En 2017 se cumplieron 25 años de la transformación de la carrera de Ciencias Sociales a Ciencia Política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). A manera de conmemoración, el 28 de febrero y 1 de marzo de 2018, se llevaron a cabo distintos foros y mesas para discutir, entre otras cosas, las aportaciones de los egresados de la carrera y su vinculación con el mundo académico y distintos ámbitos de la práctica política. Uno de los eventos centrales de la celebración fue la conferencia magistral sustentada por el profesor polaco-estadounidense Adam Przeworski, que junto con la doctora Beatriz Magaloni, disertaron sobre el futuro de la Ciencia Política.

El doctor Adam Przeworski (Varsovia, 1940), profesor de la Universidad de Nueva York, es uno de los politólogos más influyentes de todos los tiempos. Pocas obras como la suya han sido tan robustas, sólidas y prolíficas dentro de la disciplina, y han generado un marco teórico y conceptual del que han abrevado generaciones completas de politólogos. Sus agendas de investigación han sido inspiración para que cientos de alumnos en universidades de Estados Unidos, Europa, México y el resto del mundo, sigan discutiendo distintos fenómenos políticos desde una perspectiva de rigurosidad académica.

En ese sentido, los resultados electorales de los últimos años han dado mucho para reflexionar sobre el estado de la democracia y la creciente desafección que como forma de gobierno experimenta desde hace algún tiempo en todo el mundo. La democracia electoral ha sido duramente cuestionada, no sólo como el mecanismo que traduce la voluntad de los electores en gobiernos o parlamentos, sino por los resultados que produce. El Brexit en Reino Unido, el referéndum sobre el proceso de paz en Colombia, la victoria de Trump en Estados Unidos y el auge de partidos extremistas en Europa, obligan a analizar la viabilidad de instituciones democráticas como mecanismos eficientes de representación política.

Analizando por separado los problemas de la democracia y los problemas para la democracia, el profesor Przeworski muestra los retos que presentan para este sistema los altos niveles de desigualdad, el impacto del dinero en la política y los aciertos detrás del discurso populista.

En palabras del profesor de la Universidad de Nueva York experto en economía política y en la teoría de la democracia, las elecciones se asemejan a un evento deportivo mediocre que sigue levantando pasiones y ansias. Entender el origen de la esperanza y la frustración que despierta la democracia resulta fundamental para conocer sus alcances y limitaciones.

A continuación se presenta una conversación sobre los problemas de, y para, la democracia con el profesor Przeworski.


Horacio Vives | Martín Gou: Durante su conferencia magistral en la conmemoración de los 25 años de Ciencia Política en el ITAM, comentó que los problemas políticos tienen una fuerte raíz social, ¿esto se puede revertir de alguna manera? ¿Estamos en un mundo donde la política no está funcionando para resolver los problemas sociales?

Adam Przeworski: Yo creo que sí. Creo que estamos en el mundo donde la política no es capaz de resolver todos los problemas sociales. Hay problemas muy difíciles de resolver. Yo no soy de la idea de que todos los políticos son malos, son corruptos. Aunque los políticos tienen toda la buena voluntad, muchas veces no saben qué hacer o no pueden. La política no puede hacer todo en una sociedad.

Les voy a contar una anécdota. Hace muchos años, cuando fue elegido presidente de Brasil por primera vez Fernando Henrique Cardoso, entre su elección y su inauguración, convocó a veinte amigos para discutir lo que él debía hacer en dos aspectos: 1) la política económica (en realidad se trataba de las tasas de cambio) y 2) la estrategia política. El primer día fue sobre tasas de cambio, y entre economistas destacados de América Latina, uno dice “hay que tener la tasa baja”, y otro dice “no, no, alta”. Era como un partido de tenis. Yo salí de la reunión sin tener opinión, y le dije a Fernando Henrique “yo soy más economista que tú y yo no tengo idea de qué vas a hacer”.  Muchas veces los políticos están en esta situación.

Entonces tal vez no sabemos qué hacer. Por ejemplo, lo de exclusión social. Los guetos, en términos norteamericanos, villas o no sé cómo se diga acá, le ville en francés… parece que cualquier cantidad de dinero que uno lanza, para cualquier problema, no funciona. Este círculo vicioso de desempleo, mala educación, crimen, nadie sabe cómo romperlo. Mi primera respuesta es que, muchas veces, los políticos en realidad no saben qué hacer y, segundo es que, en una sociedad desigual donde el dinero ejerce impacto sobre la política, se crea otra vez un círculo vicioso. El problema económico se traslada al poder político y el poder político recrea el poder económico. No es necesariamente que los políticos quieran el mal, no pueden escapar. Entonces, sí, yo creo que la política no resuelve mucho, pero yo no creo que sea solo porque los políticos queden mal o sean corruptos. Hay muchos así, pero aunque no lo sean, es muy difícil transformar una sociedad, y ahora con el aumento de desigualdad, que es enorme en términos históricos, son aún menos capaces de hacer algo.

HV | MG: Con los resultados electorales recientes, nos referimos al Brexit en Reino Unido, al referéndum sobre los acuerdos de paz en Colombia, la victoria de Trump, partidos extremistas ganando terreno en Europa, ¿qué tanto reflejan un problema de la democracia y qué tanto un problema para la democracia?

AP: ¡Ah, muy bien! En realidad va a salir un libro mío donde hago exactamente esta distinción, porque yo creo que los problemas para la democracia son formidables. Yo considero que el sistema de instituciones representativas que tenemos sí estaba construido y sigue siendo construido para proteger privilegios.

Lo del populismo tiene algo verdadero en sus argumentos: esta idea que las instituciones democráticas representan élites y nosotros no tenemos un poder efectivo de influir, algo en esto hay. Tuvimos sufragio restringido, tenemos universal; voto público, ahora voto secreto; elecciones indirectas, ahora son directas. Hay una serie de conquistas, pero tenemos ahora tribunales constitucionales que no son elegidos y que pueden parar a la mayoría cuando quieran. La delegación de la política fiscal a los bancos centrales independientes. Otra vez parece que cada vez que se conquista algo, hay nuevas barreras que se crean. Entonces, yo creo que este impulso, entre comillas populista, tiene algo de valor. Uno nunca sabe qué va a salir de una reforma.

Hay algo en este ánimo en Europa, de referéndum, de control sobre los elegidos, de esto que yo llamo "paralegislatura" —instituciones que eligen ciudadanos de manera aleatoria para debatir sobre un tema y lo hacen público, antes que se delibere en la institución representativa—. Todos estos intentos van en una buena dirección. Yo no sé cuáles serán los efectos; para eso hay que construir modelos de teoría de juegos para ver, pero hay algo en esto. Al mismo tiempo, mucho del desagrado, de las quejas sobre la democracia, no son bien fundadas. Yo tengo dos argumentos: una de las quejas más populares es que al momento de votar no tenemos alternativas, que todos los políticos son idénticos. Puede ser que al momento de votar no lo tenemos, porque los políticos ofrecen lo que piensan que les va a hacer ganar, y lo que en realidad los va a hacer ganar es lo que la mayor parte de gente quiere. Este argumento no quiere decir que el pueblo no decide: el pueblo decide. Los políticos anticipan, lo adivinan, olfatean. El segundo argumento es que el voto no es un instrumento efectivo de exigencia, de ejercer poder. Sí, claro, con un electorado de millones, no puede ser. Desde el punto de vista de uno, es como lanzar una moneda: si nosotros vamos a votar, votamos, volvemos a la casa a prender la televisión para ver qué pasa. El valor de este mecanismo no reside en la eficacia individual, sino en la eficacia del agregado.

HV | MG: En la misma conferencia, advirtió sobre la transfiguración del sistema de partidos tradicional, sobre la forma en la que el centro se ha evaporado dando lugar a partidos extremistas. ¿Cómo lo podemos evitar para que la democracia de partidos siga siendo viable de cara a estos nuevos problemas y desafíos de desigualdad?

AP: No sé. Yo creo que lo que sí parece es haber surgido algo raro en Europa y en Estados Unidos; en México no sé. Hay partidos que quieren tener fronteras abiertas para comercio en particular y para flujo de personas limitados, que yo creo que sí aumenta la desigualdad, pero no quieren compensar. Y hay otros partidos que quieren compensar, pero tener las fronteras cerradas, y no hay partidos, como eran los socialdemócratas suecos, que decían "nosotros somos un país pequeño, no podemos cerrar las fronteras; tenemos que exponernos a la competencia internacional, pero tenemos que compensar". Esta posición tradicional de socialdemocracia desapareció y no sé por qué. Yo creo que la receta tendría que ser ésta: hacemos todo lo posible desde el punto de vista de eficacia económica y compensamos, compensamos, compensamos. No sé por qué la socialdemocracia se fue a la derecha.

HV | MG: ¿Qué tanto influye el tipo de transición de un régimen a otro? ¿No influye más la transición desde, que la transición hacia?

AP: Sí, yo creo que sí, les voy a dar los antecedentes históricos. Cuando el tema principal eran las transiciones, eran desde el autoritarismo, en realidad no pensábamos mucho a dónde íbamos. Fíjense que el título del libro más importante sobre este proyecto de [Guillermo] O’Donnell, Philippe Schmitter y [Laurence] Whitehead, es transiciones desde, no es transición hacia. En ese momento, la situación era tan mala y queríamos salir, y lo que estaba del otro lado parecía un paraíso. Nadie pensaba sobre democracia, qué era, qué pasa en una y qué problemas podía tener. No: se trataba de irse.

Yo creo que sí, hay algo que queda, hay estas democracias tradicionales muy pactadas. La española es el prototipo, pero la chilena también lo es. Pero hay algunas mucho más abruptas: en la argentina, en realidad, los militares cometieron suicidio con la guerra. Entonces yo creo que, a través de los años, los efectos desaparecen, que al final llegamos al mismo lugar, y llegamos a la democracia con todos sus problemas. No hay ningún sistema político que pueda resolver todos los problemas y tenemos que confrontar esto.

Entonces sí, yo creo que las transiciones tienen efectos, pero son bastante transitorios.

HV | MG: En Democracy and Development (2000) (Democracia y desarrollo), hace una referencia a México: "all politicians are PRIistas by nature" (todos los políticos son priistas por naturaleza). A dieciocho años de escribirse eso, ¿cuál es su diagnóstico sobre la democracia mexicana?

AP: Yo siempre tengo muchas dudas de hablar de un país cuando lo visito, porque ustedes saben mucho más que yo. Para mí, como lo sabes, al final la democracia es un sistema de procesar conflictos en paz. Al final su valor es ése.

El problema mexicano es que hay muchos conflictos que no son políticos, pero sí tú te olvidas de este tipo de violencia, yo creo que el sistema funciona. La gente no se mata por tener opiniones diferentes, intereses diferentes. El sistema democrático como tal se procesa a través de elecciones. Entonces yo diría que no, que el sistema institucional funciona.

 

Horacio Vives Segl es profesor y director del Centro de Estudios Alonso Lujambio en el Departamento Académico de Ciencia Política del Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Miembro del Sistema Nacional de Investigadores del CONACYT. 

Martín Gou Durante estudió Ciencia Política en el ITAM.