Es un lugar común, cuando se discuten las grandes desigualdades regionales del país, decir que existen dos o más Méxicos, que somos una economía dual, con una parte integrada a la economía internacional, moderna, bien adaptada al siglo XXI y, por otro lado, distintas regiones en el atraso, más parecidas al siglo XIX que al XX o al XXI. Esta realidad se ve reflejada en accesos diferenciados a bienes y servicios públicos, quizá el más obvio de éstos sea la salud, cuando sabemos que algunos estados en el sur aún cuentan con enfermedades virales ya poco comunes para países con nuestro nivel de desarrollo. Otra forma de darnos cuenta de la magnitud de la diferencia es observando la relación entre el ingreso per cápita de algunas regiones y el ingreso de subsistencia. Para las partes más atrasadas del país, el ingreso per cápita es apenas entre 1.8 y 3 veces el ingreso de subsistencia, algo semejante a Castilla en 1752 (1.9 veces), Nápoles en 1811 (1.9 veces), Bizancio en el año 1000 (1.8 veces) o Roma en el año 14 (2.1 veces).1 Hacer comparaciones entre diferentes eras es complicado, pero, en algunos sentidos, hablar de dos Méxicos tiene cierta correspondencia con hablar de un país que “vive” en épocas distintas.

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