Si hay algo que tenemos en común es que sabemos cuándo ocultar nuestros arcoíris, cuándo nuestro andar debe ser masculino, cuándo soltarnos las manos y engrosar nuestra voz. Nuestras madres nos advirtieron que los espacios públicos de visible diversidad sexual y de género son peligrosos. Muchas veces nos ocultamos. Pero cada junio nos reunimos para asegurarnos que seguimos aquí, para saber que sobrevivimos, para bailar y abrazarnos, porque tenemos más en común entre extraños que con nuestros hermanos y primos, que con nuestros compañeros de escuela y trabajo.

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La primera vez que marché fue en 2009 en la Ciudad de México. Nunca había ido a un bar y en mis escuelas no había centros para nosotros. La marcha fue el primer lugar sagrado que conocí, un templo itinerante en donde por fin pude reconocerme entre feligreses. No tenía el vocabulario para articularlo, pero vi mi identidad constituida y representada en los símbolos que portaban los otros en sus cuerpos, en sus gestos. En este espacio se permitía la obviedad. Marché con mi primera bandera arcoíris en una mano y una botella de Bonafont rellena de vodka en la otra. La marcha fue una celebración del momento en el que estábamos, al que no se llegó por accidente o por la bondad innata de las identidades dominantes, sino por la lucha constante de quienes nos abrieron los espacios que tenemos, a fuerza de gritos, rasguños y golpes.

Marché con amigos, pero experimenté por vez primera un sentido de comunidad y la protección que eso conlleva. Como muchos, los únicos homosexuales que conocía eran villanos de películas infantiles o personajes ridículos en las comedias que precedían a la telenovela en turno. En la complejidad de los sujetos que marchaban reconocí la posibilidad de buscar modelos alternativos de imitación. Más tarde, en la euforia de la visibilidad, bailé hasta que no pude más en un barecito en Liverpool, casi esquina con Insurgentes.

La marcha parece superflua y vulgar a miradas escépticas. “Está bien que se besen, pero ¿por qué en público?”, dice éste; “qué bueno que peleen por sus derechos, pero ¿qué necesidad de andar encuerados en la calle?”, dice aquél. Y sin afán de convencer —porque la igualdad de derechos no debe depender de lo que le parezca bien a la mayoría —el carácter carnavalesco de la marcha es fundamental. Las marchas nacieron de la resistencia a policías que nos llevaban presos— no sin antes violentarnos. La herencia que cargamos al marchar es ante todo subversiva. Esto no es un escenario para que la mayoría nos vea y encuentre —para su tranquilidad— decoro, solemnidad o asimilación. La marcha irrumpe y encuentra su festejo en la alteridad colectiva. Marchar es celebrar, marchar es resistir.

Mi siguiente marcha fue en San Francisco. La marcha siempre es en domingo porque el sábado anterior se celebra el Pink Saturday: una fiesta monumental que cierra 10 cuadras en el Castro hasta el amanecer. El domingo por la mañana se levantan en Market Street vallas entre los que marchan y los que ven. El Pride es propiamente un desfile en el que el espectador ve pasar lesbianas, algunas desnudas, en grandes y ruidosas motocicletasbandas de guerra, porristas, carros alegóricos de las empresas que lo patrocinan, hombres que participan del BDSM y marchan con sus testículos amarrados y sus cuerpos forrados en cuero negro. La ciudad sabe de qué está hecha y se une para celebrarse. Entre los espectadores hay familias con niños pequeños que ven fascinados los colores y las posibilidades.

Mi última marcha fue el año pasado en Nueva York. No había transcurrido un mes de la decisión de la Suprema Corte de legalizar el matrimonio igualitario en todos los estados de la Unión. El júbilo empapaba las esquinas desde el parque hasta el Stonewall Inn, donde todo empezó el 28 de junio de 1969, cuando la multitud se enfrentó con piedras y ladrillos a la policía. Y esa noche ya no nos pudieron llevar; no porque ellos reconocieran nuestro derecho de congregación, sino porque ya no lo permitimos.

En cada marcha recordamos que fuimos y somos identidades subordinadas, que si fuéramos heterosexuales no necesitaríamos una marcha porque no nos correrían de nuestras casas, ni nos golpearían en las calles, ni tendríamos el privilegio de gritar puto en el estadio y convencernos que es por tradición y folclor y no por homofobia.

Las marchas de 2015 celebraron el acceso a una institución que muchos rechazamos por su carácter normativo, pero que ha sido un símbolo de las consecuencias de nuestro activismo. Y si a la marcha de 2015 fuimos a conmemorar lo que habíamos logrado, ¿cómo iremos a la marcha de 2016 después de lo ocurrido en Orlando, Orizaba y Xalapa? Si se escuchó que el matrimonio era el fin de nuestro camino, que ya habíamos alcanzado la igualdad, el rugido de un rifle de asalto AR-15 habría de sacudir nuestra somnolencia.

Es tiempo de recordar que en el acto del jolgorio hay primero resistencia y valentía. Porque qué es más valiente que celebrar en la desdicha y juntarnos de nuevo, como cada año, y sobrevivir. Se dice que velorios y novenarios son para los vivos, para empezar el luto en un espacio sagrado entre amigos y familiares, para compartir la carga del dolor. La marcha es nuestro templo para compartir el dolor de los que nos faltan y celebrar que estamos aquí y que aquí seguiremos. Marchar se trata de volver, como cada año, con la emoción de la primera vez a reconocernos, conmovernos, amar y bailar; a estar en duelo, pero sobre todo a resistir, porque no habrá grito o rifle que pueda detenernos.

Ricardo Quintana Vallejo es crítico cultural y traductor. Actualmente estudia el doctorado en literatura comparada de la Universidad de Purdue.