Un logro de la presente administración que parece incontrovertible es la reducción de la pobreza extrema. En el caso de la pobreza general, las recientes cifras dadas a conocer por el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (CONEVAL) han dado lugar a diferentes discusiones en cuanto a su importancia y significado. La pobreza, sin adjetivos, se ha reducido en cuanto a la proporción que representa de la población total, pero el número total de personas en esta condición se ha incrementado. En cambio, las cifras de pobreza extrema lucen más allá de la óptica que decida adoptarse.


Las personas en pobreza extrema, es decir, las que al menos ven tres de seis derechos sociales incumplidos (rezago educativo, carencias de alimentación, de servicios de salud, de calidad y espacios de la vivienda, de servicios básicos de la vivienda o de seguridad social) y tienen ingresos menores a $1,060.24 en zonas rurales o $1,477.31 en las urbanas (a precios de agosto de 2017), han disminuido continuamente en términos porcentuales y absolutos desde 2010. Al inicio de la década, cerca de 13 millones de personas (11.3 por ciento de la población) estaba en estas condiciones. Para 2016, la cifra fue de alrededor de nueve millones (7.6 por ciento).

La tendencia en la reducción de la pobreza extrema parece tan clara y persistente que en su mensaje en torno a su quinto informe de gobierno el presidente Enrique Peña Nieto afirmó que “…es posible que la pobreza extrema en menos de una década pueda ser totalmente combatida y desaparecer de nuestra realidad social”. Ésta sería una noticia extraordinaria no sólo para su administración sino para el país entero. Desde que existen formas de medirla, México había tenido continuos avances en reducir la pobreza más aguda, pero éstos tuvieron una desaceleración considerable entre 2012 y 2014.

¿Es cuestión de unos años ver el fin de la pobreza extrema en México? Las cifras recientes parecen apuntar en esa dirección. De acuerdo al CONEVAL entre 2014 y 2016 la pobreza extrema pasó de 9.5 a 7.6 por ciento de la población, una caída de 0.95 puntos porcentuales por año. A ese ritmo, este tipo de pobreza se extinguiría en ocho años. A partir de este panorama, y con un poco más de esfuerzo de las estrategias y programas que parecen estar funcionando, la pobreza extrema podría desaparecer en menos de una década. Desafortunadamente, hay múltiples razones para dudar de este cálculo.

La primera es elemental. No es razonable proyectar de forma simplista la tendencia de un par de años a toda una década. Estos datos están lejos de conformar una regularidad histórica. Si alternativamente se tomara la trayectoria de la pobreza extrema desde el inicio de la administración actual las cuentas cambiarían. De 2012 a 2016 la pobreza extrema pasó de 9.8 por ciento de la población al 7.6 mencionado; es decir, se redujo en promedio en 0.55 puntos porcentuales, lo que llevaría a decir que manteniéndose ese ritmo de reducción faltarían poco menos de 14 años para acabar con la pobreza más aguda.

Pasar de 10 a cerca de 17 años para acabar con la pobreza extrema cambia la perspectiva del problema de un optimismo abierto a uno moderado. Sacar de la pobreza más aguda a cerca de un millón de personas cada año, como parece haber ocurrido entre 2014 y 2016, es posiblemente un evento irrepetible. Reducirla en medio millón de personas anualmente, de acuerdo al registro para lo que se lleva del presente sexenio, puede ser más razonable. ¿Pero acaso no deberíamos reconocer que los datos confirman que el país avanza en la dirección correcta y se ha acelerado el paso? No necesariamente.

Otra razón para la prudencia es que las cifras de pobreza de 2016 incorporan estimaciones de ingreso provenientes de un modelo estadístico generado por el Instituto Nacional de Geografía y Estadística (INEGI), en lugar del reporte directo de los ingresos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH). Esto debe enfatizarse: por primera vez el CONEVAL, en poco más de una década de iniciada su historia, calcula la pobreza combinando datos de carencias directamente reportadas por personas, con aproximaciones al ingreso provenientes de programas de cómputo que sustituyen lo respondido por los encuestados.

Las estimaciones de 2016 atribuyen a cada hogar ingresos consistentes con los de la ENIGH 2014 y anteriores, las cuales levantaron su información con un operativo de campo diferente al utilizado en tiempos recientes. Lo anterior implica que la reducción de la pobreza detectada en 2016 no sólo contiene el error estadístico proveniente de la muestra representativa de los hogares del país, sino también las imprecisiones propias de un ejercicio estadístico y los sesgos metodológicos de quienes lo han planteado. La perspectiva presidencial se basa, entonces, en estimaciones alternativas a las cifras “duras”.

Los datos directos para calcular la pobreza extrema y ver su trayectoria reciente existen. El Módulo de Condiciones Socioeconómicas (MCS) 2015 y la ENIGH 2016 contienen el ingreso declarado por los hogares con procedimientos de recolección semejantes. Con las precauciones debidas, que se mencionan más adelante, estas bases de datos proporcionan una tercera razón para no ser optimistas respecto al futuro mediato de los más pobres entre los pobres. Esta información muestra que de 2015 a 2016 la pobreza extrema no ha disminuido, sino, por el contrario, se ha incrementado.

De acuerdo al MCS 2015 del INEGI y al programa de cálculo correspondiente del CONEVAL, en tal año existía un 5.9 por ciento de la población en pobreza extrema. Con la ENIGH 2016 y el programa respectivo para las estimaciones de ese mismo año, resulta que este tipo de pobreza habría subido a 6.3 por ciento. Esto significa que en un solo año la pobreza extrema se incrementó en 0.45 puntos porcentuales. Así, al ritmo señalado, el porcentaje de población en pobreza extrema se duplicaría en 14 años y tres meses. En vez de la extinción de la pobreza, en una década estaríamos rumbo a su proliferación desmedida.

Este último cálculo debe tomarse con precaución. Aunque el INEGI y diversos funcionarios públicos en su momento apuntaron que el MCS 2015 representaba una mejora en la captación del ingreso, al igual que la ENIGH 2016, estas dos encuestas tienen características diferentes. El primero fue diseñado específicamente para el cálculo de la pobreza municipal mientras la segunda permite el cálculo de la pobreza en los estados, tiene una muestra mayor y contiene información del gasto. Sin embargo, sin descartar su estricta comparabilidad, con un mínimo de consistencia entre ellas pueden obtenerse cifras reveladoras.

Como puede observarse, tan sólo variando el periodo de referencia, usando datos en vez de estimaciones, y mediante tendencias lineales, fácilmente podemos pasar de la victoria contundente a la derrota abrumadora ante la pobreza extrema. Éste no es el campo más sólido para afirmar que “Los datos confirman que la política social avanza en la dirección correcta y que incide positivamente en los hogares con mayores carencias” como también lo hizo el Presidente Peña en el mensaje mencionado. En realidad, ésta es una nueva oportunidad para ser sumamente prudentes  ante hipotéticas derrotas de la pobreza extrema.

Si a esto agregamos que no sólo se trata de atender a las personas pobres de hoy sino a las generaciones que la heredarán mañana (la demografía de la pobreza) las razones para el optimismo decrecen. Más cuando se considera que la movilidad social existente en la sociedad mexicana es relativamente baja y conforme se avanza en el combate a la pobreza se van sumando nuevas generaciones a esta condición debido a que sus circunstancias de origen pesan notablemente sobre su destino. La falta de un enfoque de igualdad de oportunidades para las nuevas generaciones en la política social hace más aguda esta dificultad.

Finalmente, debe mencionarse que la pobreza de personas con un gran número de derechos sociales incumplidos, en localidades de difícil acceso o con requerimientos especiales para superar sus carencias, como la de una gran parte de la población indígena, impone dificultades crecientes para su combate y con ello borra cualquier pretensión de imaginar una tendencia lineal de los logros en largo plazo. Incluso en los países desarrollados persiste un núcleo de pobreza casi irreductible. Por ejemplo, 8.1% de los residentes en la Unión Europea mantienen severas privaciones materiales y baja intensidad laboral.

Pese a este giro en lo que dicen las cifras, la eliminación de la pobreza extrema es factible en un lapso relativamente corto. Su magnitud es casi 20 por ciento menor con la nueva forma de captar la información de ingreso que con la que se venía utilizando; las carencias no monetarias siguen disminuyendo, continua aunque modestamente; y, por lapsos, el ingreso laboral incluso gana la carrera con la inflación. Pero para ello se requiere aceptar que la política económica no está generando un crecimiento incluyente y la política social tiene un severo déficit de eficiencia y equidad.

Rodolfo de la Torre coordina la investigación sobre desarrollo social en el Centro de Estudios Espinosa Yglesias.