Creation and destruction are inseparable to Zarathustra; the creator must always destroy.

Reinert y Reinert, Creative Destruction in Economics: Nietzche, Sombart, Schumpeter

Curioseando en el fracaso ajeno

A mediados de los noventa, Clayton Christensen y Joseph Bower, investigadores de la escuela de negocios de Harvard, detectaron un patrón de fracasos empresariales especialmente notorios en la industria de las computadoras. Advirtieron que ciertas organizaciones robustas y bien plantadas en el mercado invertían de forma sistemática en tecnologías de uso habitual entre sus usuarios cautivos, para luego ser vapuleadas por nuevas tecnologías que hasta entonces se habían confinado a los mercados emergentes.

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The research shows that most well-managed, established companies are consistently ahead of their industries in developing and commercializing new technologies –from incremental improvements to radical new approaches– as long as those technologies address the next-generation performance needs of their customers. However, these same companies are rarely in the forefront of commercializing new technologies that don’t initially meet the needs of mainstream costumers and appeal only to small emerging markets.1

Bower y Christensen distinguieron las tecnologías sostenidas o incrementales (enfocadas en la mejora de lo ya existente) de las tecnologías disruptivas, que al operar a contracorriente de los usos habituales, suelen ser rechazadas por la mayoría. Si tomamos como referencia el abismo de Geoffrey Moore,2 inspirado en la curva de adopción de la tecnología de Everett Rogers,3 las tecnologías disruptivas se ubican en el segmento de consumidores innovadores y visionarios, a un costado del despeñadero comercial, lo cual explicaría la cautela de las empresas por evitarlas. Este temor por el abismo contribuyó a asentar un binomio que fue convirtiéndose en una falsa oposición conforme el término “disruptivo” se volvió tendencia. 

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Ilustración 1. El abismo. Fuente: Moore, 2014

Con base en el análisis de una serie de casos, Bower y Christensen sugirieron  acciones para cultivar las tecnologías disruptivas, permitiendo así que las empresas se suban en la cresta de la ola en lugar de ser pilladas por formas de consumo en apariencia poco monetizables. La aspiración se anuncia en el título Disruptive Technologies: Catching the Wave, publicación con la que el término se introdujo discretamente, para después explotar con best-sellers como The Innovators Dilemma, Disrupting Class y The Innovator’s Solution, entre otros.

Este interés por aprender del fracaso ajeno para evitar el propio, trajo consigo valiosos aprendizajes, como que la innovación disruptiva requiere un habilitador tecnológico, un modelo de innovación de negocios y un nuevo ecosistema comercial. Para existir y permanecer, a su vez estos elementos requieren de una gran capacidad para mirar a contracorriente del consumo habitual, resistir las inercias del mercado, avizorar oportunidades que podrían no inspirar confianza, desarrollar una enorme resiliencia y ahorrar mucho para que la empresa pueda darse el lujo de fracasar unas cuantas veces antes de dar al clavo.

La controversia

En el 2014, la historiadora y periodista Jill Lepore publicó el texto The Disruption Machine, en el cual criticaba The Innovator’s Dilemma, que para ese momento ya era considerado uno de los libros más influyentes de su campo del conocimiento. Así comenzó una polémica no desprovista de moretones que nos permite reflexionar en torno al uso excesivo e indiscriminado del término “innovación disruptiva” y sus alcances en nuestra realidad material.

Bordando sobre la historia de las ideas, Lepore contextualizó la propuesta de Christensen, haciendo evidente el miedo y la profunda necesidad de certidumbre que motivaron las aspiraciones predictivas de su modelo. También cuestionó la idea del progreso, ahora suplantada en su apogeo por la de innovación. ¿Acaso la novedad exacerbada siempre implica bienestar? Se plantea.4

Lepore también sugiere que los casos seleccionados por Christensen para explicar su teoría son acomodaticios y no cumplen con las características del modelo propuesto por el propio autor, hecho constatado en trabajos como How Useful Is The Theory of Disruptive Innovation, en el que se contrastan 77 casos citados en The Innovator’s Solution y The Innovator’s Dilemma con el modelo de Christensen, para concluir que no todos calzan con sus supuestos.

Christensen respondió la embestida defendiendo su punto de vista y aceptando sus limitaciones. También invitó a Lepore a colaborar con él en el retoque del modelo, diplomacia que, hasta donde sé, no ha sido correspondida. En sentido estricto, la cosa debió quedar allí, pero otros autores escribieron más y más notas acerca del tema, anunciando el fin de la innovación disruptiva o al menos de la moda en torno a ésta, que sería el desenlace lógico si atendemos a la sociología de las tendencias.5

Con seguridad, tantas idas y vueltas contribuyeron a que Christensen vendiera más libros y a que hoy pongamos el acento en el hecho de que el discurso de la disrupción (como todo discurso) corresponde a un tiempo, a un espacio y a cierto alcance ideológico. En este tenor, averiguar si Christensen o Lepore tienen razón, no reviste tanta importancia como poner en duda la falsa dicotomía entre innovación disruptiva e innovación incremental, así como la creencia ampliamente extendida de que lo nuevo en sí mismo es maravilloso.

Clayton afirma que la mayor parte de las personas que utilizan el término “innovación disruptiva” nunca han leído ninguna de sus obras sobre el tema, lo cual favorece su uso descafeinado, alegato en el que, irónicamente, coincide con Lepore y otros detractores del enfoque.

Observamos, pues, un desplazamiento semántico en  la noción de “innovación disruptiva”, que va de un modelo para prevenir el fracaso en las empresas tecnológicas, a un adjetivo para denominar algo “positivamente distinto y deseable”, entre otras acepciones que se han convertido en una licencia para cualquier bufonada. Tanto así que hoy en día es posible utilizar el término para justificar el uso de un zapato de terciopelo y chaquiras a guisa de sombrero o la exhibición de un montoncito de tierra como pieza de arte, cual si estos objetos cristalizaran cierto principio de razón suficiente. El mismo Christensen ha manifestado su sorpresa por el uso arbitrario del concepto, que ya no es suyo.

Sin duda, la lengua es una entidad viva, por lo que esta ampliación conceptual no sorprende; ejercemos nuestro derecho a la significación transformándola perennemente. Pero, ¿la innovación disruptiva es deseable en todas las circunstancias?,  ¿la innovación es buena en sí misma? ¿Innovar o morir? ¿Corcoba, Oppenheimer y Borghino indemnizarán a mis descendientes si innovo y de todos modos muero?

Destrucción creativa

La dicotomía “incremental versus disruptivo” tiene su antecedente en la destrucción creativa de Werner Sombart, economista y sociólogo, inspirado en Nietzche para desarrollar este concepto que alude al ciclo de catástrofe y creación que atraviesa nuestra existencia.  Así nombró Sombart a este fenómeno recurrente en el capitalismo moderno:

Again, however, from destruction a new spirit of creation arises; the scarcity of wood and the needs of everyday life…forced the discovery or invention of substitutes for wood, forced the use of coal for heating, forced the invention of coke for the production of iron. That these events, however, made possible the enormous development of capitalism in the 19th Century, is beyond doubt for any well-informed person.

El enfoque de Sombart, años más tarde popularizado por Joseph Schumpeter, pone el acento en el hecho (reconocido por Christensen, si bien olvidado por su fanaticada) de que la creación y la destrucción son momentos de un mismo devenir. Crear implica destruir para crear de nuevo y quizás nuestros esfuerzos (al menos lingüísticos) por ejercer un control instrumental  sobre este hecho resulten infecundos.

Karla Paniagua es coordinadora de investigación y directora de la especialidad en Diseño del mañana en Centro de diseño, cine y televisión.


*La autora agradece las aportaciones y comentarios de Rodolfo Ramírez, CEO de RedBox Innovation, Amnon Levav, CEO de Systematic Inventive Thinking© e Iván Babic, CEO de Business as Unusual, para la realización de esta pieza.

1 Bower, J. y Christensen, C. “Disruptive Techonologies: Catching the Wave” en Harvard Business Review, enero-febrero, 1995, pp.44.
2 Ver Moore, G. Crossing the Chasm: Marketing and Selling Disruptive Products to Mainstream Customers, Harper Business, Nueva York, 2014.
3 Ver Rogers, E. Diffusion of Innovations, Macmillan Publishing, Nueva York, 1962.
4 A este respecto conviene distinguir novedad de innovación, pues no todo lo nuevo es de suyo innovador. De acuerdo con el manual de Oslo, la innovación consiste en “la introducción de un nuevo o significativamente mejorado, producto (bien o servicio), de un proceso, de un nuevo método de comercialización o de un nuevo método organizativo, en las prácticas internas de la empresa, la organización del lugar de trabajo o de las relaciones exteriores”. Ver Manual de Oslo. Guía para la recogida e interpretación de datos sobre innovación, OECD/Tragsa, 2006, http://www.uis.unesco.org/, recuperado el 17/jul/2016.
5 Ver Guillaume, E. Sociología de las tendencias, Gustavo Gili, Barcelona, 2014. El quid de las tendencias es que pasan, fundamentalmente.



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