Es una palabra pretenciosa: intersticio. Pero no se me ocurre otra para referir a la delicada posición en la que creo que conviene valorar eso que hoy englobamos con el anglicismo drag. La dificultad para definir lo que este mismo término consigna es sintomático de ese espacio liminal al que pertenece. Cualquier definición de lo drag mostrará excepciones o inclusiones que resultarán por lo menos incómodas hasta para quienes a ello se dedican. Es paradójico que un performance que suele incluir el incomodar a sus espectadores resulta incomodado si no se le define propiamente. Y es que, como transgresión, el drag toca muchas fibras.

Ilustración: Oldemar González

“Personificación escénica de lo femenino”, lo describen algunos. Sí, aunque no siempre, pero además, ¿qué de lo femenino?, ¿de qué forma o entendiendo qué cosa como lo femenino? ¿Importa quién lo hace? ¿Importa el escenario o lugar donde lo hace? ¿Importa la audiencia del show? En el drag, me parece, importa todo: todo detalle, toda posición y todo el tiempo. El drag depende tanto de su contexto que muchas veces lo más elevado, lo más gracioso, lo más exitoso de un espectáculo es su capacidad de ser autorreferencial. Por eso puede ser tan genial como delicado, por eso puede ser tan ofensivo como “salirse con la suya”, por eso puede lo más burdo ser lo más sofisticado. Por eso puede su transgresión pasar en un segundo del lado de la liberación al de la opresión, de un rústico espectáculo a un acto político. En el momento en el que el drag se descoloca del frágil, móvil e inestable intersticio en el que es producido, aparecen sus problemas. O, más bien, se mete en problemas.

Después de casi medio siglo de observar, analizar y hacerse preguntas sobre lo drag, las respuestas nunca han sido suficientes. Y no por la calidad de los trabajos de investigación que se han hecho —especialmente en Estados Unidos, pero también en otros países— sino porque el fenómeno mismo y las estructuras sociales en las que se enmarca tienen trayectorias cambiantes. Ser o hacer drag en Nueva York en la década de 1960 tiene implicaciones, lecturas y orígenes distintos al que se hace hoy en el Teatro Garibaldi de la Ciudad de México. En el camino han proliferado otras formas de lo drag que van desde variantes de travestismos escénicos con nuevos objetivos a un conjunto de identidades sexo-genéro para las que no conseguimos etiquetas simples y cuyas reivindicaciones cambian. Las sociedades entendemos y acomodamos de forma distinta el conjunto de transgresiones que el drag puede o quiere significar e interpelar, porque entendemos y acomodamos el género y sus transgresiones de formas cambiantes.

Al hablar de intersticios nos topamos con más paradojas, pues lo drag transita entre lo marginal y lo hegemónico. Si seguimos encontrándole nuevas y más preguntas al drag es porque la circulación global de productos mediáticos estadounidenses a través de plataformas digitales y, de manera aún más explosiva a través de Netflix, parece fijar nuevas directrices a las trayectorias locales que este performance, ya globalizado, tenía. Algunos textos de opinión y académicos de la última década dicen que el drag es ahora mainstream… No sé. No sé cuántas y cuáles personas tendrían que saber de RuPaul’s Drag Race o haber visto el clásico documental Paris is Burning para decir que lo drag se volvió mainstream. Pero el que estos productos tengan presencia en los canales que hoy son convencionales, ciertamente revitaliza su circulación, le otorga una nueva visibilidad, abre los canales a nuevas apropiaciones y reinterpretaciones. Sus transgresiones se enfrentan a más y nuevas audiencias, incluso con relevos generacionales.

Las mismas preguntas que se hicieran antropólogos y sociólogos desde aquel primer estudio fundacional hecho sobre drag queens por Esther Newton en 1970, nos hacemos hoy. Pero estas décadas no han pasado en vano. En el camino, el mundo de las identidades sexo-genéro se ha transformado, así como los marcos teóricos para estudiarlas. Las respuestas no pueden ser las mismas a la vez que se suman nuevas preguntas y emergen nuevas críticas.

Desde el feminismo, por ejemplo, algunas críticas señalan que el drag es, por definición, misógino. Hombres caricaturizando en el escenario los atributos y cuerpos de las mujeres no es distinto, dicen, al performance del blackface, en el que hombres blancos caricaturizaban en el escenario los atributos de clase y cuerpos de aquellos a quienes se les construyó como raza negra en Estados Unidos y Europa. Es una analogía poderosa. Y, sobre todo, es certera si definiéramos el término drag como cualquier “personificación escénica de lo femenino (hecha por varones)”. Si el género es una estructura social binaria en la que aquellos definidos como hombres sostienen una relación de dominio sobre aquellas definidas como mujeres, ciertamente la caricaturización de los dominantes sobre las subalternas no podría ser más que un grotesco alarde de poder. El hombre vestido de mujer, el blanco pintado de negro, el rico imitando las maneras del pobre: son todos recursos de la comedia que sólo refrendan las posiciones de poder. En sentido inverso, en cambio, se convierten en proclamas subversivas y el humor tiende a desaparecer.

Para un sentido misógino de la personificación escénica de lo femenino los ejemplos cruzan décadas y países. A la mente me llega el comediante argentino Jorge Porcel como uno de los iconos más infames. En México, la Beba Galván tendría que estar en la lista, junto con el personaje femenino de un gran número de comediantes hombres de las barras cómicas de Televisa. En Estados Unidos los hay menos ofensivos como Robin Williams jugando el papel de una anciana que solo quería acercarse a sus hijos para los que había perdido la custodia o grotescos como los que ha hecho el actor Eddie Murphy. Cualquiera que haya estado medianamente pendiente de la escena drag en los últimos 50 años sabe, sin embargo, que estos travestismos escénicos, si bien algunos también los llaman “drag”, no forman parte de la misma expresión cultural.

Algunos tendrían la tentación de decir, entonces, que la diferencia de los anteriores con lo que constituiría el mundo drag es que en el caso del segundo, el disfraz lo porta un hombre asediado por un rol de género que no logra satisfacer. Un hombre que se mueve con esas maneras que le enseñaron que son de las mujeres, un hombre que habla con esas entonaciones que le dijeron es propio de las mujeres, un hombre al que no le gustan las cosas que, dicen, son de y para hombres, un hombre que desea erótica y afectivamente a otros hombres. El drag es la estridente caricatura que estos hombres hacen no de las mujeres, sino del estigma de no ser lo suficientemente hombres.

Esto es —o, más bien, a veces es— un intersticio: el drag no es siempre una comedia misógina. Pero no funciona sin la misoginia, pues el humor surge de la transgresión en la que el hombre, en vez de repeler, ocultar o resistir una feminización que lo degrada, decide abrazarla estridentemente. Esta inversión de roles en sentido contrario, la que representa el drag king, aunque también se construyen dentro de espectáculos con fines humorísticos, no tiene la misma recepción fuera de esos ámbitos porque la transgresión que representa no es de mofa a la degradación, sino que es corrosiva: la mujer demuestra que la distancia entre una posición subalterna y otra dominante en la estructura de género está en cosas tan triviales como las ropas, el lenguaje corporal, entonaciones. La masculinidad es tan frágil como eso y a los hombres no les suele dar risa eso. Insisto: el drag no puede ser misógino per se, pero sin la misoginia no funciona.

Que el espectáculo humorístico de un hombre travestido sea a cargo de un homosexual no lo exime, por default, de ser un evento misógino. Las audiencias importan. El contexto del espectáculo también. No es lo mismo el show de Francis que La más draga. No es lo mismo una audiencia heterosexual morbosamente encantada con el atrevimiento de la jotería, que una audiencia homosexual celebrando la libertad que alcanzan en un espacio en el que les es posible despojarse de una masculinidad opresiva. El drag, definido como el arte de la personificación de lo femenino, pierde de vista el intersticio donde tiene más sentido que en ningún otro lado: la “cultura” “gay”. Sí, con comillas y con comillas, pues estoy hablando de intersticios… ambos conceptos son inestables, problemáticos y excluyentes. Sobre todo porque la posición del “hombre gay” es hoy, afortunadamente, cada vez menos amenazada.  Pero desafortunadamente esto ocurre a un ritmo más acelerado de lo que el desequilibrio de poder en la estructura de género entre hombres y mujeres es borrado. Eso parece poner, en los ámbitos de clase y culturales donde esto ocurre, a los hombres gay más cerca del privilegio patriarcal que de una subalternidad compartida con las mujeres. Desde esa posición, un espectáculo drag es hoy menos transgresor en ese sentido —subrayo— que lo que era hace 40 años. Sin embargo, su vigencia es incuestionable. ¿Por qué?

En el camino del drag, aquél de explorar y proyectar en un cuerpo leído como masculino todo aquello que fue consignado como “femenino” pero liberándolo de la inmediata sexualización y objetivación de la mirada masculina, las posibilidades se vuelven infinitas. La masculinidad, además de frágil, es aburrida: su repertorio es limitado porque en su posición hegemónica solo necesita impresionar a los otros mostrando insignias de su estatus social o político, pero en cuanto a la estructura de género la norma es clara: son ellas las que tienen que “impresionar” y seducir a ellos —por eso en una “alfombra roja” lo que importan son los vistosos y variados vestidos de ellas, no los repetitivos trajes de ellos—.

Al retirar lo masculino y la mirada masculina, el drag abre un mundo de pelucas, maquillajes y vestimentas que se convierten en disfraces, disfraces que se convierten en andamiajes, cuerpos que la base de esculturas voluptuosas y exuberantes. Abre también la infinita expresión corporal que camina, que posa, que baila, que se desgañita con y sin gracia. El lazo entre el artista y su público se ciñe en un performance basado en un mar de referentes de culturas de masas cruzado con lo más íntimo de la congregación en turno y que son presentados a través de guiños para los entendidos o de la exageración descontrolada. El objetivo es ser “la más”, dejar a todos “gagging” dice la jerga en inglés. Y todo esto sin erotizar… aunque puede pasar. El drag acaba siendo más que la transgresión de género: incluyéndola y trascendiéndola, se convierte en un complejo arte escénico y escultórico que tiene al cuerpo como lienzo y lo “femenino” como su material plástico primario. Y acaba dando espacio para más.

El drag desborda los circuitos gay –e incluso desborda el género-. Estas posibilidades atrae también a mujeres interesadas en maquillajes, pelucas y rellenos… pero no para erotizar, sino para explorar estas posibilidades creativas y la posibilidad de comunicar mensajes lúdicos, estéticos o políticos a través de ello. En el mundo anglosajón las llamaban “faux queens” (reinas falsas). Una reivindicación posterior propuso “bio queens”. Si en la cultura gay, parte del reto es que los hombres consigan lo que en la jerga estadounidense de este ámbito llaman la “realness” de parecer mujer al grado de esconder sus genitales entre las piernas y usar pantalones o corsés ajustados sin que un bulto sea visible, los retos de las “bio queens” no pasan por ahí. Hoy el término de “bio queen” comienza a ser también complicado.

En el drag hay otros intersticios. ¿Es tránsfobo el “drag”? La pregunta es especialmente pertinente en las últimas décadas, pues nuestro entendimiento sobre las personas trans y las reivindicaciones sobre lo que es la identidad de género han cambiado. Y la respuesta, como todo en esta arena, no es sencilla, pues enfrenta de manera muy sensible a posiciones encontradas dentro del feminismo y el activismo. En el mundo drag es común encontrar a quienes comenzaron haciéndolo autoidentificados como hombres, quienes con el tiempo fueron descubriendo o modificando su identidad de género a expresiones no binarias como “drag queen”, “no sé”, “género fluido”, y, por supuesto, mujer. Es común encontrar a algunas mujeres trans que expresan que fue a través del drag que finalmente se descubrieron mujeres. Algunas permanecen como artistas escénicas, otras se retiran. Dentro de la propia historia del drag en el ámbito gay, es típica la fluidez lúdica entre el “ser hombre” y “ser mujer” al grado de que hasta hace unos 30 años, ser “gay” y “vestida” podía ser lo mismo. Incluso, la idea errónea de que una mujer trans es un “hombre demasiado gay” sigue arraigada en algunas mentes. Eso, en el ámbito drag, permitía —y sigue permitiendo— que hombres gay y mujeres trans puedan seguir haciendo drag juntas. Hoy, el activismo pugna porque gay y mujer trans sean identidades totalmente separadas y que sólo comparten una posición transgresora con respecto a la estructura de género y nada más. Juntas… pero no revueltas.

Esto es relevante porque si de por sí la jerga gay está repleta de juegos de palabras y albures relativos a la apropiación de los estigmas típicamente asestados contra el afeminamiento de un hombre, en el caso del mundo drag esto adopta un nivel más profundo en el que lo trans toma un papel muy particular. Por poner un ejemplo, en el reality de RuPaul’s Drag Race se ha retirado jerga que pudiera ser considerada ofensiva contra las mujeres trans y que jugaba parte de las dinámicas tradicionales del drag.1 Hoy, desde el activismo, una competencia drag podría estar repleta del equivalente al “eeeeh, puuuto” para una mujer trans.

Pero más complicado es el valor y sentido de la farsa, del engaño, en el mundo drag. Buena parte de las categorías de concurso en una sesión de “ball” son fingir que se es algo que no se es: secretaria de un alto ejecutivo, hippie de los 70, estudiante universitario, etc. La audiencia sabe que el cuerpo que desfila tuvo que transformarse para eso y el que un “hombre” parezca una “mujer” resulta ser el “engaño” más importante en la mayoría de las categorías. En el entendimiento de que debemos separar la lectura de la performatividad de un género (es decir, todos los atributos físicos, vestimentas y atavíos) de la identidad de género que reivindica cada persona: esto se complica. Es decir: el activismo trans reivindica que “parecer” de un género no debe significar identificarse con ese género. Desde esta óptica, la farsa del género que implica el drag se evapora. Y sólo desde ahí el drag puede ser considerado tránsfobo. Y sin embargo todos: hombres gay o bi, bio queens, mujeres trans, hombres trans, mujeres lesbianas o bi y hasta alguno que otro hombre heterosexual hacen drag queen o drag king. Y, sin embargo, no están haciendo lo mismo. ¿Se puede hacer juntos, revueltos o mejor no?

La pregunta sobre quién puede hacer drag no la ha podido responder ni siquiera RuPaul, la drag queen más famosa de nuestro tiempo, sin meterse en problemas, contradicciones y acusaciones. Alguna vez dijo lo que tenía que decir: “todo mundo puede hacer drag”. Pero tras una década de conducir un exitoso concurso nunca ha participado una “bio queen”. Aunque ha tenido entre las concursantes a algunas personas identificadas como mujeres trans, RuPaul recientemente declaró en una entrevista que lo había permitido porque no habían hecho aún transformaciones a su cuerpo. Las acusaciones de misoginia y transfobia no se hicieron esperar… y con toda justicia. RuPaul pareciera consignar su mundo drag al viejo antro gay de los 80 en el que no había mujeres y no distinguíamos entre gays y mujeres trans más que por gradación. El drag no puede dejar de ser de la cultura gay… es sólo que ya no se puede pretender que sólo se entienda, se experimente a través de ella, sigue en un inmarcesible intersticio que existirá mientras exista el género.

 

José Ignacio Lanzagorta es politólogo y antropólogo social.


1 Por ejemplo: las participantes recibían al inicio de cada capítulo un mensaje de la anfitriona, RuPaul, con alusión a haber recibido un correo electrónico. Para esto, se escuchaba una voz que decía el juego de palabras en inglés: “You’ve got she-mail”, en vez de “E-mail”. “She-mail”, a su vez suena igual que “she-male”, término despectivo para referirse a mujeres trans.



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