Francisco había logrado no hablar (tanto) del tema que obsesionaba a la Iglesia de Wojtyla y Raztinger: el sexo. Bueno, es decir, de matrimonio convencional y de cómo cualquier relación sexual que no ocurra dentro de ese ámbito es una cosa abominable. Tal vez consciente de que para muchos críticos y fanáticos, el sexo se convirtió en el único parámetro para medir la “modernidad” de la Iglesia, la primera lección de Francisco fue no darle gusto a nadie. “Decepcionados”, nos hemos dicho muchos de nosotros. “Preocupados”, se expresaron muchos de los que su fe pende del sexo heterosexual sin protección, mediado por documentos legales y un sacerdote bien acreditado. La revolución de Francisco, como ya muchos han apuntado, parece estar centrada en devolver la centralidad evangélica de una Iglesia de y para los pobres. El estado de esa batalla será ocasión de evaluarlo en otro momento.

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La cosa es que la (s ganas de una) “revolución” de Francisco está en la mira de casi todos: ateos, agnósticos, creyentes de otras religiones y los que tienen una relación más o menos directa con su credo (católicos de un bando o del otro o de los que ni sabían que había bandos o de los que jamás aceptarían que hay bandos… o ni les interesa; excatólicos con un pie todavía dentro de la Iglesia o excatólicos devenidos en jacobinos implacables; también están los prójimos de comunidades católicas mayoritarias que medio saben de qué les hablan con eso de los sacramentos). Así, además de los viajes papales que suelen recibir siempre una atención importante, casi cada documento pastoral que emite el Vaticano es leído y transmitido ansiosamente por la prensa, resaltando lo que conviene resaltar para tener muchos retuits. (¿Cómo olvidar la conveniente cabeza de “El Papa indulta a los Legionarios de Cristo” que replicaron con malicia o ignorancia tantos medios?) La semana pasada, la publicación de una exhortación apostólica postsinodal sobre temas de familia y matrimonio no fue la excepción, aunque en esta ocasión no fue para menos, pues arrojó una postura “más oficial” de la Iglesia de Francisco sobre estos temas.

Amoris Laetitia es el título del documento de más de 250 páginas que puede descargarse en diferentes idiomas. Pero, ¿qué es una exhortación apostólica postsinodal? O al menos ésta. En 2014 y en 2015, Francisco convocó a un tipo de reunión de obispos que, juntos, reciben el nombre de “sínodo” y en ambos casos se trató el tema de la familia. Normalmente, un sínodo es celebrado cada dos o tres años, para el que se establece un tema o agenda particular y consiste en una especie de consulta del Papa a parte de la jerarquía global: le permite tomar el pulso sobre diferentes temas, reflexionarlos y, en cierto sentido, colocar agendas. Al terminar un sínodo se suele emitir esta “Exhortación apostólica postsinodal”, en la que el Papa recoge y dirige las conclusiones del sínodo tanto a los obispos como a la comunidad católica del mundo. Es un documento importante en el sentido que marca la manera de pensar de la Iglesia sobre diferentes asuntos sin significar, aún, un cambio doctrinal. La ansiedad se produjo cuando en 2014, al terminar el sínodo, el Papa no emitió la correspondiente exhortación, sino que convocó a una segunda parte de la sesión para un año después. Es decir, se requería más discusión, análisis y reflexión antes de decir cualquier cosa y, por tanto, ante la permanente expectativa de Francisco como un “revolucionario”. ¿Qué tal que vendría el anuncio de cambios esperanzadores en la estresante moral sexual de la Iglesia?

Para una pareja gay que anhela con casarse en drag en el Expiatorio de León con la bendición del arzobispo: no, la revolución no llegó con la Exhortación. En un apartado titulado “Algunas situaciones complejas”, Amoris Laetitia dedica a este asunto dos de sus 325 puntos (el 250 y 251) y son contundentes: se debe procurar “evitar todo signo de discriminación injusta”, como dice el Catecismo, y a la vez concluye que una unión homosexual debe discriminarse injustamente de las nociones de familia, porque no puede ser nunca, “ni siquiera remotamente”, equiparada a un matrimonio. A este nada sorprendente statu quo de la Iglesia le añaden una condena a las presiones que reciben “países pobres” de parte de organismos internacionales para que aprueben leyes de matrimonio igualitario. Y es en esta parte donde no sabemos si los padres sinodales le quieren dar al César lo que es de Dios, pues hasta donde entiendo los códigos civiles no pueden ser nunca, ni siquiera remotamente, equiparados a los sacramentos de la Iglesia.

Imagino que para los no católicos (y tal vez para un gran número de católicos), no sirve ni de consuelo pensar que apenas hace 30 años el entonces Cardenal Joseph Ratzinger publicó una demoledora carta en la que la “discriminación injusta” de la Iglesia hacia la homosexualidad es todavía mucho peor. Aquí es apenas discreta. Tal vez los optimistas quieren ver cambios hasta donde no los hay. Por supuesto, otros temas candentes como el aborto no alcanzan más que un par de menciones. Y otros temas menos incendiarios, pero igualmente favoritos por los pontificados pasados, como la anticoncepción, sólo son repudiados en este texto como una técnica de combate a la pobreza de algunos gobiernos.

Los reflectores de la prensa se los llevó lo que superficialmente parece un nuevo tratamiento de la Iglesia a los divorciados. Incluso los vueltos a casar. Por primera vez en un documento de alto nivel, como es una exhortación, se hace explícito que las segundas nupcias ya no deben significar la renuncia —o el ostracismo en los ambientes fariseos— a la comunidad católica. No es un cambio menor y, sin duda, para un titular de un periódico con lectores no muy interesados en asuntos de la Iglesia, es más que suficiente. Pero, al final, deja un mal sabor de boca sobre Francisco. ¿Eso fue todo? ¿Y la revolución?

El cambio que presenta Amoris Laetitia es, sin embargo, mucho más profundo y pasará desapercibido para los que esperan ver a Francisco destruir la Basílica de San Pedro y reconstruirla al tercer día. Como ha sido habitual, Francisco es un Papa que obsesiona a los medios como Benedicto XVI jamás lo hubiera conseguido, y tal vez en un grado semejante al de Juan Pablo II, pero por razones distintas. La latente expectativa de un viraje radical que es alimentada sólo por pequeños gestos, declaraciones tímidas, desaires al poder perceptibles sólo para los más avezados, eventos vistosos como una reunión con transexuales o, más decididamente, la publicación de una encíclica ambientalista y crítica al sistema económico y político global, lo convierte en un Papa enigmático. ¿Irá a dar ese golpe de timón? Para los desesperanzados la respuesta que ya se puede anticipar es sencilla: no, nunca. Francisco no morirá y resucitará al tercer día, ese papel ya fue de alguien más y no parece querer tomarlo. Francisco sabe y no quiere evitar que todos lo están mirando, escuchando y juzgando, pero a él sólo le importa hablarle a su rebaño. La atención que le damos todos es sólo su estrategia para que su rebaño también lo atienda.

En el numeral 38 de Amoris Laetitia, Francisco lleva la declaración clave —y verdaderamente “revolucionaria”— del documento: “estamos llamados a formar conciencias, pero no a pretender sustituirlas”. Y a lo largo del texto se reflexiona sobre el reconocimiento de la complejidad de cada caso, de cada familia, de cada pareja, de la necesidad de decidir individual, matrimonial y comunitariamente a través de un discernimiento basado en las virtudes cristianas. La exhortación no está basada, como estábamos acostumbrados, en una serie de reglas y prohibiciones cada vez más absurdas y que sólo buscaban satisfacer la gula de los fariseos, sino en el valor de sopesar los contextos y las situaciones. Es sólo así que, por ejemplo, unas segundas nupcias ya no se oyen tan terribles para una comunidad católica: es a través de la conciencia que las personas y sus comunidades pueden discernir si el amor y la virtud prevalecen sobre el sufrimiento y la injusticia. Ya no se trata de caracterizar y sostener un modelo de familia, sino de promover un modelo de conciencia para construirla. En ese nuevo mundo, las reglas siguen ahí, pero ya no son la sustancia: ya no es (tan) relevante hablar de anticonceptivos, divorcios o sexo extra marital.

Desde fuera de la Iglesia el cambio es tan sutil que no puede más que despertar una sonrisa ingenua. Desde dentro es, de hecho, un documento esperanzador a la vez que políticamente brillante. Francisco pone un límite fuerte a los conservadores al decirles que no pueden seguir dictando la conciencia de los demás, pero a la vez les deja regodearse en su odio al amor homosexual —entre otras muchas cosas. Pero por más discernimiento y conciencia, uno no deja de preguntarse en qué momento serán bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia. Como dijo el teólogo Thomas Williams: “es precisamente la estudiada ambigüedad del Papa la que muchos encuentran estimulante y otros exasperante”.

José Ignacio Lanzagorta García es antropólogo social y politólogo.