En esta época de lo fitness, una persona es saludable cuando practica entre 150 y 300 minutos de actividad física a la semana. Esto equivale a que, al menos tres días a la semana, se realice casi una hora de ejercicio vigoroso.

Sin embargo, los mexicanos somos la población perteneciente a la OCDE que más horas trabaja al año —2248 horas, en comparación con Alemania con 1368, o Estados Unidos con 1786. Esto significa que, mientras los alemanes pasan un sexto de su año trabajando, nosotros le dedicamos un cuarto del nuestro a la faena que nos da un techo y qué comer.


Ilustración: David Peón

Recientemente, la Secretaría de Salud lanzó dos campañas contra la obesidad como medidas paliativas ante la prevalencia de esta condición en el país. Una de ellas muestra a la misma persona, primero en condiciones saludables y luego con más peso de lo recomendado, con la pretensión de hacer evidentes los cambios físicos que se desarrollan como consecuencia de decisiones alimenticias poco acertadas. La otra propone alternativas: mejor bajarse del transporte una parada antes y andar el resto del camino.

Ambas campañas parecen certeras, pero el sobrepeso y la obesidad entre los mexicanos —problemas de salud pública evidentes—, tienen una causalidad mucho más compleja que la mera falta de actividad física o la mala alimentación.

En lo que atañe a la parte alimenticia, el problema va desde la falta de educación alimentaria (desinformación sanitaria), los precios de ciertos alimentos, la accesibilidad a comida pobre en nutrimentos y rica en carbohidratos, hasta la falta de apoyo al sector agrícola, entre otros. Por su parte, en relación con la actividad física, sabemos que está estrechamente relacionada con una carencia de espacios e infraestructura pública que inviten a desenvolverse plenamente, la inseguridad en los espacios públicos, la movilidad deficiente en las ciudades, la falta de tiempo para el esparcimiento, entre otras. Ya ni hablar de los salarios insuficientes.

A pesar de que México tiene problemas de fondo en relación con la alimentación y a la actividad física, el patrón de falta de ejercicio es una situación alarmante a nivel mundial. Tan es así que 5.3 millones de muertes al año se han asociado a este fenómeno, razón por la que la nula o pobre actividad física ya se ha catalogado como una pandemia global.

Es justamente la evidencia sobre las diferencias existentes en la cantidad y calidad del ejercicio entre los individuos y las naciones lo que ha hecho que un grupo de investigadores de la Universidad de Stanford, en California, haya propuesto un término sugerente: la inequidad en la actividad física. Este concepto se entiende como una distribución desigual del ejercicio entre los individuos. La propuesta del grupo es que, con este término, sea posible distinguir la cantidad de ejercicio que se realiza entre los ricos y los pobres, entre las mujeres y los hombres. Y el nivel de obesidad de una nación se pueda predecir a partir de este valor.

A bote pronto esa sugerencia parece obvia. Sin embargo, la información que se tiene para explicar la manera en que distintos factores, como la obesidad o el género, se relacionan con el ejercicio, es poco conocida —a diferencia de la condición económica de las personas, un punto que sí se ha buscado asociar con la calidad de la salud—.

Sacando provecho de la información monitoreable que arrojan los dispositivos móviles, los investigadores en cuestión midieron la actividad física de más de 700,000 personas en 111 países. Esto es equivalente a que monitoreáramos a todas las personas que asistieron a ocho partidos de la selección mexicana en el Estadio Azteca (el dato vale sólo si se tiene un aforo completo, y que cada persona asistiera sólo una vez).

Con este volumen de datos fue posible calcular la cantidad de pasos que caminó un gran número de personas de Estados Unidos, Malasia, Noruega y Egipto, por mencionar algunos países, incluido México. Después, estos datos fueron correlacionados con los niveles de obesidad de cada nación.

Como era un poco de esperarse, el análisis de este trabajo permitió demostrar que, así como existe una desigualdad económica entre los individuos y entre las naciones, y que ésta afecta la salud de las personas, también es posible hablar de una desigualdad en la actividad física.

El país con menos inequidad física es Hong Kong, seguido por China, Suecia, Corea del Sur y la República Checa. Por el contrario, el país con mayor inequidad física es Arabia Saudita, ocupando el lugar 46. En el 45 está Australia, y para seguir en forma ascendente, está Canadá, luego Egipto, y Estados Unidos en el lugar 42. México se localiza en el lugar 29. Chile es el país latinoamericano con menos inequidad física, al estar en el lugar 15, seguido por Brasil, en el 22.

Como ya se mencionó, la desigualdad en el ejercicio está asociada con los niveles de obesidad de cada país, de modo que incluso es posible predecir la segunda a partir de la primera. Aquellos individuos que viven en los cinco países analizados con inequidad en la actividad física más alta —como Estados Unidos, Arabia Saudita, o Sudáfrica— tienen un 196% de probabilidad de ser obesos, en comparación con los cinco con la inequidad física más baja, entre los cuales están China y Japón —resultado que lleva a pensar que, además de la alimentación y el ejercicio, la cuestión genética también tendría algo que ver en las diferencias. En el caso de México, se vio que damos una cantidad de pasos similar al de  las personas en Estados Unidos, aunque nuestro vecino del norte tenga más inequidad física y mayores niveles de obesidad.

Cuando una desigualdad grande en la actividad física es clara, resalta el hecho de que las mujeres tengan menos dinamismo que los hombres. De hecho, hasta el 43% de la inequidad se puede explicar por la brecha de género. Es a partir de estos datos que se puede conocer por qué aumenta la prevalencia de la obesidad de forma más rápida en las mujeres que en los hombres, en tanto que el tiempo de ejercicio se ve reducido.

La combinación de estos dos resultados (el del volumen de la actividad física y el del género) permitió a los investigadores concluir que, si bien dos naciones pueden dar la misma cantidad de pasos (en promedio la gente camina casi 5 mil pasos al día, aunque lo recomendable sea el doble), si la inequidad de actividad física es evidente, entonces tendrá un mayor número de individuos que no hace ejercicio. Esa mayoría tenderá a estar compuesta por mujeres y la obesidad en general será mayor. Estos resultados son equivalentes a lo que se ha visto antes con el salario: si aumenta lo que gana una persona, esto se verá reflejado en una mejora en su salud.

Por supuesto, el que una ciudad permita a sus habitantes caminar juega un papel en estos datos. San Francisco y Nueva York están entre las ciudades en las que más se puede caminar en el mundo, y también en las que existen menos niveles de inequidad en la actividad física. Con base en datos como éste, el estudio de Standford concluyó, por otro lado, que las ciudades que son más caminables tienen poca inequidad física. Esto se asocia con un mayor número de pasos dados entre sus habitantes, sin importar el género, la edad y el índice de masa corporal.

Los investigadores del trabajo aceptan que su estudio tiene un sesgo importante: el 90% de los usuarios vivían en 32 países de nivel socieconómico alto, mientras que el 10% restante pertenecía a 14 países catalogados —para los fines del estudio— como  de “clase media”. Además, de esos países con ingresos medios, las personas estudiadas son particulares: tienen acceso a un buen nivel de vida si consideramos la posibilidad de que porten un teléfono celular.

También es verdad que, además de las condiciones ambientales y de actividad, habría que revisar la parte genética. Este enriquecimiento de datos podría explicar por qué Estados Unidos, que tiene ciudades caminables, tiene una población que en conjunto aparece con índice de obesidad alto. En el caso de los mexicanos se han hecho estudios que relacionan algunos genes asociados con el metabolismo de las grasas, el género, la herencia nativo-americana y nuestros particulares niveles de obesidad.

Sin embargo, por la robustez de sus datos, los investigadores de este trabajo han podido declarar la relación entre la inequidad en la actividad física y la obesidad con bastante fidelidad, entre naciones e individuos.

Finalmente, este trabajo aporta información sobre países en donde hay pocos o casi ningún estudio con respecto a la actividad física, como son Arabia Saudita y México. Este último punto llama mucho la atención. Si estos investigadores reconocen que hay pocos estudios con respecto a la actividad física en México, ¿será que la campaña de la Secretaría de Salud no está basada en evidencia científica?

 

Sofía Flores es maestra en Comunicación de la Ciencia por la Universidad de Sheffield, Inglaterra.


Referencias

Abate, T. (2017) Stanford researchers find intriguing clues about obesity by counting steps via smartphones. Stanford University. [En línea]. (Revisado el 21 de agosto de 2017)

Activity inequality (2017) Stanford University. [En línea]. (Revisado el 21 de agosto de 2017).

Althoff, T. et al (2017) Large-scale physical activity data reveal worldwide activity inequality. Nature.

Wagstaff, A. & van Doorslaer, E. (2000). Income inequality and health: what does the literature tell us? Annual Review of Public Health. 21: 543-67.

WHO (2017) Physical activity and adults. [En línea] (Revisado el 23 de agosto de 2017).