La relación entre la alimentación y la pobreza suele ser pensada desde enfoques económicos y nutricionales que, por momentos, parecieran referirse a individuos desvinculados de su contexto. Podemos saber si sus ingresos cubren el costo de una canasta básica, cómo se distribuye su gasto en alimentos, si consumen un determinado número de calorías o si padecen ciertas patologías derivadas de déficits nutricionales. Pero no sabemos en qué tipo de relaciones sociales están inscritos, qué lugar ocupan en ellas y a qué tipo de recursos pueden o no acceder desde su posición.

Detrás de los datos que integran los diagnósticos sobre el estado de la pobreza y la alimentación hay sujetos que realizan acciones y todo un entramado de relaciones personales e institucionales que han sido organizadas socialmente y que, por lo tanto, están estructuradas bajo principios de diferenciación, siendo el de género uno de los más notables.


Ilustración: Patricio Betteo

La desigualdad de género —es decir, la inequidad en el acceso a recursos y oportunidades sociales por razones asociadas a la diferenciación sexual— es un fenómeno que se concreta en prácticas e interacciones cotidianas, en espacios públicos y privados, en la “normalidad” y en la crisis, en la holgura y la precariedad. En este breve texto nos preguntamos qué marcadores de desigualdad de género pueden identificarse en las prácticas alimentarias de familias en pobreza.

Los estudios de género tienen una larga tradición en la generación de cuestionamientos que profundizan en la organización de las estructuras sociales y buscan desentrañar los supuestos que norman las identidades y los roles de los miembros de una comunidad. Una veta de esta literatura ha dedicado atención a las formas en las que la organización de lo familiar afecta la alimentación de sus miembros, en particular de las mujeres que viven situaciones de precariedad económica. Una revisión —entusiasta aunque difícilmente completa— de esta literatura permite identificar tres espacios analíticos, no necesariamente exhaustivos o excluyentes, en los que la pobreza y la desigualdad de género se potencian mutuamente en las prácticas alimentarias familiares: 1) la división sexual del trabajo; 2) la distribución de recursos alimentarios al interior de las familias;  3) el desempeño en salud.

A continuación presentamos algunos de los argumentos más sugerentes en cada una de estas dimensiones, a manera de una primera propuesta para pensar las intersecciones entre la alimentación, la pobreza y la desigualdad de género.

La división sexual del trabajo

La división del trabajo en tareas que se asocian con lo femenino y lo masculino es el mecanismo por excelencia de la producción y reproducción de las desigualdades de género.1 La segmentación del trabajo cotidiano y la asignación diferenciada de valor, recompensas y reconocimiento a cada tipo de labor, explica, normaliza y justifica la subvaloración de las actividades domésticas y las excesivas cargas de trabajo que realizan las mujeres.

Como proceso, la alimentación familiar distingue tareas diferentes para hombres y mujeres, si bien esta distinción puede cambiar de un contexto a otro. Típicamente, al hombre corresponde proveer de los recursos necesarios para alimentar, ya sea en especie o en dinero. A partir de ese momento el trabajo alimentario es predominantemente femenino. Incluye la adquisición de alimentos, su transformación para el consumo y la organización del acto alimentario familiar. La adjudicación de estas tareas a las mujeres, en particular a las madres, ha permanecido más o menos incuestionada a pesar de su creciente participación en el mercado de trabajo remunerado fuera del hogar.

Los estudios que analizan los argumentos de los sujetos que explican la asignación de la labor alimentaria en las mujeres, encuentran que algunos de ellos, esgrimidos incluso por ellas mismas, se asocian con la disponibilidad de tiempo, la preocupación por la salud familiar, la percepción de mayores habilidades y sentido práctico, el conocimiento sobre normas nutricionales o el puro deseo de evitar conflictos pidiendo a otros que hagan lo que se supone que es su trabajo.2 Este tipo de explicaciones naturalizan la división sexual del trabajo y justifican la participación sesgada de hombres y mujeres en las tareas de la vida cotidiana.

Esta diferenciación ha sido instrumental para el funcionamiento de programas sociales de combate a la pobreza que descansan sobre el trabajo familiar que realizan las mujeres A decir de sus diseñadores y algunos organismos internacionales, este tipo de estrategias que reafirman la segmentación de roles familiares fortalecería la agencia de las mujeres. Sin embargo, estar a cargo del proceso no se traduce en mayor control de los recursos y, como veremos enseguida, a pesar de su papel protagónico en el trabajo alimentario, el consumo alimentario de las mujeres suele ser de menor calidad que el de sus cónyuges e hijos.

Distribución desigual de los recursos al interior de los hogares

Un punto central de la crítica feminista al estudio de la pobreza y, en general, de las condiciones de vida de las personas es la asunción acrítica y mecánica del supuesto de equidad en la distribución de los recursos al interior de los hogares. Los estudios de género  han demostrado que dichos enfoques no son inocentes, sino que sugieren una postura sobre el bienestar y sobre el deber ser de las relaciones familiares.

En realidad, la posición de género y generación determina el lugar desde el que mujeres y hombres pueden reclamar los recursos familiares. La exclusión de las mujeres de actividades de “ganancia” (trabajo asalariado, participación en los ingresos) suele traducirse en una idea de menor merecimiento, dado que su aporte se concentra en actividades infravaloradas. Las “contribuciones percibidas” son clave en la definición de quién obtiene qué dentro de los hogares.3

En situaciones de precariedad económica, la carga de trabajo alimentario que recae en las mujeres deriva no sólo en una apropiación exacerbada de su tiempo, sino también en una diferenciación del tipo de comida que consumen: mientras los hombres acceden a comidas completas, las madres comen con más frecuencia entre tiempos, pruebas y sobras. Se trata de ingestas de menor calidad nutricional que ni siquiera son reconocidas socialmente como comidas y que pueden llegar a tener efectos en su salud, expresados en malnutrición y sobrepeso u obesidad.4

Además, se ha documentado que existe una distribución diferenciada de proteínas animales, destinadas a los miembros ocupados del hogar, en particular de los varones. Asimismo, ellos reciben cantidades superiores de alimentos en el entendido de que el esfuerzo de su ocupación se los exige. Los gastos en consumos considerados recreativos, como el alcohol o el tabaco, también son mayores entre varones. En contextos de carencias profundas, las frutas, verduras y los lácteos son reservados para el consumo infantil.5

A nivel de hogar, diversos estudios realizados en diferentes épocas y lugares6 coinciden en identificar una suerte de ciclo de  privación al que las familias responden instrumentando estrategias que afectan de manera diferenciada a sus integrantes. Una primera respuesta es apostar por la austeridad: disminuir el número de comidas al día, postergar gastos en salud o, en entornos rurales, recolectar alimentos silvestres. De continuar la crisis, los miembros que no aportan ingresos (típicamente mujeres, niños y adultos mayores) son empujados a realizar alguna actividad económica. Después comienza la venta de activos, primero los bienes no productivos, luego los productivos. Cuando la precariedad persiste, la familia tiende a separarse: quien puede migrar lo hace, ya sea temporal o definitivamente.

Con todo esto, es claro que las preferencias y requerimientos nutricionales de las mujeres adultas, generalmente cuidadoras, pasan a un plano secundario.

La desigualdad alimentaria y los parámetros de la salud

Algunos problemas derivados de la malnutrición se expresan con más frecuencia entre mujeres, como el sobrepeso y la obesidad, una situación que puede asociarse con su rol como cocineras y cuidadoras. Sin embargo, existe cierta controversia en torno a la desventaja sistemática de las mujeres, en particular de las niñas, en ámbitos como la desnutrición. Mientras algunos estudios registran cierta asimetría, otros muestran una distribución más o menos equitativa de los niveles de este síndrome entre varones y mujeres. 

La polémica, empero, es más compleja y se remonta hasta los propios instrumentos de diagnóstico. Los parámetros o umbrales a partir de los que se mide la adecuación calórica suelen subestimar el gasto energético de las actividades domésticas que recaen predominantemente en las mujeres, suponen que el desgaste de las mujeres embarazadas o en lactancia equivale al de un estado sedentario, o bien, asumen que las niñas realizan menos actividad física que los varones de su misma edad.7

Parecería sorprendente, pero la producción sociocultural de las desigualdades basadas en la diferencia sexual logra colarse a la construcción de criterios normativos científicos que no necesariamente son neutrales al género. Estos lineamientos, a su vez, orientan las actitudes y la distribución de recursos al interior de las familias. Así, pensar que una niña requiere menos alimentos que un niño se traduce en un menor desarrollo físico (menor talla, mayor delgadez, menor apetito) que, entonces, sirve como explicación de por qué come menos. Se trata de una disposición física, culturalmente construida, con consecuencias en el desarrollo fisiológico e intelectual de las mujeres y de la descendencia que procrean.

En síntesis, y de manera preliminar, tenemos que la división sexual del trabajo naturaliza el papel de las funciones alimentarias de la mujer, asignándole la tarea de obtener alimentos en el mercado, transformarlos y disponerlos para el consumo familiar. Este proceso juega un papel fundamental en la narrativa de los cuidados en los que las mujeres son socializadas, cuya práctica conlleva la construcción de un aparato ideológico y afectivo que facilita que la tarea sea asumida como parte del deber ser de las mujeres.

Quizás sea por esta disposición femenina socialmente orientada a la generosidad y el sacrificio que muchas de las estrategias instrumentadas por mujeres pobres cabezas de familia intentan proteger el consumo de alimentos de los otros, en particular de sus hijos, con graves consecuencias en su propia salud. En esta disposición también juegan los supuestos normativos que los discursos de la salud han introducido al imaginario de los requerimientos energéticos y nutricionales de las mujeres quienes, según esta retórica, desarrollan menor actividad física que los hombres y tienen cuerpos “menos exigentes” —que, incluso, son más valorados estéticamente por su exigüidad.

Los estudios feministas han hecho mucho por revelar la existencia de distinciones sistemáticas entre lo que reciben hombres y mujeres en función del valor que se les asigna en la sociedad, bajo un sistema que subordina permanentemente lo femenino. Sin embargo, hace falta conocer más sobre los mecanismos mediante los que las personas construyen estas diferencias en las prácticas cotidianas, en los espacios más naturalizados de la vida privada, donde las distinciones están totalmente normalizadas. La alimentación y el cuerpo son dos de estos espacios críticos.

Pensar en la alimentación y sus prácticas más allá de sus propósitos biológicos y analizar su constitución como espacio de producción y reproducción de desigualdades es no sólo posible sino necesario, si se desea entender cómo la inequidad da forma a las prácticas de la vida cotidiana, precisamente desde las cuales, la subordinación y la injusticia pueden ser impugnadas, debatidas o toleradas.

 

Paloma Villagómez es socióloga y poblacionista. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias Sociales de El Colegio de México.


1 West Candace y Sarah Fenstermaker (1995). “Doing Difference” en Gender and Society, Vol. 9, No. 1. (Feb., 1995), pp. 8-37.

2 Beagan, Brenda, Gwen Chapman, Andrea D’Sylva y Raewyn Bassett. (2008). “It’s just easier for me to do it: rationalizing the family division of foodwork”. Sociology. Vol.42(4). Sage. Pp. 653-671.

3 Sen, Amartya y Jean Drèze. (1995). The political economics of hunger. Nueva York: Oxford University Press.

4 Martin, Katie y Ann Ferris. (2007). “Food insecurity and gender are risk factors for obesity”. Journal of Nutrition, Education and Behavior. Vol. 39. Pp. 31-36.

5 Kabeer, Naila. (1990). Women, household food security and coping strategies; Harriss, Barbara. (1995). “The intrafamily distribution of hunger in South Asia” en Drèze Jean, Amartya Sen y Athar Hussain (eds.) The Political Economy. Oxford: Clarendon Press; Sen y Drèze, op. cit.

6 Kabeer, op. cit.; González de la Rocha, Mercedes. (1986). Los recursos de la pobreza. Familias de bajos ingresos en Guadalajara. México: El Colegio de Jalisco, y (2006) Procesos domésticos y vulnerabilidad. Perspectivas antropológicas de los hogares con Oportunidades. México: CIESAS; Floro, María del Sagrario y Ranjula Bali. (2012). “Food security, gender and occupational choice among urban low-income households”. World Development. Vol. 42. Elsevier. Pp. 89-99.

7 Harriss, op. cit.



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