“Mientras el hombre sea la medida,
las mujeres serán segunda clase”.
—Irene Tinker, Economista y fundadora del International Center for Research on Women

Una clase de género y economía busca utilizar el género como categoría central de análisis de problemas de desarrollo, estructuras institucionales y normas sociales. Busca entender el matrimonio, la fertilidad y la prostitución a través de las condiciones materiales que las determinan y la búsqueda de optimización de alternativas disponibles dadas estas condiciones. Busca analizar los factores que generan la brecha entre la participación laboral femenina y la masculina. Incluye elementos de la economía laboral, la economía de la discriminación y la economía institucional, pero también toma varias de sus preguntas originarias y premisas centrales de otras disciplinas, entre las que destaca la teoría feminista.

¿Por qué enseñar una clase así? En primer lugar, porque es un campo en construcción, pero que, en particular en México, no se construye lo suficientemente rápido. Un ejemplo clave de esto es la participación laboral femenina. En México, aún no entendemos bien por qué somos el país de la OCDE con menor participación laboral femenina, apenas en 2004 logramos rebasar el 40%, sólo por arriba de Turquía e Italia (Gráfica 1). Es mucho más baja que en países con sectores de servicios y agrícola similares en términos de porcentaje del PIB, como Estonia (59%), Uruguay (56%) y Chile (51%).1 En Estados Unidos, Claudia Goldin lleva desde 19822 analizando minuciosamente la transformación del rol económico de la mujer en la economía estadounidense, y el rol de las mujeres en el cambio estructural. Gracias a su trabajo, junto con el de muchas otras, entendemos el impacto de la Segunda Guerra Mundial, de la urbanización y de transformación económica en la reconfiguración de la división sexual del trabajo. Para Estados Unidos, hay tres etapas en dicha transformación: primero, en ciertos tipos de economías agrícolas hay altas tasas de participación femenina, la cual disminuye drásticamente con el proceso de industrialización para después volver a aumentar con el auge de los servicios como porcentaje de la producción agregada.

Economistas feministas interesadas en expandir este conocimiento al Sur Global, como Lourdes Benería, Günseli Berik y Maria Floro,3 señalan que no queda claro que esta forma de U invertida en la participación laboral femenina sea un patrón universal. Factores como el tamaño de la economía informal o incluso el concepto de trabajo detrás de los sistemas de cuentas nacionales hacen que sea necesario estudiar este fenómeno a detalle en países en desarrollo.4 Para el caso de México, no sabemos cuál es la historia detrás de la baja participación laboral femenina, y los estudios existentes se han hecho desde la demografía y la sociología.5

Gráfica 1. Participación Laboral Femenina en la OCDE (2016)

Elaboración propia con datos de la OCDE

Segundo, la economía es una de las ciencias sociales que más incompatibilidades han hallado con el feminismo, por razones tanto epistemológicas como ontológicas. Es urgente trabajar estas incompatibilidades, pues tanto la economía como los estudios de género son elementos indispensables para la formulación de política pública. Desde los años setenta, las académicas feministas han tenido gran impacto en la mayoría de las ciencias sociales, generando giros copernicanos en cada campo de estudio, combatiendo el androcentrismo que ha caracterizado el quehacer científico durante gran parte de su historia.  Sin embargo, la economía ha escapado esta fuerza transformativa del feminismo. Las economistas feministas le atribuyen este fenómeno al hecho de que, a diferencia de otras ciencias sociales,6 la economía tiene una sola corriente ortodoxa —la escuela neoclásica— desde la que se realiza la gran mayoría del trabajo académico. Las demás corrientes —entre ellas la economía feminista— se encuentran en la periferia, fragmentadas y con poco acceso a los principales foros de debate.7

Ilustración: Patricio Betteo

Esta falta de diversidad ideológica dentro de la economía ha permitido que economistas célebres en la historia del pensamiento económico hayan escrito barbaridades acerca de las mujeres, las cuales, si bien en su tiempo pudieron no haber resaltado negativamente, han sobrevivido generaciones a pesar de las críticas que han recibido desde la periferia. Gary Becker, considerado “el padre de la economía del género” y de “la economía del matrimonio”,8 citado hoy en la mayoría de los artículos sobre las mujeres o la familia escritos desde la ciencia económica, justificaba la división sexual del trabajo en las ventajas comparativas entre hombres y mujeres, pero esta ventaja comparativa se justificaba por una diferencia salarial exógena,9 es decir, que no se determina dentro del modelo y por lo tanto no hay nada que hacer al respecto. Y escribe una serie de argumentos biologicistas para justificar estas diferencias en productividad. Para poder obtener estos resultados —entre otros, como que la poliginia es eficiente o que el divorcio les ocurre a personas con personalidades más desagradables—, Becker tuvo que moldear su modelo10 de tal forma que el padre es el único elemento altruista mientras que la madre e hijos son egoístas.11 ¿Qué luz arroja este argumento para entender la evolución del rol económico de la mujer? Pareciera que el padre de la economía del género es el padre de utilizar argumentos circulares de ventajas comparativas para explicar fenómenos complejos. En un tono similar, Edgeworth escribió que una incorporación de las mujeres en la fuerza laboral generaría una debacle para la industria (1922:436; 1923:493). Marshall, Jevons y Pigou escribieron, expertos que eran en salud infantil, que la participación laboral de las mujeres impactaría negativamente sus labores domésticas, y tenía potenciales impactos negativos en la mortalidad infantil (Marshall 1930:198, 685; Jevons 1904; Pigou 1960:187).

Si bien hay límites a la pertinencia de juzgar a los economistas del pasado desde la actualidad, es sintomático del problema de diversidad el ritmo con el que asimilan las críticas. Por ejemplo, a pesar de que desde 1912 ya existían voces como la de Rosa Luxemburgo, quien escribió que el trabajo del hogar era “no productivo en el sentido del sistema económico actual del capitalismo, a pesar de que implica un gasto inmenso de energía y autosacrificio en mil pequeñas tareas”,12 y que desde los años setenta las economistas feministas han hecho activismo para revalorar el trabajo que se hace fuera de los mercados,  tuvieron que pasar 100 años para que en 2013 la Organización Internacional del Trabajo reconociera que el trabajo no remunerado es trabajo. Gracias a este cambio de paradigma, hoy sabemos que en México, el trabajo no remunerado doméstico y de cuidados —realizado en su mayoría por mujeres, en un esquema de doble o triple jornada— constituye el 24% del PIB. La falta de diversidad en un campo retrasa el proceso de depuración de malas ideas. De acuerdo con Amartya Sen, esta brecha entre la contribución real y percibida de las mujeres a la economía perpetúa la desigualdad entre mujeres y hombres, porque debilita fundamentalmente el poder de negociación de las primeras.

Las economistas feministas han hecho numerosas críticas epistemológicas al canon económico. En particular, han insistido que la ubicación social e histórica del investigador moldea el proceso de investigación desde el momento de selección de la pregunta hasta la elección del método.13 Harding (1995) propone que la objetividad se crea en la comunidad de investigación mediante la comparación de perspectivas.14 Se propone hacer explícita la ideología en la vida diaria y en el quehacer científico, sin descuidar el rigor analítico como meta para hacer trabajo académico de calidad, en lugar de pretender que se pueden hacer enunciados de política pública que no contengan juicios de valor ni en sus supuestos ni en sus conclusiones.

Bertrand, Fernández, Fogli, Campa, Olivetti, Rodríguez-Planas, Weissman, y muchas otras académicas han creado ya un cuerpo de conocimiento que va más allá del Homo Economicus. Empezamos a entender el rol de la cultura —y, por lo tanto, de los roles de género— en las instituciones económicas y políticas. Y comenzamos a entender los mecanismos económicos que permiten el cambio cultural. En México, recientemente se ha empezado a incluir el género como categoría central de análisis económico; es decir, más allá de sólo hacer diferencias en promedios entre hombres y mujeres sin considerar todos los factores estructurales que están detrás de estas diferencias. Ejemplos de esto es el trabajo de Eva Arceo y Raymundo Campos sobre la brecha salarial, discriminación de género, embarazo adolescente, entre otros. Lo que no se ha logrado es la generación de una masa crítica de economistas feministas que permita el diálogo interno y el posicionamiento colectivo en temas clave. El dominio de la ortodoxia en la investigación económica mexicana provoca que se sigan usando argumentos à la Becker en la discusión sobre temas de género, como el caso de las brechas salariales. Y dado que esta ortodoxia domina la discusión pública, ese machismo permea el diseño de política pública.  De haber esta masa crítica de economistas feministas, probablemente surgirían espacios como Lady Economist en Estados Unidos y Ecofeminitas en Argentina. Ambas colectivas de académicas feministas que han participado en debates clave como la legalización del aborto y la licencia de maternidad.

Finalmente, es necesario enseñar economía de género para combatir los sesgos de la profesión economista como tal: la forma en la que se enseña en el salón de clases y el mercado laboral. En Estados Unidos, mientras que otras profesiones alcanzan ya la paridad de género en el número de graduados, la economía lleva más de 20 años estancada con un 30% de mujeres. En México, las mujeres representan el 40% de los egresados de Economía. Mientras que en el Instituto Politécnico Nacional existe la paridad de género entre egresadas, las demás escuelas con mayor matrícula del país tienen un porcentaje cercano al 30%. La UNAM, por ejemplo, tiene 33% mientras que el ITAM 29%.15 Esta baja representación de mujeres en economía es más drástica a nivel maestría y doctorado, lo cual impacta la representación de las mujeres en los cuerpos docentes del área. Ello a su vez contribuye a que no se matriculen más mujeres, dada la ausencia de modelos de rol. Hale y Regev (2014) concluyen que una mayor proporción de mujeres en la facultad de economía de las principales universidades lleva a que más mujeres ingresen a programas de doctorado en economía.

Dynan and Rouse (1997) encuentran que las mujeres tienen más del doble de probabilidad que los hombres de reportar que no eligieron la economía como su área de concentración porque no les parecía interesante. ¿Cómo les va a parecer interesante si llevamos años considerando los problemas de las mujeres como privados, ajenos a los mercados, y estudiados únicamente en la periferia? ¿Qué interés tendrán las mujeres en participar en una disciplina con supuestos androcéntricos y que minimiza las labores que les han sido históricamente asignadas? El porcentaje de mujeres en estas universidades continuará estancado en el 30% hasta que no se incorporen las contribuciones feministas, se fomente una mayor interdisciplinariedad y se incorporen a los planes de estudios preguntas relevantes para más grupos demográficos.

 

Sandra Aguilar Gómez
Licenciada en Economía y maestra en Economía Aplicada por el ITAM. Actualmente estudia el doctorado en Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia en Nueva York.


1 Fuente: Banco Mundial.

2 Goldin, C., & Sokoloff, K. (1982). Women, children, and industrialization in the early republic: Evidence from the manufacturing censuses. The Journal of Economic History, 42(4), 741-774.

3 Benería, L., Berik, G., & Floro, M. (2015). Gender, development and globalization: economics as if all people mattered. Routledge.

4 Humphries, J., & Sarasúa, C. (2012). Off the record: Reconstructing women’s labor force participation in the European past. Feminist Economics, 18(4), 39-67.

5 En las referencias de este texto se muestran algunos casos. Resalta el trabajo de la socióloga Brígida García (1990a y 1990b), que estudia el proceso de transformación estructural de forma parecida a la que lo haría Claudia Goldin.

6 Tanto en la antropología como en la sociología, se podría decir que no son una sola disciplina sino muchas, y que las contribuciones feministas han conversado con varias corrientes. En la sociología hay corrientes más dispuestas al diálogo inter y transdisciplinario, mientras que hay corrientes que apuestan por una sociología dura que debe permanecer cerrada como campo independiente. En el caso de la antropología, existen corrientes tan interdisciplinarias que es incluso difícil rastrear y distinguir el origen y la variedad de sus influencias

7 Benería et al. (2015) señalan que, si bien la economía mainstream le ha dado voz a algunas preguntas sobre la división del trabajo en el hogar y a entender algunas desigualdades en el mercado, las críticas no han logrado la transformación de los supuestos básicos de la economía neoclásica.

8 Por ejemplo, en Cunningham, W. (2001). Breadwinner versus caregiver: labor force participation and sectoral choice over the Mexican business cycle. The economics of gender in Mexico: Work, family, state, and market, 85-132.

9  Becker, G. S. (1973). A theory of marriage: Part I. Journal of Political economy, 81(4), 813-846.

10 Becker, G. (1981). A treatise on the family Harvard University Press. Cambridge, MA, 30.

11 En los modelos económicos, los agentes altruistas son los que tienen en su función de utilidad el consumo de otras personas, mientras que los agentes egoístas son los que únicamente tienen su propio consumo.

12 Rosa Luxemburg: Obras completas (Berlin, Dietz, 1973) Volumen 3.

13 Robeyns, I. (2000). Is There A Feminist Economics Methodology? Departamento de Economía, Universidad de Cambridge.

14 Harding Sandra (1995), “Can feminist thought make economics more objective?”, Feminist Economics, 1, 1:7-32.

15 Todos los datos sobre carreras en México fueron obtenidos del portal Compara Carreras, del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO).



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