Esta semana ha comenzado en Ottawa la tercera ronda de negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en un entorno de relativa calma, después de las incendiarias declaraciones realizadas por el presidente Trump en las que amenazó con la retirada unilateral del tratado dado que era el “peor acuerdo comercial de la historia”. Pese a la alarma suscitada, el denostado show político liderado por la administración americana ha divergido diametralmente del tono y estilo cooperativo con el que han discurrido los dos primeros encuentros en Washington D.C y en México D.F. Este clima más proclive al entendimiento se debe en buena parte a la exquisita diplomacia y estrategia que ha liderado México, con el fin de encauzar el diálogo de forma fructífera para la puesta al día del tratado que se firmó hace 23 años y, que, obviamente, resulta obsoleto en numerosos aspectos comerciales y económicos.

Los equipos de trabajo, 25 en total, han organizado rondas de negociación paralelas para discutir divergencias y buscar puntos de encuentro en la modificación del TLCAN. Los tres países —México, Canadá y los EE.UU— han logrado tímidos avances en temas menos espinosos, como son el apoyo a las pequeñas y medianas empresas (pymes), la cooperación y las telecomunicaciones. Aunque poco ha trascendido sobre los detalles de estos avances, debido al acuerdo de confidencialidad que todos los equipos han firmado, se sabe que el texto del Tratado de Asociación Transpacífico (TPP en inglés) se está utilizando como referente para la gobernanza, análisis y actualización de los capítulos de comercio digital, el tratamiento de los derechos de propiedad intelectual, y la apertura de la contratación pública del Estado a la ejecución de servicios por parte de empresas privadas de cualquiera de las tres economías. No en vano, parte de los técnicos a cargo de la modernización del TLCAN participaron en las negociaciones del TPP, que estaba considerado como el sustituto del TLCAN antes de que la administración Trump decidiera enterrar su participación en el mismo.

Esta negociación está siendo observada por el mundo entero ya que va a servir como indicativo de la capacidad de la administración de Trump para trasladar las amenazas proteccionistas a aspectos concretos de política económica. Aunque la incertidumbre acecha y en el mundo de las negociaciones comerciales resulta demasiado arriesgado caer en la complacencia —los tratados deben ser aprobados y ratificados por los parlamentos de los países firmantes—, el diálogo ha propiciado la mejora de expectativas sobre la posibilidad de concluir el acuerdo con avances relativamente significativos. Dada su importancia, vale la pena hacer algunas preguntas: ¿Qué está en juego? ¿Qué cabe esperar de las sucesivas rondas? ¿Cuáles van a ser los temas más difíciles de tratar y por qué afectan económicamente tanto a las empresas como a los consumidores de México, Estados Unidos y Canadá?

El comercio en el TLCAN se ha cuadruplicado desde su ratificación, formando un bloque comercial valorado en 21 trillones de dólares, lo que supera ampliamente al de la Unión Europea. La relación económica y comercial de las cadenas productivas en el TLCAN se encuentra tan integrada que se producen 18 millones de vehículos al año, lo que equivale a 173,000 millones de dólares de exportaciones, o lo que es lo mismo el 22% de las exportaciones de vehículos mundiales. Precisamente, la negociación de las reglas de origen se antoja escabrosa y difícil. Actualmente el acuerdo permite un contenido local del 62.5% en vehículos para que se puedan considerar “hecho en TLCAN” y evitar que los vehículos al exportarse a EEUU o Canadá paguen aranceles. Trump, en su ánimo proteccionista, quiere que se aumente el porcentaje de contenido TLCAN, y en especial estadounidense, lo que encarecerá substancialmente la producción. El incremento del contenido local norteamericano desencadenaría que México desarrollara en mayor medida otras cadenas de producción con la UE y Asia, con el fin de escoger la vía de exportar a los Estados Unidos pagando el arancel del 2,5%. En realidad justamente tendría un efecto económico indeseado y subóptimo, la administración americana estaría desdeñando el bienestar económico de los consumidores norteamericanos y de todo el sector del automóvil ya que, actualmente, 34 estados norteamericanos dependen del sector automotriz. La concepción de la administración estadounidense de lo que constituye ganancias del comercio resulta, al menos, miope. El desarrollo del sector del automóvil en el TLCAN ya ha sido y es una historia de éxito compartido. Para muestra, el 75% de las exportaciones de EEUU en bienes intermedios para la construcción de automóviles se destina a México y Canadá.

En el mismo envite se encuentra el sector de la agricultura. México se ha convertido en el principal suministrador de productos agrícolas de los EEUU ya que exporta desde fresas, aguacates o tomates, hasta vinos y cerveza por un total de $23,000 millones en 2016. Es el superávit comercial que México mantiene con EEUU el que tiene obsesionado al presidente norteamericano. Los déficits comerciales se deben principalmente a desajustes macroeconómicos; esto es, el ahorro doméstico es menor que la inversión y, por lo tanto, los inversores extranjeros que poseen dólares provenientes de sus exportaciones los dedican a comprar activos en los EEUU. No resulta demasiado complicado de entender, pero es más fácil culpar a un tratado comercial y así propiciar un giro hacia el mercantilismo. El problema radica en que esta visión mercantilista que se quiere traspasar al TLCAN pretende introducir medidas proteccionistas, imponer aranceles o eliminar acceso al mercado, lo que encarecería el precio final de los bienes finales, provocando diversión comercial y despidos de trabajadores. De momento, no ha trascendido el plan de la administración norteamericana para implementar la política de America first en las negociaciones. El Secretario de Economía, Ildefonso Guajardo, ya advirtió que la introducción de aranceles encontraría una respuesta negativa contundente por parte de México y, si fuera el caso, la posible retirada de la mesa de negociaciones.

En esta tercera ronda que ahora nos ocupa, tenemos que seguir de cerca las discusiones sobre temas laborales, protección de los trabajadores y, si se satisfacen los deseos del gobierno de los EEUU, la búsqueda por eliminar el Capítulo XIX sobre la revisión y solución de controversias en materia de cuotas antidumping y compensatorias. México y Canadá se oponen a la eliminación de los paneles de arbitraje del TLCAN; en éstos se dirimen, por ejemplo, disputas sobre subsidios productivos que ayudan a fijar un precio inferior al de coste de mercado para estimular las exportaciones en ciertos sectores. Los paneles de arbitraje del TLCAN han dictado sentencias a favor y en contra de las tres economías, no hay datos que respalden trato desfavorable hacia los EEUU. Es cierto que la efectividad de los tratados de comercio depende de que existan mecanismos eficientes para la resolución de disputas entre las partes y la eliminación de estos mecanismos del tratado supondría que las partes tendrían que dirimir sus diferencias en los tribunales domésticos y, en última instancia, en el Tribunal de Comercio Internacional de Nueva York. 

En temas laborales, EEUU y Canadá han aunado fuerzas y quieren que México decrete incrementos del salario mínimo, además de promover el respeto de los derechos de los trabajadores. La polémica está servida, los sindicatos de los tres países se han unido en su lucha para que se introduzcan cláusulas en el tratado que garanticen los derechos laborales. La Unión Nacional de Trabajadores (UNT), el sindicato canadiense UNIFOR ya han manifestado que sumarán sus fuerzas con el fin de impulsar “el respeto de los derechos laborales de los trabajadores mexicanos y el incremento a los salarios”. Esta propuesta ha sido bien vista por el sindicato United Electrical de Estados Unidos. Un trabajador mexicano en el sector del automóvil cobra en promedio $3.9 dólares la hora, lo que puede llegar a ser un salario nueve veces inferior al de un trabajador en Estados Unidos y Canadá. Sin duda, las diferencias salariales han provocado la deslocalización de la actividad productiva, pero, a su vez, permite favorecer la inversión extranjera entre los tres socios, la transferencia tecnológica a través de la integración productiva y, por último, crear un sector fuertemente resiliente en el mercado global en donde la competencia alemana, japonesa o coreana acecha sin respiro. Habrá que esperar a que Estados Unidos y Canadá presenten una propuesta formal y se analice su injerencia en la política nacional mexicana.

Existen otros temas que preocupan. Se ha filtrado que la administración estadounidense pretende poner encima de la mesa una cláusula sunset. Este tipo de cláusulas permiten a los países firmantes revisar —e incluso terminar— el tratado cada cinco años, contingente a que una evaluación determine si se han conseguido los objetivos en términos de creación de empleo y de comercio. La creación de empleo y de comercio no depende únicamente de la firma de un tratado comercial, los avances tecnológicos, la servificación de la economía, por mencionar algunos factores, tienen un efecto mucho mayor en el output y el empleo que la mera renegociación de un acuerdo. Los lobbies de las empresas norteamericanas ya se han manifestado y se oponen por la incertidumbre que impone en su organización de negocios. Además, aquí aventuro que no lograría la aprobación del Congreso de los EEUU. Es por esto que la medida tiene pocas probabilidades de prosperar. Se debe entender como un órdago lanzado por la administración estadounidense para lograr una concesión, una treta que enmascara conseguir otro objetivo a cambio de su retirada de la mesa de negociaciones.

El debate está servido y, conforme se avance en las negociaciones, los temas coyunturales y más escabrosos se van a tener que dirimir. No obstante, si se estira demasiado la cuerda y se rompe, tengan por seguro que no favorecerá –de ninguna manera– al comercio justo o al tan manido concepto de fair trade que vende Trump. Recuerden a Milton Friedman que en 1996 declaró: “lo justo depende de la visión del espectador, el concepto de libre depende del veredicto del mercado”.

Marta Bengoa es Directora del Departamento de Economía y Negocios de la Colin Powell School y Profesora Titular de Economía Internacional de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY).