De acuerdo con la definición de la ONU, el desarrollo sostenible es aquel que promueve la prosperidad y las oportunidades económicas, un mayor bienestar social y la protección del medio ambiente. La discusión sobre desarrollo sostenible en México es virtualmente inexistente. La indiferencia por discutir un término que proviene de un organismo multilateral1 se debe, en parte, a los pocos incentivos para aceptar la agenda que organismos similares han implementado en países subdesarrollados, donde han derivado en reformas y endeudamiento2 sin que éstos necesariamente conlleven resultados positivos. Otro motivo para este silencio es que el término “desarrollo sostenible” se ha convertido en una portmanteau mot, o palabra vacía, que puede significar cualquier cosa dependiendo de quién la defina y se utiliza más como una expresión normativa que como un eje claro de política pública. Sin embargo, los Sustainable Development Goals (SDGs), que entraron en vigor en 2016 a nivel mundial, sí son una directriz de cómo se define el rumbo y planes de acción en organismos multilaterales, y permean en cómo el gobierno federal y local planifica y mide el desarrollo. En un país donde hace tanta falta apegarse a proyectos de largo plazo, más allá de ciclos políticos, es fundamental participar en esta discusión: el desarrollo sostenible no debe ser un modelo importado, se necesita definir qué significa para México, de forma que nos podamos adaptar a la agenda global de sustentabilidad, pero en nuestro muy particular contexto geográfico y socioeconómico.

Un punto de partida para esta definición proviene de un consenso científico internacional sobre la existencia de las fronteras planetarias, que son los límites ambientales dentro de los cuales la humanidad puede operar de manera segura,3 sin desestabilizar el planeta y generar cambios irreversibles, que probablemente conllevarían un cambio de era geológica. Las fronteras planetarias fueron definidas por un grupo de científicos del Instituto de Resiliencia de Estocolmo (SRC) en 2009,4 quienes determinaron niveles críticos de a) cambio climático, b) integridad de la biodiversidad, c) cambio de los ecosistemas terrestres, d) agotamiento de recursos de agua dulce, e) flujos bioquímicos (ciclo del fósforo y el nitrógeno), f) acidificación del océano, g) aerosoles en la atmósfera y h) deterioro de la capa de ozono. Traspasar los niveles definidos en su investigación generaría, con altas probabilidades, el desencadenamiento de cambios abruptos de escala planetaria, con la posibilidad de generar un “después” donde no sabemos si la humanidad podría adaptarse. Algunas de estas fronteras, en particular en diversidad genética y los ciclos bioquímicos, globalmente ya han sido traspasadas. Para preservar la diversidad genética del planeta, requeriríamos una tasa de extinción por lo menos 10 veces menor a la observada actualmente, ya que cada año desaparecen docenas de especies. En la frontera de cambio climático y las transformaciones de los ecosistemas terrestres, nos encontramos en una zona de alta incertidumbre, donde no sabemos si el cambio que hemos propiciado en estos sistemas genere un equilibrio estable y habitable, o no.

En contraste con las fronteras planetarias globales, que se encuentran bastante definidas, el grupo de investigación del SRC recalcó la importancia de definir las fronteras locales. En México, estos consensos no existen. No sabemos con exactitud cuáles son las fronteras planetarias específicas del territorio nacional: ¿Cuánta deforestación representaría un colapso de nuestros sistemas boscosos? ¿Cuál es la tasa de extinción de especies que podemos soportar sin generar un colapso de los ecosistemas particulares del territorio? ¿Cuál es la vulnerabilidad de la población a las ondas de calor? De las variables establecidas a nivel global, el Instituto de Resiliencia de Estocolmo publicó en 2015 que México se encuentra en zona de muy alto riesgo en cuanto a la tasa de agotamiento de recursos de agua dulce. La frontera planetaria en el tema del agua, definida como la tasa de extracción mensual de cualquier cuerpo de agua dulce es, en meses secos, del 25% del flujo y del 55% en meses lluviosos. En México, la zona centro excede ambos umbrales, y se encuentra bajo una presión de 138.7%: el consumo anual excede por 38.7% el flujo renovable de agua.  En el área de diversidad genética, México es el onceavo país con mayor biodiversidad en el mundo, con un alto porcentaje de especies endémicas, pero es el quinto país con más especies en peligro. Comparándolo con Colombia –el cuarto país más biodiverso del Mundo–, México tiene 1,192 especies amenazadas mientras que Colombia solamente 849.

En un país donde el desarrollo sostenible no es un tema, ¿qué nos dice la historiografía mexicana al respecto?  En 2003, Pedro Salmerón5 trazó los orígenes históricos del mito de la riqueza natural de México, encontrándolos en el nacionalismo criollo, que surgió en reacción al eurocentrismo de Montesquieu, Buffon y Pauw, formuladores de la calumnia de América: la noción de que la geografía era inferior a la del viejo mundo y, junto con ella, el carácter de sus habitantes. En defensa de la Nueva España, y posteriormente de México, Humboldt, Clavijero y Mora dedicaron páginas a exaltar el territorio como “el cuerno de la abundancia” y su centro político y administrativo como “la capital de los palacios”.6 Pasaron muchos años antes de que se reconociera dentro de la historiografía mexicana “lo accidentado del territorio, la infecundidad de tantas tierras, la escasez del agua, la dispersión y baja ley de nuestros minerales, la carencia o mala distribución de hierro y carbón, y otros tantos obstáculos” (Salmerón, 2003, p.143).  El mito de la riqueza de México persiste hasta nuestros días, forma parte innegable de nuestra identidad nacional, que se entrelaza con nuestras expresiones patrióticas.  En la creación literaria, basta leer las obras de Carlos Pellicer o “La Suave Patria”, poema recitado en cada escuela mexicana, o incluso el “Canto al petróleo mexicano” de Efraín Huerta. La abundancia de México también forma parte del discurso oficial: tras el alegórico izamiento de la bandera al revés este pasado 24 de Febrero, el presidente exaltó el significado del águila en la bandera, el cual simboliza “la riqueza natural de México”.

Es importante notar que este tipo de discurso no es una constante en la construcción de identidad nacional en el mundo: países como Israel7 y Singapur han construido su identidad vinculada a la escasez y la hostilidad del terreno, no su abundancia. Estos países, en respuesta a sus propios contextos históricos, exaltan las virtudes de sus pueblos y gobiernos para generar grandeza a partir de un territorio complicado o reducido. Irónicamente, la historia de México en particular nos ha mostrado una vulnerabilidad a cambios climáticos y amenazas ambientales a la salud pública.8 Por ejemplo, el colapso de la civilización maya ocurrió en sincronía con el periodo más seco del Holoceno —la época geológica en la que nos encontramos—9 y la epidemia de influenza H1N1 tuvo un impacto significativo en la economía nacional.

El discurso colectivo parece haber transitado de la pregunta “si los recursos son abundantes, ¿por qué no somos más ricos?” a la consigna “los recursos son abundantes, pero su explotación está en manos de unos cuantos”. Este discurso de abundancia tiene importantes implicaciones para las nociones de sustentabilidad, ya que ha contribuido a que en la agenda de justicia social no haya un componente de conservación y sustentabilidad, ni de justicia intergeneracional. La prioridad es que tengamos todos acceso a estas riquezas exuberantes. El problema es éste: los recursos no son abundantes y la redistribución a posteriori no es suficiente: se requiere una redistribución en la capacidad de explotar dichos recursos primero, y después atender las asimetrías en los impactos de dicha explotación. Atender las distintas vulnerabilidades ambientales antes de que éstas se manifiesten en pérdidas heterogéneas de productividad y costos desiguales para la salud.

Un ejemplo de estas disparidades son las ondas de calor –fenómeno que se incrementará con el calentamiento global–. Las ondas de calor afectan desproporcionadamente a localidades agrícolas y de marginación urbana. Las personas en situación de pobreza urbana, que son alrededor de 40 millones, son especialmente vulnerables al efecto “isla de calor”, que se da por la manera en la que el concreto y otros materiales característicos de las ciudades absorben la radiación. Este fenómeno puede llegar a generar temperaturas insoportables para quienes se ganan la vida realizando actividades al aire libre, que en general pertenecen a la clase obrera, en contraste con los oficinistas que tienen un ambiente físico controlado donde realizan sus labores. También, en el tema del cambio climático se estima, por ejemplo, que, ante su efecto esperado en los precios agrícolas, los hogares de los deciles más bajos sean afectados de manera más que proporcional. Asimismo, el problema del agua y de las emisiones per cápita también tienen una dimensión distributiva: los deciles más altos son quienes generan más emisiones per cápita y quienes desperdician más agua, mientras que más de 9 millones de mexicanos no cuentan con agua potable. El crecimiento ya no puede ocurrir a la par del colapso de los recursos hidráulicos del país, y se deben aplicar medidas progresivas10 de mitigación de emisiones.

De igual forma, para que exista movilidad social, además de las políticas que garanticen el acceso justo a más recursos para la siguiente generación (por definición esos recursos se deben conservar), se tendrá que tener una senda trazada de viabilidad en temas clave de salud pública y resiliencia climática. Este argumento también contrasta con una agenda meramente ambiental y de innovación tecnológica, como aquella que se enfoca en desarrollo de tecnologías verdes sin atención a su democratización, o como el discurso ambientalista que olvida que hay quienes ya tuvieron una oportunidad de crecer a costa del medio ambiente. Se trata de comprender que la escasez de recursos que ha caracterizado a México durante su historia, será exacerbada conforme traspasamos más fronteras planetarias, y que la política redistributiva debe incorporar como uno de sus mensajes principales la conservación, con el fin de permanecer dentro de las fronteras planetarias locales y proteger a las poblaciones vulnerables de los desafíos de un planeta crecientemente inestable.

En conclusión, cruzar las fronteras planetarias tiene impactos en la desigualdad. El cambio climático y el deterioro ambiental afecta más a quienes tienen menor posibilidad de movilidad ante la transformación y pauperización de las condiciones materiales que los rodean. Un verdadero desarrollo sostenible contempla ambas cosas: la mitigación y prevención del cambio climático, así como de las desigualdades sociales. De un lado del espectro ideológico se exalta la parte ambiental, que está incompleta sin una noción de justicia social. Del otro lado está el discurso nacionalista, contra el despojo y en defensa de los pueblos, pero basado en una premisa errónea de abundancia. La doble redistribución, único camino justo hacia el desarrollo, implica redirigir la cascada que cae del cuerno, que se agota a paso acelerado, y también los impactos de la explotación de sus bondades.

 

Sandra Aguilar Gómez es licenciada en Economía y maestra en Economía Aplicada por el ITAM. Actualmente estudia el doctorado en Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia en Nueva York.


1 EL término desarrollo sustentable fue utilizado por primera vez en 1980 en un documento elaborado por varias agencias de la ONU (FAO, UNESCO, UNEP, entre otras), titulado “Estrategia mundial de conservación: conservación de los recursos vivos para el desarrollo sostenible”.

2 En 2013, México era el deudor número uno del Banco Mundial, con una deuda total equivalente a 1.3% del PIB.

3 Steffen, W., Richardson, K., Rockström, J., Cornell, S. E., Fetzer, I., Bennett, E. M., … & Folke, C. (2015). Planetary boundaries: Guiding human development on a changing planet. Science, 347(6223), 1259855.

4 Rockström, J., Steffen, W., Noone, K., Persson, Å., Chapin III, F. S., Lambin, E., … & Nykvist, B. (2009). Planetary boundaries: exploring the safe operating space for humanity. Ecology and society, 14(2).

5 Salmerón Sanginés, P. (2003). El mito de la riqueza de México variaciones sobre un tema de Cosío Villegas. Estudios de historia moderna y contemporánea de México, 26(026).

6 Salmerón Sanginés (2003), p. 140.

7 En la página del Ministro de Relaciones Exteriores de Israel, la escasez de recursos naturales se cita como una de las características del terreno, y la del éxito agrícola del país de cara a esta adversidad se menciona como caso de éxito. En una reciente visita a este país, pude ver cómo esto forma parte del discurso cotidiano y de su identidad nacional.

8 Johnson, R., II. 2011. “Immigration as a Response Variable to Climate Change from Mexico into the United States.” Journal of Alternative Perspectives in the Social Sciences 3 (3): 758–774.

9 Hodell, D. A., J. H. Curtis, and M. Brenner. 1995. “Possible Role of Climate in the Collapse of Classic Maya Civilization.” Nature 375: 391–394.

10 Un impuesto progresivo es un impuesto por el cual la tasa impositiva aumenta a medida que aumenta la base gravable, buscando un efecto redistributivo de los ingresos o gastos, en este caso, implica un efecto redistributivo de las emisiones, gravando de manera más que proporcional a quienes más emiten.