En una de las canciones interpretadas por Frank Sinatra, “That’s Life”, se relatan los típicos altibajos por los que suelen pasar las personas para rematar con que “así es la vida”. Una de las estrofas detalla cómo uno puede estar volando en lo alto en abril para caer al suelo en mayo y después tener la capacidad de regresar a la cima en junio. Y ello me recordó, de alguna manera, a los altibajos que hemos tenido en las últimas décadas respecto a nuestras administraciones presidenciales. El problema de nuestras administraciones presidenciales es que sus conclusiones se encuentran tradicionalmente por los suelos, sin la capacidad de levantarse como en la canción de Sinatra o “cambiar la melodía”.

Desde la década de 1980, los investigadores James March y Johan Olsen detectaron esta especie de altibajos o ciclos presidenciales en sus estudios sobre instituciones políticas, mismos que consolidaron la literatura del institucionalismo en el ámbito estrictamente político, mientras que Douglas North hacía lo propio en el aspecto económico. En estas investigaciones fue entonces que March y Olsen diagnosticaron ese “ciclo de entusiasmo y decepción” tan frecuentes para sistemas presidenciales. En palabras de los autores “ni los presidentes ni los congresos tienen éxito con frecuencia al tratarse de proyectos de reorganización de gran escala. Lo que se propone regularmente es derrotado o abandonado”. Además, resaltan, son los presidentes los que suelen llevarse la mayor atribución o carga de los fracasos. Ahora que, si consideramos los sistemas presidenciales de América Latina, se resalta la propensión de esta región a depositar expectativas desmedidas en una figura presidencial con atribuciones metaconstitucionales. Por aquí resuenan también los ecos de esa “democracia delegativa” de Guillermo O’Donnell: dejemos que el presidente defina el rumbo del país.

Actualmente en México, justo estamos saliendo de otro ciclo de expectativa-decepción con la administración de Enrique Peña Nieto. En febrero de 2014, con poco más de un año como presidente, Peña Nieto apareció en la portada de la revista Time con el encabezado “Salvando a México”. En uno de los subtítulos, debajo de un Peña Nieto imponente y seguro, se resaltaba cómo nuestro país había logrado sacudirse la losa o narrativa del crimen organizado para cambiarla por la percepción de un país que se estaba “moviendo” con base en “reformas estructurales”. De inicio, se consideró por tanto que el Pacto por México y sus reformas estaban “moviendo a México”, colocando de pasada a Peña Nieto ahí, en la portada de Time. Y la portada de Time había sido esa gran plataforma que catapultó a presidentes como Carlos Salinas de Gortari y Lula da Silva a ser catalogados como “la figura presidencial” de sus tiempos.

Ilustración: Víctor Solís

Se mencionó también en distintos medios desde finales de 2013 un elusivo “Momento Mexicano” avalado por organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional o por economistas de peso, aunque controvertidas, como Thomas Friedman. Si todo seguía como en los primeros años de Peña Nieto se esperaba que ese “Momento Mexicano” pudiera rascar al menos la superficie de aquel Milagro Mexicano de mediados del siglo pasado. Pero las cosas no marcharon como hasta entonces. Poco después de esa portada en Time, se encadenó la secuencia de la tragedia de Ayotzinapa y la Casa Blanca para restarle todo ese ímpetu a Peña Nieto y a un posible regreso triunfal, o al menos meritorio, del PRI. Finalmente, ya trasladados al presente, vemos a Peña Nieto tener una salida desprestigiada cumpliendo de nueva instancia ese ciclo de expectativa-decepción.

Lo más preocupante es que estos casos no son aislados, sino que vienen a representar ciclos de esperanza-decepción que parecen estar arraigados en el ADN de nuestros sistemas presidenciales. Y es que en el ámbito latinoamericano este ciclo es aún más polarizado debido a la persistencia de una cultura personalista y sustentada en lo carismático y lo heroico.1 En nuestros sistemas presidenciales latinoamericanos, tan proclives a la mitificación de los líderes políticos, se configura recurrentemente lo que pudiera asimilarse incluso con una parábola trágica presidencial: el ascenso meteórico del héroe seguido, poco después, por la resurgencia de vicios que lo llevan a su caída.

Los defectos presidenciales vienen a ser esa “hamartia” a la que hacía referencia Aristóteles en su Poética: un “error trágico” o “error fatal”. Una debilidad, ya sea el orgullo o la soberbia, que hace eco con esa “hibris” de héroes como Prometeo, quien quebró los mandamientos de los dioses para bajar el fuego a los hombres. En el caso de América Latina, la deificación de nuestros presidentes da pie a esas hamartias que terminan con estrepitosas caídas o incluso muertes (ya sean reales o simbólicas). Como el suicidio de Getulio Vargas en Brasil. O como la humillante expulsión del Gran Libertador de América, Simón Bolívar, entre empujones y gritos de las masas colombianas para terminar muriendo en condiciones de pobreza extrema.

En el caso de México hemos tenido numerosos inicios de administraciones presidenciales con grandes expectativas de cambio: de Peña Nieto a la fallida alternancia de Vicente Fox o incluso a ciclos particularmente estrepitosos como la dupla de Echeverría y López Portillo. Con esta dupla, el sistema político mexicano inició igual con grandes expectativas al priorizar la igualdad social al tiempo que se buscó una cooperación estrecha con los empresarios. La decepcionante salida de ambas presidencias se debió a una hamartia de estos presidentes que perdieron el vínculo con la ciudadanía. A partir de la claudicación del “Milagro Mexicano” desde finales de 1970, las “caídas” o “decepciones” presidenciales se han dado preeminentemente por los fracasos en el rubro económico, relacionado con la creciente desigualdad. Desde el sexenio de Calderón, no obstante, la crisis de inseguridad tomó un mayor protagonismo, mientras que en la de Peña Nieto fue la crisis o exposición de la corrupción.

Recogiendo tal vez esta serie de decepciones fue entonces que López Obrador relanzó su tercera campaña presidencial, con una relación siempre estrecha entre la falta de crecimiento económico, la desigualdad social, la inseguridad y la corrupción. Es decir, el ascenso del crimen organizado se debía a falta de oportunidades laborales, en tanto que la corrupción y la creciente desigualdad podían comenzar a remediarse con medidas de austeridad. Lo que trae de vuelta prácticas del siglo pasado de nuestro sistema político; así pues, nos encontremos de nueva cuenta ante un clima donde no sólo se han depositado expectativas desmedidas en una sola persona (López Obrador), sino que también se le depositaron (o Guillermo O’Donnell diría “delegaron”) poderes metaconstitucionales al otorgarle mayoría en el Congreso de la Unión, soslayando los de por sí frágiles contrapesos de nuestra democracia.

Esto, como bien resaltó Leonardo Curzio en una reciente columna de opinión, nos teletransporta entonces a la “democracia delegativa” que prevalecía a finales del siglo pasado en América Latina: un acomodo político donde el presidente se sumergía en un aislamiento institucional (de los demás poderes) para asumir “en forma exclusiva la responsabilidad por los éxitos y fracasos de ‘sus’ políticas”.2 En otras palabras, se ha facultado al presidente electo para que defina el rumbo del país, alejándolo de esos impasses legislativos que sufrieron Vicente Fox y Felipe Calderón o de las necesarias coaliciones que debió forjar Peña Nieto, con el Pacto por México, para sus reformas estructurales.

Y como en la mayoría de las democracias delegativas latinoamericanas que han existido –con Alfonsín en Argentina, Sarney en Brasil o Alan García en Perú–, la política económica se convierte en el eje rector y legitimador de esta delegación de expectativas y poderes en la figura presidencial. En los casos citados de Argentina, Brasil y Perú a finales del siglo pasado, las democracias delegativas representaron un viraje de 180 grados en la política económica: pasando de la industrialización nacionalista a las medidas estructurales recomendadas por el Fondo Monetario Internacional. En el caso de López Obrador, el viraje se perfila hacia el otro lado del espectro: de reformas estructurales de apertura al fortalecimiento de las capacidades nacionales de industrialización. Como ejemplo inicial están sus enroques en materia energética, emitiendo un mensaje de que la política energética será definida en el “Palacio Nacional, no en Nueva York, ni en Washington y mucho menos en Texas”.3

A este énfasis en regresarle las capacidades productivas a las industrias del país se le suman entonces las medidas de austeridad, la dificultosa erradicación de la corrupción, la descentralización administrativa y los remedios a la desigualdad social. Las expectativas son entonces considerables y los altibajos son inevitables en cualquier sistema política. Esperemos que al igual que Sinatra en la canción “That’s life”, se encuentren las circunstancias y vías para terminar la siguiente administración presidencial en lo alto —algo que no se ha vislumbrado en nuestro panorama político por más de medio siglo ya.

 

Walid Tijerina 
Doctor en Ciencias Políticas por la Universidad de York y profesor-investigador de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Autónoma de Nuevo León.


1 Ver Samuel Brunk y Ben Fallaw (Comp.), Heroes and Hero Cults in Latin America, University of Texas Press, 2006, donde resaltan la preeminencia del “líderes carismáticos” según las concepciones de Max Weber.

2 Guillermo O’Donnell, "Delegative Democracy." Journal of Democracy, Vol. 5, No. 1, 1994, p. 61.

3 Salvador García Soto, “AMLO, Bartlett y el nacionalismo energético”, El Universal, 2018.



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