Un chiste popular entre algunas de las ciencias “exactas” más prestigiosas, como la física o la química, para burlarse de la economía dice lo siguiente: “Están un físico, un químico y un economista atrapados en una isla desierta, no cuentan con herramientas, pero tienen una lata de comida. El físico y el químico intentan encontrar una forma ingeniosa de abrirla, en ese momento el economista interrumpe y dice: asumamos que tenemos un abrelatas”.

Chistes y comentarios como éste por mucho tiempo han servido para ejemplificar algunos de los problemas metodológicos de la economía, su uso excesivo de supuestos –que si bien en el abstracto funcionan se alejan demasiado de la realidad–. Es cierto que la economía depende en gran medida del uso de modelos poco realistas con supuestos como el de la racionalidad perfecta de los individuos; en parte por ser una simplificación que facilita la modelación matemática al quitar aspectos complejos que pueden obscurecer las respuestas; en parte porque es un supuesto que para ciertos casos permite llegar a conclusiones acertadas; y en parte quizá por la arrogancia que el campo a veces tiene para aceptar que sus formas no necesariamente están bien.

Derribar muchos de estos supuestos y acercarnos a un entendimiento más realista de la toma de decisiones en una sociedad y entre los individuos que la conforman es en el fondo uno de los objetivos básicos de las ciencias sociales. La economía no es distinta y los modelos económicos en buena medida reflejan el entendimiento existente de la naturaleza humana. Justo con este propósito en mente nacen ramas especialmente curiosas dentro de la economía, como la llamada del comportamiento.

El Premio del Sveriges Riskbank de Suecia en Memoria de Alfredo Nobel para Ciencias Económicas de 2017 (mejor conocido como el Premio Nobel de Economía) honra simultáneamente a una de las personas que más ha aportado a la transformación de nuestro entendimiento sobre las personas y de la economía, el economista de la Universidad de Chicago Richard Thaler y a una relativamente nueva rama de la economía que en poco tiempo nos ha dejado ya lecciones valiosas, la economía del comportamiento.

El trabajo de Thaler construye sobre el trabajo de otros reconocidos científicos sociales como Daniel Kahneman (también galardonado el mismo premio en 2002), Amos Tversky y Ernst Fehr. Formaliza el trabajo aplicando las nociones de la psicología y la neurociencia para explicar fenómenos económicos. Thaler1 es reconocido por la elaboración de muchos experimentos para demostrar fenómenos como los mecanismos de auto-control, sesgos cognitivos, la asimetría de la apreciación entre ganancias y pérdidas (aversión al riesgo), la maldición del ganador, el efecto dotación, por mencionar sólo algunos.

Thaler en especifico aporta tanto en la teoría como en la práctica una serie de  herramientas para dejar atrás el famoso supuesto de racionalidad. Lo que en la economía suele llamarse Homo Economicus, un supuesto optimizador racional que siempre puede tomar la mejor decisión en fracciones de segundo sin importar lo compleja que sea. En su lugar, mejor nos invita a pensar a las personas de forma realista, como Homo Sapiens, siempre sujetos a limitaciones cognitivas, problemas de autocontrol y preferencias sociales que determinan una buena parte de nuestras decisiones. Para describirlo en términos de un par de libros de otro estudioso de la economía del comportamiento, Dan Ariely,2 Richard Thaler nos aporta herramientas para entender las ventajas y desventajas de nuestra irracionalidad.

Sólo el aporte teórico y filosófico de estas ideas es un mérito encomiable; no obstante, gran parte del valor que tiene la economía del comportamiento yace en sus aportaciones para el diseño e implementación de políticas públicas. Para entender este valor podemos hacer un breve repaso de cómo algunas de las ideas mencionadas han sido usadas alrededor del mundo para moldear políticas públicas y transformar la vida material de las personas.

En el Reino Unido durante la administración del Primer Ministro David Cameron, el número 10 de Downing Street creó un equipo especial llamado “Behavioral Insights” o también llamado “The Nudge Unit” para usar la economía del comportamiento para influenciar a la gente para que tome decisiones “correctas” respecto a temas de salud pública, como inscribirse a programas de donación de órganos o incentivar a los jóvenes para ir a la universidad.

Por poner un ejemplo: los jóvenes de familias de bajos ingresos y con padres que no fueron a la universidad tienen una mayor probabilidad de tampoco ir a la universidad a pesar de que existen programas de becas o de financiamiento que pueden ayudarlos y de que éstos tengan un buen rendimiento escolar. La Unidad Nudge entonces realizó un experimento, el enviar cartas a estas familias para recordarles que aplicaran a la universidad, el resultado de esta simple intervención es que por un costo de apenas unas 10 mil libras se logró que 222 estudiantes accedieran a la universidad (un costo de 45 libras por estudiante).

Otro buen ejemplo es lo propuesto por Thaler y Benartzi (2004):3 para incrementar el ahorro para el retiro entre las personas se puede implementar una especie de “ahorro obligatorio” en el que el gobierno automáticamente retiene una parte de los ingresos de las personas y las coloca en una cuenta de ahorro con la posibilidad de que las personas lo cancelen y su dinero no sea retenido. La evidencia sugiere que más del 80 por ciento de las personas no cancelan, incrementando con esta estrategia el ahorro. Políticas como ésta hoy en día son discutidas en México para intentar encontrar soluciones de largo plazo a nuestro crónico problema de falta de ahorro y ya han sido implementadas con éxito en otros países como Singapur.

Existen decenas de casos de distinto tipo para incentivar que la gente pague impuestos, que ahorre, que tenga mejores hábitos alimenticios, que haga ejercicio, etc. Este tipo de intervenciones de política pública caen en lo que Thaler y Sustein ahora llaman “arquitectura de decisiones” que puede ser entendida como la serie de políticas o intervenciones públicas que ayudan a las personas a tomar mejores decisiones.

Lo que la economía del comportamiento nos enseña, y en lo que Thaler ha sido fundamental para que entendamos, es que las personas por sí mismas en diversas ocasiones no son capaces de elegir bien. La mano invisible, si es que existe, no piensa con claridad, suele ser víctima de incontables errores psicológicos y errores de cálculo. Los seres humanos tenemos límites cognitivos, no somos las máquinas optimizadoras que durante mucho tiempo la economía tomó como supuesto, somos extremadamente propensos al error. 

Las ciencias sociales son un campo extremadamente complejo y que requiere herramientas complejas para poder navegarlo. Cuando los científicos sociales, en específico los economistas, sufren críticas como la del abrelatas, en muchas ocasiones la respuesta suele ser “si tan sólo los átomos tuvieran sentimientos” en un reconocimiento tácito de que parte de la complejidad humana y social se encuentra en sentimientos, emociones y procesos mentales que no comprendemos plenamente. Richard Thaler y los economistas conductuales nos enseñan que podemos navegar la complejidad humana introduciendo ideas que parten de la realidad que podemos observar y demostrar empíricamente. Que no necesitamos suponer “abrelatas” o “vacas esféricas”, porque somos predeciblemente irracionales. Saberlo nos hace mejores economistas y mejores científicos sociales.

Diego Castañeda es economista por la University of London.


Para una mejor apreciación de las aportaciones de Richard Thaler, los libros de divulgación Misbehaving: The Making of Behavioral Economics, Winners Curse: The Paradoxes and Anomalies of Economic Life y Nudge (en coautoría con Cass Sustein) permiten aproximarse de forma amigable a su trabajo.

Ariely, Dan, (2011) “The Upside of Irrationality: The Unexpected Benefits of Defying Logic” Harper Perennial, New York.Y Ariely Dan, (2008) “Predictably Irrational” Harper Collins, New York.

3 Thaler, Richard and Benartzi, Shlomo, (2004), Save More Tomorrow (TM): Using Behavioral Economics to Increase Employee SavingJournal of Political Economy, 112, issue S1, p. S164-S187.