No es mera coincidencia: en México, los burócratas de bajo rango suelen ser llamados Godínez (así como al oficinista promedio) porque ellos forman, en conjunto, una gran familia.

Como cualquier otra estirpe, los Godínez tienen su propio árbol genealógico. Sus primeras ramas (los árboles genealógicos son los únicos seres vegetales que crecen de arriba hacia abajo) aparecieron en el siglo XVI. Durante su administración, el monarca Felipe II —también conocido como el rey burócrata— transformó diversos cargos de la administración pública, incluyendo el de virrey, en simples mercancías y objetos de cambio. Desde entonces, la corrupción y las sinecuras (trabajos con altos salarios que no demandan ningún esfuerzo) se volvieron moneda de uso corriente en este lado del mundo.

Al trasluz de un estudio comparativo, las historias nacionales de las 13 Colonias y de la Nueva España se figuran muy diferentes. Los colonizadores británicos eran, en su inmensa mayoría, anglicanos y calvinistas; su manera de honrar a Dios no era fomentando la pobreza y la limosna, como hacían los católicos, sino el trabajo duro y la prosperidad económica. Una vez que llegaron a las costas de Virginia, gracias a su rápida expansión hacia el norte y hacia el sur, lograron crear negocios muy redituables, fructíferos. En este contexto, John Smith, quien fundó un enorme emporio con base en el cultivo y en la exportación de tabaco al Viejo Mundo, fue el primer multimillonario de las 13 Colonias.

A lo largo del período colonial, por más de trescientos años, los habitantes de las Trece Colonias nunca aceptaron la arbitraria y contingente imposición de impuestos. Cada vez que la corona británica intentó pasarse de lista, los colonizadores, así como sus hijos y los hijos de sus hijos, se levantaron en armas o bien protagonizaron múltiples actos de rebelión. Soldados y poetas al mismo tiempo, ellos idearon la famosa consigna “no taxation without representation”.

En la Nueva España las cosas fueron radicalmente distintas. El alza de los impuestos, por ejemplo, pronto se tornó un fenómeno común. El modelo de desarrollo de la corona española fue todo, menos sustentable. Algunos historiadores refieren que la primera bancarrota de este virreinato ocurrió entre 1557 y 1560. No fue un caso aislado, por supuesto; hubo muchas más bancarrotas en las décadas subsecuentes. Quizá ésa sea la razón por la cual Alexander von Humboldt, en las postrimerías del siglo XVIII, elaboró un mapa para exponer la localización exacta de las minas de oro y plata más importantes, y por la que asimismo acusó a las autoridades ibéricas ya que, en su opinión, ellas jamás habían mostrado un genuino interés por profundizar en el conocimiento de estas tierras. (Ensayo político sobre la Nueva España).

Octavio Paz, en su ensayo “El ogro filantrópico” (publicado en la revista Vuelta, en agosto de 1978), realiza una disertación provechosa a propósito de este fenómeno. De acuerdo con él, la tradición de la “burocracia patrimonial” —como la denominó el sociólogo alemán Max Weber— en México se consolidó definitivamente durante la dictadura de Porfirio Díaz (1876-1880, 1884-1911). Desde este punto de vista, Díaz podría ser considerado el padre putativo de los Godínez de la burocracia. Por eso, quizá sin la intención consciente, ellos se han adueñado de su más célebre slogan y lo han hecho realidad: “Poca política; mucha administración”. Díaz fue un antiliberal consumado y debido a las estrategias que implementó, de acuerdo con Paz, hoy día “el gobierno mexicano es el más grande capitalista del país aunque, como bien sabemos, no es el más eficiente ni tampoco el más honesto”.

Ilustración: Víctor Solís

El éxito económico de esos Godínez, al interior de un país que rebosa de pobreza, radica en una estrategia infalible: convertir la administración del hogar en la administración del Estado o, si tratásemos de explicar esta táctica en términos platónicos, tendríamos que decir que ellos han transformado el οἶκος en la πόλις.

Aunque en las redes sociales se tome a broma, aunque existan páginas en redes sociales que ríen las gracias de este linaje, las prácticas de los Godínez del Estado constituyen un suicidio económico para el país. La teoría política y la teoría económica han sido claras en un punto: el Estado no genera capital; antes bien, es un simple administrador de los fondos públicos. En México, para esconder los altos índices de desempleo (el resultado esperado de un sistema educativo deficiente, un sistema educativo que no provee las capacidades mínimas para sobresalir en el campo laboral), la mayoría de nuestros gobiernos se han dedicado a engordar el Estado, sexenio tras sexenio.

En cuanto a la distribución de la riqueza se refiere, México posee una singularidad a nivel mundial: aquí, aquí y sólo aquí, los trabajadores ganan más en cualquier secretaría o dependencia pública que en el sector privado. Al igual que en la familia Romanov, donde las relaciones incestuosas dieron pie a una amplia gama de enfermedades congénitas, los Godínez burócratas en México han producido una economía enferma cuya gravedad no podemos ignorar.

Por culpa de éstas y otras dinámicas, el peso mexicano es una moneda que va en picada y sin paracaídas. Desde 1982, por lo menos, su desplome ha sido constante y evidente. En el imperio del dinero fiduciario, donde el valor de las divisas está determinado por la fe de la comunidad y por la flexibilidad de los créditos, el peso mexicano está en clara desventaja frente a sus contrapartes (el dólar y el euro): detrás de él no hay productividad, creatividad o significado; detrás de él sólo hay tareas burocráticas, una montaña de papeles, firmas y sellos por doquier, esfuerzos vanos y sin ningún sentido.

Los Godínez estatales han sobrevivido porque ellos reciben sus pagos de manos del gobierno, no de los clientes. Sus productos y servicios, sin importar su calidad, han sido insertados en el mercado financiero por el intervencionismo del Estado. Estos Godínez, por si fuera poco, se han multiplicado a través de las décadas: mientras Estados Unidos cuenta con 340 millones de habitantes y sólo dos millones de burócratas, México tiene 124 millones de habitantes y nada más y nada menos que ocho millones de burócratas. Una familia bíblica. Esta “burocracia irracional”, como también la llamaría Max Weber si estuviera vivo, esta burocracia innecesaria, evita su propia bancarrota monopolizando el erario de la nación.

A esos Godínez les resulta particularmente complicado separar la esfera pública de la privada. Sus integrantes tienden a convertir las instituciones del Estado en negocios personales. Cuando consiguen un trabajo en la administración pública, de inmediato buscan la manera de favorecer a sus familiares directos y a sus más cercanos amigos. Su respeto por el mérito y por la excelencia profesional parece escaso. O nulo. Si tuvieran que sostenerse sobre sus propios pies, con el fruto legítimo de su trabajo, se derrumbarían más rápido que un castillo de naipes.

 

Francisco Gallardo Negrete
Escritor y doctorando en Teoría Literaria en la Universidad Autónoma Metropolitana. Andar de espaldas es su libro más reciente.



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