“Que coman pasteles”.
María Antonieta de Austria

Desde el ascenso al poder de Miguel de la Madrid en 1982 México ha vivido seis administraciones ininterrumpidas compuestas por liderazgos tecnócratas. Éstas han sido las responsables de la actual política económica y comercial que le ha dejado a México una red de 12 tratados de libre comercio que nos brindan acceso a 46 países. Entre estos tratados figura el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), política clave en la captación de montos importantes de Inversión Extranjera Directa (IED). El resultado de estas políticas públicas y la forma de gobernar de los llamados tecnócratas ha logrado que México sea un referente mundial en estabilidad macroeconómica, inversión extranjera, comercio exterior, pobreza, migración forzada, faltas a los derechos humanos, corrupción y violencia.

Ilustración: Víctor Solís

Criticar a la tecnocracia es algo complicado, ya que, efectivamente, son responsables de algunos aspectos muy positivos de nuestra actual economía; sin embargo, gracias a sus decisiones, también son culpables de muchos de nuestros más grandes rezagos. Es notable, y casi incomprensible, que a pesar de lograr un incremento de cerca de 800% en materia de comercio exterior a partir de la firma del TLCAN México sigue con los mismos niveles de pobreza que en 1992, antes de que el tratado entrara en vigor.

El populismo tecnócrata

Si los tecnócratas critican la racionalidad de los populistas por tomar decisiones buscando congratularse con el pueblo a través de darles lo que quieren en vez de “lo que necesitan”, entonces ellos pecan de las mismas fallas en su proceso de decisión salvo que en vez de querer ganarse la admiración “vulgar” del pueblo, buscan ser los pupilos estrellas de las organizaciones financieras internacionales y grandes capitales privados. Arriesgándome a sonar simplista, los populistas quieren quedar bien con la gente, los tecnócratas con los bancos.

En este contexto, o marco de toma decisiones, podemos entender un poco más por que tenemos la economía que tenemos: nuestros líderes se comportan como sociópatas.  Centran sus decisiones en modelos de maximización de utilidades para ellos (gobierno) y sus accionistas (financieros), al mismo tiempo que carecen de la inteligencia emocional de entender las repercusiones sociales de esas decisiones.

¿Tecnócratas o sociópatas?

Entre los rasgos más característicos de los sociópatas es la inhabilidad de establecer empatía con otros. No consideran o, sencillamente, no les importan los sentimientos y preocupaciones de los terceros. En este marco podemos re analizar las decisiones y políticas trazadas en el tan controvertido Pacto por México que se dio al principio del actual sexenio. El gobierno federal quiso vender el Pacto por México como un gran acuerdo nacional; sin embargo, en retrospectiva, lo único que el pacto logró fue poner de acuerdo a  un grupo de políticos y élites, completamente desvinculadas de importantes sectores de la sociedad.

Un ejemplo ilustrativo de las consecuencias de esta racional en la toma de decisiones ocurrió en mayo de 2016 cuando fueron despedidos más de tres mil maestros afiliados a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE). Esta decisión, sumamente aplaudida en las élites,  sólo logró sumar a la descomposición del tejido social en México, dado que no tomó en consideración las repercusiones sociales de tener a 3000 familias sin fuentes de ingreso concentradas en uno de los estados más volátiles del país. El resultado inmediato fue un enfrentamiento entre maestros de la CNTE y fuerzas policiacas en la ciudad oaxaqueña de Nochixtlán en la cual fallecieron nueve personas, otras tantas salieron heridas.

México no es el único páis que peca de estos procesos de toma de decisiones sociopáticos. Joseph Stiglitz, Nobel de Economía, relató en su libro Globalization and its Discontents el caso de la crisis del sureste asiático de 1997. De manera resumida, ante una fuerte crisis financiera que comenzó a partir de 1997 en países como Tailandia, Filipinas y Corea del Sur, el Fondo Monetario Internacional (FMI) recomendó medidas de austeridad fiscal, entre ellas, recortes en presupuestos de educación e infraestrucutra. Los tecnócratas asiáticos, ansiosos por cumplir con los lineamientos del FMI, hicieron caso. El resultado fue una revuelta social. Las recomendaciones del FMI se veían atractivas en una hoja de cálculo, pero fueron desastrosas en las calles de Asia.

Otro caso mexicano que nos da perspectiva sobre el racionalismo tecnócrata sucedió durante  la antesala de la firma del TLCAN.  En 1992, Carlos Salinas de Gortari, como prerequisito para la firma del TLCAN reformó el artículo 27 de la Constitución que permitiría la privatización de las tierras ejidales. Aunque el TLCAN le ha traído importantes beneficios a la economía mexicana, también previó repercusiones negativas para campesinos e indígenas dada la supresión de las barreras de producción y precios de garantía. La falta de un plan efectivo de integración de campesinos y grupos indígenas al “Milagro mexicano” fue fundamental en lo que sería la insurgencia del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) que se dio el 1 de enero de 1994, día que el TLCAN entró en vigor. Incluso hay señalamientos que indican que este abandono a pequeños productores dio pie a la conquista del campo por narco organizaciones.

En este sentido, las decisiones sociópatas de la tecnocracia (tanto en México como en Estados Unidos) radicó en que no tuvieran un plan de contención para aquellas personas que se iban a ver afectadas negativamente por el acuerdo comercial. Anticipándome a respuestas, me atrevo a decir que ni la SEDESOL ni el PROCAMPO fueron respuestas efectivas a las necesidades de los desplazados.

El ego del tecnócrata depende del exterior; depende de cumplir con lineamientos y sugerencias de la OCDE y del FMI; descorchan champaña cuando avanzan en los indicadores de Doing Business del Banco Mundial o del World Economic Forum (WEF), pero quedan mudos ante las evaluaciones del CONEVAL.

Si bien el populismo (en su acepción más burda) es culpable de darle irresponsablemente al pueblo lo que le pide, los tecnócratas son culpables de gobernar ajenos a su gente, de hacerle más caso a sus hojas de cálculo y a sus bancos que a las preocupaciones de sus ciudadanos. En suma, de no ponerse en los zapatos del otro.

 

Roberto Morris es maestro en Políticas Públicas por la London School of Economics. Actualmente es Presidente y Director General de Núcleo: comunicación política y corporativa.



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