En los últimos meses mucha tinta se ha derramado sobre el creciente proteccionismo en la economía global y sus posibles repercusiones. Arancel tras arancel o amenaza tras amenaza de imponerlos, el nerviosismo ha crecido en el mundo, en especial conforme una posible guerra comercial entre China y Estados Unidos crece en su retórica y llega en potencia, hasta ahora, a tener un tamaño de hasta un 12 por ciento del PIB global.1

Las repercusiones de una eventual guerra comercial de esa magnitud seguramente serían muy graves para la economía global, aunque no se sentirían de forma inmediata. Con mucha seguridad observaríamos incrementos en precios como los que ya se reportan en algunas armadoras de autos (BMW y Tesla, por ejemplo) y ajustes en las cadenas globales de valor. A la larga, países que dependen mucho del comercio probablemente sufrirían un choque fuerte en sus economías y la posibilidad de menor crecimiento en el mundo se haría latente.

En este contexto tan peculiar de la segunda globalización, México enfrenta de forma adicional sus propias fuentes de incertidumbre comercial en forma de la renegociación del TLCAN; no obstante, para todo lo que hemos hablado sobre comercio entre los tres países y sobre la globalización y sus ganadores y perdedores, poco hemos hablado sobre cómo ha evolucionado el comercio de los tres países a lo largo de la historia para la que tenemos datos disponibles y cómo una interpretación equivocada de estos datos podría ser una de las causas de la visión neomercantilista en Estados Unidos.

Ilustración: Víctor Solís

Gracias a una nueva base de datos sobre el comercio mundial desde principios del siglo XIX2 desarrollada por Giovanni Federico y Antonio Tena-Junguito, de las universidades de Pisa y Carlos III de Madrid respectivamente, podemos hacernos una idea de esta evolución. Para los propósitos de este texto nos importa la medición de apertura comercial que data desde 1800 hasta 2008 y que para los tres países en cuestión cubre el periodo de 1830-2008; sin embargo, utilizando datos del Banco Mundial podemos completar hasta 2017.

La medición de apertura nos interesa porque nos permite contrastar la evolución del comercio en dichos países. Aunque esta medición está construida sólo con la razón de las exportaciones entre el PIB en lugar de la suma de exportaciones e importaciones (la medición más común de apertura), nos da una buena idea de qué tanto ha cambiado el comercio en los tres países y evidencia la facilidad con la que se pueden interpretar mal los datos en el contexto de la economía global de nuestros días.

En la gráfica se pueden apreciar algunas cosas realmente curiosas; por ejemplo, Estados Unidos a pesar de ser el arquitecto del actual régimen de comercio global ha mantenido una razón de exportaciones sobre PIB bastante baja, alrededor del cinco por ciento por la mayor parte del siglo XIX y XX y apenas llegando a rondar el 10 por ciento en los últimos años del siglo XX y principios del XXI. Aquí algunos economistas señalarán que el objetivo del comercio está más en las importaciones que las exportaciones, pero, si tomamos éstas, igual encontraríamos un número muy pequeño, alrededor del 17 por ciento respecto al PIB.  Por su parte, Canadá es un país con una tendencia creciente durante el mismo periodo llegando hoy en día a alrededor del 31 por ciento, una evolución que va muy de la mano con la transformación de Canadá de un exportador de materias a primas hacia una mezcla de materias primas y manufacturas. Por último, México se encuentra cercano al 38 por ciento, un cambio sustancial si se compara con sus niveles de 1978 (siete por ciento) pero inferiores a su punto más elevado a principios de la década de 1920 donde acarició el 50 por ciento y que nos obliga a preguntarnos sobre qué ha fallado para que el boom exportador se transforme en mayor crecimiento.

Lo que es llamativo sobre Estados Unidos en el contexto de una posible guerra comercial hoy en día es que, por el pequeño volumen que representan sus exportaciones respecto al tamaño de su economía, parecería ser relativamente menos vulnerable a los aranceles que otros países pueden poner en sus productos. Sobre todo si Washington piensa, erróneamente, que las cosas no han cambiado en 50 años (o en 150 si usamos la medición de apertura de Federico y Tena). Quizá ésta es la lógica de la administración Trump, que parten del supuesto de que puede resistir más tiempo un conflicto comercial, que siendo una economía tan grande y diversificada es posible que pudiera resistir mejor los efectos de disrupciones al comercio en comparación con otras economías con una mayor dependencia en su sector exportador. Quizá la lógica trumpista es que, al final, puede contar con su mercado interno para ganar.

Sin embargo, es una lógica equivocada que parte de un entendimiento anacrónico de la evolución del comercio global. La lógica de Estados Unidos quizá pudo ser correcta si estuviéramos en el siglo XIX o la primera mitad del XX, pero hoy en día es incorrecto considerar los flujos comerciales sólo por su tamaño, es necesario ver el rol que hoy en día juegan los bienes intermedios.

Aunque Estados Unidos es una economía gigante, una buena parte de su base manufacturera está fuera del país, integrada con México y Canadá y otros países alrededor del mundo. Lejos de pensar que sus productos, aunque sean de consumo doméstico, se hacen en casa en la realidad se hacen por muchas partes del mundo y aunque no dependa de su comercio como un motor de crecimiento, los aranceles a sus productos sí pueden obstruir su capacidad para mantener ciertos componentes de sus cadenas de valor y pueden, de esta manera, funcionar a la inversa: provocar que estas cadenas escapen del país en lugar de ayudarles a permanecer en él. El efecto en un horizonte de tiempo más largo puede ser menor crecimiento, aceleración de la desindustrialización y mayores precios, una combinación poco deseable que puede tener en las disrupciones al comercio su mecanismo de transmisión.

Otra curiosidad que los datos históricos disfrazan a simple vista es que, a la luz del crecimiento de las exportaciones, México pareciera ser tan exitoso como Canadá, incluso superándolo recientemente; sin embargo, a pesar de que Canadá exporta menos de acuerdo al proyecto TIVA de la OCDE, México añade menos valor agregado que Canadá; por tanto, aunque exporta más esto se traduce en menores ganancias para las firmas y trabajadores mexicanos. Para México y Canadá los efectos de una guerra comercial pueden transmitirse de forma más rápida. No obstante, con una buena política industrial, y si logran mantenerse fuera del grueso del conflicto, podrían ser ganadores inesperados al capturar componentes de las cadenas de valor que se relocalizan. Quizá detrás de este entendimiento se encuentra parte del optimismo que los dos tienen en su capacidad para llevar a buen puerto la negociación del TLCAN y la incertidumbre de una guerra comercial. 

A la luz de todo lo que conocemos, de la experiencia histórica y de lo que los datos nuevos y viejos nos dejan ver, el cambio de época en la economía global traerá tiempos muy interesantes e incertidumbre en el mediano plazo, como hace mucho tiempo no habíamos experimentado. Al ver las posiciones de Estados Unidos respecto al comercio mundial cada vez parece más evidente que parten de un mal entendimiento de la economía global, de la forma en que ha cambiado y de su realidad.

 

Diego Castañeda
Economista por la University of London.


1 Recientemente Trump ha amenazado con imponer aranceles a China a la totalidad de las importaciones que hacen de este país, que  equivale  a más de 500 mil millones de dólares y que si suma a los aranceles que la Unión Europea, México, China y otros países han impuesto o amenazan con imponer contabiliza 12 puntos porcentuales del PIB global.

2 Federico, Giovanni; Tena Junguito, Antonio, 2018, “Federico-Tena World Trade Historical Database : Openness”, doi:10.21950/BBZVBN, e-cienciaDatos, V1.



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