Todo lo que es moda pasa de moda, el estilo jamás.

Coco Chanel

Cada determinado tiempo, un término económico cualquiera domina el debate académico, se desparrama por todas las portadas de revistas e inunda columnas de periódicos. Después de un cierto tiempo, no mucho, como por arte de magia, el mismísimo concepto desaparece ante los ojos del público atónito. Como en el mundo de la alta costura, la moda en la economía dicta tendencias que no duran más que un breve parpadear. Lo que fue un verdadero hit en el pasado cercano, hoy sólo sirve como pieza de colección en el “museo de grandes novedades”, como diría el poeta. Escombros pseudo-teóricos que se convierten rápidamente en una curiosidad vintage; o sea, son categorías algo simpáticas como adorno exótico, pero enormemente inútiles, al menos como arsenal de apoyo a una interpretación económica pretendidamente más rigurosa. Esas categorías etéreas, y su estéril poder explicativo, favorecen únicamente al “genio”, al visionario creador de la caprichosa novedad teórica de la semana y a su propia proyección profesional.

Si incursionamos en el inhóspito territorio del argot empresarial, sobre todo en el lodoso terreno de las jergas aplicadas en el área de gestión de personas – uy, perdón por el desliz, de “talentos”–, de los años noventa para acá encontramos un festival de múltiples variaciones sobre el mismo tema: el humanismo empresarial. La sinfonía con un sinfín de movimientos gira alrededor del eje de proporcionar la integración casi total del empleado – ups de nuevo, del colaborador (sic)– con la empresa y así potencializar ad infinitum el “capital humano”. De acuerdo con el cuadernillo de buenas prácticas gerenciales que rápidamente ya se ha convertido en el bestseller del año, para sacar lo mejor del empleado se catequiza sobre la búsqueda sincera e incesante de la empresa para que, a través de la promoción de un ambiente laboral comprometido con la realización profesional plena del trabajador, éste deba sentirse constantemente motivado y desafiado por sus monótonas tareas cotidianas.

Alternando la calle pero sin salirse de la misma cuadra donde habitan los gurús del humanismo empresarial, ¿a poco no fue ayer mismo, a la vuelta de la esquina del tiempo y allí en los años noventa, cuando una multitud de conferencistas magistrales – con su hora-chorro pagada a precio de oro – esgrimían las maravillas de la revolución de las empresas .com y del nacimiento de la “nueva economía” sin preocuparse mucho con dejar claro cuáles serían los fundamentos que se cambiaban del viejo y conocido capitalismo a partir de ese nuevo salto en el paradigma tecnológico? En las business magazines fue un verdadero carnaval, a cambio de pomposas suscripciones mucho se escribió, aunque poco sustancioso, sobre cómo el “conocimiento” trastoca la acumulación de capital y las relaciones sociales que moldean las decisiones de producción y consumo. Aguas, aquí no estamos haciendo mención a la línea de estudios alrededor del capitalismo cognitivo, que es un campo serio y en pleno desarrollo, sino sobre la vulgarización oportunista de algunos de los debates sobre la tecnología.

Sin embargo, hay que hacerse justicia, la ciencia económica y la reflexión sobre la gestión empresarial no son las únicas víctimas de la euforia con los conceptos relámpago. En la sociología también se puede observar el mismo fenómeno. Una vez más ocurrió en los nostálgicos noventa con el argumento a favor del “ocio creativo” – una versión neo age con acento italiano del derecho a la pereza de Paul Lafargue–. Ascendió como un meteoro y bajó como una bola de cañón. Seminarios internacionales organizados, conferencias dictadas, libros publicados, todo un batallón de iniciativas para inflar a la banalidad teórica del momento. Discusión vacía, cuyo paso no deja rastros sustanciales. Veinte años después ya nadie se acuerda del término que fuera tan machacado en aquel entonces, a no ser uno que otro desavisado o malintencionado.

En los últimos años, con el aumento de la importancia de las finanzas en la dinámica del capitalismo contemporáneo, otro vendaval conceptual se asomó a la ventana de los analistas en guardia. En el mero centro de esa nueva tempestad, encontramos a la categoría financiarización, la preferida en nueve de cada diez expertos heterodoxos. Pero ¿ese concepto vino para quedarse o está de paso? ¿Hablamos de un trasto más en la parafernalia de la jerga económica de la estación o de una categoría explicativa duradera y fundamental? Nada como la prueba del tiempo, tomado en dosis largas, para tener un veredicto final, pero uno pudiera arriesgar una respuesta menos cobarde. Sí, la financiarización es un término esencial para entender los elementos clave en la dinámica del capitalismo actual.

No, la financiarización no se trata de un modismo más que será descartado a la entrada de la colección otoño-invierno, pues ya se logró conformar una agenda de trabajo colectivo, ampliamente diversa en los enfoques y temas estudiados a partir del tamiz común de la idea de financiarización, en la que coinciden científicos sociales con influencias tanto del lado marxista como del poskeynesiano del espectro de la heterodoxia económica. Su consolidación definitiva como categoría de análisis depende, justamente, de que se llene más y más su significado, dotándole de creciente precisión en su contenido. Pero aún más decisivo que terminar de redondear colectivamente su acepción, su afianzamiento en el panteón de las categorías analíticas fundamentales de la ciencia social pasa por la aceptación y su uso recurrente en las labores de los profesionales del área.

Para seguir de manera más palpable, recuperemos una definición bastante general—por lo tanto, ampliamente abarcadora—en la que “financiarización significa el aumento del rol de los motivos financieros, de los mercados financieros, de los agentes financieros y de las instituciones financieras en la operación de la economía doméstica e internacional” (Epstein, 2005, p. 3, traducción nuestra). Ok, ok, ok, esa definición es intencionalmente muy plástica, el sacrificio de la exactitud de su enunciado se hace en pro de acomodar la multiplicidad de estudios realizados utilizando la financiarización como referente aglutinador central. Para hacer una lista corta, en ella cabe desde el estudio de los cambios en el modelo de negocio de los grandes bancos, la investigación sobre el protagonismo creciente de los nuevos inversionistas institucionales en los mercados financieros, la averiguación crítica de la nueva gestión de tesorería de las empresas no-financieras, la alteración en la disponibilidad de crédito para el financiamiento a la actividad productiva y los recursos  para el apalancamiento del continuo juego especulativo, la forma subordinada en la que los países emergentes ingresan a los circuitos financieros globales e incluso temas relacionados a la financiarización en perspectiva de desigualdad de género.

Si hay de chile, mole y pozole en las temáticas estudiadas en el marco de la financiarización, también en la búsqueda por una caracterización más precisa de cómo exprimirla nos deparamos con inúmeras corrientes e interpretaciones que resaltan uno u otro aspecto determinado en su propia definición adoptada. Por ejemplo, en el seno mismo de la tradición marxista no hay consenso entre los autores que hacen uso del término financiarización en sus trabajos sobre cuál es el árbol genealógico categorial más adecuado para conectarla con los planteamientos marxianos originales. Así, de forma muy breve, de un lado tenemos la lectura de Ben Fine (2013), en la cual la financiarización desde la perspectiva marxista debería ser entendida como la expansión, intensiva y extensiva, del capital que devenga en interés. Mientras que Costas Lapavitsas (2016) reconoce la importancia de esa forma de ganancia financiera primaria, pero rescata, sobre todo, a la categoría marxiana de capital ficticio para entender la ganancia financiera derivada del comercio de activos financieros que distingue al funcionamiento del capitalismo financiarizado. No es para desanimar a quien quiera adentrarse con más ímpetu a esas discusiones, pero hay que dejar la alerta: el enmarañado teórico se amplifica a la milésima potencia si tratamos de colocar en el mapa de las definiciones de financiarización a los poskeynesianos.

Finalmente, vale mencionar que el término “financiarización” nunca fue bienvenido en los círculos de la economía ortodoxa, pues encarna una carga de cercanía con la crítica de la economía política –y arrastra ese aliento keynesianismo de crítica al rentismo– que pone los pelos de punta al grupo de la hipótesis de los mercados financieros eficientes. Los ortodoxos en el campo de las finanzas, dando más alas y sofisticación econométrica al delirio inicial de Eugene Fama, sustentan la polémica inferencia de que los precios en los mercados de capitales reflejan la información disponible, y, tal y cual pasaría en el proceso de formación de precios de cualquier otro mercado, también operarían de forma óptima – o Pareto-eficiente– cuando son dejados a su autoregulación. Sería ululante decir que tal descalabro en la lectura de cómo funcionarían los mercados financieros estuvo en la raíz de la amplia desregulación y tibia supervisión experimentada por el sector financiero en los años noventa y dos mil, conllevando la economía mundial directito a una de las crisis más severas en la historia del capitalismo. Tampoco es ocioso comentar que la crisis que se inicia en 2007-2008, en el altamente desregulado y pobremente monitoreado mercado de crédito subprime de Estados Unidos, hasta hoy se hace sentir, sea transmutándose en la tendencia al estancamiento en las tasas de crecimiento de la economía real y/o como en el aún precario andamiaje regulatorio sobre nichos específicos de la actividad financiera, como los derivados o la banca sombra.

Monika Meireles es investigadora Asociada C del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIEc-UNAM).


Referencias:

Epstein, Gerald (2005), Financialization and the World Economy, Cheltenham, Elgar.

Fine, Ben (2013), “Financialization from a Marxist Perspective”, en International Journal of Political Economy, vol. 42, núm. 4, pp. 47-66.

Lapavistas, Costas (2016), Beneficios sin producción. Cómo nos explotan las finanzas, trad. Carla Estevan Esteban y Laura de la Villa Alemán. Madrid, Traficantes de sueños.