“Cuando se recorre la historia de diferentes pueblos […] se está tentado a creer que ellas [las mujeres] no han sino cedido y no consentido al contrato social, que ellas fueron primitivamente subyugadas, y que el hombre tiene sobre ellas un derecho de conquista del que hace uso rigurosamente […]. Sea la fuerza, sea la persuasión, la primera de entre ellas que cedió, forjó las cadenas de todo su sexo”
—Choderlos de Laclos, 1783

 

La reciente atención en medios de las denuncias por acoso, abanderado por el movimiento en redes #metoo, que más recientemente detonó en México el consecuente #metoomx, ha traído a la mesa, además de muchas posturas en torno a la concepción y conceptualización del acoso, la consecuente discusión y reflexión sobre el consentimiento.

El consentimiento, en teoría, es algo que no debería estar sujeto a interpretación. No es no, ¿no? La discusión empieza cuando, quienes abogan por conservar las dinámicas de seducción y de intercambio sexual heterosexuales como están, satirizan y satanizan la denuncia que se da después de una interacción en la que inicialmente pudo haber consentimiento pero en la que después se cambió de opinión, o en la que no hubo una negación explícita. Si con las denuncias de lo que es indiscutiblemente considerado acoso ya había renuencia, peor está siendo la comprensión para los casos en los que las mujeres toleran una relación sexual que no es  placentera para ellas, o que incluso llega a ser dolorosa, incómoda o desagradable.

Reservando para más adelante las causas por las que, en una situación sexualizada,1 una mujer podría acceder a hacer algo que no quiere, y aquellas en las que no se negó rotundamente, sino que demostró poco interés o señales de no estar cómoda, se ha tendido a juzgar a quienes no deciden –o deciden no– retirarse de una situación que las está lastimando (sea física o emocionalmente), así como a quienes fallaron en transmitir su descontento, en lugar de cuestionar por qué estos casos son tan comunes para las mujeres; además, se suele excusar a quienes actúan a pesar de esa falta de consentimiento puesto que ésta no fue explícitamente comunicada.

¿Cómo podemos hablar plenamente sobre consentimiento cuando hay numerosos casos en los que las mujeres consienten a una situación sin realmente quererlo; peor aún, sin saber si es algo que quieren o no? Nuestra forma de entender las relaciones e interacciones erótico-afectivas modernas tiene, evidentemente, grandes vacíos en los que fácilmente se cuelan ambigüedades e interpretaciones convenencieras.

Esta aparente relatividad o sujeción del consentimiento a ser interpretado ha tenido, en estas últimas discusiones, dos expresiones fundamentales: el consentimiento durante el cortejo/seducción y durante el acto sexual. La omisión del consentimiento en el primer caso deriva en acoso; en el segundo, deriva en abuso sexual. Sin embargo, ambas agresiones, en la mayoría de los casos, no son reconocidos o son minimizadas. En el primer caso se sentencia la elección del beneplácito ante el cortejo en función de parámetros de atracción (sic), y en el segundo caso se deslegitima la falta de asertividad o de ¿defensa? durante el acto sexual.  No está de más recordar que el consentimiento, en ambos casos, en todos los casos, reside en el interés y es una decisión que merece respeto, es precisamente la agencia en la determinación de ese interés lo que suele ser socavado, criticado, y peor, deslegitimado.

Es tiempo de prestar atención a una manifestación de la desigualdad de género que no solemos cuestionar en reclamos que, aunque pocas veces externados, tienen las mujeres. No contra comportamientos indiscutiblemente delictivos perpetuados por los hombres, sino contra comportamientos nocivos más sutiles: la agresión, el abuso de poder, la persistencia. Es necesario, por lo tanto, cuestionar la lógica binaria de la ilegalidad o del crimen al reconocer todas aquellas situaciones (miles) en las que el sentido de la interacción se centra en el deseo del hombre, no sólo omitiendo el deseo y el placer de las mujeres, sino incurriendo en incomodidad y muchas veces dolor.

En estas situaciones suele construirse la imagen de ese hombre: torpe/agresivo. Hombres siendo hombres, y las mujeres teniendo que lidiar con eso. Sin embargo, ese hombre son muchos hombres, no son la excepción. La masculinidad [tóxica] engrandece a los hombres sexualmente activos y proactivos. El sexo es un tipo de competencia y una medida de valor: los hombres se crían creyendo que el sexo es, además, una batalla, o un campo de disputa en el que tienen algo que conseguir de las mujeres.2 En nuestra cultura se cree que la resistencia de una mujer es un reto para un hombre, y que el consentimiento se puede conseguir persistiendo, no dejando claro en dónde se encuentran los límites del respeto hacia la autonomía de la otra persona (Friedman, 2018) ni lo que implica verdaderamente consentir a algo. El consentimiento, como explica Fraisse (2012), puede ser libre o forzado, y el oscila entre la elección y la coerción. Hay que, por lo tanto, también hacer distinción entre el consentimiento que acepta, y el consentimiento que permite: “aceptar es adherirse; permitir es soportar”.

Hace un par de meses se hizo viral un cuento del New Yorker, titulado Cat Person, que resonó en muchísimas mujeres por la capacidad de plasmar los –absurdamente normalizados– encuentros sexuales que muchas mujeres no sólo no disfrutan, sino que no desean, pero de los cuales no se relegan. Éste, al igual que lo narrado por Grace (nombre ficticio) en la denuncia que hizo recientemente contra Aziz Ansari, nos han permitido traer a la mesa lo común que es que el sexo sea insatisfactorio –cuando no violento o impuesto– para las mujeres en las relaciones heterosexuales.

Aun cuando uno es ficción y el otro es una nota basada en hechos reales, son, junto con una serie de muestras más que se encuentran en redes (recordemos, por ejemplo, el artículo que el año pasado causó conmoción al tratar de enlistar posiciones sexuales para cuando él quiere y tú no3[sic], o remitámonos a los intentos de concienciación sobre la falta de orgasmos en las mujeres de algunos sitios web, entre otros) manifestaciones de un problema que, por más retrógrado que parezca, es vigente y poco reconocido.

¿Por qué las mujeres acceden a un encuentro sexual no satisfactorio?, ¿por qué, encima, eligen pasar por alto muchos comportamientos nocivos en la cama?

En primer lugar siempre hay que considerar la posibilidad de que el encuentro sexual pudiera tornarse agresivo si se decidiera no participar. El miedo ante una represalia violenta no es poca cosa, pero aunado a este condicionamiento, a la inercia que se manifiesta en esta resignación, para las mujeres reconocer que un encuentro sexual fue, de hecho, agresivo o que transgredió sus límites, representa un proceso que no es fácil de sobrellevar. Enunciarse como víctima es difícil, requiere trabajo duro (Butler, 2018). Reconocerse, asumirse, decidir si se va a denunciar o no, buscar justicia; soportar los juicios, las pérdidas, curarse, salir adelante. Todo ello es un trabajo que no siempre se quiere hacer, y no es de sorprender. Las condiciones sociales exigen víctimas que se ajusten a un perfil, que tengan credibilidad según los parámetros de victimización preestablecidos. Somos una sociedad que cuestiona más la credibilidad de las víctimas que las acciones de los victimarios.4

En segundo lugar hay que considerar toda una serie de factores culturales y sociales que determinan ese comportamiento. Las mujeres tienen que vivir con el peso de las exigencias de la feminidad: complacer, ser buenas, ser amables, evitar hacer las cosas incómodas. Se les enseña a estar incómodas la mayor parte del tiempo; peor, a ignorar esa incomodidad, puesto que ésta puede convertirse fácilmente en culpa (L’Amie, 2018). El “no” está, en teoría, disponible para todo el mundo todo el tiempo. Sin embargo, como Megan Garber perfectamente lo enuncia: en la práctica, el “no” es el último recurso, una palabra de transacción. Una palabra que choca con la reticencia. Todo el mundo debería poder decirla, pero nadie quiere hacerlo.

La tesis del consentimiento, como explica Fraisse (2012), se apoya en el principio político de la libertad de elegir, o la libertad que brinda el derecho, y la resistencia, la capacidad de decir no. Sin embargo, al consentimiento lo oscurecen las sombras que se extienden sobre la libertad, como la coerción y la desigualdad de fuerzas. Al consentimiento, para empezar a entenderlo, se le tiene que leer en función de las relaciones de poder y dominación.

La percepción del poder que ostentan los hombres y la manera en que las mujeres están condicionadas –aun después de décadas de feminismo– a ceder ante ese poder, aunque sólo sea percibido, conduce casi siempre las interacciones sexuales heterosexuales. Las estructuras de poder desiguales dictan que el deseo de un hombre es más importante que el de una mujer (no falta más que voltear a ver la forma en que se retrata el sexo heterosexual en las películas –pornográficas o no–), y es en gran medida la razón por la que las mujeres han sido históricamente acosadas, abusadas y agredidas: porque los hombres quisieron satisfacer sus deseos. Al consentimiento del hombre y de la mujer nunca se le ha dado el mismo valor; la mujer elige en un espacio de dependencia hacia una autoridad (Fraisse, 2012). El entendimiento sobre el sexo, por lo tanto, es tan disparejo entre hombres y mujeres que incluso hacen uso de escalas diferentes. Para las mujeres, por ejemplo, hablar de mal sexo implica sufrimiento físico, mientras que para los hombres sólo hace referencia a no disfrutarlo tanto (Loofbourow, 2018).

Ya no sólo estamos hablando, entonces, de que algo tan básico como el consentimiento pueda ser sujeto a interpretación, sino a una distribución tan desigual del placer en la que, por consecuencia, el consentimiento de una de las partes se asume mientras que el de la otra parte se obvia. La heterosexualidad, concebida como un régimen político y de deseo (Wittig, 1992), define las posiciones respectivas de hombres y mujeres mediante una regulación asumida con un evidente desequilibro, y quienes participan de éste acatan sin mayor cuestionamiento. 

La razón por la que estas discusiones, debates e interpretaciones se centran (lo que no quiere decir que sean exclusivas de) en las relaciones heterosexuales es que es en éstas donde se expresa el epítome de la dominación de los hombres sobre las mujeres. La misma razón por la que las mujeres han, hasta ahora, aceptado desempeñar el mismo trabajo que un hombre con una remuneración significativamente menor es la razón por la que acceden a ser parte de sexo mediocre, e incluso hiriente: porque no les han dicho que puede ser mejor.

Es por ello que las sexualidades disidentes, y teorías y movimientos, como el feminismo queer han querido plantear una ruptura con estos modelos de opresión, en donde las dinámicas de interacción parten desde lugares diferentes que no son supuestos ni asumidos, que representan un reto mayor pero que también prometen más libertades, consentimiento mayor y mejor entendido, la equivalencia de cuerpos y la redistribución del poder (Preciado, 2018).

Debemos reforzar y enseñar a los y a las niñas desde la educación básica el respeto al consentimiento, haciendo hincapié en la necesidad de asegurarlo en cualquier interacción sexual. La figura del consentimiento afirmativo (affirmative consent) propone, en ese sentido, crear conciencia en todas las personas sobre la responsabilidad que tenemos de asegurarnos que nuestra pareja quiera lo que está pasando entre nosotros. El consentimiento afirmativo es una decisión voluntaria y consciente entre todos los participantes en una actividad sexual de estar en ella; puede darse a través de palabras o acciones, siempre y cuando el permiso sobre la actividad sexual sea claro. La falta de resistencia o el silencio no demuestran consentimiento, y su definición no varía en función del sexo, orientación sexual, identidad o expresión de género”.5

El consentimiento afirmativo, además de plantear una manera de interactuar sexualmente que, más que atentar contra lo erótico, procura resignificarlo, ayuda a romper con los estereotipos y parámetros heteronormativos sobre el sexo. Si las dos (o tres, o cuatro) personas involucradas en una relación sexual son igualmente responsables de asegurarse que su pareja la esté pasando bien, los estereotipos de género que indican que las mujeres son pasivas y los hombres agresivos empiezan a romperse, abriendo paso a nuevas formas de experimentar placer.

Las posturas tibias sobre la ambigüedad del consentimiento y la falta de comprensión sobre la significatividad política de lo que comprende el concepto permiten que las agresiones sexuales permanezcan ubicuas, toleradas e impunes. Es hora de contrarrestarlas; desde las charlas de café, desde las discusiones en redes, desde las camas. Tenemos que cambiar la forma en que pensamos el sexo y todas las dinámicas que lo circulan, desde el cortejo hasta cualquier interacción sexual, pasando por las formas que tenemos de relacionarnos erótico-afectivamente. Hay que fomentar las conversaciones sobre el abuso, sobre el acoso, sobre todas las variaciones y expresiones que tienen. Van a ser discusiones incómodas y con conflicto, pero necesarias. Cuestionar lo que hasta ahora hemos considerado normal y atender a la posibilidad de que en nuestras interacciones sexuales haya habido daños, y trabajar para construir una mejor forma de relacionarnos, tanto afectiva como eróticamente.

Sofía Mosqueda estudió relaciones internacionales en El Colegio de San Luis y ciencia política en El Colegio de México. Es asesora legislativa.

Referencias

Butler, Danielle (2018). The Conversation About Aziz Ansari Is an Uncomfortable Mess, Which Is Why We Need to Have It. En: The Root.

Fraisse, Geneviève (2012). Del consentimiento. CDMX: PUEG y PIEM

Friedman, Jaclyn (2018). I’m a sexual consent educator. Here’s what’s missing in the Aziz Ansari conversation. En: Vox.

Garber, Megan (2018). Aziz Ansari and the Paradox of ‘No’. En: The Atlantic.

L’Amie, Lauren (2018). Aziz Ansari, Cat Person, and the language of consent. En: The Daily Dot.

Loofbourow, Lili (2018). The female Price of male pleasure. En: The Week.

Preciado, Paul (2018). Carta de un hombre trans al antiguo régimen sexual. En Libération.


1 Comprendiendo tanto aquellas en las que sólo hay una intención sexual, como en las que hay un evidente intercambio sexual.

2 Recordemos la representación del consentimiento amoroso por parte de Rousseau como una escena teatral de guerra con imágenes de ataque y defensa (sic) en La carta a d’Alembert y en Émile.

3 El artículo original fue eliminado de la página de internet, pero se pueden encontrar múltiples referencias a este en línea.

4 Como muestra de eso, la emergencia del #YoNoDenuncioPorque en redes sociales, que busca hacer conciencia sobre todas las trabas ante las que se enfrentan las mujeres en la decisión de denunciar una agresión sexual.

5 Aunado a ello:

• Consentir a cualquier acto sexual no constituye consentimiento a otro acto sexual entre las mismas personas
• El consentimiento es necesario aun cuando la persona iniciando el acto está bajo la influencia del alcohol o de drogas.
• El consentimiento se puede retirar en cualquier momento.
• El consentimiento no se puede dar cuando una persona está incapacitada, lo cual ocurre cuando un individuo no tiene capacidad de elegir conscientemente su participación en una actividad sexual. Por ejemplo: falta de conciencia, estar dormido, físicamente atado contra su voluntad o no puede dar su consentimiento por alguna otra razón.
• El consentimiento no se puede otorgar cuando es resultado de coerción, intimidación, fuerza o amenazas.
• Cuando se retira el consentimiento o ya no puede ser dado, la actividad sexual debe parar.



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