Llegamos al mundo y lo primero que hacen es darnos la vuelta para saber si vestirnos de azul o de rosa. El azul le gusta a los hombres porque los arropó desde pequeños en su cobija, pero, sobre todo, porque al niño que va de power ranger rosa a la fiesta de Halloween se le da una buena golpiza. Nos gusta el azul porque las instituciones sociales –la familia, la escuela, la iglesia, etc.– nos obligan, a palabra y golpe, a elegir el color.

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Pero ¿por qué resulta relevante para el Frente Nacional por la Familia? En su invitación a marchar aseguran que su objetivo no es la discriminación, que –de hecho– su principal inconformidad es que en las escuelas se enseñe “ideología de género”. La invitación no explica a qué se refieren, pero en la sección de comentarios es fácil encontrar que a los padres de familia les preocupa una generación de gays y lesbianas que piensen que aquello está bien y que no sepan cómo adherirse a los roles que sus genitales determinaron.

El miedo del homófobo tolerante –el que se congratula de no discriminar– es que los homosexuales tengan una vida plena en espacios públicos. Así, dicen, “que hagan lo que quieran en su casa pero que mis hijos no los vean porque los van a imitar”.  Les aterra que la homosexualidad entre a sus casas porque para ellos la homosexualidad siempre se produce allá afuera, en familias degeneradas, muchas veces de madres divorciadas o solteras. Piensan que los homosexuales son los otros, los que prefieren lo soez, lo asqueroso y cuando la homosexualidad se apodera de sus hijos, los alejan, los desheredan o les exigen vivir en la mentira y el silencio.

El Frente Nacional por la Familia busca regresar a los homosexuales al espacio privado del miedo, lejos de sus hijos. La normalización del matrimonio igualitario supondría que vivir fuera del binario hombre/mujer no sólo es respetable sino legal. En esas condiciones, ¿cómo podrían enseñar a sus hijos a repudiar esquemas familiares fuera del que ellos representan? ¿Cómo enseñar a los niños a insultar y golpear al pequeño que le gusta el rosa, que juega con muñecas y le duele el futbol si este pequeño es ahora normal y cuando crezca puede formar una familia y desenvolverse en todos los espacios protegido por la ley? Aceptar matrimonios entre personas del mismo sexo significa aceptar que la “familia natural” no es única, absoluta o necesaria.

El Frente Nacional por la Familia reconoce que éste es el momento para defender el privilegio heterosexual de dictar cómo deben comportarse los infantes para que reproduzcan el modelo familiar varón + mujer = hijos.

¿Y por qué les resulta congruente decir que no discriminan a los homosexuales, si no quieren nuestras muestras de afecto en espacios públicos o nuestro derecho a casarnos y adoptar? Primero, porque nos ven como un monstruo ajeno del que se habla mucho, pero “nunca” ha existido más que en pequeños números y en espacios marginales. El homófobo tolerante no tiene ningún problema con los homosexuales… siempre y cuando permanezcan allá, en sus bares y en sus casas. Discriminación entonces sería para ellos invadir estos espacios, participar activamente en la agresión verbal o física de una persona, pero negarnos estos derechos no tiene nada de malo. Segundo, el homófobo tolerante no conoce la diferencia entre derecho y privilegio. Que sólo algunos adultos en pleno uso de sus facultades y voluntad puedan acceder a los privilegios –sociales y legales– de la institución del matrimonio, significa que hay ciudadanos de segunda. Si estos últimos reclaman el acceso a esta institución, lo que exigen es igualdad ante la ley en la que participan por medio del cumplimiento de sus obligaciones. No es un privilegio. Muchos de nosotros conocemos o conocimos a mujeres que durante varias elecciones no pudieron votar. Esto era lo normal y cuando las mujeres exigieron sus derechos, muchos hablaron de privilegio, de la destrucción de los roles de género y del caos.

El homófobo tolerante piensa, entonces, que tiene la facultad de definir qué es la discriminación. Es desde ese lugar de privilegio que rechaza la narrativa de la experiencia del grupo marginal. No importa cuánto insistamos que las marchas nos lastiman o expliquemos que tienen el mismo efecto del odio violento. Nosotros enunciamos desde la marginalidad y nuestra voz no importa. El homófobo tolerante quiere pensar que nunca tomaría el rifle de asalto para disparar contra personas en un bar en Orlando o Veracruz, pero cada vez que marcha, que le explica a sus hijos que somos los malos, los asquerosos y los condenados, genera las condiciones en las que el odio es normal. La violencia contra los cuerpos es el resultado final de este odio. Las marchas son el rifle de los moderados y de los decentes que nos quieren con miedo, encerrados en nuestras casas, lejos de las escuelas, de los orfanatos y del registro civil.

¿Pero por qué existen ahora en México grupos de odio que hablan desde la trinchera de la falsa tolerancia? Después de décadas de lucha, los grupos que representan la diversidad sexual y de género han creado con su sangre espacios comunitarios para el reconocimiento, la amistad y el activismo. Esto resulta peligroso para quienes están acostumbrados al privilegio. De repente parece que los homosexuales nos multiplicamos, que tenemos poder político y lo ejercemos. En la primera década del siglo XX, a la par de los movimientos de derechos humanos en Estados Unidos, se crearon grupos reaccionarios como el Ku Klux Klan,1 una organización fundamentalmente cristiana que ha resurgido en el clima político actual. El Frente Nacional por la Familia es similar a estos grupos de ultra-derecha estadounidense que defienden el privilegio de algunos ciudadanos sobre otros, pero que hoy en día usan el estandarte de la tolerancia y la “marcha pacífica” porque buscan permanecer atractivos a personas de centro y derecha moderada que conocen la historia oscura del fascismo.

Las marchas por la defensa de la “familia natural” tienen a todas luces efectos reales en el ejercicio político de los ciudadanos. Ya hay quienes celebran “el voto de castigo” en contra de quienes promueven el matrimonio igualitario y voces que aseguran no habrá lugar para cuerpos políticos que promuevan la igualdad de derecho en la sociedad mexicana.

El Frente Nacional por la Familia es un grupo basado en el odio que trabaja en contra de los derechos humanos desde la hipocresía y el complejo de una víctima que pierde un derecho, pero que, en realidad, no quiere que un grupo tradicionalmente marginado goce de igualdad y libertad. Reconozcamos entonces que no tienen la prerrogativa de decidir cuándo nos están discriminando y cuándo no. Reconozcamos que los roles de género no son naturales sino que se constituyen social y culturalmente para el beneficio de las personas que gozan el privilegio de definir la moral hegemónica de la sociedad. Reconozcamos que “los opresores nunca otorgan voluntariamente la libertad a los oprimidos”,2 sino que nosotros hemos luchado por nuestros derechos, por nuestro lugar dentro y fuera de las sombras de los armarios y los bares. Y si nos dicen que nos aman y nos respetan, pero que van a marchar con sus globos azules y rosas, que sepan que no nos engañan, que sabemos que les damos asco, que piensan que nuestra monstruosidad es voluntaria, que piensan que queremos dañar a sus hijos, que nos quieren aterrados fuera de sus instituciones, amordazados en el clóset.

Ricardo Quintana Vallejo es crítico cultural y traductor. Actualmente estudia el doctorado en literatura comparada de la Universidad de Purdue.


1 Aunque el Klan se fundó en el siglo XIX, estuvo activo durante la primera mitad del siglo XX y tuvo un segundo y determinante apogeo después de la segunda guerra mundial y durante la década de los años 60.
2 “Freedom is never voluntarily given by the oppressor; it must be demanded by the oppressed”, en palabras de Martin Luther King, Jr.