La conmemoración del Día Mundial de la Alimentación (16 de octubre) nos dejó con la noticia de que, después de una década de avances modestos, el semáforo ha vuelto a pintarse de ámbar y amenaza con enrojecer. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) estima que 815 millones de personas en el mundo sufrían hambre en 2016, de las cuales 60 por ciento eran mujeres. Entre las causas identificadas están las crisis económicas, los efectos del cambio climático sobre la producción alimentaria, el aumento mundial del sobrepeso y la obesidad y los desplazamientos humanos forzados por la violencia, un fenómeno al que México nunca ha sido ajeno (y sobre el que hoy, por cierto, tiene una responsabilidad humanitaria histórica frente al éxodo de la comunidad centroamericana).

El desarrollo económico y social del último cuarto de siglo en el país se ha caracterizado por presentar avances particularmente frágiles o sensibles frente a los embates de crisis internas y mundiales. Si bien se ha logrado mejorar el acceso a bienes y servicios básicos, la persistencia de la pobreza y la acentuación de la desigualdad evidencian las fisuras y el agotamiento de un modelo de crecimiento y distribución de la riqueza que exige ser reformado.

 

Ilustración: Guillermo Préstegui

Este periodo incluye dos coyunturas complicadas: la crisis nacional de fines de 1994 y principios de 1995, y la recesión económica internacional que comenzó en 2008 y aún mostraba sus efectos en 2011. A pesar de la instrumentación de uno de los programas sociales de combate a la pobreza más longevos y de mayor cobertura en la historia del país —el programa Progresa-OPORTUNIDADES-Prospera (POP), vigente desde 1997—, el nivel de pobreza por ingresos se encuentra prácticamente en el mismo nivel que hace 26 años (gráfica 1).

Gráfica 1. Evolución de la pobreza por ingresos, México, 1992-2016

* Pobreza alimentaria: insuficiencia del ingreso para adquirir la canasta básica alimentaria, aun si se hiciera uso de todo el ingreso disponible en el hogar exclusivamente para la adquisición de estos bienes.

** Pobreza de patrimonio: insuficiencia del ingreso disponible para adquirir la canasta alimentaria y efectuar los gastos necesarios en salud, educación, vestido, vivienda y transporte, aun si se hiciera uso de todo el ingreso disponible en el hogar exclusivamente para la adquisición de estos bienes y servicios.

*** Población con ingreso inferior a la línea de bienestar mínimo: personas que no pueden adquirir el valor de una canasta alimentaria con su ingreso corriente. Umbral establecido en la metodología de la medición multidimensional de la pobreza.

**** Población con ingreso inferior a la línea de bienestar: personas que no pueden adquirir el valor de la suma de una canasta alimentaria más una canasta de bienes y servicios con su ingreso corriente. Umbral establecido en la metodología de la medición multidimensional de la pobreza.

El escaso crecimiento económico, la baja generación de empleo de calidad y alta productividad, así como la ausencia de un replanteamiento de las políticas salariales que mejoren la capacidad adquisitiva real de la población, han impedido que la pobreza monetaria se reduzca más allá de lo que las políticas sociales asistenciales —basadas preponderantemente en transferencias condicionadas de dinero— han podido contener en términos de pobreza alimentaria, generalmente definida como la insuficiencia de recursos para cubrir el costo de una canasta alimentaria básica, cuyo valor mensual actual por persona asciende a poco más de mil pesos en el medio rural y a 1,500 en las ciudades.1

Durante este periodo, la capacidad de las familias para alimentarse de un modo satisfactorio se ha visto comprometida por partida doble. Por un lado, las crisis económicas tienen una resonancia inmediata en la capacidad de las personas para acceder a alimentos básicos, especialmente donde éstos son mercancías que se intercambian por dinero en el mercado. Pero, además, una de las características de este periodo crítico es la presencia de episodios de ruptura y desestabilización originados precisamente en el sistema alimentario mundial.

Si bien los precios de los alimentos básicos, sobre todo de los granos, presentaban un leve ascenso desde 2003 como resultado del alza internacional en los precios del petróleo, en 2008 el incremento en el costo del maíz, la soya, el trigo y, sobre todo, el arroz, se disparó alcanzando registros históricos mundiales. Los estudios sobre esta crisis colocan su origen en el desplazamiento de los capitales especulativos hacia las commodities agrícolas, una vez que estalló la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos y estos capitales buscaron mejores espacios de inversión (Rubio, 2011; Gómez, 2008).

Para 2009 los precios de los alimentos ya habían descendido, una vez que los capitales especulativos migraron y los precios del petróleo se redujeron. Sin embargo, desde entonces no han alcanzado su nivel pre-crisis. De hecho, entre 2010 y 2011 el mundo experimentó una nueva fase crítica en términos alimentarios, debida, por un lado, al incremento de eventos climáticos desastrosos que afectaron las cosechas de varios países productores que limitaron su oferta al mercado mundial y, por otro, el debilitamiento del precio del dólar, que llevó a quienes tenían activos en esta moneda a trasladar su capital a otros mercados, con la consecuente desestabilización de los precios.

A pesar de que la producción mundial hoy en día logra máximos históricos, la inestabilidad introducida por la desigualdad en la distribución de los alimentos ha convertido a este campo en uno de los más redituables para la especulación financiera, por lo que parece posible que en adelante este tipo de crisis sea cada vez más común. La “financiarización” de alimentos básicos, tanto como la de recursos energéticos —estrechamente vinculados con la producción alimentaria dada su derivación en fertilizantes y combustibles agrícolas—, colocan al sistema alimentario en una posición extremadamente frágil y vulnerable, cuyas crisis forman parte, a decir de algunos autores, de la crisis general del modelo de crecimiento económico mundial y, en síntesis, del capitalismo (Bartra, 2011; Rubio, 2014). Esta crisis estaría caracterizada por una súper-abundancia que no logra ser consumida a la velocidad que el capital lo requiere, pues la capacidad de adquisición de la población se ha visto notablemente deteriorada por la desigualdad económica y la explotación laboral y salarial. Frente a este desfase, el sistema ha respondido alimentando una capacidad de consumo ficticia a través del endeudamiento sucesivo y acumulativo, el aire que infla las burbujas que ya comienzan a reventar.

En México, el impacto de las crisis ha sido profundo dada su dependencia del mercado alimentario internacional2 y la intensidad con la que resiente las crisis económicas que afectan a Estados Unidos, uno de sus principales socios comerciales. Los efectos de las crisis de 2007-2008 y 2010-2011 tuvieron efectos notables en los costos de los alimentos, que se colocaron por arriba del nivel de la inflación. La gráfica 2 muestra cómo el valor de los alimentos incluidos en la canasta básica alimentaria se incrementó escandalosamente durante la crisis de finales de 1994. Después de un descenso relativamente sostenido, a partir de 2003, con el alza de los precios del petróleo, comienza una trayectoria con perturbaciones que alcanzan valores de cambio superiores al diez por ciento y se colocan casi permanentemente por arriba del índice nacional de precios al consumidor (INPC).

Gráfica 2. Evolución mensual del valor de la canasta alimentaria y del Índice Nacional de Precios al Consumidor (crecimiento mensual respecto al mismo mes del año anterior)

El efecto del alza de los precios de los alimentos en el bienestar de las familias no se hizo esperar. El presupuesto destinado a la alimentación es uno de los rubros más flexibles del gasto familiar y uno de los primeros en ser modificado o reducido cuando se enfrentan restricciones económicas (Carney, 2015; Dowler, 1997; González de la Rocha, 2006). Cuando las limitaciones se experimentan directamente en el acceso a alimentos, podemos esperar que el efecto sea aún más notorio. El porcentaje del gasto total destinado a la compra de alimentos, bebidas y tabaco sufrió incrementos notables en los periodos en los que ocurrieron las dos fases de la crisis alimentaria descrita párrafos arriba (2007-2008 y 2010-2011). Esto sucedió en todos los deciles de ingreso, si bien la variación es más notoria en los primeros, en los que la proporción del gasto destinada a alimentos prácticamente duplica la de estratos con ingresos superiores.  En los periodos inmediatos posteriores a las crisis (2008-2010 y 2012-2014), el porcentaje de gasto alimentario se redujo ligeramente en la mayoría de los deciles, pero no ha vuelto a los niveles previos a las crisis.

Gráfica 3. Porcentaje del gasto destinado a alimentos, bebidas y tabaco, por decil de ingreso corriente de los hogares, México, 2006-2016

Las variaciones en el alza de los precios y, por lo tanto, en el presupuesto dedicado al consumo de alimentos, también ha impactado la distribución del gasto entre grupos alimentarios. En promedio, las estadísticas muestran un aumento en el acceso a carnes, en detrimento de la compra de cereales, lácteos y verduras y leguminosas. También se ha reducido ligeramente el consumo de grasas y de bebidas, tanto alcohólicas como no alcohólicas (que incluye los refrescos y otras bebidas azucaradas). La compra de frutas, para la que se destina menos del cinco por ciento del presupuesto en alimentos, muestra ligeros incrementos a lo largo del tiempo.3

Las diferencias en la composición del gasto alimentario entre el primer y el décimo decil son notables. Si bien en ambos estratos la mayor parte del gasto se destina a la compra de carnes y cereales, las proporciones de uno y otro grupo alimenticio aparecen invertidas según el decil, predominando los cereales en el primero y las carnes en el décimo. La base del gasto alimentario de las familias con menos recursos son cereales, carnes, verduras y leguminosas, lácteos huevos, grasas y tubérculos. Asimismo, presentan el mayor consumo de azúcares y el menor de frutas en toda la distribución (gráfica 4).

Se trata, en conjunto, de alimentos de menor precio, que sacian y aportan altas cantidades de energía —generalmente de rápida liberación— con proteínas animales de menor calidad. Si bien el consumo de verduras y legumbres es el más elevado de la distribución, se concentra en una selección muy específica de alimentos de este grupo, con pocas variaciones. Por su parte, el consumo de carne, un elemento que hasta hace algunos años se asociaba con los patrones alimentarios de clases medias y altas, se ha expandido a los estratos sociales urbanos de menos recursos, aunque se trata de productos cárnicos de menor costo, algunos de ellos muy procesados y de menor calidad que, de cualquier forma, se consumen con menos frecuencia que en otros grupos socioeconómicos (Gracia-Arnaiz, 2015, 2008).

Gráfica 4. Distribución del gasto alimentario por grupos de alimentos y decil de ingreso, México, 2016

De este modo tenemos que las últimas embestidas económicas internacionales, aunadas a las dificultades nacionales para elevar el crecimiento económico y reducir la pobreza, así como la dependencia que caracteriza al sistema alimentario mexicano desde hace décadas, han minado la capacidad de las familias de menores ingresos para acceder a una dieta que, si bien podía no satisfacer con rigor todos sus requerimientos nutricionales, se ha visto aún más restringida por los cambios introducidos por las crisis y la precariedad económica.

El último reporte de la FAO reconoce que el problema alimentario en el mundo no es uno de insuficiencia sino de distribución, es decir, de desigualdad. Su informe sobre el estado mundial de la alimentación dirige sus recomendaciones a un conjunto de actores estratégicos del sistema alimentario en todas sus dimensiones, desde la producción de alimentos hasta su consumo. Así, el organismo internacional dedica reflexiones a gobiernos, grandes y pequeños productores, empresas privadas y consumidores. Se sugiere producir localmente, reducir el desperdicio, promover la equidad de género, la participación financiera incluyente, desarrollar estrategias sustentables, entre otros.

Estas medidas son importantes, sin duda. Pero, si se desea evitar crisis alimentarias locales y mundiales, es necesario, urgente, cuestionar con insistencia el modelo global de acumulación. Mientras los alimentos sigan siendo considerados mercancías con valor intercambiable sobre el que es posible especular para concentrar ganancias, mientras no se excluya del circuito financiero del capitalismo a la alimentación básica que da sustento orgánico, económico y cultural a las naciones, y mientras los gobiernos no reorienten el modelo de gobernanza de los recursos alimentarios hacia la reducción de la desigualdad que tanto beneficia a los mercados, no habrá medida que baste para que los países, irremediablemente inscritos en el intercambio global, alcancen la suficiencia y la sustentabilidad que el ejercicio del derecho a la alimentación requiere.

 

Paloma Villagómez
Socióloga y poblacionista. Actualmente estudia el doctorado en Ciencias Sociales de El Colegio de México.

Referencias bibliográficas

• Appendini, Kirsten y Guadalupe Rodríguez (coordinadoras). (2012). La paradoja de la calidad. Alimentos mexicanos en América del Norte. México: El Colegio de México-Centro de Estudios Demográficos Urbanos y Ambientales.
• Bartra, Armando. (2011). “Hambre. Dimensión alimentaria de la Gran Crisis”. Mundo Siglo XXI, No.26(VII), pp. 11-24. México: CIECAS-IPN.
• Carney, Megan. (2015). The unending hunger: Tracing women and food security across borders. EU: University of California Press.
• Dowler, Elisabeth. (1997). “Budgeting for food on a low income in the UK: the case of lone-parent families”, Food Policy, No.5(22), pp. 405-417.
• Gómez-Oliver, Luis. (2008). “La crisis alimentaria mundial y su incidencia en México”, Agricultura, Sociedad y Desarrollo, No.2(5), pp. 115-141. México: Colegio de Posgraduados (COLPOS).
• González de la Rocha, Mercedes (coordinadora). (2006). Procesos domésticos y vulnerabilidad. Perspectivas antropológicas de los hogares con Oportunidades. México: Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social (CIESAS).
• Rubio, Blanca. (2015). “La soberanía alimentaria en México: una asignatura pendiente”. Mundo Siglo XXI, No.36(X), pp. 55-70. México: CIECAS-IPN.
• ——————. (2014). El dominio del hambre. Crisis de hegemonía y alimentos. México: Universidad Autónoma Chapingo/Colegio de Posgraduados/Universidad de Zacatecas/Juan Pablos Editor).
• ——————. (2011). “Soberanía alimentaria versus dependencia: las políticas frente a la crisis alimentaria en América Latina”. Mundo Siglo XXI, No.26(VII), pp. 105-118. México: CIECAS-IPN.
• Gracia-Arnaiz, Mabel. (2015). Comemos lo que somos. Reflexiones sobre cuerpo, género y salud. España: Icaria.
• Gracia-Arnaiz, Mabel, (coordinadora). (2008). Somos lo que comemos. Estudios de alimentación y cultura en España. Barcelona: Ariel. 


1 Datos del CONEVAL.

2 Ésta data desde la década de los años ochenta, cuando se introduce el modelo de desarrollo hacia afuera y posteriormente, se consolida con la creación del Tratado de Libre Comercio en 1994. En general, se trata de una dependencia derivada del replanteamiento del valor de las materias primas introducido por Estados Unidos cuando comenzó una agresiva invasión del mercado alimentario internacional mediante subsidios a su mercado interno y estrategias de “dumping” en países en desarrollo. El efecto de estas estrategias en México ha sido magnificado por el abandono estatal del campo, cuya explotación comercial ha sido dejada en manos de una oligarquía empresarial que acapara los subsidios públicos para la producción (Appendini y Rodríguez, 2012; Guillén, 2013; Rubio, 2015;).

3 Información derivada del análisis histórico de los datos de la ENIGH. No los mostramos aquí por cuestiones de espacio.



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