Quiero comprarle a la vida
cinco centavitos de felicidad.
—Héctor Ulloa (1966), en la voz de Julio Jaramillo.

 

El príncipe azul fue el miembro de una ficticia familia real que con más desenvoltura circuló en las fantasías y devaneos de la niñez y adolescencia de las mujeres de mi generación. Gracias a todas las diosas feministas —y, claro, gracias a una serie de lecturas, clases y lecturas de nuevo—, esa soberana pendejada del “marido ideal” explotó en miles de añicos en el aire que respira la mujer empoderada. La masacre cotidiana con la cual nuestra sociedad nos achaca con la estúpida idea de que la única respuesta para la “frágil y sensible” existencia femenina solo se daría por la velluda mano del proveedor estable, amante indefinidamente enamorado, salvador de la indefensa princesa que sin su precisa intervención estaría condenada a todos los males del mundo, finalmente se va desvaneciendo ante la emergencia de la popularización en los medios de la idea de una existencia femenina autónoma. Cada vez más y más personajes femeninos fuertes se van presentando como referentes culturales para las niñas y adolescentes de hoy día, carcomiendo de a poco —y con dentadas precisas— la nefasta imagen de la princesita vulnerable que tiene en su vinculación amorosa, en su relación de pareja, la respuesta para todos sus anhelos. O sea, caminamos juntos, pero no pegados, querido. Y la enseñanza más importante de ese cuento de hadas sabrosamente subvertido: la felicidad no depende del otro, y menos de lograr “amarrar” con sofocantes lazos maritales a un “buen partido”.

Un fantasma semejante ronda las discusiones dadas en otra cancha, muy lejana, en la que se reflexiona sobre lo que sería el “crédito ideal”. Sólo aquí se vale soñar despierta y suspirar jadeantemente por las modalidades de crédito que encajan perfecto en nuestras expectativas más pueriles. A secas, el crédito ideal es aquel que fomenta las posibilidades de desarrollo económico, justamente siendo canalizado para financiar a la expansión de la capacidad productiva. ¡Tan bello el crédito ideal! ¡Tan respetador de su función social! El crédito ideal viene, además, adornado con tasas de interés no extorsivas, acicalado en plazos amplios de repago y perfumado con esencias de renegociaciones benéficas para ambas puntas, prestadores y prestamistas, cuando el calendario de cuotas se retrasa. Infelizmente, en el mundo real, es mucho más común toparse con que el crédito sea dirigido a apalancar posiciones especulativas, utilizado para aceitar a la rueda de las operaciones de alta rentabilidad con instrumentos financieros sintéticos que poca influencia positiva tiene en el nivel de inversión productiva y que sirve, más bien, para soplar burbujas financieras que, ésas sí, cuando explotan acaban por arrastrar en el lodo a la llamada “economía real”. En una palabra, en lugar de fungir como el puntapié inicial para la expansión de la capacidad productiva, el crédito viene cada vez más siendo cómplice transcendental en los menesteres de preparar el terreno para crisis futuras.

Sin caer en la tentación de querer encasillar la discusión sobre el crédito en una falsa dicotomía, en la que pareciera que sólo puede ser malo o bueno, villano o héroe, tratemos de, rápida y furiosamente (en el mejor estilo de franquicia fílmica gringa), revisar algunas aportaciones de los autores clave para discutir el rol asumido por el crédito en el desarrollo capitalista. Entre los economistas heterodoxos de ese selecto grupo, podemos coser un hilo que conecta a Thorstein Veblen (1978, [1904]); Joseph Schumpeter (1996, [1912]) y a Hyman Minsky (1986, [1992]). Son al menos dos los rasgos comunes que los unen: a) cada uno de ellos, a su modo, contribuyó a reforzar la interpretación que entiende el capitalismo como un modo monetario de producción, no dando cabida a la alocada idea de que el dinero sería una variable “exógena” que cobija a las relaciones “reales” de la economía, tal cual mantita que nos abraza en la perezosa siesta dormida en el sillón en una de esas tardes otoñales de domingo; y b) la lectura del fenómeno crediticio tanto como motor propulsor para el incremento de la productividad, una vez que a través del crédito se da la posibilidad de financiar la adquisición de novedosos bienes de capital, máquinas y suministros, como, simultáneamente, fuente de fragilidad financiera, inestabilidad sistémica y crisis.

Ilustración: Víctor Solís

Para Davanzati & Pacella (2014), la teoría de Veblen (1978, [1904]) se destaca por estar basada en la percepción de que la práctica bancaria es un factor fundamental en la generación de las crisis económicas. En la lectura de los comentaristas, para la explicación vebleriana pueden surgir crisis debido a que la banca no tiene un comportamiento paritario y plenamente acomodaticio en relación con la demanda por crédito. O sea, hay clientes y “clientes”. Las empresas no-financieras que requieren crédito a los bancos no son homogéneas, y lo que observamos, más bien, es que ellas son sustancialmente heterogéneas entre sí. Así, las empresas pueden ser divididas en pequeñas, medianas y grandes, y la respuesta que cada una de ellas tiene como cliente de los bancos es absolutamente distinta.

Aun bajo ese marco interpretativo, el sistema de crédito tiende espontáneamente a ayudar a las empresas que son grandes, por la seguridad que ésas ofrecen para el repago. Las grandes empresas, por ser las preferidas de los bancos, siguen aumentando continuamente de tamaño. Eso se da porque con el acceso al crédito por parte de las grandes empresas facilitado se asiste a la aceleración en su rotación de capital, hecho que permite que para ellas el intervalo entre producir y vender sea más corto, dándoles clara ventaja sobre sus competidores. Esto produce dos efectos: a) la reducción de los beneficios de las empresas más pequeñas —o incluso su bancarrota—, generando una disminución del empleo y producción; y b) se observa, al mismo tiempo, que el aumento en la concentración de capital produce una tendencia a la subida de los precios, determinados cada vez más en mercados oligopolizados, conllevando a la caída en los salarios reales, reduciendo la demanda total de bienes de consumo, lo que empeora la expectativa de ganancia de los empresarios, afecta las decisiones de inversión y los niveles de producción. Es de esa forma que, apoyados en Veblen (1978, [1904]), vemos cómo se da la concatenación entre el otorgamiento segmentado del crédito, el aumento de la concentración de capital de las empresas no-financieras y la crisis económica, aquí detonada por el cambio en la expectativa de ganancia futura —de alguna forma aquí ya anticipando parte del argumento desarrollado posteriormente por Keynes (2006, [1936]) sobre los mecanismos de la crisis—.

También podemos ver esa compleja dimensión del crédito, que abarca del rol de potencializador de los incrementos de productividad a conspirador de primera hora en la crisis económica, en la obra de Schumpeter (1996, [1912]). Inspiración inicial que funge como base para distintas corrientes contemporáneas heterodoxas, que van de la economía evolucionista a las nuevas teorías del dinero endógeno, su influencia es fácilmente identificable por un eslabón común: el sistemático proceso de innovación tecnológica como el motor del desarrollo capitalista y la función social del crédito dada por su capacidad de financiar las “nuevas combinaciones” puestas en marcha en un proceso productivo revolucionado por la tecnología. Además de que se puede identificar en Schumpeter argumentos seminales a favor del poder creador de dinero por los bancos, como parte fundamental de la dinámica de la expansión en el capitalismo, él también sienta las bases para que veamos la contracara de la moneda, la faceta de “creación destructiva” del incesante apalancamiento de las finanzas desreguladas, que acaban por juntar en un solo nudo las innumerables cuerdas que tensan la estabilidad del sistema.

Si antes la explicación schumpeteriana del momento descendente del ciclo económico se encontraba en la “destrucción creativa”, en la desaparición de formas de producir de bienes obsoletos y en el “desempleo tecnológico”, ahora es la incesante innovación financiera y el crédito destinado a financiar posiciones especulativas de alto riesgo que están en el corazón mismo de los momentos de crisis. Hyman Minsky (1992) fue quien nos alertó acerca del tema de cómo los distintos patrones de financiamiento de las actividades productivas pueden llevar a una crónica fragilidad y recurrentes episodios de crisis (Girón & Chapoy, 2009). En su hipótesis de inestabilidad financiera se identifican tres patrones de financiamiento de las empresas no-financieras: a) cubierto, en el cual los recursos tomados a título de préstamo son resarcidos íntegramente a partir de las ganancias obtenidas de la actividad fin de la empresa; b) especulativo, en donde parte del resarcimiento a los acreedores —los intereses— se hace a partir de algún ingreso no operacional; y c) Ponzi, esquema en el cual tanto el pago de intereses como el principal de la deuda son cancelados teniendo como fuente nuevos préstamos. La tendencia de que la ambición por resultados rápidos y la extrema disponibilidad crediticia lleven, a nivel microeconómico, que parte sustancial de las empresas se financien cada vez más bajo el modelo Ponzi constituye la base de la generalización de la fragilidad financiera en la economía como un todo, instaurando una puerta abierta para la entrada a nuevos episodios de crisis. Aguas, los propios bancos, como empresas financieras que son, también se mueven bajo una lógica semejante, en términos de búsqueda por ganancias rechonchas sin importar mucho cuánto se atropelle la prudencia en la exposición al riesgo.

Gráfica 1

Para darnos una botanita de cómo se puede aterrizar empíricamente parte de la discusión teórica conducida hasta ahora, miremos en la gráfica 1 cómo se comportaron en los últimos años dos variables para el caso de México: a) formación bruta de capital, que comprende los desembolsos en concepto de adiciones a los activos fijos —como son las adquisiciones de maquinaria, equipo y la construcción de obras de infraestructura—, y b) crédito interno al sector privado, que refleja el monto de crédito concedido por los bancos que operan en la economía mexicana, ambos medidos como porcentaje del Producto Interno Bruto (PIB). En primer lugar, salta a la vista cómo la variación de la formación bruta de capital en los diecisiete años de la serie, dispuesto en las barritas más oscuras, es más plana que una tabla (arrancó siendo 22.96% en 2000 y representaba cerca de 23.13% del PIB en 2017). Mientras que, en el mismísimo periodo, hay un incremento sostenido del crédito bancario al sector privado (pasó de 15.03% en 2000 a 35.56% del PIB en 2017), entendiendo que la destinación de ese crédito creciente puede ser tanto “productiva” como “especulativa”. Sin embargo, y sin haber hecho ningún estudio refinado o más allá de la mera estadística descriptiva, uno puede arriesgar afirmar que el aumento reciente en la disponibilidad de crédito no catapultó la formación de capital. De hecho, la intensificación en el endeudamiento siquiera sirvió para sacar a la formación bruta de capital de su monótona horizontalidad.

Si, en el inmediato escenario post-crisis de 2007-2008, los mercados emergentes eran considerados oasis de esperanza para la retomada del crecimiento mundial, ahora sus niveles de endeudamiento —sobre todo aquel en moneda extranjera o deuda interna en manos de no residentes, tema que no se trató aquí— son la causa de suspiros más profundos de los analistas que buscan pistas sobre dónde y de qué forma estallará la próxima crisis. Una vez más, no existe “crédito ideal”. Reconocer su ambivalencia es, quizá, la forma más adecuada para que logremos inferir qué estrategias pueden ser adoptadas para que “las finanzas” —que cuajan las fuerzas que están por detrás de tanto endeudamiento— contribuyan a la generación de empleos, mejores salarios y consolidación de estándares de vida digna para la mayoría de la población. Sólo así, como en nuestro epígrafe, “comprarle a la vida cinco centavitos de felicidad” no terminará en sangre y lágrimas, la sazón favorita que le da sabor a las crisis mayúsculas del capitalismo.

 

Monika Meireles
Investigadora Asociada C del Instituto de Investigaciones Económicas de la Universidad Nacional Autónoma de México (IIEc-UNAM).

Referencias:
Davanzati, G. F., & Pacella, A. (2014). “Thorstein Veblen on credit and economic crises”. Cambridge Journal of economics, 38(5), 1043-1061.
Girón, A., & Chapoy, A. (2009). “Financiarización y titulización: un momento Minsky”. Economía UNAM, 6 (16), 44-56.
Keynes, J. M. (2006, [1936]). La Teoría General del Empleo, Interés y el Dinero. Fondo de Cultura Económica, México, D. F,
Minsky, H. P. (1986). Stabilizing an unstable economy. Nueva York: Yale University Press.
Minsky, H. P. (1992). “The financial instability hypothesis”. Levy Economics Institute, working paper 74.
Schumpeter, J. (1996, [1912]). Teoría del desenvolvimiento económico. Una investigación sobre ganancias, capital, crédito, interés y ciclo económico. Fondo de Cultura Económica, México.
Veblen, T. (1978, [1904]. The Theory of Business Enterprise. Reprint, New Brunswick, N.J.: Transaction Publishers.
White, W. (2018). “Bad Financial Moon Rising”. Project Syndicate. Oct 3, 2018.



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