Prince. I see a good amendment of life in thee—from praying to purse-taking.
Falstaff. Why, Hal, ‘tis my vocation, Hal. ‘Tis no sin for a man to labour in his vocation.
—W. Shakespeare, Henry IV

Entre los personajes memorables creados por Shakespeare, está uno que representa una mezcla de ladrón y bufón con dosis substanciales de cinismo y cobardía: Sir John Falstaff. Y en una de las escenas de Enrique IV, se retrata al Príncipe Hal cuestionando los hábitos criminales de su compañero Falstaff. Falstaff, sin embargo, lejos de sentir su orgullo herido, le responde: “Pero, Hal, si ésta es mi vocación. Y no es pecado alguno que el hombre trabaje de su vocación”. Sir John Falstaff, no obstante, es un personaje cargado de contradicciones, y poco antes de lanzar esta declaración había jurado dejar atrás sus hábitos criminales e, incluso, culpa al Príncipe de haber tentado a Falstaff para que se dedicara a esa vida de robos y fechorías.

Lo que Shakespeare resalta en esa breve escena son las contradicciones inherentes de las personas. Las personas están llenas de ellas. Y, a final de cuentas, los Estados o gobiernos también, sobre todo al considerar cuál debiera ser su verdadera vocación en camino al desarrollo. Mientras que una persona se quiebra la cabeza en decidir si quiere ser agente inmobiliario o contador, los gobiernos se quiebran la cabeza en decidir si quieren impulsar el sector textil o el sector automotriz. O cómo pasar, al menos, de un sector a otro. Todas estas contradicciones vocacionales son, de inicio, buenas. Una persona preocupándose por escoger la profesión u oficio que le dé mejores oportunidades de sustento. Igual con un Estado que busca conseguir una senda sustentable para el bienestar de sus ciudadanos.

Ilustración: Víctor Solís

El problema es cuando estos mismos particulares y estos mismos Estados se encuentran con vocaciones improductivas o ilegítimas. Como Falstaff justificando de súbito su vocación de ladrón. O como un Estado igual pudiera justificar vocaciones o sendas del desarrollo notablemente improductivas, o pudiera incurrir en búsquedas de enriquecimiento que no se dirige hacia la ciudadanía, sino a algunas élites gubernamentales (lo que llaman “captura estatal”). En el caso de América Latina, tierra de esquizofrenias estatistas, el camino del desarrollo notablemente improductivo ha sido el de las materias primas. Han pasado ya décadas y décadas desde 1950, pero la teoría Prebisch-Singer sobre la nociva dependencia en el sector primario aún resuena en la región. Ya en los albores de este nuevo siglo, la intensa exigencia de China por materias primas para su aceleramiento industrial disparó el desarrollo de algunos países en la región, con el liderazgo de Brasil. Pero ahora esa bonanza de materias primas ha terminado, al igual que la bonanza petrolera, reflejado en un sector primario con precios bajos, mientras la tendencia económica global sigue apuntando hacia mayores exigencias por las manufacturas de alta tecnología.

Tal pareciera entonces que en América Latina prevalece esa “maldición de los recursos naturales”, también llamada “paradoja de la abundancia”. ¿O cómo explicar entonces que la mayoría de nuestros países, con recursos naturales abundantes, sigan peleando por lograr mejores niveles de desarrollo y bienestar? Y mejor aún, ¿cuál pudiera ser la teoría que mejor explique nuestra “maldición? El Instituto de Gobernanza de Recursos Naturales (NRGI, por sus siglas en inglés) se dio a la tarea de enlistar las principales teorías que explican esa correlación negativa entre recursos naturales y desarrollo a nivel mundial. El NRGI enlista, entonces, teorías sobre la democracia (o falta de ella), la captura estatal y la llamada “enfermedad holandesa”.

En el primer caso, sobre la correlación negativa entre recursos naturales y democracia, el NRGI ha resaltado cómo en los países con más recursos naturales se ha tenido, tradicionalmente, un déficit democrático. Y aquí el elemento clave, dentro de un contexto democrático, es el de rendición de cuentas. En países con pocos recursos naturales, sin industrias extractivas, los impuestos recabados por los gobiernos provienen en su mayoría de los ciudadanos. Ello, a su vez, genera una proclividad a que dichos ciudadanos vigilen cómo es que se gastan sus impuestos. En el caso de países con abundancia de recursos naturales e industrias extractivas como el petróleo o la minería, los gobiernos tienden a generar una dependencia en los impuestos, derechos o regalías que dichas industrias le generen, dejando en segundo plano los impuestos a actividades de ciudadanos u otras actividades empresariales. Los ciudadanos, por ende, están generalmente menos involucrados en supervisar cómo es que se gastan esos impuestos.

¿Hace esto un poco de eco en el caso de México? De entrada, México es el peor recaudador de impuestos de los países de la OCDE y de los últimos lugares incluso de América Latina.1 Con 17.2% de recaudación del PIB, México está muy lejos del promedio de recaudación de la OCDE (34.3%).

Figura 1. Porcentaje de recaudación de impuestos en comparación con PIB

Fuente: Elaboración propia con datos de OCDE.

No es coincidencia, por tanto, que se haya hecho una tradición llamarle a Pemex la “gallina de los huevos de oro”. Pemex se había convertido ya, redundando en metáforas, en un bastón para que el sistema tributario de México pudiera andar. Para 2012, los ingresos petroleros generados por Pemex representaban 33.8% de los ingresos totales del sector público. Por ello es por lo que en ese mismo año se difundió la reforma energética como el remedio para la nociva dependencia petrolera del país. De paso, algunos esperaban que la reforma contribuyera asimismo con la rendición de cuentas de la entonces paraestatal y de los ingresos generados en el sector. De aquí que este problema, el de la dependencia tributaria en industrias extractivas, es sólo una de las teorías o explicaciones para los tropiezos de nuestro desarrollo.

Si regresamos a las teorías resumidas por el NRGI, se encuentra también el problema de la captura estatal propiciada por industrias extractivas. De acuerdo al NRGI, “las instituciones son más débiles en países ricos en recursos naturales porque es fácil para las élites capturar o apropiarse de grandes sumas de efectivo. Esta teoría sugiere que puntos nodales de recursos, como un proyecto petrolero, pueden ser administrados fuera del proceso presupuestal y son capturados relativamente fácil por élites poderosas”. 

En el caso de México, una teoría no excluye a otra. Es decir, que aplique la correlación negativa entre industrias extractivas y rendición de cuentas no excluye que también se dé el problema de capturas estatales. Al contrario, están estrechamente relacionadas. Esto evidencia cómo los retos del desarrollo en un país con abundantes recursos naturales son multifactoriales. En México, la captura estatal también se proyecta al recordar el caso de corrupción relacionado con la empresa Odebrecht o con el enriquecimiento desmedido de figuras sindicales de Pemex. El problema de rendición de cuentas en el sector se suma al de la captura estatal, donde porcentajes importantes de los recursos o rentas económicas generadas por esa industria se van directamente a los bolsillos de élites políticas. 

Y ya en última instancia, el NRGI resalta otra teoría sobre la maldición de los recursos naturales: la “enfermedad holandesa”. En 1959, el gobierno holandés descubrió un extenso yacimiento de gas natural en Groningen y haciendo eco con presidentes latinoamericanos, como López Portillo en México, presumieron abundancia en el horizonte y dedicaron todos los esfuerzos industriales y de capital humano a desarrollar ese sector energético. Años después, cuando los precios del mercado del gas bajaron, el gobierno holandés se dio cuenta que todos los demás sectores de la economía habían sido abandonados. El enfoque en la industria del gas natural terminó por desplazar a todos los demás sectores industriales, convirtiendo a la economía holandesa en un pony de un solo truco. Y cuando ese único truco dejó de funcionar, la economía del país se vino abajo. Ya no había ni pan ni circo.

En el caso de México, esa “enfermedad holandesa” apareció intermitentemente en el transcurso del siglo anterior. Y, ya en la administración de Peña Nieto, la reforma energética se impulsó como la cura definitiva a esa enfermedad. Tal vez lo más rescatable en la ruta del desarrollo mexicano en estas últimas décadas es la diversificación que se ha logrado en nuestras exportaciones, lejos de esa dependencia petrolera. El problema es que el sector energético sigue apuntando a ser ese bastón del sistema tributario mexicano, sólo que ahora compuesto por empresas extranjeras. Con ello, pudiera decirse que sí se cambió el modelo productivo del sector energético, pero sigue direccionado hacia esa misma dependencia o extracción tributaria.

Ahora, el siguiente reto debiera ser la consolidación de una industria doméstica competitiva, tanto en el sector energético como en los demás sectores industriales. No podemos seguir presumiendo que México esté ya entre las quince economías más grandes del mundo cuando la mayor parte de las utilidades terminan exportándose a otros países. Como en cualquier ejemplo de país desarrollado, ya sea Estados Unidos o Japón, la inversión extranjera no debe ser posicionada como el fin en sí, sino como un medio para llegar a un desarrollo verdaderamente independiente. Aquí es entonces donde se debiera dar un giro a nuestra vocación del desarrollo, de lo contrario, seguiremos rebotando de una dependencia a otra: de la dependencia petrolera a la dependencia de capital y tecnología extranjera diagnosticada desde hace tiempo por la dupla clásica de Cardoso y Faletto.2

 

Walid Tijerina es doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de York, Inglaterra, y profesor-investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Nuevo León.


1 OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) (2018). Estadísticas tributarias en América Latina.

2 Cardoso, F. H., & Faletto, E. (1971). Dependencia y desarrollo en América Latina: ensayo de interpretación sociológica. Siglo XXI.



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