamente comparables, ya que lo que consideramos un ingreso de subsistencia es mayor hoy que el ingreso de subsistencia en esas sociedades (alrededor de 300 dólares de 1990 al año), sí nos da una idea relativa de la magnitud del nivel de extracción. En pleno siglo XXI tener regiones con niveles de desigualdad comparables con sociedades tan desiguales no es una comparación halagadora.

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Los datos –usando como valor de subsistencia los de la canasta alimentaria– son preocupantes; no obstante, existen argumentos relevantes para emplear como nivel de subsistencia un ingreso más elevado. Conforme los países se desarrollan y alcanzan mayores niveles de vida, las necesidades de las personas crecen, dejan de ser meramente cierta ingesta calórica e incorporan otras necesidades. Por esta razón, considerar la Línea de Bienestar más amplia, la que incorpora las canastas alimentaria y no alimentaria tiene sentido. Haciendo los cálculos con este nivel mayor de ingreso de “subsistencia”, los resultados son aún más devastadores.

Con esta Línea de Bienestar encontramos las mismas tendencias, pero magnificadas. Los estados pobres en el sur, Chiapas, Oaxaca y Guerrero e incluso algunos no tan pobres como Puebla tienen tasas de extracción extremadamente altas, superiores al 100 por ciento para los primeros tres y cercanas al 90 por ciento para Puebla. Estas tasas de extracción tan elevadas nos ayudan a comprender cómo es posible que, a pesar de que la desigualdad parece tan estable, se han registrado incrementos en el número de personas en situación de pobreza durante muchos años. Más que un incremento de la desigualdad, lo que se observa es el empobrecimiento de esas economías: la pobreza incrementa porque la desigualdad en sus distintas formas sigue creciendo.

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A diferencia de las gráficas anteriores usando la canasta alimentaria, ahora podemos observar que para los estados de Chiapas, Oaxaca y Guerrero, la Frontera de Posibilidades de Desigualdad (Máximo Gini Posible) es más bajo que el Gini estimado para 2015 cuando tomamos en cuenta como nivel de subsistencia la Línea de Bienestar con la canasta alimentaria y la no alimentaria. Estos niveles de extracción son comparables con el Imperio Mogol de la India en 1750 con 112.5 por ciento o con la Nueva España en 1790 de 105 por ciento o en nuestros tiempos con la República Democrática del Congo en el año 2004 con 123 por ciento.11

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Si bien empleando estas mediciones no podemos tener un estimado puntual sobre la distribución real del ingreso, ni podemos observar la desigualdad de oportunidades y como ésta se transforma en desigualdad de resultados en un círculo vicioso, sí podemos hacernos una idea de las brechas de desarrollo que existen en nuestro país. Es como si viviéramos en un país con un norte moderno y un sur pre moderno, entre lo medieval y lo barroco.

Si el futuro del país nos preocupa, nos tienen que preocupar estas brechas: son demasiado elevadas. Es difícil pensar en un país realmente unido, en una economía plenamente integrada cuando en varios sentidos las formas de vida de sus regiones varían tanto, al grado de parecer pertenecer a tiempos distintos. La única forma de acabar con esta divergencia temporal en nuestra economía es integrar al sur del país con el resto de la economía. Sólo el crecimiento económico inclusivo (pro pobre y en específico que favorezca a estas regiones) podría lograrlo: elevar el ingreso de niveles que apenas son 1.8 veces la subsistencia en un año (cuando usamos la línea de bienestar más amplia) a los niveles del resto de los estados de alrededor de 5 veces la subsistencia o de 2.8 veces de subsistencia (cuando usamos la canasta alimentaria a más de 10 veces como los estados más ricos).

Cuando debatimos sobre pobreza y desigualdad ya no es importante si la pobreza son 55 millones o sólo 53 millones, si cambió un poco o no, llevamos demasiado tiempo con números parecidos. En cualquier caso, son niveles demasiado grandes e inaceptables para un país del nivel de desarrollo que tiene México. Lo que sí es importante debatir son esas brechas y que justo en los lugares más pobres es donde siga aumentando la pobreza y donde la desigualdad es mucho más grande que la que capturan las medidas estándar de desigualdad. Mientras la desigualdad en el nivel de ingreso, de riqueza y el acceso a oportunidades sea tan grande que podamos compararlo en magnitud con las brechas del mundo antiguo, con las de un mundo pre moderno y caracterizado por la explotación, no tenemos mucho que presumir.

Abatir estos rezagos y cerrar estas brechas no sólo va llevar tiempo, también necesita de una estrategia diferente para hacerles frente, de un nuevo modelo de desarrollo para el país. Reconocer esta imperiosa necesidad es el primer paso en ese camino.

Diego Castañeda es economista por la University of London.


1 Milanovic, B., P. H. Lindert and J. G. Williamson (2008), “Ancient Inequality,” revised version of “Measuring Ancient Inequality,” NBER Working Paper 13550, National Bureau of Economic Research, Cambridge, Mass.
2 Fuente: estimaciones del CONEVAL con base en el Modelo Estadístico para la Continuidad del MCS-ENIGH, 2016.
3 A partir de este año el SAT pondrá a disposición pública los registros fiscales preservando el anonimato de las personas para contribuir al estudio de la distribución el ingreso en México.
4 Milanovic, B., P. H. Lindert and J. G. Williamson (2008), “Ancient Inequality,” revised version of “Measuring Ancient Inequality,” NBER Working Paper 13550, National Bureau of Economic Research, Cambridge, Mass.
5 Williamson, J. (2009), “Five Centuries of Latin American Inequality” NBER working paper 15305, National Bureau of Economic Research, Cambridge, Mass.
6 Williamson, J. (2015) “Latin American inequality: Colonial origins, commodity booms, or a missed 20th century leveling?”, NBER working paper 20915, National Bureau of Economic Research, Cambridge, Mass.
7 Milanovic, Branko. 2013. “The inequality possibility frontier : extensions and new applications”. Policy Research working paper; no. WPS 6449. Washington, DC: World Bank.
8 Scheidel, W. (2017), “The Great Leveler: Violence and the History of Inequality from the Stone Age to the Twenty-First Century”, Princeton University Press, pp. 528.
9  Coneval.
10 Los ejemplos de sociedades pre modernas y sus tasas de extracción pueden ser encontrados en los papers citados con anterioridad.
11 Milanovic, Williamson y Lindert (2008), Williamson (2009).