Cuando Corea del Norte aparece ocasionalmente en la discusión pública –casi siempre debido a sus fallidas pruebas nucleares– se suele llamar la atención a lo poco que sabemos respecto a lo que ocurre al interior de sus fronteras. Las menciones al país por parte de los medios de comunicación y la academia casi siempre vienen acompañadas por el sobrenombre de “reino ermitaño”, cuyo origen viene desde el siglo XIX por el aislamiento en el que había vivido el país durante la dinastía Choson, que reinó desde el siglo XIV hasta principios del siglo XX.

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Esta situación de aislamiento se volvió aún mayor gracias al historial de conflicto y anexiones extranjeras que vivió Corea durante el siglo pasado. En 1910, Japón anexó Corea iniciando el período de gobierno japonés en la península; y, cuando perdió la segunda guerra mundial y con el inicio de la Guerra Fría, la península de Corea fue dividida en dos regiones con dos gobiernos diferentes en 1948: al norte, la República Popular Democrática de Corea, una república unipartidista de jure con una dictadura totalitaria de facto respaldada entonces por la Unión Soviética y China; al sur, la República de Corea, una república constitucional apoyada principalmente por Estados Unidos. Después de una escalada militar que llevó a Corea del Norte a invadir a su reciente vecino en el sur, en 1950 inició la Guerra de Corea que duraría tres años y terminaría con la firma de un armisticio en julio de 1953, con el que se creó la Zona Desmilitarizada Coreana entre ambos países. Sin embargo, nunca se firmó un tratado de paz, por lo que ambas naciones permanecen en guerra desde hace 67 años.

La mentalidad de asedio de Corea del Norte se ha mantenido hasta la fecha dada esta constante amenaza de guerra desde 1950; situación que aprovechó el entonces líder del país, Kim Il Sung, para el desarrollo de una teoría de auto suficiencia denominada Juche –que permanece hasta la fecha como la ideología oficial del país– que se basa en tres principios: autonomía militar, autosuficiencia económica e independencia política. Con ello, los Kim han sostenido una dictadura familiar y un fuerte aislamiento internacional y opresión al interior de sus fronteras, que ha puesto en el centro de todos sus esfuerzos nacionales –desde materiales escolares hasta exhibiciones militares– a Estados Unidos como enemigo público nacional.

Sin embargo, a pesar de que la filosofía Juche provoca un enorme estigma en la cooperación hacia afuera de sus fronteras y de que es un paria a escala global debido a su programa de armas nucleares y sus registros terroríficos sobre violaciones a derechos humanos, Corea del Norte mantiene relaciones diplomáticas, económicas, comerciales y culturales con diversos socios alrededor del mundo, lo que le ha permitido sostener su régimen político durante casi siete décadas. Su principal –y al parecer único– aliado geopolítico es su vecina China que, tras la caída del bloque y dado su creciente rol como potencia económica y militar,1 ha permitido la supervivencia norcoreana gracias, principalmente, a la cooperación económica, comercial y financiera.

En los últimos meses se ha visto una escalada del conflicto entre Estados Unidos y Corea del Norte debido a las pruebas nucleares realizadas por el régimen de Kim Jong Un, cuyo antecedente se encuentra en la retirada del país en el año 2003 del Tratado de No Proliferación Nuclear bajo el gobierno de Kim Jong Il, y que desde la llegada al poder de Kim Jong Un suman 78 ensayos nucleares confirmados hasta el momento. En una visita a Chile en agosto de este año durante su primera gira latinoamericana oficial, el vicepresidente de Estados Unidos, Michael Pence, hizo un llamado urgente a los gobiernos de Chile, Brasil, México y Perú a que realizaran los movimientos necesarios para aislar a Pyongyang y cortaran cualquier relación económica y diplomática con el régimen norcoreano. Apenas tres semanas después de estas declaraciones y tras la sexta prueba nuclear norcoreana en su historia –la más potente hasta la fecha–, un tuit del presidente Trump puso de nuevo el tema sobre la mesa, amenazando con detener el comercio con cualquier país que realice negocios con Corea del Norte, justamente en medio de la renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN).

Dichas amenazas pusieron en los reflectores la poco conocida e incipiente relación entre Corea del Norte y México, iniciada con el establecimiento de relaciones diplomáticas entre ambos países en septiembre de 1980 hasta la fecha –el gobierno de Pyongyang tiene una embajada en la Ciudad de México desde 1993 y la embajada mexicana en Corea del Sur es concurrente en Corea del Norte. Desde entonces, el gobierno mexicano y el norcoreano sostuvieron un acercamiento político –marcado fuera del papel por las diferencias en política exterior dada la cercanía mexicana con Estados Unidos y Corea del Sur– con la firma de distintos tratados bilaterales en materia de cooperación en evasión fiscal, política aduanera, salud y agricultura, entre otros; así como el hermanamiento de la provincia de Kangwon, y su capital Wonsan, con el estado de Puebla desde 2008. Sin embargo, esta relación se ha enfriado desde la década pasada debido a la condena pública del gobierno mexicano por la mayor actividad nuclear por parte del gobierno norcoreano, dado el historial mexicano en el liderazgo por el desarme nuclear global.2

Pero este acercamiento entre ambos países no sólo se limita a lo diplomático y político, sino que existe una relación económica y comercial; que resulta incipiente para la economía mexicana, que ocupa el 12º lugar global como economía exportadora, dado que Corea del Norte apenas alcanza la posición 114 en esta misma categoría. Aunque Pyongyang no publica datos económicos detallados desde hace décadas, podemos tener un acercamiento al interior del país gracias a las estadísticas espejo de sus socios comerciales. Aunque China se mantiene como el principal socio comercial de Corea del Norte con cerca del 85 por ciento del comercio norcoreano total, la participación mexicana resulta relevante: hasta 2015, México es el sexto país que más vende a Corea del Norte, representando el 1.3 por ciento de sus importaciones por un valor total de casi 46 millones de dólares, lo que lo vuelve su principal vendedor de mercancías en el continente americano. Las principales mercancías vendidas por México a Corea del Norte son petróleo refinado –que representa 99.6 por ciento del total–, teléfonos, zinc, cítricos y prendas de vestir. Por su parte, las exportaciones norcoreanas a México representan apenas el 0.49 por ciento de sus ventas totales al exterior, por un valor de 13.8 millones de dólares, cuyas principales mercancías son piezas de maquinaria y equipo, autopartes y productos de plástico.

A pesar de estas relaciones políticas y económicas, las amenazas del gobierno estadounidense y las violaciones norcoreanas a las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU han llevado a que, tras 37 años de relación diplomática entre Corea del Norte y México, el gobierno mexicano declarara el 7 de septiembre a Kim Hyong Gil, embajador norcoreano en México, como persona non grata. Este término, designado en el artículo noveno de la Convención de Viena sobre Relaciones Diplomáticas, es una señal de un estado de tensión diplomática entre los dos gobiernos o estados por actividades que menoscaben los intereses del país anfitrión, aunque no implica la ruptura de relaciones diplomáticas.

Con estas medidas, el gobierno mexicano ha sido el primero de la región en respaldar con acciones diplomáticas al gobierno de Estados Unidos en su escalada contra el gobierno norcoreano y en medio de la renegociación del TLCAN. De esta manera, México compromete una relación que, aunque lejana e incipiente, podría ser estratégica para sus intereses en Asia Pacífico, dado el frágil equilibrio político en la península coreana, y su posición en el liderazgo diplomático internacional.

Carlos Brown Solà es internacionalista y economista.


1 Aunque su apoyo ha decrecido desde hace algunos años debido a las pruebas nucleares norcoreanas.
2 No olvidemos que el único Premio Nobel de la Paz mexicano, el diplomático Alfonso García Robles, obtuvo este premio en 1982 por su liderazgo en la firma del Tratado de Tlatelolco, que establece la desnuclearización de América Latina y el Caribe tras el temor generado por la crisis de los misiles en Cuba.