El triunfo electoral de Andrés Manuel López Obrador ha sido comparado con un tsunami por su repentina fuerza, su enorme alcance y su capacidad destructiva de otras fuerzas políticas. Para algunos es un símil superficial, pues no se trata de un fenómeno súbito, derivado de fenómenos coyunturales, sino de la acumulación de un hartazgo social tras años de gobiernos que ignoraron sus causas profundas.  Sin embargo, quienes rechazan la comparación parecen desconocer que un tsunami tiene una cara en la superficie, sorpresiva y arrasadora, a la que le corresponde una interna de mayor energía, acumulada lentamente en las placas tectónicas que lo desencadenaron, las cuales pueden generar nuevos maremotos con consecuencias impredecibles. De esta forma, la comparación del triunfo lopezobradorista con un tsunami es más pertinente que nunca, sobre todo si pensamos en el sustrato social que ha reacomodado las fuerzas políticas y que aún seguirá sacudiéndolas.

En la superficie, el tsunami de la elección tiene un perfil cada vez más claro. AMLO obtuvo 53.17% del voto popular según el conteo final del Instituto Nacional Electoral. Esto es cerca de cinco puntos arriba de las estimaciones presentadas por última vez antes del día de las votaciones por los agregadores de encuestas, más del doble que Ricardo Anaya y más de tres veces lo obtenido por el ciudadano sin militancia partidista, José Antonio Meade. Aquí una primera gran sorpresa, pues en lugar de cerrarse la elección con la aparición del voto útil, se amplió en las casillas la ventaja del líder de una forma que era difícil de prever con la información disponible antes de la elección.

Al contundente resultado de la elección presidencial se agrega que la coalición “Juntos Haremos Historia” alcanzaría el 62% de los escaños en la Cámara de Diputados y 54% de la Cámara de Senadores.  Esto coloca a la coalición a escasos 24 diputados y 16 senadores de poder realizar cambios constitucionales, independientemente de lo que disponga la oposición, pues el 60% de las legislaturas de las entidades federativas se encuentran en manos de los aliados de López Obrador. El poder que concentra AMLO será formidable, y enciende las alarmas de la posible falta de contrapesos en el legislativo, más cuando es previsible que algunos legisladores de oposición terminen adhiriéndose a Morena.

Ilustración: Víctor Solís

La capacidad “destructiva” del tsunami lopezobradorista se ejemplifica particularmente en lo ocurrido al PRI. Este partido no sólo no ganó una sola de las nueve gubernaturas en disputa, sino que habría pasado de 48 a 14 senadores y de 204 a 42 diputados, según la proyección inicial de Oraculus. En la legislatura federal, el PRI tendría la quinta parte del poder que todavía tiene. En los estados gobernará 13 de 32 entidades, pero con legislaturas dominadas por la oposición. Adicionalmente, el partido aliado del PRI, Nueva Alianza, perdería su registro. Sin embargo, la peor derrota es para el ciudadano Meade: no ganó uno solo de los 300 distritos del país y perdió en su propia casilla.

Esta es la visión del tsunami desde la superficie, que alimenta el debate acerca de lo que López Obrador será capaz de hacer con tal concentración del poder, una oposición debilitada y escasos contrapesos institucionales. ¿Realizará cambios a la Constitución? ¿Modificará las reglas de la competencia electoral para extinguir a sus rivales más débiles? ¿Realineará a su favor al poder judicial y a órganos autónomos como el Banco de México? Es difícil imaginar que este capital político, hasta cierto punto imprevisible, no será utilizado más pronto que tarde.

La discusión de este repentino poder también abarca su duración y posible disipación, pues es posible que aparezcan fracturas en lo que hasta ahora ha sido una coalición casi monolítica y surjan liderazgos alternativos que impidan decisiones con disciplina y el refrendo del triunfo en las elecciones intermedias ¿El enorme poder legislativo de “Juntos haremos Historia” le será disputado a López Obrador? ¿Habrá una competencia inmanejable en vistas a suceder a AMLO como líder de movimiento que se consolida? ¿Se perderá el mandato y la fuerza de Morena en las elecciones de 2021?

Tanto o más interesante que intentar responder estas preguntas es examinar la geología que dio origen al tsunami y que puede dar lugar a nuevos sismos con serias consecuencias sociales. El sustrato del triunfo de López Obrador está dado por la enorme desigualdad económica sobre la cual se asentaron agravios específicos como la corrupción y la inseguridad, base que sigue ahí, esperando reacomodos derivados de las políticas públicas que lo afecten. Las placas tectónicas tras el tsunami son los enormes conflictos distributivos entre las clases sociales que predominan en México.

En el estudio El México del 2018 , del Centro de Estudios Espinosa Yglesias, se hace un cálculo de la riqueza nacional y su distribución. Las cifras muestran que el 10% de la población con mayor riqueza concentra cerca de dos terceras partes de la riqueza total neta. Sin embargo, al examinar los componentes de dicha riqueza resaltan desigualdades aún mayores. El 10% de la población más rica posee el 85% de los activos financieros en manos de residentes del país. Sobre esta base se erige la estructura de clases de la sociedad mexicana y, justo con esta información y siguiendo la noción clásica de la economía de que la posición de clase está basada en la posesión de riqueza, el estudio mencionado determina la división de la población en aquella con riqueza relativamente alta, baja e intermedia.

Bajo esta perspectiva, la clase con una riqueza relativamente alta (suficiente para financiar por sí misma actividad productiva contratando a otros) se redujo de 17.5% de la población oferente de factores en 2010 a 15.7% en 2014. Mientras tanto, aquellos con baja riqueza relativa (insuficiente para financiar por sí misma el empleo de otros) prácticamente mantuvieron su misma participación dentro de los oferentes de factores: 67.9% en 2010 contra 66% en 2010. Lo realmente preocupante de este panorama es que aquellos relativamente ricos aumentaron su riqueza promedio 47% en términos reales, mientras que aquellos con riqueza relativamente baja apenas la incrementaron 3%. La estructura de clases en México de por sí muy desigual, se ha polarizado todavía más recientemente.

En la estructura de clases es de particular importancia el papel que juegan las clases medias en un sentido tradicional (con suficiente riqueza para generar su propio empleo). Éstas, si bien aumentaron en tamaño entre 2010 y 2014 de 14.6% a 18.4% de los oferentes de factores productivos, vieron reducir su riqueza per cápita en 1%. En otras palabras, la ampliación de la clase media vino asociada con el deterioro de sus condiciones económicas. Adicionalmente, otros grupos que alimentan las clases medias, aquellos con elevado capital humano o en posiciones de dirección o supervisión de procesos productivos, aunque con baja riqueza relativa, si bien mejoraron su nivel de riqueza (8.6%) no lo hicieron como los de la clase relativamente rica.

En suma, antes de la pasada elección, México presentaba una estructura de clases cada vez más polarizada y con clases medias en deterioro económico o lejos de las ganancias de las clases relativamente ricas. Esta situación, si bien no se traslada mecánicamente a la arena política, sí proporciona elementos para entender algunos resultados. Por ejemplo, parece tener sentido que, de acuerdo a Parametría, además de contar con apoyo de los grupos en desventaja económica, más del 59% de los electores con nivel educativo igual o superior a secundaria e ingresos mayores a $4,500 votaran por López Obrador, pues tal grupo corresponde típicamente a las mermadas clases medias.

La geología del tsunami lleva a pensar en una cuestión más importante. El impulso electoral de López Obrador tiene como base un problema distributivo que requiere atención. Si las acciones de la nueva administración no reducen la polarización social subyacente redistribuyendo el poder económico, los sismos, meremotos o nuevos tsunamis políticos resurgirán. Esto significa enfrentar los intereses económicos que por mucho tiempo han capturado las instituciones, las políticas públicas y el quehacer político. Tan preocupante como la falta de contrapesos al poder de la nueva presidencia sería que ésta no representara un contrapeso efectivo al poder económico que defenderá los privilegios del status quo.

Las primeras señales del presidente electo son de una rápida reorganización del aparato gubernamental para concentrarse en un grupo compacto de políticas públicas con un importante elemento distributivo. Éstas, como las becas educativas y laborales para jóvenes y la duplicación de pensiones para adultos mayores, todavía son de carácter limitado en cuanto que lo que lo que redistribuyen es el gasto público existente. No es poca cosa, pero cuando se planteen medidas que afecten las ganancias actuales de poderosos grupos económicos, como las compañías mineras, las empresas de telecomunicaciones y el sector financiero, el reacomodo de la estructura de clases mexicana dará lugar a conmociones políticas importantes, y más si aparecen en el horizonte medidas fiscales duraderas que afecten la distribución de la riqueza. El tsunami electoral puede ser el principio de algo más grande.

 

Rodolfo de la Torre
Coordinador de investigación sobre desarrollo social en el Centro de Estudios Espinosa Yglesias.



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