El mediocre desempeño de la economía mexicana y la aparente fallida transición política son dos fenómenos que pesan profundamente en las reflexiones académicas y de dominio público en el país. El estancamiento salarial, la incidencia de pobreza (en sus múltiples avatares estadísticos), la inseguridad, la ingobernabilidad, la falta de consensos políticos y adopción de reformas e iniciativas ciudadanas son fenómenos que validan una perspectiva pesimista. Una teleología del fracaso se ha instalado como punto de partida en la búsqueda de modelos heurísticos que nos permitan prescribir la situación actual del país. Recientemente, la hipótesis neo-institucionalista de Acemoglu y Robinson ha resonado ampliamente entre académicos, comentaristas y público en general. Bajo esta hipótesis, en México nos hemos convencido que nuestro estancamiento es producto de la prevalencia de instituciones extractivas y nuestra incapacidad de generar instituciones inclusivas. La consecuente prescripción es eliminar los privilegios de las élites para abrir la puerta a la participación de nuevos actores en un ambiente institucional que estimule constantemente la pluralidad y la diversidad. No importa que la fórmula haya fracasado con anterioridad en los 80 y 90.

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