Hay enigmas científicos insondables que carcomen las mentes más sagaces. ¿Fue realmente el Big Bang el nacimiento del universo? ¿O el universo actual en expansión fue el “rebote” de un agujero negro en contracción? Felizmente, no vamos a bucear en esas aguas turbias y profundas de la astronomía moderna. Aquí, a partir de las desventuras de dos héroes anónimos vamos a darnos a la tarea de discutir algo mucho más terrenal y ya bastante pisado, pero igualmente inquietante (¿será?): ¿al final,  qué es lo que hacen los bancos?

Personaje A. Érase una vez una precavida abuelita, quien, pensando en el futuro de su nieta, acudía religiosamente a cada principio de mes a la sucursal bancaria en la esquina de su casa para depositar cien dineros en la cuenta de ahorro que futuramente serviría para solventar los estudios de la muchacha. Al llegar a la sucursal, el gerente del banco, invariablemente, la venía a saludar y la encaminaba, tomada de su brazo, a la cajera. Clienta y funcionaria bancaria, ocioso comentar, siempre se saludaban de beso y tejían un rápido y sabroso chisme sobre la vida ajena local. Que si la nieta ya tenía noviecillo, que si el sobrino de la cajera ya había encontrado chamba, que si la viuda malhumorada del 71 ya había venido a cobrar su pensión. Obviamente, ese tipo de “banca de relacionamiento” es cosa del pasado. La cordialidad entre prestador de servicio y cliente se encuentra obsoleta y en pleno desuso, por más que en las páginas web de los bancos la siempre oportunista publicidad apele a la existencia de ese vínculo cercano de antaño.

Personaje B. Érase una vez un laborioso muchachón, que inconforme con el destino de convertirse en otro godínez tras terminar la carrera optó por inflarse de animal spirits y emprender en la ruta del negocio propio. Como buen capitalista que se da el valor –en pañales, bien es cierto, pero capitalista de todas formas– nuestro chamaco con vocación de todo un empresario schumpeteriano ya se sabía de memoria la única regla verdaderamente de oro del sistema: siempre invertir dinero de otros, nunca, ni por equivocación, el patrimonio propio. En el caso que se contara con fondos propios para financiar la embestida proto-corporativa –no hay que olvidarse que la familia de B todavía pagaba las interminables cuotas de la deuda que el diploma concedido al chico por la universidad privada y ostentosa dejara–, ésos no serían utilizados, pues en la escuela de negocios le enseñaron dos cosas. Una, que arriesgar capital propio es un casi suicidio comercial, pues ya de inicio se arranca el nuevo negocio con bases frágiles, limitadas y discontinuas de financiamiento. Dos, contar con un préstamo bancario, además de corregir los inconvenientes anteriormente mencionados, aseguraría una especie de “sello de calidad” a la iniciativa empresarial recién puesta en marcha, eso porque no se trata de una apuesta únicamente individual, sino que cuenta con una especie de “aval social” de la institución bancaria que se “suma” a la iniciativa, en el sentido que espera que del éxito futuro de la misma vendrán los recursos necesarios para el repago del crédito otorgado. En el caso concreto del Personaje B, digamos que él buscaba conseguir en el banco un crédito de noventa dineros

Como en las más melosas telenovelas brasileñas, ése es el momento en el que se entrecruzan los destinos de los dos núcleos dramatúrgicos, siempre binariamente acondicionados en ricos y pobres, a partir del esperado encuentro entre los personajes que jamás se habían mezclado hasta ahora en la historia. No, el personaje A no se enamora de B, ni viceversa. Antes de narrar cómo se fusionan los destinos de A y B, vale mencionar que, en el sentido común, muy forjado en el monótono martillar de los análisis económicos de escuetos tres minutos del noticiero nocturno –aquel mismo noticiero que antecede a la telenovela– no cansa de repetir que el ahorro previo garantiza los fondos que la banca sabiamente distribuirá a posteriori entre los múltiples candidatos a tomar un préstamo, entre los cuales se encuentra, por supuesto, el futuro empresario que recurre al sector bancario para proveerse de fondos para financiar su proyecto de inversión.

En nuestro drama particular, aun en esa perspectiva bastante esdrújula de gurú económico de gran cadena televisiva, la juiciosa abuelita encarnada en el Personaje A, al depositar cien dineros en su cuenta de ahorro en el banco permitió que el banco contara en su posesión con esa cantidad disponible para otros clientes que quisieran tomar dineros prestados. La institución financiera, también ella juiciosa y precavida, no prestaría la totalidad de los cien dineros. No, no, no, no, pues habría que mantenerse alguito en caja, en caso que la abuelita regresara para una inesperada retirada de efectivo. Así, el banco contaría a partir de ese momento con noventa dineros para prestar a alguien que así lo deseara y… sorpresa, sorpresa, el joven muchacho emprendedor, aquí bautizado Personaje B, quería tomar prestado justamente noventa dineros. ¡Vaya, vaya, qué feliz coincidencia del destino! Del ahorro previo se creó el monto de crédito necesario para financiar la inversión productiva. De ahí al ejercicio de saltarse al nivel agregado nos topamos con la siguiente moraleja: habría que estimularse la capacidad de ahorro, no sólo de las abuelitas juiciosas, pero de toda la sociedad en general, para aumentar la bolsa común de dineros disponibles para financiarse la inversión, la generación de empleo, el aumento de salarios y todas esas cosas buenas a las que se aspira y que sólo pueden ser resultado del comportamiento contenido, responsable y sensato del sujeto “de bien”, prolijo y ahorrador. Sería todo un final feliz, con derecho a arcoíris en el horizonte y una manada de unicornios juguetones, si no fuera por una serie de falsedades crónicas reproducidas ad nauseam en ese tipo de narrativa facilona que tiene la resistencia de un ejército zombie para extinguirse de una buena vez.

Cualquiera que haya pisado un banco sabe dos cosas triviales y una importante, cuyas implicaciones para la teoría monetaria es fundamental: a) el café, cuando hay, es malo –original servicio de té de calcetines disponible únicamente en esas sucursales VIP–; b) de los cinco espacios destinados a los cajeros que brindan servicio al público, invariablemente sólo funcionan dos –lo que explica las filas kilométricas, pero deja irresuelto el misterio de por qué siempre el tipo detrás tuyo quiere respirar a un milímetro de tu cogote–; y c) el ejecutivo de cuentas no está a cada segundo haciendo cálculos maniáticos de la cantidad total de ahorro con la que cuenta el banco para encontrar posteriormente el número cabalístico de cuánto se puede prestar. No, lo que él hace es un rapidísimo estudio de tu historial crediticio –por cierto, ya plenamente parametrizado en el algoritmo adoptado por el sistema computacional del banco– y te presta tantos dineros a determinada tasa de interés y sanseacabó.

O sea, no hay en el día a día de la operación bancaria ese obsesivo conteo pormenorizado y previamente ejecutado de la cantidad de ahorro sonante en los cofres del banco para que luego ése realice sus operaciones crediticias. Llega gente, llega empresa, llega gobierno pide préstamo y se lleva crédito, en la modalidad que se requiera, pero mayormente en forma de creación de poder adquisitivo a su nombre junto al banco. En corto, la banca acomodaría así la totalidad de la demanda de crédito por parte del público. Ok, ok, ok, claro está que con el golpe de timón en la narrativa ahora se exageró para el otro lado, no es que cualquiera que por equivocación golpee a la ventanilla ya se lleve su crédito así nomás. Si en el campo heterodoxo del pensamiento económico hay relativo consenso en el poder de creación de dinero por parte de la banca –justamente lo que se conoce como la teoría del dinero endógeno–, en ese mismo espectro no hay un claro entendimiento común sobre cómo operaría la banca.

Por ejemplo, en el seno mismo del poskeynesianismo hay ruidosa polémica sobre si, incluso asumiendo un contexto de creación de dinero de forma endógena, la banca tiene un rol más pasivo, realmente acomodaticio ante la demanda crediticia, o si el sistema bancario juega un rol más activo, con la banca comportándose como una firma que busca maximizar su ganancia y, por lo tanto, haciendo una atenta selección de su portafolio respondiendo a estímulos de su propia preferencia por la liquidez y haciendo un diligente gerenciamiento de riesgos al prestar (Heise, 1992; Dymski, 1992; Wolfson, 1996; Piegay, 1999). No se trata de una disputa cosmética, entender y modelar al comportamiento bancario a nivel microeconómico, más bien repercute en el entendimiento sobre agregados macroeconómicos fundamentales, como lo son la forma e inclinación de la curva de oferta de dinero y como finalmente se determinaría la tasa de interés en el mercado financiero.

En conclusión, ese debate interno en clave poskeynesiana, sobre el credit rationing (racionamiento de crédito) y creditworthiness (merecimiento de crédito) en específico y sobre el comportamiento de la banca en general, fue más acalorado en los años noventa del siglo pasado, pero aún sigue vivito y coleando. El ejemplo de esa polémica nos lleva a reflexionar aquí, de forma muy apretada, que promover una postura respetuosa a la riqueza de influencias y a la multiplicidad de enfoques al interior de una tradición teórica no significa ser condescendientes con inconsistencias todavía no superadas. Así, buscar incesantemente la forma más adecuada de representar las operaciones fundamentales del sector bancario pasa por seguir escudriñando cuál sería el piso interpretativo común entre los principales autores de una corriente que respalde la tarea de responder en unísono cuando capciosamente te preguntan “¿Quién te banca?”.

Monika Meireles es Investigadora Asociada C del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIEc-UNAM).

Referencias:

Dymski, G. A. (1992). “A new view of the role of banking firms in keynesian monetary theory”. Journal of Post Keynesian Economics, 14(3), 311-320.

Heise, A. (1992). “Commercial banks in macroeconomic theory”. Journal of Post Keynesian Economics, 14(3), 285-296.

Piegay, P. (1999). “The New and Post Keynesian analyses of bank behavior: consensus and disagreement”. Journal of Post Keynesian Economics, 22(2), 265-283.

Wolfson, M. H. (1996). “A Post Keynesian theory of credit rationing”. Journal of Post Keynesian Economics, 18(3), 443-470.  

 



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